Annette - 58
Al abrir el grueso diccionario por la mitad, apareció la notita que estaba escondida. Annette la desdobló y la leyó despacio, como si estuviera acariciando las palabras con la mirada. Al ver esa caligrafía tan derecha y honesta, sin un solo adorno, le volvió a dar risa.
Esa nota la había recogido anoche. Reingar, después de terminar su entrenamiento de la tarde y volver a la mansión para recoger la nota de ella, parecía haber ido a la biblioteca después de la cena para dejar la suya.
Cuando Annette encontró ese papel, sintió como si hubiera hecho suya una parte de él. Dicen que en la escritura se queda grabada el alma de quien escribe. Por eso, no se atrevía a quemarla de inmediato. Era la primera vez que tenía algo que le pertenecía a él.
—Igual es peligroso, ¿no?
suspiró Annette mientras jugueteaba con la nota.
Por ella, se la quedaría más tiempo, pero no era una decisión inteligente. Un papel con la letra de Reingar no era como un diccionario o un uniforme de empleada. Si alguien lo veía, él estaría en problemas al toque. Así que, aunque le diera pena, tenía que deshacerse de eso.
Annette se levantó, agarró el candelabro y caminó hacia la chimenea. Como ya no rezaba ni lanzaba maldiciones todas las noches, hacía tiempo que no quemaba papeles. Acercó la punta del papel a la vela y el fuego prendió al instante.
—Qué lástima…
Con cara de amargura, tiró la nota encendida a la chimenea y apretó con más fuerza el candelabro de plata que tenía en la mano izquierda.
Este candelabro era de Reingar. Él lo había llevado a la biblioteca; era algo que originalmente estaba en su cuarto y, por eso mismo, era especial. Y eso que en su propio dormitorio ella tenía dos candelabros igualitos.
El papel se hizo cenizas negras en un ratito. Annette se quedó mirando el fondo de la chimenea con nostalgia, pensando ya en la segunda nota.
Esta noche también habría una nota nueva en la ‘Biografía del Rey Sabio’. La recogería de regreso del cuarto del Conde. Estaba casi segura de que hoy recibiría su segunda nota.
‘Si usted también tiene algo que decirme, déjelo aquí’
‘No creo que eso pase’
Ese hombre siempre era así. Por más que la mirara fijamente o se burlara, nunca terminaba rechazando lo que ella le pedía. Cada vez que él cedía o mostraba un punto débil, el corazón de Annette se llenaba de satisfacción. Sentía que algo, como una espuma rosada, subía y bajaba dentro de su pecho.
—Y eso que decía que no iba a poner nada……..
sonrió para sus adentros mientras se alejaba de las cenizas.
En un rato lo vería en el banquete. Y cuando fuera a la biblioteca por la noche, estaría la nota que él le dejó. Antes de eso tenía que pasar por la habitación del Conde, pero sentía que podría aguantarlo imaginando qué cosas habrían escrito en ese papel.
Le daba pena que la empleada fuera a pasar por algo tan feo, pero Annette no podía hacer nada. Si se metía por las puras, podía terminar pasándola mal como la vez pasada. Lo mejor que podía hacer era quedarse tranquila y observar sin molestar al Conde.
Por cierto, ¿cómo se llamará esa chica? A Annette le dio curiosidad de pronto, pero como le vino un recuerdo horrible a la mente, prefirió no pensar más en eso.
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Qué considerado de tu parte preocuparte por mi seguridad. Te agradezco la propuesta, pero voy a rechazarla. Tengo muchísimas ganas de verte ya, pero la lluvia no para ni una sola noche. Dijiste que la temporada de lluvias duraba dos semanas, así que voy a aguantar unos días más.
¿Mi candelabro está bien? El tuyo está muy bien conmigo. Hay que cuidarlos con cariño hasta que nos los devolvamos.
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—¿De qué tanto te ríes?
Al escuchar la pregunta de la nada, Reingar volteó la cabeza de reojo. Bruno, parado frente al yunque y con la cara toda colorada, hizo un gesto con la mandíbula.
—Hace rato que estás con esa sonrisita de bobo. Si hay algo gracioso, cuéntalo para reírnos todos, pues.
Bruno metió el pedazo de hierro que estaba golpeando de vuelta al horno y se dio la vuelta, mirándolo fijo como esperando una respuesta. Reingar se puso serio al toque y se pasó la mano por la boca.
—¿Qué sonrisita? Yo no me estoy riendo de nada.
—Desde que llegaste estás así.
‘Mentira’
No era para tanto. Soltó una risita seca y volvió a agarrar el fuelle. Empezó a darle aire al fuego lentamente para avivarlo, evitando la mirada de Bruno. La verdad era que, justo hace un momento, estaba pensando en esa nota. La segunda nota de Annette que había encontrado por la tarde.
‘¿Mi candelabro está bien? El tuyo está muy bien conmigo’.
Cada vez que recordaba esa parte, se le escapaba una risita. Esa noche, lo de intercambiar los candelabros no fue a propósito. Como el de él estaba a la derecha, tuvo que apagar ese, como el que estaba encendido era el de Annette, se tuvo que llevar ese otro. Total, los candelabros son igualitos. En su cuarto él tenía dos más que eran idénticos.
Reingar había puesto el candelabro de Annette en la mesa de noche, al lado de su cama. No es que tuviera otra intención, simplemente lo puso ahí porque ese era su sitio original. De verdad, no era por otra cosa.
—Pareces un sonso. ¿Ya tienes mujer?
La pregunta le cayó como un balde de agua fría. Reingar se hizo el sordo y siguió dándole al fuelle. ‘Este viejo qué tal ojo que tiene’, murmuró para sus adentros, mientras la desconfianza empezaba a asomar.
Bruno era el encargado de la herrería y tenía todas las llaves. Si Annette volvía a venir por aquí, él era la persona con la que más riesgo tenía de cruzarse. Con cualquier otro, ella podría hacerse pasar por una empleada, pero con Bruno era distinto. Él conocía a Reingar desde chiquito y lo quería como a un sobrino, así que de hecho le iba a hablar a Annette.
¿Cómo reaccionaría si se enteraba de quién era ella? No sabía qué haría si descubría que se estaba viendo a escondidas con la condesa en un lugar bajo su responsabilidad.
—¿Qué mujer ni qué ocho cuartos?
Por eso, Reingar decidió no dejar ninguna pista. Este viejo no era como los gemelos Weils.
—Yo creo que sí tienes a alguien.
—Que no, le digo.
—¿Y entonces por qué andas tan risueño?
—No sé. De repente es porque estoy feliz de que me voy a casar.
Lo soltó sin pensar. Solo agarró la primera excusa que le pareció creíble para salir del paso, pero al instante sintió un hincón en el pecho. Fue como si Annette estuviera a su lado escuchándolo. Se la imaginó mirándolo con reproche para luego bajar la mirada, toda achicopalada.
—¿Ya decidieron lo del compromiso? ¿Ha venido alguien de allá?
Al ver que Bruno se emocionaba, Reingar dejó de pensar en eso. El rostro rojizo del herrero estaba encendido por la curiosidad.
—No ha venido nadie. ¿Quién va a mandar gente con este tiempo?
Al recibir esa respuesta burlona, Bruno hizo una mueca de decepción. Se notaba a leguas que estaba desilusionado, pero Reingar se hizo el loco y volvió a mirar hacia el horno.
—Qué aburrido eres. Si todavía no deciden nada, ¿por qué andas tan feliz entonces?
—Bueno, aunque no sea con ella, igual me casaré. Hay un montón de mujeres por ahí.
—No puede ser cualquier mujer. Tienes que casarte con ella para ser el señor de esas tierras.
—El esposo de la señora, querrá decir.
—La misma vaina es. Es más, hasta suena más importante ser el esposo de la jefa.
Tras sentenciar eso, Bruno hurgó en el horno con las tenazas. ‘Definitivamente es un interesado’, pensó Reingar con una sonrisa amarga. Cuando el herrero sacó el pedazo de hierro al rojo vivo, él soltó el fuelle y retrocedió. El hombre agarró el martillo y empezó a darle golpes secos al metal ardiente: ¡tang, tang!
Observando con cuidado los movimientos y la fuerza del golpe, Reingar se apoyó en la mesa de trabajo y agarró un higo de un cuenco de madera. Al morderlo, la piel suave reventó y el interior jugoso inundó su lengua. Los higos dulces eran su fruta favorita.
—¿Cuándo me va a enseñar a forjar acero Demer?
—Ya te dije que todavía no puedes, sigues dándole. Si con las justas puedes forjar acero normal.
—Pero enséñeme, pues. Voy a aprender a conciencia.
—Ay, caramba. ¿Y qué quieres fabricar con acero Demer?
‘Una daga’
respondió Reingar mentalmente mientras se metía otro higo grande a la boca.
El acero Demer venía del noroeste; tenía unas vetas plateadas hermosas y era tan resistente que solo se usaba para armas de nobles o de la realeza. El material era carísimo y pulirlo era un dolor de cabeza, por eso se consideraba de lujo. La espada de Reingar era de ese acero; Bruno la había forjado con mucho esfuerzo, era la misma espada con la que él le juró lealtad al Conde el día de su nombramiento.
Reingar quería fabricar una daga con ese acero. Quería hacer una daga pequeñita, que calzara perfecto en la mano de una mujer, mostraste. Y si veía que a ella le gustaba… bueno, se la podía regalar como quien no quiere la cosa.
‘Esa daga tiene una funda de cuero de cordero lechal y una cuerda con una joya morada’
No quería algo como esas armas decorativas hechas solo para sobonear a un rey presumido. Nada de cosas escandalosas que solo sirven para la facha. Quería mostrarle una espada que fuera de verdad fuerte y hermosa.
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