Annette - 57
Gracias a ti pude volver bien anoche. Perdona por haberte puesto en peligro y gracias a la vez. De verdad, qué bueno que no pasó a mayores.
Como el depósito de libros es peligroso, habrá que cambiar de lugar. ¿Qué te parece la herrería? Si conoces un sitio mejor, puedes decirme.
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Los campesinos de Lotte tienen una forma muy particular de cazar ciervos. El truco consiste en poner manzanas remojadas en alcohol durante toda la noche en los senderos por donde pasan los animales, atrayéndolos poco a poco hacia la trampa. El ciervo es una bestia muy precavida, pero no puede resistirse al aroma fragante de la manzana. Al ir comiendo trozo por trozo, se emborracha lentamente y, así, termina caminando por voluntad propia directo hacia el peligro.
Reingar se sentía exactamente como ese ciervo. Y Annette era la cazadora.
Era una imagen bastante graciosa si se ponía a comparar, pero era la purita verdad. Cada vez que Annette lanzaba una carnada, él se dejaba arrastrar un poco más. Siempre encontraba una excusa para no rechazar sus exigencias.
‘Porque si se sabe que no reporté la huida de la princesa, estaré en aprietos’. ‘Porque encontrarnos en la biblioteca es menos peligroso que ir a la herrería’. ‘Porque conversar un ratito no tiene nada de malo’. ‘Porque tengo que recoger la nota antes de que alguien más la encuentre’.
Por eso, Reingar no tuvo más remedio que volver a ese lugar. Apenas regresó a la mansión tras su jornada, empapado de sudor y lluvia, se dirigió al tercer piso. Entró en la biblioteca vacía, abrió la Biografía del Rey Sabio y, efectivamente, había un papel metido entre las páginas.
—… Ja.
‘De verdad lo dejó ahí’. Soltó una risa incrédula mientras sacaba el papel.
Con la nota doblada por la mitad en la mano, Reingar soltó un par de carcajadas más. Le daba risa lo audaz que se estaba volviendo esa mujer, también lo ridículo que se sentía él mismo por seguirle el juego tan dócilmente. Estuvo pensando en eso durante todo el entrenamiento: si habría nota o no, qué habría escrito en ella.
Había estado esperando este momento todo el día.
Tras devolver el libro a su estante, desdobló el papel. Sus ojos recorrieron las frases escritas con tinta negra sobre el papel amarillento. La caligrafía de Annette era sorprendentemente elegante, parecía la de una dama de la alta sociedad ya madura; a pesar de que su rostro y sus gestos todavía tenían un aire muy juvenil. Y lo que escribía con esa letra tan fina era, francamente, bien conchudo.
‘¿Dice que la biblioteca es peligrosa y que cambiemos de lugar? ¿Qué tal la herrería?’. Murmuró para sí mismo y volvió a sonreír de costado.
Reingar no terminaba de entender a Annette. Era una princesa criada entre algodones, pero tenía un lado terco y decidido; le tenía miedo a un gato que cabía en la palma de la mano, pero se lanzaba de cabeza a peligros inmensos. Era orgullosa, pero se aferraba a un caballero de origen humilde y ponía esa cara de inocente para actuar con total descaro.
Quizás por eso le causaba tanta ansiedad y preocupación: porque no tenía ni idea de qué pasaba por su cabeza.
Hubo un tiempo en que pensó que quizás Annette quería que los descubrieran. Que tal vez buscaba provocar un escándalo a propósito para arruinar el honor de su esposo y de su familia; eso explicaría perfectamente por qué lo había elegido a él. Pero al ver su cara de terror anoche y cómo aguantó hasta la respiración para no ser descubierta, se dio cuenta de que eran solo suposiciones suyas. Si ella hubiera querido exponer su ‘relación’, ya habría tenido mil oportunidades.
¿Entonces por qué?
—‘Quiero hacer las cosas que se hacen en el dormitorio’.
¿Será que eso es lo que realmente busca?
Al recordarlo, sintió un peso en el corazón. No era raro que las damas nobles llevaran a jóvenes caballeros o escuderos a sus aposentos, pasaba todo el tiempo. Pero, ¿podía una chica recién casada ser así? ¿Se le ocurrirían esas cosas estando su propia posición en riesgo? O tal vez, precisamente por eso, necesitaba a un hombre.
—Ay, de verdad que…
Como todo se volvía cada vez más confuso, Reingar dejó de pensar. Se insultó a sí mismo por tener esos pensamientos en pleno día y arrugó la nota en su puño. Igual pensaba quemarla al llegar a su cuarto, pero al ver cómo se deformaba esa caligrafía tan elegante, sintió una pizca de pena.
Tendría que escribirle una respuesta. Mientras salía de la biblioteca, pensó en qué decirle. Debía redactar una súplica apropiada para esa princesa imprudente y sin remedio que sugería ir a la herrería porque la biblioteca era peligrosa.
—‘Si conoces un sitio mejor, puedes decirme’.
‘Mientras más lo pienso, más conchuda me parece’
¿Serán todos los de la realeza así? Reingar caminó por el pasillo silencioso ocultando la nota en su mano derecha. Mientras avanzaba mirando hacia el final del corredor opuesto, donde estaba el dormitorio de ella, no pudo evitar soltar un par de risitas más.
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Me alegra que haya vuelto bien. También es un alivio que, aunque tarde, se haya dado cuenta del peligro. ¿Qué le parece si de ahora en adelante se queda tranquila? Mi sugerencia es que… mejor no haga nada.
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Toc, toc. Al escuchar los golpes en la puerta, Annette escondió el papel de un porrazo. Solo después de poner encima sus prácticas de vocabulario en trisseniano, dio permiso para entrar. Por esa forma de esperar su aprobación antes de abrir la puerta, ya sabía de quién se trataba.
—Mayordomo.
—Señora.
El hombre de mediana edad se detuvo a unos cinco pasos y le hizo una reverencia. Annette, sentada en su escritorio, solo giró la cabeza para mirarlo. Aunque era un sirviente siempre respetuoso, su visita era lo que ella menos deseaba. El mayordomo solo venía por una sola razón.
—El señor desea que pasen la noche juntos hoy.
Su rostro al dar el recado estaba tan serio como siempre. Era la cara de un servidor impecable, sin una pizca de emoción o juicio. Annette se preguntó por un momento si este hombre sabría lo que pasaba en esa habitación, pero al final le dio igual; no era asunto suyo.
—Entendido.
—A las nueve, señora.
—Gracias.
—No tiene por qué.
Tras decir lo mismo de siempre, el mayordomo se retiró con cortesía. Al quedarse sola, Annette soltó un largo suspiro y cerró los ojos. ¿Por qué me llama tan pronto? Ni siquiera ha pasado una semana desde la última vez.
—No vuelvas a hablar sandeces. Nadie quiere escuchar lo que piensas.
Desde el día en que le tiró una bofetada, el conde se había puesto cada vez más violento. Parecía que se desquitaba con la empleada por lo que sentía hacia Annette, o quizás lo hacía a propósito frente a ella para atormentarla.
Sea como sea, era incómodo de ver, pero no podía meterse. No tenía sentido que ella arriesgara el pellejo por una simple empleada. Si el conde descargaba su frustración con la sirvienta, en el fondo, era lo ‘esperado’. Desde que era niña, siempre hubo una empleada que recibía el castigo en su lugar cada vez que Annette cometía un error. Para la realeza, los sirvientes son para eso. Lo que sí fue el colmo fue que él se atreviera a cruzarle la cara a ella con su propia mano.
Ahora Annette sentía que ya conocía un poco mejor a Galland Lotte. Podía adivinar por qué la llamaba tan seguido y qué buscaba al asustarla y oprimirla.
—Si no fuera por eso, ¿por qué habría llamado a la empleada? Hubiera bastado con pedírselo a mi esposa.
A él le encantaba ningunearla, insultarla y manejarla a su antojo. Quería presumir su ‘regalo del Emperador’ por mucho tiempo. Para eso, Annette tenía que verse algo animada pero ser totalmente sumisa. Que ella se muriera o se volviera loca no era lo que él quería.
Así que Annette necesitaba darle seguridad. Tenía que fingir que estaba dominada y ser dócil. Solo así podría mantener lo poco que tenía: un mínimo de comodidad y de libertad.
Solo así podría seguir viendo a ese hombre. Podría andar por la mansión siguiendo el rastro de su día. Podría escuchar su voz en la cena mientras le robaba miradas a sus manos y a su plato, podría esconder notas en los libros de la biblioteca para hablar con él.
—Mi sugerencia es que mejor no haga nada.
La primera respuesta de Reingar la hizo sonreír. Eran solo cuatro frases, pero podía escuchar su voz en cada una de ellas. Hasta podía imaginarse su mirada burlona y ese gesto de lado que hacía con los labios.
Su letra, que tenía algo de tosco y juvenil, le dio mucha risa.
—Lo siento, pero no puedo hacer eso.
murmuró ella con una sonrisa débil mientras abría el cajón y sacaba un diccionario viejo que guardaba ahí.
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