Annette - 56
Annette se quedó de piedra, sin poder respirar. Su mente se puso en blanco, congelada por el pánico. ¿Quién es? Nunca nadie había venido a esta hora, ni una sola vez.
Los pasos resonaban con fuerza: era un hombre. Por su cabeza pasaron las caras del Conde, de Volker y de todos los vasallos, pero en realidad no importaba quién fuera. Quienquiera que fuese, le iría con el chisme al Conde de inmediato. Y entonces, él la encerraría bajo llave con guardias en la puerta. No volvería a ver a este hombre nunca más.
No, por favor.
La desesperación la golpeó como un baldazo de agua fría. Casi al mismo tiempo que el intruso cerraba la puerta con un clac, Reingar apagó la vela. Agarró la mecha con los dedos pulgar e índice y la llama desapareció al instante. Sin rastro de fuego, solo quedó una oscuridad absoluta entre los dos.
En ese momento, a Annette se le bajó la presión. ¡Si apagó la luz, ya no podemos fingir que nos encontramos de casualidad!, pensó desesperada, pero al toque se dio cuenta de lo tonta que era su idea. ¿Encontrarse ‘de casualidad’ en la biblioteca a estas horas de la noche? Ni un sano se lo creería.
Sentía la cabeza vacía. Ahora no le quedaba otra que confiar plenamente en que este hombre la protegiera. Reingar, todavía con la mecha entre los dedos, levantó el índice de la otra mano y se lo puso en los labios.
No haga ni un solo ruido. Su mirada era firme, fría y decidida.
Annette asintió como pudo. Empezó a temblar como una hoja por los nervios, pero Reingar estaba más tranquilo que nadie. Sacó un libro cualquiera del estante y agarró el candelabro que todavía estaba encendido. Era el de Annette, pero qué importaba, todos esos candelabros de plata eran igualitos. Se quedó mirando a Annette un segundo más y luego…
—¿Quién anda ahí?
preguntó en voz baja en idioma triseno, mientras caminaba hacia la entrada.
Nadie respondió, pero Reingar siguió caminando con una naturalidad increíble. Estaba tan calmado y actuaba tan bien que parecía que ya lo había hecho mil veces antes.
¿Habrá practicado para una situación así? Annette se quedó tiesa mirando la espalda del hombre mientras se alejaba. En ese instante, confió a muerte en él; creyó ciegamente que la iba a cuidar y que iba a solucionar todo. Que si se quedaba ahí escondida como él le pidió, no pasaría nada malo.
Sentía los latidos del corazón en todo el cuerpo, como si tuviera parlantes en las venas. Annette juntó las manos contra su pecho y, hundida en la oscuridad, se puso a escuchar con toda su alma.
⋅•⋅⋅•⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅∙∘☽༓☾∘∙•⋅⋅⋅•⋅⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅
Fue un error garrafal no haber escuchado que alguien se acercaba. La lluvia golpeaba demasiado fuerte y él estaba demasiado concentrado en ella. Había olvidado que ese era un espacio común y que cualquiera podía entrar en cualquier momento. No, en realidad, Reingar estaba sumido en un pensamiento mucho más loco.
¿’Solo es un intercambio’? ¿’Solo estamos hablando un momento en la biblioteca’? ¿Acaso no es pecado encontrarse a escondidas con una dama noble a medianoche?
Imbécil de mierda. Se reclamó a sí mismo. Ni él se creía sus propias excusas.
Reingar apretó la mandíbula mientras caminaba. Se sentía como si hubiera estado descansando plácidamente en un sueño y, de repente, le hubieran tirado un balde de agua fría. Pero los lamentos vendrían después; ahora tenía que eliminar al enemigo que tenía enfrente.
—¿Sir Reingar? Vaya, qué sorpresa verlo por aquí.
Un hombre esbelto, de unos cuarenta y tantos, lo reconoció con los ojos bien abiertos. Era Sigmund Grimsen, el maestro de ceremonias del Conde y uno de los vasallos leales a la facción de Volker. Reingar puso una expresión de cortesía adecuada frente al rostro conocido.
—Maestro de ceremonias. Qué coincidencia encontrarlo aquí.
—Lo mismo digo. ¿Y usted qué hace por acá? No es común verlo en la biblioteca a estas horas.
—Bueno, quizás no tanto como usted, pero yo también leo de vez en cuando.
Reingar levantó con naturalidad el libro que llevaba en la mano, Grimsen soltó una carcajada haciendo un gesto de negación con la mano.
—No diga eso. Para serle sincero, yo también hace tiempo que no venía. Con esta lluvia no se puede salir y la noche es larga, ¿qué más queda? No hay de otra que refugiarse en los libros.
Reingar sonrió, fingiendo empatía. Por lo visto, el tipo no había podido ir a visitar a su amante por el clima y, buscando algo que hacer, se le ocurrió ir por un libro. Eso significaba que no estaba siguiendo ni a Annette ni a él. Reingar bajó un poco la guardia y asintió.
—En temporada de lluvias, los libros siempre son necesarios. Yo vine por lo mismo.
—Ya veo. Quién diría que tendríamos gustos en común.
—¿Busca algún libro en especial?
—Nada en particular. Solo daré una vuelta para ver qué encuentro.
Eso significaba que se quedaría ahí un buen rato. Reingar era plenamente consciente de Annette, escondida en la oscuridad. Recordó cómo se había quedado tiesa de los nervios; a estas alturas, probablemente ni siquiera se atrevía a respirar.
—Parece que usted ya encontró lo que buscaba.
—Sí, elegí uno al azar.
—Encontrar un tesoro inesperado es parte del placer de la lectura. Buena suerte.
Grimsen intentó cerrar la conversación cortésmente. Lo natural ahora era que él se quedara revisando los estantes y Reingar se retirara.
Pero si se quedaba ahí parado perdiendo el tiempo, despertaría sospechas. Y tampoco podía irse dejando a Annette ahí sola; eso era algo que no permitiría bajo ninguna circunstancia, costara lo que costara.
—Maestro de ceremonias… si no le molesta, ¿le gustaría ir a tomar un trago conmigo?
Reingar no tuvo tiempo de calcular las consecuencias.
—Para pasar una noche larga, creo que el alcohol es mejor que los libros.
Su único objetivo era sacar a ese hombre de allí lo antes posible.
—¿Un trago… los dos solos?
Grimsen lo miró sorprendido. Él era uno de los vasallos más cercanos al Conde y defendía la postura de que el hijo mayor debía heredar la casa, siempre que no hubiera problemas graves. Deseaba que Reingar, el favorito del Conde, estuviera de su lado para asegurar su posición como mano derecha cuando el mando cambiara.
—Claro, si usted desea. Se me ocurrió de repente, así que no se sienta obligado a aceptar.
Reingar sonrió ligeramente, fingiendo que estaba listo para ser rechazado. Pero, como era de esperarse, Grimsen mordió el anzuelo de inmediato.
—¡Qué obligación ni qué ocho cuartos! Es lo mejor que he escuchado hoy. Vamos a mi habitación.
Grimsen, encantado, se puso en marcha de inmediato. Mientras veía al hombre adelantarse hacia la salida, Reingar soltó un largo suspiro. Esta reunión de tragos sería interpretada como una señal de que se estaba inclinando hacia el bando de Volker. A la facción de Dietrich, por supuesto, no le haría ninguna gracia.
—Casualmente tengo un vino excelente. Se lo serviré con gusto si a cambio me cuenta sus historias de Mendel. Siempre he tenido curiosidad, seguro hay muchas hazañas que todavía no ha relatado.
—Si no le importan los detalles insignificantes, con gusto lo haré.
—¿Acaso no tendrá historias para contar? Si la batalla duró tres meses enteros…
El maestro de ceremonias seguía hablando con la voz llena de entusiasmo mientras abría la puerta de salida. Reingar lo seguía por detrás, dándole cuerda para que no parara de hablar. Sabía que mientras más bulla hubiera en la biblioteca, más tranquila se sentiría Annette; al menos así ella podría respirar un poco más aliviada.
Recién cuando salieron y cerraron la puerta, Reingar pudo soltar un suspiro de tranquilidad. Se puso el libro bajo el brazo, acomodó el candelabro en la otra mano y se frotó las yemas de los dedos para quitarse los restos de ceniza y cera fría. Haber apagado la vela a la fuerza fue su única opción en ese momento, aunque si hubiera escuchado los pasos de Grimsen un poquito antes, tal vez no se habría desesperado tanto.
—Mi cuarto queda en el primer piso.
—Lo sé.
—Bueno, es verdad, casi todos los vasallos vivimos en el primero. El segundo piso es bien tranquilo, ¿no? Al señor Conde y al joven amo no les gusta para nada el alboroto.
Reingar respondía por puro compromiso a la charla interminable del hombre mientras caminaban hacia las escaleras. Parece que el fuego de las chimeneas ya se había apagado, porque todo el lugar estaba como boca de lobo, oscurito.
Qué mala suerte. Ella se había quedado sin vela. Le preocupaba, pero pensó que si caminaba despacio tocando la pared, Annette estaría bien. Después de todo, el pasillo estaba vacío.
—Ya le dije, a esta hora no pasa nadie por acá.
Tal vez, pensó Reingar, hasta fue mejor que pasara esto. Ahora tenía la excusa perfecta para dejar de verse con ella en la biblioteca. Después del susto que se llevó, ella por fin entraría en razón y se daría cuenta de lo peligroso que era lo que estaban haciendo.
—’Si tengo algo que decirle, se lo dejaré por aquí’.
Eso también era peligroso, pero al menos era mucho más seguro que verse cara a cara.
—’Lo meteré en este libro. Escribiré una notita’.
Se preguntó si esa mujer tan terca de verdad se atrevería a dejarle una nota. ¿Tendré que ir mañana por la tarde a revisar?, pensó.
Mientras bajaba las escaleras siguiendo al maestro de ceremonias, Reingar no podía dejar de darle vueltas al asunto. Sus cinco sentidos seguían allá arriba, en la biblioteca, amarrados a la mujer que había dejado sola en la oscuridad.
—’¿Usted cree que el Norte se rinda así de fácil?’.
Todavía no habían terminado de hablar de eso.
Ahora que el peligro había pasado, empezó a sentir una cólera sorda. Reingar miró de reojo la nuca del hombre que iba delante de él. ¿Justo ahora se le ocurre ir a la biblioteca? Si no tenía nada que hacer, se hubiera ido a dormir temprano y ya. Mientras más lo pensaba, más le reventaba el hígado y más fruncía el ceño.
Y eso que hoy recién era la segunda vez que se veían.
Al final, Reingar decidió que mañana iría a la biblioteca de todas maneras. Sabía que la vería en la cena, pero ahí no iban a poder cruzarse ni media palabra.
Él quería escucharlo de ella misma. Y si no podía escucharla, al menos quería ver su letra. Quería saber si, a pesar de la oscuridad, había logrado regresar a su cuarto sana y salva.
—Listo, este es mi cuarto. Pase, por favor.
El maestro de ceremonias Grimsen le abrió la puerta con una sonrisa amable. Reingar, forzando una sonrisa fingida, entró arrastrando los pies. Nunca imaginó que pasaría así la noche que estuvo esperando por cinco días, pero como el castigo por su ‘cita clandestina’ resultó ser bastante barato, decidió no quejarse.
Madara Info
Madara stands as a beacon for those desiring to craft a captivating online comic and manga reading platform on WordPress
For custom work request, please send email to wpstylish(at)gmail(dot)com