Annette - 55
—Lo que más me gusta es el salmón. Me encanta comerlo frito con hierbitas y su toque de limón. Es una pena que acá no haya salmón fresco, pero el salado o el ahumado no están nada mal. En Kingsberg solía comer salmón ahumado bien seguido.
—Si se trata de pescado, también tenemos pargo o róbalo. No habrá salmón, pero en Trisen tenemos muy buena mercadería.
—No es lo mismo que el salmón. El pescado del norte es ‘mucho’ más rico.
Annette levantó el mentón, poniendo énfasis en ese ‘mucho’. El hombre la miró fijamente y soltó una risa silenciosa. Ella, pensando que se estaba burlando, se picó al toque.
—¿De qué se ríe?
Ella preguntó con toda la seriedad del mundo, pero Reingar ni se inmutó. No le respondió nada, solo se quedó ahí mirándola desde arriba con esa sonrisita. ¿Por qué se ríe tanto? ¿Le da risa mi orgullo?
Annette trató de analizarle la cara para decidir si debía molestarse o no, pero de pronto, sin darse cuenta, ella también terminó soltando una risita.
Hay risas que se pegan. Por más que uno trate de aguantarse, terminan saliendo solitas. Uno empieza a reírse sin saber por qué, como se siente bien reírse con el otro, se ríe más todavía.
En esa biblioteca oscura, los dos se rieron juntos. Parados frente a frente en el estrecho pasillo de los libros en lengua común, compartieron esa risa muda mientras afuera caía un aguacero de los mil demonios.
Chuaaa…
El sonido de la lluvia afuera los hacía sentir un poco más seguros. Como estaba lloviendo fuerte, cualquier ruido que hicieran no se iba a escuchar afuera. Aunque claro, no podía hacer tanto escándalo como la empleada de su cuarto, pero si cerraba bien la boca, podía estar mucho más calladita.
Al pensar en eso, la risa de Annette se fue apagando. De pronto, la ansiedad, la desesperación y el miedo le apretaron el pecho. Miró de reojo el cuerpo del hombre que estaba a dos pasos; pasó la vista por su pecho y su abdomen cubiertos por la túnica, bajó la mirada rapidito hacia sus pantalones. Fue solo un segundo, pero sintió que la cara le quemaba y que le faltaba el aire.
No puedo. No voy a poder. Su parte cobarde le gritaba que ni lo intentara.
Es por las puras. ¿Crees que este hombre te va a dejar así nomás? Apenas le pongas una mano encima, te va a frenar en seco. Se va a asustar y no te va a volver a mirar a los ojos nunca más.
Annette bajó la cabeza y cerró los ojos con fuerza antes de volver a abrirlos. Aunque lo tenía ahí, a un paso, se sentía desesperada. Había logrado estar a solas con él a punta de ruegos, amenazas y caprichos, pero no era suficiente. Con diez minutos de charla trivial no iba a lograr su objetivo.
Tengo que acercarme más. No basta con verlo un ratito cada cinco días. Tenemos que hacernos mucho más amigos que ahora.
El sonido de la lluvia se hacía cada vez más fuerte. Como se habían quedado callados, Annette se puso más nerviosa. No sabía en qué momento Reingar iba a dar por terminada la reunión, si se iba así de la nada como la otra vez, tendría que esperar otros cinco días.
¿Entonces qué hago? Si le pido vernos más seguido, no me va a hacer caso. ¿Habrá alguna forma de hacernos cercanos sin vernos en persona?
—¡Tengo una buena idea!
soltó ella cuando se le prendió el foco.
—De ahora en adelante, si tengo algo que decirle, se lo dejaré por aquí.
—… ¿Y qué tendría usted que decirme a mí?
—Lo que sea, cualquier cosa que me den ganas de contarle.
Annette trató de poner su mejor sonrisa de ‘conchuda’ mientras lo miraba. Reingar puso cara de no entender nada, mirándole un ojo y luego el otro, así que ella desvió la mirada hacia los estantes para evitarlo.
Revisó rápido los lomos de los libros y sacó uno, mostrándole la portada claramente: <Biografía del Rey Sabio>. Al leer el título, una sombra de risa pasó por la cara del hombre.
—Lo meteré en este libro. Escribiré una notita y la dejaré aquí.
Obviamente, no era un invento de Annette. Se acordó de una escena de un libro de cuentos, pero prefirió no decir nada, porque era la parte donde una dama noble y un caballero se mandaban cartas de amor a escondidas.
—Cada vez que venga a la biblioteca, fíjese si hay algo.
—Me parece una idea muy peligrosa, señora.
—¿Quién va a leer un libro escrito en la lengua del rey? ¡Encima es una traducción!
Annette le puso el libro frente a la cara otra vez, Reingar se quedó callado. Él sabía perfectamente que nadie leía libros en el idioma de ese reino que ya había desaparecido.
Si los libros en lengua común seguían en los estantes, era simplemente porque sobraba espacio. En cuanto llegaran libros nuevos, seguro los tirarían a la basura. A Annette le dolió el corazón de pensar en su lengua materna así, toda abandonada.
—Si usted tiene algo que decirme, también déjelo aquí.
—No creo que eso pase.
—Yo voy a revisar cada vez que venga. Y como vengo todos los días…
Ella le sonrió como si no hubiera escuchado su negativa. Reingar se le quedó mirando como diciendo ‘¿esta qué tiene?’, pero no dijo nada. Annette ya le había agarrado el truco: ser bien conchuda para dejarlo callado.
Capaz ni me hace caso y me ignora, pero tengo que intentar, pensó ella mientras ponía el libro en su sitio.
De nuevo se quedaron en silencio. Afuera seguía lloviendo a cántaros. Annette trataba de pensar en otro tema de conversación; ya había pasado un buen rato y estaba ansiosa. En cualquier momento Reingar podía soltar un ‘bueno, me voy’ y dejarla ahí.
—¿Usted leía mucho cuando estaba en el palacio real?
Annette se sorprendió por dentro cuando, de la nada, fue él quien hizo la pregunta.
Al levantarse, se encontró con los ojos del hombre que la miraba desde arriba. Hoy Reingar estaba preguntón; Annette no sabía si era curiosidad de verdad o si simplemente quería ‘madrugarla’ y desviar la atención antes de que ella sacara algún tema que lo incomodara.
Tal vez solo quería hacer hora hablando de tonterías: qué hacía Annette durante el día, qué comida le gustaba o cuál detestaba.
Pero, sea cual fuera su verdadera intención, a Annette no le molestaban esas preguntas.
—En ese entonces no leía mucho. Más bien, hacía que me leyeran.
—¿Que le leyeran?
—Elegía a una dama de compañía que tuviera bonita voz para que leyera los libros. Así podíamos escuchar todas juntas.
—¿Todas juntas?
—Mis otras damas. Mi salón siempre estaba lleno de gente.
Reingar asintió lentamente. Seguro estaba tratando de imaginarse el salón de la princesa, pero de hecho le iba a salir algo bien distinto a la realidad. Él nunca había pisado el palacio.
—Mi cuarto estaba en el palacio anexo. Quedaba al oeste del edificio principal; era de ladrillos grises y tenía un jardín de peonías precioso. El salón tenía una terraza donde siempre almorzábamos y tomábamos el té en mayo. El perfume de las peonías era tan dulce que te mareaba de felicidad.
Mientras lo explicaba con orgullo, Annette casi podía oír las risas de sus damas. Por un momento, sintió ese olorcito a flores de mayo. El palacio anexo era donde vivían los hijos de los reyes, ella se quedó ahí hasta antes de casarse; era el lugar más íntimo de todo el complejo, por eso mismo fue lo último que los traidores saquearon.
El príncipe heredero Gerard y el pequeño Albert murieron en ese palacio. Murieron defendiendo a la Reina madre, a sus hermanos y hermanas que estaban escondidos ahí.
De pronto, las risas de las damas se convirtieron en gritos de hombres. El olor a flores desapareció y fue reemplazado por el tufo rancio de la sangre. Mírame, Annette Rohan. No nos olvides. No olvides quién eres.
Jamás lo olvides.
—… De todas las damas, la que mejor leía era Elenia.
Los gritos que le retumbaban en los oídos le apretaron el pecho. Annette hizo un esfuerzo sobrehumano para seguir hablando mientras miraba al hombre. El olor a sangre no se le iba de la nariz.
—La hermana mayor de la Emperatriz.
Al soltar esas palabras, sintió un hincón en la garganta. Reingar la miró con un brillo distinto en los ojos.
Elenia Hays, la hija mayor del señor de Mendel, fue dama de la princesa por un año. Se fue de Kingsberg cuando se casó con el heredero del Norte, cuyo padre es el duque Irving Glann de Windberg.
De los cuatro grandes señores del reino, él es el único que todavía no se ha arrodillado ante Trisen. Si él se rinde, todo el territorio de Rohan pasará oficialmente a manos de Trisen.
Las noticias sobre la guerra le llegaban a cuentagotas por el Conde o por Berta. Solo le soltaban los titulares para sacarle pica: que Mendel ya cayó, que el duque Alonso se rindió, o que los enviados del Emperador ya están yendo a Windberg.
Ambos decían que lo del Norte era cuestión de tiempo; que les iban a asegurar sus títulos y ellos aceptarían al Emperador como su nuevo jefe.
Los cuatro grandes señores eran vasallos de Rohan. Eran súbditos que juraron lealtad, pero terminaron atacando a su propio rey o haciéndose los desentendidos cuando él estuvo en peligro. Por eso, Annette no quería que esta guerra terminara en paz. Quería que los traidores se mataran entre ellos hasta que no quedara ni uno.
—¿Usted cree que el Norte se rinda así de fácil?
Dime que no, suplicaba ella por dentro. Dime que Duque Glann le va a hacer el pare a Trisen. Que él también quiere ser rey y no se va a someter. Que la guerra va a durar años y que el Emperador se va a morir allá en el frío sin poder volver a su casa.
Annette lo miraba con el corazón en la mano. Lo miraba como si la palabra de él fuera ley, como si fuera un profeta o un dios que pudiera decidir el futuro.
Pero Reingar no decía nada, solo mantenía el contacto visual. Afuera, la lluvia se había convertido en un diluvio torrencial. Las ventanas temblaban y rechinaban como si estuvieran gritando.
En ese momento, clac, se escuchó la puerta principal abriéndose.
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