Annette - 54
—Estamos en guerra, así que es mejor estar preparados para cualquier imprevisto. Aunque el Norte se haya rendido, no podemos bajar la guardia por un tiempo, no perdemos nada teniendo tropas de reserva. Si la situación se calma, siempre se puede disolver una parte más adelante sin problemas.
Reingar soltó esa respuesta ambigua y Volker sonrió de costado. Esa actitud de no darle la razón a ninguno de los dos hermanos no iba a dejar satisfecho a nadie, pero él no tenía la menor intención de tomar partido. Sinceramente, le daba igual cuál de los dos terminara siendo el próximo señor del castillo.
—Sir Reingar se toma muy a pecho eso de entrenar a los novatos.
soltó de pronto el Conde desde la cabecera
—Hasta dijo que por cumplir con su deber no podía casarse por ahora.
Ese comentario con tono de broma cambió el aire en la mesa. Al toque, Reingar se puso tenso, consciente de la mujer a su izquierda. Matrimonio. ¿Habría entendido esa palabra?
—¿Y bien, Rein? ¿Has visto algún muchacho con potencial entre los nuevos?
—Solo ha llegado una parte del personal. Es muy pronto para dar un veredicto.
—Pues encárgate de pulirlos bien. Deja un buen legado antes de irte de Lotte.
—Haré mi mejor esfuerzo, mi señor.
Respondió con una lealtad exagerada solo para cortar la conversación lo más rápido posible. Si seguían repitiendo palabras como ‘boda’ o ‘compromiso’, Annette podría sospechar algo. No le había dicho nada sobre las negociaciones matrimoniales con la familia del Vizconde Eben porque, bueno, eran solo eso: negociaciones. Le parecía ridículo usar como excusa algo que la otra parte todavía podía rechazar.
‘Puede que me comprometa pronto’. Aunque se lo hubiera dicho así de serio, Annette ni habría pestañeado. ‘Igual te quiero’. Ya se la imaginaba respondiendo así, con los ojos bien abiertos. Si a esa mujer no le importaba que él fuera el hijo de su esposo, menos se iba a echar para atrás por un compromiso.
Con una sonrisa amarga, Reingar volvió a prestar atención a lo que pasaba a su izquierda. El ruidito de los cubiertos contra el plato seguía ahí: clac, clac.
Desde que él le reclamó que comía menos que un gato, Annette se había esforzado bastante. Ya iban cinco días seguidos en los que dejaba el plato casi limpio. Bueno, en realidad apenas terminaba la primera porción que le servía el paje, pero a Reingar le daba risa cada vez. Era obvio que lo hacía solo para que él lo viera; por eso, cuando ella soltaba los cubiertos haciendo bulla para que él se diera cuenta, Reingar se metía un pedazo grande de carne a la boca para que no se le notara la sonrisa.
—¿Todavía no hay noticias de los Eben, padre?
preguntó Volker con tono burlón, picando al Conde. Parecía ensañado con seguir el tema del compromiso.
Reingar bajó la mirada para ocultar su fastidio, pero sabía que los chismes de bodas eran el plato fuerte. Esos nobles aburridos no iban a soltar la presa tan fácil.
—Yo pensaba que el Vizconde iba a aceptar al toque, pero no llega nada de información.
—Recién hemos mandado la propuesta. En cuanto pare la lluvia, seguro mandan a alguien.
—No creo que lo rechacen, ¿no? Con el prestigio del Marqués de por medio…
—Aunque no fuera por el apellido Libehaven, el Vizconde estaría encantado. A menos que crea que todavía puede tener un hijo varón con una segunda esposa.
—Tiene razón, su señoría. De hecho, mi esposo ya me pidió que vaya organizando el banquete de celebración. Queremos que sea una fiesta espectacular cuando se concrete el compromiso. Esté atento, Sir —intervino Bertha para cerrar el tema.
Ese era su papel: entrar al quite cada vez que su esposo, Volker, se pasaba de imprudente. Bertha sonrió hacia Reingar con mucha elegancia, él le devolvió el gesto con una sonrisa de cortesía, como mandaba la etiqueta.
Mientras tanto, no podía dejar de pensar en Annette. Se sentía mal preguntándose si habría captado algo de la charla. No era nada del otro mundo que un soltero como él se casara, pero por alguna razón, sentía que estaba haciendo algo malo. Se encontraba dándole explicaciones mentales como si le estuviera siendo infiel, cuando la que ya estaba casada y tenía marido era ella.
‘Me voy a quedar en este castillo. Porque tú estás aquí’. Ella sabía perfectamente que él no podía quedarse ahí para siempre.
‘Te quiero’. ¿Por qué lo ilusionaba con esas mentiras? No sabía qué buscaba ella, porque él no tenía nada que darle. A las justas unas cuantas palabras a escondidas.
‘Te quiero’. Incluso si fuera verdad, no cambiaba absolutamente nada.
Reingar volvió a jalar las riendas de sus pensamientos, que se le estaban escapando otra vez. Se sentía un estúpido por atormentarse así. Pero, aun así, no podía evitar contar las horas para el encuentro que faltaba poco para que se diera; ese momento que había esperado por cinco días. Annette, riéndose frente a él, hablando por los codos, susurrándole bajito…
—Un banquete de celebración me parece una excelente idea. Estaré esperándolo.
Conde Lotte le sonrió satisfecho a su nuera. Volker reía contento y Dietrich ponía su cara de ‘generoso’. Reingar miró esas caras de siempre y pensó:
‘Si te pones a ver, no es un pecado tan grande. Solo conversamos un rato en un lugar público, ¿no? A lo mucho intercambiamos miradas, charlas y algunas risas. ¿Acaso uno no puede tener ese tipo de trato con la esposa del señor?’.
Podemos hacer eso, ¿no? Murmuró para sus adentros mientras levantaba un poco el mentón. Agarró el vaso de agua con seguridad, tomó un sorbo y, al dejarlo, se fijó de reojo en su izquierda. Annette seguía comiendo, cortando todo en pedacitos tan chiquitos que parecía un pajarito picoteando su comida.
‘Hasta para comer es delicada’. Se aguantó la risa mientras agarraba el tenedor, cuando de pronto se acordó de que Annette era del Norte. ¿Será que no le gusta la comida de aquí? ¿Qué comería en Kingsburg? ¿Cuál será su plato favorito?
‘Se lo preguntaré luego’.
Sin darle más vueltas, Reingar bajó la mirada hacia el plato que el paje acababa de llenarle. Se veía demasiada comida, una montaña entera. Apenas había probado la mitad de lo que solía comer, pero ya se sentía lleno.
‘En cuanto el Conde termine, me levanto con él. Regresaré a mi cuarto, me daré un baño, me pondré ropa limpia y me iré temprano a la biblioteca. Me pregunto si hoy entrará en silencio, sin decir nada’.
—Ya estabas aquí.
Recordó esa voz llena de ilusión. Más que el peligro de aquel error absurdo, lo que más lo había sacudido fue ver lo feliz que estaba Annette. Esa cara de alegría pura solo porque él había cumplido su palabra y la estaba esperando. Esa mirada inocente y esa sonrisa fueron las que lo hicieron sonreír a él también.
—Te quiero.
Como si esa mujer de verdad se hubiera enamorado de él.
Tras finiquitar los planes del banquete de compromiso, el tema de conversación en la mesa cambió. Reingar comía despacio su segundo plato mientras la miraba de reojo. Notó que en el plato de ella, ya casi vacío, quedaban unos guisantes, se preguntó si es que a Annette no le gustaban.
‘Se lo preguntaré luego’
Como para que ella lo viera, pinchó un guisante de su propio plato con el tenedor y se lo llevó a la boca. Luego, empezó a pensar en el hecho de que solo faltaba una hora y media para la cita.
⋅•⋅⋅•⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅∙∘☽༓☾∘∙•⋅⋅⋅•⋅⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅
Annette no tenía la menor idea de cómo seducir a un hombre. En Kingsburg, las personas con las que trataba una princesa eran rigurosamente seleccionadas, sus damas de compañía, como buenas hijas de nobles, eran tan ignorantes en ese campo como la misma princesa.
Las damas casadas se dividían en dos grupos: las que sonreían de forma misteriosa diciendo que ‘ya lo entendería naturalmente cuando tuviera esposo’, o las que se ponían serias afirmando que seducir a un hombre era ‘cosa de rameras’.
Por lo tanto, los métodos de seducción solo se podían aprender de una mujer casada o de una prostituta. Por suerte, Annette había presenciado lo segundo. Solo tenía que hacer lo mismo que aquella criada que llevaba en el vientre la semilla del Conde. Quitarle la ropa y meterse en la boca ese miembro flácido. Después, desnudarse ella y subirse encima de él. De solo pensarlo se le revolvía el estómago, pero para quedar embarazada, tenía que pasar por ese trance.
Pero, ¿cómo?
—Hagamos lo que hacen los hombres y las mujeres.
¿Acaso ese hombre se dejaría?
—Quiero hacer las cosas que se hacen en el dormitorio.
Recordando lo espantado que se puso él aquella vez, parecía que no iba a ser nada fácil.
Al pensar en eso, Annette se sintió perdida otra vez. Se dio cuenta de nuevo de la humillación y el sacrificio tan enorme que este plan exigía, todo le parecía tan descabellado que por momentos quería tirar la toalla. En esos ratos, se ponía frente al espejo y se quedaba mirando su rostro un buen tiempo.
Miraba los ojos de su padre, el cabello rubio de su madre y esos rasgos que compartía con sus hermanos, pensaba en ellos. Sus mejillas hinchadas y sus labios partidos ya habían sanado, pero la herida en su pecho seguía ahí. Porque Annette se encargaba de abrirla con un cuchillo cada día.
‘No puedo vivir así. Haz lo que tengas que hacer. Tienes que hacerles saber cuánto los odias’.
Así que, sin esperar más, decidió hacerlo de una vez. ‘En cuanto lo vea en la biblioteca, le quito la ropa. Empezaré por los pantalones y le meteré el miembro en la boca. Lo succionaré como hizo la criada, luego lo tiraré al suelo y me subiré sobre él’
‘Él es fuerte, así que no le pasará nada por echarse en el piso frío. No sé hasta cuándo aceptará verse conmigo a escondidas, no tengo tiempo de esperar a ir a un lugar con cama’
Llegó a la biblioteca repitiéndose esa promesa una y otra vez, pero en cuanto tuvo al hombre enfrente, se olvidó de toda su determinación. En lugar de intentar seducirlo desesperadamente, terminó hablando de puras tonterías.
—No me gustan los guisantes. Los odio desde que era niña.
—¿Por qué?
—No saben a nada. Y tienen un color raro.
—Pero si es un verde normal.
—Parecen frijoles que no han madurado. Los rojos o los amarillos, como los garbanzos, están bien.
La conversación no se detenía, pero se desviaba por caminos extraños. Uno no puede seducir a un hombre hablando de comidas que no le gustan.
‘¿Será que me preguntó eso a propósito? ¿Para no darme espacio de seducirlo?’
Annette sospechó por un momento, pero no le disgustaba ver la cara de él mientras escuchaba con seriedad sus caprichos sobre la comida.
Madara Info
Madara stands as a beacon for those desiring to craft a captivating online comic and manga reading platform on WordPress
For custom work request, please send email to wpstylish(at)gmail(dot)com