Annette - 53
¿Por qué diablos hice eso? Reingar tenía unas ganas locas de darse un golpe en la boca. Antes de venir, se había mentalizado bien. Pensó que con aguantar unos 10 o 15 minutos y luego retirarse, no pasaría nada.
Había llegado antes porque no podía hacer esperar a una dama, pero también porque necesitaba un momento para prepararse antes de encontrársela. Tenía que ponerse su armadura mental, pieza por pieza, ajustar bien las correas para estar listo contra cualquier ataque.
—Ya estabas aquí.
En cuanto ella entró, sin poder ocultar su alegría, las defensas de Reingar empezaron a flaquear. Al ver que ella había anotado con cuidado todas sus preguntas en un papel, se ablandó un poco más. Pero lo que terminó por mandar su armadura al desvío fue la temporada de lluvias. Esa maldita lluvia.
—Ayer también llovió todo el día. ¿Crees que mañana pare?
A Reingar le chocó de nuevo el hecho de que Annette no supiera algo tan básico. Se molestó de solo imaginarla despertando cada mañana con la esperanza de ver el cielo despejado. Como la gente de aquí sabía que la temporada de lluvias duraba dos semanas, aguantaban el mal tiempo sin hacerse paltas. Pero para Annette, aquello debía ser una cadena eterna de esperanzas, decepciones y una espera que no terminaba nunca. Estaba ahí, sin saber lo que hasta un niño pequeño entendía perfectamente.
Le dio pena, por querer darle ánimos, empezó a soltar palabras de más. Ese fue el comienzo.
—Veo tus entrenamientos todos los días.
Annette hablaba por los codos. Una vez que empezaba, las palabras salían de su boca como un torrente, sin descanso. Reingar se quedaba mirándola embobado, viendo cómo se movían sus labios pequeños y carnosos. Ella susurraba en un lenguaje común muy suave y se reía de cualquier tontería.
Si hablaba tanto… Esa debía ser la verdadera Annette. Una mujer de veinte años a la que le encanta conversar, que se ríe por todo y que tiene mil curiosidades.
Reingar se sentía el único en todo Lotte que conocía a la verdadera Annette, eso le generaba una mezcla rara de emoción y responsabilidad. Sentía que, siendo el único ante quien ella se mostraba tal cual era, debía proteger esa esencia suya.
Por eso, sin darse cuenta, empezó a decir estupideces. Soltó bromas y le contó historias sobre Erich. Al ver que Annette se divertía, él se sentía satisfecho y seguía hablando sin pensar. Y así fue como se metió en este lío.
—Hasta un gato comería más que eso.
‘Qué estúpido soy’
Reingar se insultaba por dentro mientras buscaba cómo arreglar la situación. ¿Por qué le dijo eso? Era como confesar que la había estado observando hasta el más mínimo detalle.
Afuera seguía lloviendo. La lluvia nocturna no daba tregua. El sonido de las gotas llenaba el silencio incómodo que se había formado entre los dos. Annette fue la que rompió el hielo.
—Sigue respondiéndome, por favor.
Reingar volteó a verla. No se atrevió a mirarla directo a los ojos, así que bajó la vista un poco. Como siempre que iba a la biblioteca, Annette llevaba un camisón largo y blanco debajo de su bata de casa. El encaje delicado que asomaba por su ropa abierta le llamó la atención. Con la mirada fija en las prendas de la dama, esperó su pregunta.
—¿Qué haces los días que no hay entrenamiento a caballo?
Ante la pregunta, él soltó una risa que pareció un suspiro. No tenía intención de contarle, pero en este momento, cualquier cambio de tema era bienvenido.
—Tenemos entrenamiento de combate cuerpo a cuerpo.
—¿En dónde? No los he visto en el cuartel.
—Hay un campo de entrenamiento fuera de la puerta norte.
La puerta principal del castillo de Lotte está al sur. La puerta norte, aunque menos imponente, se usaba mucho más. Como el pueblo más cercano estaba hacia el norte, por ahí pasaban las carretas con comida y cosas para la casa. Hace dos meses, Annette se había escapado por la puerta lateral del sur. Si hubiera salido por el norte, habría llegado al pueblo mucho más rápido.
¿Qué hubiera pasado entonces? Si nunca se hubieran cruzado…
—Entonces tendré que buscar una habitación desde donde se vea la puerta norte. Yo también quiero ver los entrenamientos de combate.
Annette sonrió radiante, como si la incomodidad de hace un momento nunca hubiera existido. Reingar pensó que se veía adorable, no se sorprendió de tener ese pensamiento de forma tan natural. A estas alturas, tratar de negarlo sería un chiste. Ya no podía seguir ocultando lo que sentía por esa mujer.
Su pequeña y adorable Annette. Sus pensamientos ya le habían ganado a su voluntad. Lo único que aún podía controlar eran sus acciones.
—Ya tengo que retirarme.
Lo soltó de golpe y agarró el candelabro que estaba sobre el estante. Quería dejar claro que no había espacio para negociaciones. Ni para ella, ni para él mismo.
—¿Tan pronto?
—Creo que por hoy ha sido suficiente.
—Pero,….
—Le dije que solo sería por un momento.
Respondió cortante, endureciendo el gesto. Annette lo miró con resentimiento y se mordió el labio inferior. Reingar tuvo que hacer fuerza hasta en los pies para no caer en la tentación y quedarse.
—… Está bien. Entonces nos vemos en cinco días.
—Me retiro primero.
En cuanto ella aceptó a regañadientes, Reingar dio el primer paso como si hubiera estado esperando ese segundo exacto. No se despidió con formalidades, ni agachó la cabeza, ni le deseó las buenas noches como mandaba el protocolo. A estas alturas, todas esas etiquetas le parecían un chiste.
¿Saludar con cortesía? Qué hipocresía, considerando que estaba teniendo una cita clandestina a medianoche con la esposa del señor del castillo.
Aunque apretaba los dientes con fuerza, Reingar mantenía los sentidos alerta. Salió, cerró la puerta con cuidado y se quedó de pie en el pasillo oscuro y frío, escuchando. Tras confirmar que no había ni un alma cerca, sopló la vela para apagarla.
Envuelto en el olor a quemado, se ocultó en las escaleras que daban al cuarto piso, en dirección opuesta a los aposentos de Annette.
Esperó un momento hasta que la puerta de la biblioteca se abrió. Apoyado contra la pared, escuchó el rastro de la mujer que salía en silencio. Como la lluvia no paraba y Annette caminaba sin hacer ruido, no podía oír sus pasos. En su lugar, se guio por la luz de su vela, que se iba alejando poco a poco, confirmando que iba camino a su dormitorio sin problemas.
Solo cuando esa luz desapareció por completo, Reingar salió de detrás de la pared. Caminó por el pasillo a oscuras con el candelabro apagado. Apoyándose en el débil resplandor de los fogones del descanso de la escalera, siguió en silencio el mismo camino que Annette acababa de recorrer.
Taca-taca-taca. La lluvia golpeaba las ventanas sin descanso. Las dos semanas de mal tiempo recién estaban empezando.
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Reingar se pone a pensar en lo difícil que es controlar los pensamientos. Por más que les da vueltas, siempre terminan regresando al mismo punto: Annette. Pensar en Annette. Ideas que cobran vida propia y se escapan de su voluntad.
Ahora, sin querer, se encontraba contando los días. Cinco días, cuatro, tres… tachando las fechas mientras esperaba el siguiente encuentro. Incluso cuando estaba en el campo de entrenamiento dando órdenes a gritos, no podía evitar estar pendiente de ella. Sentía un cosquilleo en la nuca, imaginando que ella lo observaba desde la mansión.
Cada vez que pasaba una sirvienta frente a él, se le iba la mirada sin querer. No se fijaba en las que iban en grupo de dos o tres, sino que, apenas veía a una caminando sola, la observaba con una atención que no podía evitar.
Incluso después de darse cuenta al toque de que no era ella, seguía pensando en ella. En su rostro oculto por la cofia blanca. En cómo su cabello caía en cascada cuando se la quitaba. En sus ojos azul claro bajo el sol de inicio de verano.
Realmente, los pensamientos no le hacían caso. Eran como un caballo resabiado que corre por donde le da la gana. A un caballo al menos le puedes poner las riendas y jalar, pero los pensamientos no tienen forma; son como el viento o un fantasma, no hay cómo atraparlos. Si soplan, no queda otra que aguantar el aire.
Y así estaba Reingar ahora, casi resignado, pensando en Annette.
—Dicen que el agua de la represa ha subido un montón. Me preocupa que se desborde, eso que recién vamos por la mitad de la temporada de lluvias.
—Es cierto, este año la lluvia se ha ensañado. ¿Tanto ha subido el nivel?
—Está bastante más alto que otros años, pero todo depende de cuánto más llueva la próxima semana.
—Si es necesario, moviliza a los soldados. Vigila bien para que podamos drenar el agua antes de que sea tarde.
—Sí, mi señor.
El tema de conversación en la mesa era la situación de la represa del pueblo cercano. Mientras fingía prestar atención a esa charla seria, Reingar estaba pendiente de la mujer a su izquierda. El sonido casi imperceptible del tenedor chocando contra el plato. Ese ruidito le interesaba mucho más que la conversación de los hombres.
—Si falta gente, podemos mandar a los novatos de Dietrich. Esos que no se ganan ni el pan, que se pongan a cavar aunque sea.
—Querido hermano, no hay soldado que rinda lo que vale apenas a una semana de haberse enlistado. Pero si hace falta apoyo, cuenta con ellos.
—Sigo sin entenderlo. Debería bastar con cubrir las vacantes, ¿para qué rayos necesitamos quinientos hombres más?
—No tiene nada de malo tener un destacamento fuera del castillo. Hasta se los podríamos ofrecer al Emperador si le hace falta.
—¿Y para qué querría Su Majestad a nuestros soldados? Con todas las tropas de élite que tiene bajo su mando… Ya terminó la guerra, más bien deberíamos estar disolviendo el ejército que tenemos.
Volker se quejaba abiertamente mientras Dietrich solo sonreía. A Volker nunca le cuadró que se aumentara el número de soldados privados; siempre le ponía peros a todo lo que hacía su hermano. O quizás, era porque presentía las verdaderas intenciones de Dietrich al crear ese destacamento.
—Tú qué dices, Rein. ¿A ti también te parece que Lotte necesita setecientos soldados privados?
Cuando Volker lo señaló directamente, Reingar ya sabía perfectamente qué era lo que tenía que responder.
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