Annette - 52
—Está lloviendo fuerte, ¿no?
Annette soltó la frase de la nada y volteó a ver hacia la ventana. A través de las cortinas gruesas se escuchaba el taca-taca de las gotas golpeando el vidrio. Reingar, sorprendido por el cambio de tema tan repentino, no respondió de inmediato.
—Ayer también llovió todo el día. ¿Cree que mañana pare?
Siguió hablando como si nada mientras lo miraba a la cara. Él la observaba con ojos sospechosos. Quizás era porque sacó el tema del clima muy de golpe, o tal vez porque se notaba demasiado que lo del estudio era solo una excusa. Mientras Annette trataba de adivinar qué pensaba él…
—Va a seguir así hasta la próxima semana.
—Es la temporada de lluvias.
‘Temporada de lluvias’
Annette no tenía idea de que existía algo así y abrió la boca con un ‘ah’ silencioso.
Al mismo tiempo, se dio cuenta de lo que él estaba pensando. Reingar pareció notar que ella no sabía nada de eso y que, hasta ahora, nadie se había tomado la molestia de explicárselo. Quizás por eso su mirada se volvió un poco más suave, como si sintiera algo de pena.
—… A principios de agosto llueve mucho. Por esta zona, la temporada de lluvias marca el inicio del verano.
—Ya veo.
—Casi todos los días llueve y hay tormentas, pero después de dos semanas sale el sol como si nada hubiera pasado.
—Qué loco.
—En el pueblo dicen que el día que despeja después de las lluvias, se come platos con huevo. Es para agradecer la bendición del dios Heya; es una tradición de los campesinos, así que en la mansión no se hace.
Reingar le contó hasta cosas de los plebeyos que ella ni le había preguntado. Su tono y su cara se volvieron mucho más amables que hace un rato. Annette sintió un calorcito en el pecho, pero a la vez una punzada de culpa, porque era obvio que él sentía lástima por su soledad. Este hombre tenía demasiadas cosas buenas; tenía un corazón que se compadecía de los débiles y trataba de consolarlos.
Por eso se sentía cada vez más mal. Porque mientras más lo conocía, mejor persona le parecía.
—Entonces solo tengo que aguantar dos semanas. Qué alivio.
Annette le regaló una sonrisa hermosa, como para agradecer su amabilidad. Con esa sonrisa fingida trató de sacudirse la culpa y pensó rápido en algo para que la conversación no se cortara. Tenía que aprovechar que él se había ablandado para entrar más en su confianza.
—Por eso los hombres del campamento siguen entrenando igual aunque llueva, ¿no? Porque no pueden parar por dos semanas completas.
—No hay nada que no se pueda hacer bajo la lluvia. Excepto que el metal se oxida más rápido.
—Vi que usaban espadas de madera en el campo. Ayer y hoy.
Lo dijo animada y le sonrió de oreja a oreja. Reingar la miró con duda, pero Annette siguió hablando sin paltas.
—Es que lo veo entrenar todos los días. Usted está en el campamento desde las diez de la mañana hasta el mediodía. Y desde las dos de la tarde hace entrenamiento a caballo en el campo fuera de la muralla. A esa hora subo al ático del cuarto piso. Hay un cuarto donde guardan muebles viejos, desde esa ventana es donde mejor se ve el campo.
—…….
—Se ve bien gallardo dirigiendo el entrenamiento. Cuando lo miro, se me pasa el tiempo volando. Me da curiosidad saber qué grita, pero más o menos me imagino el significado.
—…….
—El entrenamiento a caballo es cada dos días, ¿qué hace los días que no entrena?
Annette sentía que después de muchísimo tiempo volvía a ser una habladora. Las palabras que tenía guardadas bajo la lengua empezaron a salir solitas. Pensándolo bien, ¡esta era una oportunidad de oro! Poder preguntarle todo lo que quería cada cinco días… Miró al hombre con la cara encendida. Ya sentía el corazón pum-pum-pum de la emoción.
—Pensé que lo que quería saber era esto.
dijo Reingar con una sonrisa a medias, levantando el papel que tenía en la mano.
Annette ni miró las letras que había escrito con la pluma.
—Quiero preguntar primero las cosas que me dan más curiosidad.
—…….
—¿Cómo se mojó el diccionario? También quería saber eso.
—…….
—Y tiene garabatos por todos lados, ¿a qué edad los hizo? ¿Qué escribió? ¿En Trizzen no te riñen por rayar los libros? A mí me gritaban si ensuciaba o malograba cualquier libro. Mi tutor de la corte era bien estricto.
Al soltarle todo ese combo de palabras, Reingar soltó una carcajada. Parecía un poco desconcertado, pero al ver que volteaba la cara y se reía bajito, se notó que no le molestaba. Parecía estar pensando cuál de todas las preguntas responder primero.
—El agua no la derramé yo, pero sé que fue a propósito, de un niño que no quería estudiar.
Reingar eligió la pregunta más suave. Aunque su primera respuesta no fue lo que ella esperaba.
—¿No era su diccionario?
—Es de Erich. Yo solo lo pedí prestado.
—¿Entonces los garabatos también…?
—Son las huellas del dueño.
‘Así que no lo escribió él’
Annette se sintió un poco decepcionada, pero al toque le entró la curiosidad.
—¿Y cómo era el caballero Erich?
Quería saber qué clase de relación tenía con su difunto hermano de leche. Reingar se quedó callado un rato, mirándola fijo. La conversación se cortó y solo quedaron sus miradas conectadas. Tuc, taca-taca. El sonido de la lluvia estrellándose contra los vidrios llenaba el silencio de la biblioteca.
—Era un buen chico.
La respuesta que tanto esperó fue tan corta que casi la deja en el aire. Pero aun así, Annette pudo sentir el cariño que había en esas palabras. Reingar no seguía al hijo del señor de la mansión por obligación; de verdad lo apreciaba y lo quería. El hijo legítimo y el bastardo, criados con la misma leche… ¿Cómo habrá sido esa amistad entre hermanos de distinto padre?
‘Hermanos’. Al pensar en esa palabra, a Annette le pasó un frío por la nuca. Como si la maldición de los dioses ya la estuviera alcanzando.
—Escuché que eran hermanos de leche.
soltó ella rápido, por puro miedo instintivo.
—Sí. Por eso Erich siempre me lo sacaba en cara.
—¿Cómo así?
—Decía que como él era de poco comer, yo pude aprovechar la leche que sobraba, así que técnicamente era mi salvador.
Reingar lo dijo casi sin inmutarse. Annette no se dio cuenta al toque de que era una broma. Le dieron ganas de reírse, pero dudó si estaba bien hacerlo, hasta que vio que a él se le movía la comisura de los labios. Ahí recién ella soltó una risita ligera.
—Parece que él no era de muy buen diente.
—No comía mucho que digamos. No sé si de bebé habrá sido igual.
—Seguro que sí. Si los dos hubieran sido tragones, la nodriza no hubiera dado abasto con uno solo. Sobre todo usted, caballero… seguro que desde chiquito ya pedía repetición.
‘Si hace un rato te bajaste cuatro platos’, quiso decirle para molestarlo, pero se guardó el comentario. Le daba roche que él se enterara de que lo chequeaba todos los días.
—Es que Erich era noble.
—¿Y eso qué tiene que ver?
—Dicen que la sangre azul no tiene gula. Como no tienen la necesidad desesperada de asegurar la comida…
—¡Qué va! ¡Si yo he visto a un montón de nobles que son unos glotones!
—Pero seguro no al nivel mío.
—Bueno, eso sí, en eso tiene razón.
Al darle la razón, Reingar hizo un gesto con la barbilla como diciendo ‘viste’. Annette se rió un poco más fuerte esta vez. Le gustaba ese vaivén de bromas ligeras; la risa se le escapaba de los labios a cada rato.
—¿Y todos los plebeyos comen así de bien como usted?
—¡Qué ocurrencia! En el campamento hasta los soldados me joden y me dicen que soy un barril sin fondo.
—Ya decía yo. Si todos comieran así, se necesitaría muchísima comida.
—Habría hambruna todos los años
bromeó él y se rió.
Annette se rió de oreja a oreja, pero de pronto se enderezó. Sin darse cuenta, se había inclinado hacia el hombre. Mientras más tiempo pasaba frente a él, más se le desmoronaba la postura. La espalda recta, los hombros firmes… esa elegancia de princesa que practicó por diez años se le estaba olvidando por completo. Estaba tan concentrada en su voz y en su mirada, tratando de leer lo que decían sus ojos y sus labios, que se olvidó de cuidar sus modales.
—Me parece que usted, señora condesa, debería comer un poco más
soltó Reingar con una sonrisa todavía en la cara.
—Hasta un gato comería más que eso.
Soltó la broma y se rió, pero al toque desvió la mirada. Se mordió los labios como si quisiera tragarse sus propias palabras. Annette se quedó muda por un segundo mientras lo veía voltear la cara. ‘Tú también me estabas mirando. Igual que yo a ti’.
Se imaginó al hombre en el comedor, pendiente de ella. Chequeándola de reojo para que nadie se diera cuenta. Mirando su plato y sus manos. Pensando para sus adentros: ‘Esa gata come más que ella’, riéndose por lo bajo.
Solo de pensarlo, la cara se le puso roja como un tomate y Annette también bajó la vista. Entre los dos ya no quedaban ni risas ni bromas. Solo fluía un silencio incómodo, un arrepentimiento tardío y una alegría contenida que intentaban aplastar.
Taca-taca, tuc. La lluvia contra la ventana se puso más brava.
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