Annette - 51
Reingar come mucho más que cualquier persona que ella conozca. Come de todo y bien parejo, pero parece que le vacila especialmente el pollo.
Una vez, ella se puso a contar cuántas veces le llenaban el plato y, después de la cuarta vez, tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no matarse de risa. ‘Qué bárbaro’. Ver a alguien comer con tanto gusto hizo que a Annette también se le abriera el apetito, tanto que hubo días en los que se terminó todo el plato, algo bien raro en ella.
—Me gustas.
Desde que soltó esa frase, Annette no dejaba de pensar en él. Lo miraba con más ganas cuando entrenaba a lo lejos y, cuando lo tenía cerca, sentía su presencia con demasiada fuerza.
Cada vez que percibía su voz, su olor o su calor, el cuerpo le daba un brinco, como si la hincaran con una aguja. Solo de pensar en esas cosas, sentía que le faltaba el aire o que el corazón se le disparaba a cada rato.
Pero Annette se convencía a sí misma de que solo había decidido ‘actuar’ como si le gustara, que no era un sentimiento real. Si de verdad lo quisiera, no lo pondría en peligro, ¿no?
Su objetivo era quedar embarazada de Reingar y gritárselo al mundo. Abrazarlo y lanzarse con él directo al vacío. Si de verdad amara a ese hombre, ¿cómo podría estar planeando algo así?
Él es un caballero de Trizzen.
se repetía Annette cada vez que sentía que se le ablandaba el corazón.
—Que me tenga lástima no significa que se vaya a poner de mi lado.
Cerraba los puños y apretaba los dientes al recordar las caras del conde y del emperador.
—Acuérdate de lo que me hicieron.
Cuando la culpa asomaba la cabeza, la aplastaba con puro deseo de venganza.
—Acuérdate de quién eres.
Annette Roane. Hija del rey Delmas. Princesa de Kingsberg.
—… No te olvides nunca.
Solo después de prometerse eso frente al espejo, Annette agarró el candelabro y salió de su cuarto.
El pasillo a medianoche estaba oscuro y olía a lluvia. El ruido del agua golpeando las ventanas cerradas era bien fuerte. La lluvia, que había empezado hace tres días, no paraba de caer de a pocos durante todo el día. Aun así, los hombres del campamento seguían entrenando; lo único que cambió fue que usaban espadas de madera para el duelo.
‘Apenas lo vea, le voy a hablar de esto. Empezar por el clima es lo más seguro’, pensaba Annette mientras caminaba por el pasillo oscuro.
Apretó las mandíbulas varias veces, procesando los nervios, la culpa y su determinación. Al llegar a la biblioteca y abrir la puerta, se llevó una sorpresa: salía un poco de luz de adentro.
‘Rein’.
Al ver esa luz tenue, Annette dio un respingo. El hecho de que alguien estuviera ahí, en un lugar que siempre paraba a oscuras, que la estuviera esperando, le dio un vuelco al corazón. Sintió un nudo de alivio y alegría en la boca del estómago y se le escapó una sonrisa.
Sonriendo en silencio, cerró la puerta con cuidado y, antes de cruzarse con él cara a cara, le habló:
—Ya habías llegado.
Todavía no veía al hombre que estaba entre los estantes. Pero se apuró en hablar porque le ganaban las ganas de verlo. Quería que él supiera al toque que ya estaba ahí.
Annette se mordió los labios ligeramente mientras buscaba al hombre que estaba escondido. Aunque no lo veía, no era difícil guiarse por la luz. Cada vez que pasaba por un estante y miraba entre los huecos, el corazón le hacía pum, pum.
Sus pantuflas de suela blanda casi no hacían ruido, pero como ella también llevaba una vela, era obvio que el hombre ya sabía que se estaba acercando.
Y efectivamente, Reingar la estaba mirando como si hubiera estado esperando ese momento.
—La próxima, entre sin hacer ruido.
añadió él en voz baja, apoyado contra un estante.
—¿Y si hubiera alguien más?
Su tono era de reclamo, pero tenía una marquita de sonrisa en la comisura de los labios. Annette lo notó y, sintiéndose más tranquila, le devolvió la sonrisa.
—Ya le dije que a esta hora no viene nadie.
—No se confíe. En cualquier momento puede aparecer alguien.
—Ya, está bien. Tendré cuidado.
Cuando ella asintió mansamente, Reingar se le quedó mirando y soltó una risa sarcástica. Se volteó y se rascó la nuca; se notaba que estaba palteado. Y cómo no, si Annette también se sentía nerviosa por toda esta situación. Pero ella era la que tenía que romper el hielo como sea.
—Gracias por venir.
le susurró en tono de broma.
Reingar la miró. Annette sonrió con los labios apretados y Reingar, que la miraba con una expresión extraña, no pudo evitar sonreír también.
—Qué educada me salió. Y eso que me amenazó para que no me quedara otra que venir.
—Si no fuera por su buena voluntad, caballero Rein, este encuentro no estaría pasando.
—¿Mi buena voluntad?
—Claro, ha venido para ayudarme. Y se lo agradezco mucho.
Annette, con toda la concha del mundo, le respondió y le enseñó el diccionario que traía en una mano. Se quedó chequeando la cara del hombre mientras él miraba el libro y luego a ella, alternadamente. Estaba un poco nerviosa pensando si le iba a fregar que lo llamara ‘caballero Rein’ o si se iba a poner serio para decirle que no lo haga, pero como no dijo ni pío, parece que no había drama en seguir llamándolo así.
Reingar no parecía muy convencido de que su amenaza se hubiera transformado mágicamente en ‘buena voluntad’, pero soltó una risita y decidió pasarle la arruga a Annette, dejándola salirse con la suya.
—Pregunte lo que quiera.
Él asintió y se enderezó, pero no se movió de su sitio, así que Annette tuvo que ser la que se acercara.
Ella se había soltado el cabello y se puso un robón azul encima del camisón. Ese camisón le llegaba a los tobillos y tenía unos encajes en el pecho. Se había roto la cabeza pensando qué ponerse para verse más linda en la penumbra, hasta tuvo que desatar y volver a amarrar el lazo de la cintura varias veces porque no le convencía cómo quedaba.
Se acercó hasta estar a solo dos pasos de él y puso el candelabro sobre el estante. Al acortar la distancia, sintió su olor. El olor a hierbas aromáticas que salía de su túnica le confirmó que el hombre se había bañado y cambiado de ropa después de la cena.
‘Espero que yo también huela rico’. Aunque se bañaba todas las mañanas, le entró la inseguridad y retrocedió un poquito.
—Aquí… anoté las cosas que no entiendo.
Un poco nerviosa, sacó el papel que había metido en el diccionario y se lo entregó. Se quedó mirando al hombre mientras él recibía el papel y lo abría sin decir nada. Su mirada, que antes estaba fija en ese rostro lleno de sombras, bajó por su cuello hasta llegar a sus hombros.
Podía ver un poco de su pecho por el cuello de la ropa y sus brazos saliendo de las mangas cortas. Aunque llevaba túnica, se notaba clarito que el tipo era bien agarrado.
Sin querer, se acordó de cuando lo vio en la herrería. Esos músculos moviéndose en sus hombros, su espalda y sus brazos. Su piel brillando como si le hubieran pasado aceite. Y su cara mientras se secaba el sudor y la miraba.
Por un momento, Annette sintió que el calor sofocante y el olor de ese día la envolvían de nuevo.
—Todo lo que ha puesto aquí es bien tranca.
La voz del hombre la hizo reaccionar y levantó la mirada de golpe. Reingar, que ya había leído las preguntas, la estaba mirando. Su cara se veía fresca, sin una gota de sudor, estaba bien tranquilo. Afuera se escuchaba la lluvia y la biblioteca estaba fresca, oliendo a papel viejo y cuero. Annette respiró hondo ese olor para espantar sus pensamientos.
—En esta oración, el artículo cambia porque el sujeto pasa a ser objeto directo.
Reingar empezó a explicarle cada pregunta del papel. Pero a ella no se le quedaba nada de lo que decía sobre los verbos que cambiaban de forma irregular según el sujeto.
—En la lengua común, el verbo no cambia mucho aunque cambie el sujeto, pero en trizzeno la cosa es compleja según el caso. Mire aquí…
Él estaba bien concentrado explicando, con la cabeza gacha mirando el papel. Annette no podía quitarle los ojos de encima a su nuca y a su manzana de Adán. Miraba sus manos grandazas sosteniendo el papel y se imaginaba su tacto y su calor.
‘¿Qué se sentirá que estas manos me toquen? ¿Dolerá si me agarra el pecho como el conde hacía con la empleada? Seguro que sí’.
—Y así, el verbo va al final. Es todo lo contrario a la lengua común.
Reingar seguía con su explicación bien calmado, pero la cabeza de Annette era un nido de imágenes de hombres y mujeres calatos haciendo de todo. Solo podía imaginarse a ella misma con este hombre en pleno acto. ¿Debería dejar que se saque toda la ropa y se suba encima de mí? ¿O mejor me pongo de espaldas para que me dé por detrás? ¿Qué va a pasar si se da cuenta de que soy virgen?
‘¿Podré hacerlo?’
Le dio miedo y se quedó helada de solo pensarlo.
—¿Me ha entendido?
Después de hablar un buen rato, él le preguntó eso y Annette recién ahí levantó la mirada. Se quedó mirándolo como ida, fijándose en sus pestañas espesas y en la línea fina que iba desde su nariz hasta sus labios. Al verle la cara, todas esas imágenes feas que tenía en la cabeza desaparecieron. Annette tragó saliva y bajó la vista.
—Este… un poco.
Reingar se quedó callado ante esa respuesta tan poco convincente. Parecía que se había dado cuenta de que ella no había entendido ni jota de lo que explicó, pero antes de que intentara explicarle de nuevo, Annette decidió cambiar de tema. Total, el idioma solo era la excusa para que él estuviera ahí.
A estas alturas, aprender trizzeno era lo que menos le importaba.
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