Annette - 50
Para Dietrich Lotte, agosto es un mes tranquilo. Durante las dos semanas de la temporada de lluvias, era normal que pasara más tiempo bajo techo. Como su primer hijo ya estaba más grandecito, aprovechaba para estar con él y también visitaba el dormitorio de su esposa. Luise, que estaba embarazada, no se comparaba con una amante jovencita y ágil, pero él era un hombre que sabía el valor de su mujer. Más allá de darle hijos, ella servía para muchas otras cosas.
—¿Y mi papá se lleva bien con su nueva esposa?
Esa era una de sus funciones: ser su ‘informante’ de lo que pasaba en la casa principal. Dietrich preguntó esto mientras estaba echado, calato y de costado; Luise se rio. Se le veía satisfecha mientras lo miraba con complicidad.
—¿Por qué? ¿Te preocupa que te salga un medio hermano?
—¿Y por qué me habría de preocupar? Mi viejo sabrá lo que hace, pero ¿no te parece que un hijo menor que sus propios nietos es algo medio ridículo?
—No sé ah. Pero parece que la cosa entre ellos no está tan fría como dicen.
—¿Ah, sí?
—Dicen que el suegro la sigue llamando a sus aposentos. Incluso la semana pasada.
Cuando estaban a solas, Luise se refería a la princesa como ‘esa chiquilla’. Aunque técnicamente era su madrastra por ser la mujer de su padre, a Dietrich le resbalaba. Para él, la princesa era alguien demasiado raro como para andar con etiquetas de respeto o protocolo. Digamos que, para él, ella encajaba mejor como una amante joven de su viejo.
—¿Y se sabe si está embarazada?
—Todavía nada. Al menos hasta el mes pasado, no.
—Mmm.
Dietrich asintió. No preguntó cómo hacía Luise para enterarse de los chismes de la casa principal. Su cuñada Bertha no era ninguna tonta, así que lo más probable es que Luise hubiera aceitado a alguna empleada de allá para que le soltara la lengua. Al final, lo único que a Dietrich le importaba saber de su madrastra era si le venía la regla o no. Incluso cuando ella apareció con la herida en el labio y todos empezaron a rajar, él solo sintió una pizca de curiosidad. Al fin y al cabo, cómo maneje cada uno a su mujer es derecho del marido.
—Bueno, habrá que cruzar los dedos para que nazca una mujercita. Una niña con sangre real debe valer su buen billete.
—Ay, hablas igualito que tu hermano mayor.
—Es que Volker ya debe tener hasta su lista de candidatos. Estará pensando a quién le vende a la hermanita para sacar más provecho.
Dietrich realmente quería una hermana. Un hijo hombre de la princesa no serviría para nada. Si salía con talento para ser caballero o vasallo, bueno, se le podría usar; pero si resultaba ser un inútil que solo venía a quitarle la comida a los demás, mejor era desaparecerlo. Cuando Dietrich se convirtiera en el jefe de la familia, él tendría derechos sobre su madrastra, pero probablemente sería difícil ponerle la mano encima a Annette. Claro, eso si es que la princesa seguía viva para entonces.
Dietrich no conocía la verdadera razón del matrimonio repentino de su padre. Se decía que la Emperatriz, sintiendo pena por la princesa encerrada en el convento, se lo pidió al Emperador, pero no sabía qué tratos hubo bajo la mesa entre el Emperador y su padre. No sabía si la orden era que la princesa viviera tranquila en Lotte hasta que sea viejita, o si debía morir discretamente después de un tiempo. Seguramente el Conde se lo diría cuando lo nombre heredero oficial.
—¿Y cuándo dice el suegro que se va a Isen?
—Todavía no dice nada. Supongo que se moverá apenas llegue el aviso desde Windberg.
—¿Y si el Norte se rinde?
—Si se rinden, irá para preparar el regreso de Su Majestad. Si siguen peleando, irá para preparar la guerra. Sea como sea, apenas le avisen, se quita. Y otra vez dejará el castillo vacío por un buen tiempo.
‘Como siempre’
añadió Dietrich para sus adentros con una sonrisa amarga. Desde que era niño, su padre paraba metido en Isen. En ese entonces, el joven señor vivía recluido gobernando Tricen, su padre, como asesor financiero, era de los pocos que podía cruzar las puertas cerradas para verlo. Era, sin duda, el vasallo de mayor confianza.
Gallant Lotte era primo segundo del difunto duque Joseph, padre del Emperador, se jactaba de haber servido a su sobrino (el actual Emperador) por más de diez años. Ya sea por ambición o lealtad, Dietrich sabía bien que el joven soberano era la persona que recibía toda la atención y el afecto de su padre. Para su viejo, solo había un señor. Hijos tenía varios, pero señor solo uno.
—Por cierto, ¿en qué quedó lo de Sir Reingar? ¿Ya se decidió el compromiso? ¿Cuándo vendrá la gente de Eben?
—Mandarán a alguien cuando pase la lluvia. Un Vizconde no puede aceptar así de rápido, se vería muy desesperado y quedaría en ridículo.
—Es verdad. Además, por más que sea él, no deja de ser un hijo ilegítimo.
Luise murmuró esto con aire creído mientras se acariciaba la panza. Parecía orgullosa de su hijo legítimo y buscó la mirada de su esposo esperando que le diera la razón, pero Dietrich se hizo el loco. Al pensar en Reingar, le volvió a entrar el fastidio y se quedó mirando la lluvia por la ventana. Caía un aguacero fuerte, pero no sentía que el ambiente se refrescara para nada.
Cuando Dietrich se enteró de que Reingar se iba a comprometer con la hija del Vizconde, soltó una sarta de lisuras por lo bajo. No entendía cómo podían soltar así nomás al caballero más joven, talentoso y con más futuro. No sabía qué cuenta estaba sacando su padre, pero a Dietrich le había malogrado todos sus planes.
Reingar era el candidato perfecto para ser el capitán de la guardia de los Lotte. Dietrich pensaba que, cuando él fuera el Conde y botara a su hermano mayor para quedarse con la casa principal, le heredaría a Reingar la casa secundaria. Pero ahora, de la nada, ¿resulta que se va a Eben?
—¿Será por esto que el suegro nunca reconoció oficialmente a Sir Reingar?
—¿Para mandarlo como semental a otra familia? Ja, una cosa es ser generoso y otra ser un tonto que trabaja para otros.
—Pero para Sir Reingar es mucho mejor, ¿no? No hay punto de comparación entre ser un hijo ilegítimo y ser el esposo de una gobernante.
—¿Y eso qué? ¿Me estás diciendo que mi viejo planeó todo esto a propósito por ese tipo?
—Podría ser. ¿No es eso lo que haría cualquier padre?
—Tú todavía no conoces a mi viejo.
Dietrich soltó un bufido. En el fondo, le llegaba al pincho que su padre nunca hubiera reconocido a Reingar como su hijo. Si le hubiera dado el apellido Lotte hace tiempo, no estarían en este plan.
—Ese hombre ni pestañeó cuando le dieron la noticia de que Erich se había muerto. Si para ganar algo tiene que deshacerse de un hijo ilegítimo, lo va a hacer sin que le tiemble la mano.
—¡Ay, mira lo que dices!
—Aunque sea de otra madre, es tu hermano.
A Dietrich le pareció una estupidez lo que dijo su esposa, pero prefirió no hacer hígado. ¿Hermano? A él le daba igual si compartían sangre o no. En este mundo, lo que importa no es la familia, sino para qué sirves. Como segundo hijo, Dietrich siempre fue más útil que el tercero, Erich; y ahora tenía que demostrar que era mejor que el mayor. Solo así su padre lo elegiría como el número uno.
—¿No has escuchado nada sobre Reingar?
—¿Sobre él? ¿Como qué?
Dietrich siguió hablando como quien no quiere la cosa:
—Él también para en la casa principal. Averigua cómo se está portando.
—¿Cómo se va a portar? Cuando entrena está en el cuartel, tú mismo lo ves más que yo. Y en las noches, siempre nos vemos en la cena.
—Me refiero a lo que hace de noche. Si tiene alguna flaca por ahí.
—¿Una mujer?
—¿Por qué te asombras tanto? A menos que el tipo sea un ‘eunuco’, es normal que llame a alguna empleada de vez en cuando, ¿no?
Durante todo este tiempo, Dietrich le había dado a Reingar bastantes señales y tiempo para que se decida. Ya habían pasado más de dos meses desde que regresaron y el tipo seguía ‘en la raya’, sin ponerse de parte de nadie, eso ya le estaba dando cólera. Dietrich estaba seguro de que Reingar lo apoyaría a él antes que a Volker, así que sentía que le estaba haciendo la jugada.
—Bueno, que Sir Reingar llame a una chica no tiene nada de malo.
—Saber esas cosas nunca está de más.
Para un hombre que no tiene padres ni hermanos, su única debilidad es una mujer. Aunque Reingar se convierta en el esposo de una gobernante, convenía tenerlo de aliado. No era igual a tenerlo ahí mismo en el castillo Lotte como su mano derecha, pero al menos tenía que asegurarse de que no apoyara a Volker.
—Sea lo que sea, fíjate qué encuentras.
Con esa orden cortita cerró la conversación y se levantó. Ya se le había pasado el efecto del ‘momento’, así que no tenía sentido quedarse más tiempo en la cama de su esposa. Pensó en ir a ver a su hijo, su heredero de tres años que algún día sería el Conde, empezó a vestirse.
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Annette no tenía idea de que contar los días podía ser tan aburrido. Esos cinco días parecían no llegar nunca y el tiempo pasaba a paso de tortuga. Lo único que la consolaba eran las cenas, porque ahí veía a Reingar todos los días.
En la mesa, él se sentaba a su derecha. Como estaban en la esquina, si ella estiraba un poco la mano, podía tocarle el brazo. Aunque ella paraba con la mirada baja mirando su plato, de reojo podía ver el plato de él, sus manos y sus codos.
Si levantaba la vista un poquito, podía verle la cara, pero se aguantaba para que nadie se diera cuenta. Se le pasaba el tiempo volando solo chequeándole las manos y lo que comía.
Quién iba a decir que terminaría observando tan al detalle cómo come alguien. Le parecía gracioso, pero no podía evitarlo. Estaba tan concentrada en ‘robarle’ miradas a sus manos que ni le importaba de qué hablaba el resto, ni si se estaban burlando de ella. Cuando la cena terminaba, hasta le daba pena irse.
Ese rato, que antes era el más odiado del día y se sentía como un baño de lodo eterno, ahora era lo que más esperaba. Annette salía del comedor y ya estaba contando las horas para la cena del día siguiente.
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