Annette - 5
—Me gustaría que fueras mi hermano de verdad.
La primera vez que Erich dijo eso, Reingar no se puso nervioso. Al contrario, sintió que el corazón le daba un vuelco. No por la sorpresa, sino por la ilusión. Él también pensaba lo mismo.
¿Qué noble compartiría la leche de su propio hijo con el vástago de una empleada? ¿Quién criaría por voluntad propia a un niño que ni siquiera tiene padre conocido? ¿Quién le daría de comer, lo vestiría, lo educaría y hasta le daría espada, caballo y armadura?
Conforme crecía y veía más del mundo, mientras más entendía lo tacaña que es la gente y lo marcadas que están las clases sociales, su duda se hacía más grande. Aprendió que era muy común que los señores dejaran embarazadas a las sirvientas; y que, si ese hijo destacaba, en casos muy raros, lo reconocían como bastardo y le daban el apellido del padre. Los hijos ilegítimos no tenían apellido, así que no podían ocultar su origen humilde.
—No seas igualado. Un hombre tan respetable como Señor Lott no tiene bastardos.
—Mis hermanos dicen que todos los adultos tienen hijos por fuera. Dicen que, aunque fingen que no saben nada, los ayudan a escondidas. ¡Eres tú clarito!
‘Bastardo’. Cada vez que pensaba en esa palabra, a Reingar se le revolvía el estómago. Sentía un orgullo que le inflaba el pecho al pensar que todos sus privilegios no eran solo por caridad, ni por culpa de Erich. Se sentía como si hubiera crecido de golpe.
Tal vez todo esto, desde el principio, simplemente me correspondía por derecho.
—Cuando seas grande, puede que mi papá te reconozca. Quizás está esperando el momento perfecto. Ya sabes, en una ocasión que sea bien elegante.
Por eso Reingar se esforzó más que nadie. Se aferró a esa pequeña esperanza y luchó por ser un bastardo del que el Conde pudiera sentirse orgulloso. En cada momento de gloria, esperaba ese reconocimiento en el fondo de su alma.
Pero tanto el día que ganó su primer torneo como en su investidura como caballero, Gallard Lott solo le dio unas palmaditas en el hombro con cara de satisfacción; nunca lo llamó hijo. Lo trató simplemente como un caballero joven y útil, un antiguo paje muy querido por su hijo menor que ahora era su vasallo.
Aun así, el hecho de que todavía no pudiera perder la esperanza lo hacía sentir tan patético que solo le quedaba reírse para sus adentros.
—¿Me contaron que hiciste grandes méritos en Mendel?
Reingar levantó la vista ante la pregunta. Justo acababa de tomar un sorbo de agua para quitarse el sabor amargo de la boca. Al pasar el agua, miró de frente al hombre de unos treinta años sentado al otro lado. Volker Lott, el primogénito del Conde, era de contextura pequeña como su padre, pero tenía una mirada muy astuta. No sabía ni agarrar una espada, pero era un trome para los números; igualito a su viejo.
—Escuché que el Emperador en persona te premió por tu destreza. Dicen que hasta llegaste a besar su anillo.
—Son rumores exagerados.
—Si el río suena es porque piedras trae
insistió Volker con una sonrisa socarrona.
Su esposa, Berta, también lo miraba con una sonrisa de compromiso. Reingar se dio cuenta de que las nueve personas sentadas a la mesa estaban pendientes de él.
En esa mesa de banquete para doce personas estaban los dos hijos del Conde con sus esposas y los vasallos principales. Los dos asientos vacíos eran para el Conde y la Condesa. ¿Estaría sentado ahí, a pesar de la ausencia de Erich, solo por sus logros en la guerra? Reingar se burló de su propia esperanza de siempre y contestó:
—Es verdad que estuve ante Su Majestad, pero no fue una audiencia privada. Había más de diez caballeros conmigo.
—¿Y el Emperador te felicitó directamente?
—No. Había muchos caballeros de familias ilustres, así que ni siquiera me dirigió la palabra.
Ese día, la mayoría de los presentes eran hijos de nobles. Era obvio que Reingar, aunque había matado a más enemigos y capturado a más prisioneros, no iba a estar en la primera fila. El Emperador ni siquiera lo miró.
—Qué pena escuchar eso. ¿Por qué no te habrá hablado?
Volker ladeó la cabeza con una sonrisita.
Claro, como eres el hijo de una sirvienta… el Emperador no se va a rebajar a hablar con alguien que no tiene padre ni apellido.
Eso era lo que parecían decir esos ojos achinados, Reingar sintió que los hombros se le ponían rígidos.
—Y eso que nuestra familia Lott también es de renombre. ¿No te parece una injusticia, hermano?
—Totalmente de acuerdo. Sir Reingar es el orgullo de Lott. No puedo creer que nadie le haya informado a Su Majestad.
respondió Dietrich, como si hubiera estado esperando su turno.
Dietrich, el segundo hijo del Conde, era caballero y el comandante general de las tropas; tenía a quinientos hombres a su cargo. Desde niños, él y su hermano mayor habían competido por todo. Erich siempre decía que le dolía la cabeza de solo pensar a quién tendría que apoyar cuando sus hermanos se pelearan por la herencia.
—Exacto. La próxima vez que vea a Su Majestad, se lo diré. Le diré que el caballero de Lott fue quien consiguió el botín más grande en la batalla final.
—Bien hecho, Reingar. Como caballero, me siento muy orgulloso de ti.
—Es natural estar orgullosos de tener a un caballero tan excelente en la familia. Mi padre debe pensar lo mismo.
Ante la lluvia de elogios que los dos hermanos soltaban para competir entre ellos, Reingar bajó la mirada. Ni Volker ni Dietrich mencionaron la muerte de Erich. Solo hablaban de los méritos de guerra y los premios del Emperador. Era obvio que, en lugar de echarle la culpa por la muerte del hermano menor, preferían endulzarle el oído con lisonjas para atraerlo a su bando.
—¿Y qué tal le pareció el Castillo Mendel, Sir Reingar? Escuché que en invierno cae una nieve bárbara; debe haber sufrido bastante.
—Ay, hermano, por favor. ¿Qué problema va a ser la nieve para un caballero tan excelente? Él aguantaría hasta una lluvia de lanzas de hielo sin despeinarse.
—Claro que sí, Luise, pero Sir Reingar nunca había visto la nieve en persona, ¿no? El invierno en el norte no debe ser nada fácil.
—Dudo que sea más difícil que el entrenamiento de caballero, cuñada. Mi esposo sabe bien lo mucho que le costó ganarse la investidura. Es una prueba que solo los hombres más fuertes superan.
Reingar escuchaba las pullas entre las esposas de los hermanos Lott sin cambiar el gesto. Era el duelo de siempre entre cuñados y concuñados. Los vasallos miraban con una sonrisa, calculando a qué bando arrimarse. La escena del banquete, después de un año, era tan idéntica que le provocaba una mueca de desprecio.
¿Lo único que ha cambiado es que Erich ya no está? Ah, no. Hay algo más.
La Condesa.
Reingar movió la mirada hacia el asiento al extremo de la larga mesa. En el sitio vacío ya estaban puestos la copa, el plato y los cubiertos. Como Gallard Lott había estado viudo por mucho tiempo, ese lugar siempre lo ocupaba algún vasallo o invitado. Justo cuando se quedaba mirando esa escena extraña con una sensación rara en el pecho…
—¡El señor del castillo hace su ingreso!
anunció el maestro de ceremonias alzando la voz.
Todos en la mesa se pusieron de pie al unísono. Las conversaciones se cortaron en seco y solo se escuchó el estruendo de las sillas arrastrándose. Reingar se mantuvo firme, con la mirada baja, esperando que entraran los condes. Tac, tac. El sonido de los tacones de la mujer contra el suelo se escuchaba clarito, resaltando sobre todo lo demás.
—¡Rein!
El llamado del Conde llegó antes de que los pasos se detuvieran, justo detrás de él. Reingar se dio la vuelta al instante, se llevó la mano derecha al pecho e inclinó la cabeza. Era el saludo de lealtad a su señor.
—Mis respetos, mi señor.
—Has vuelto a salvo. Te estaba esperando.
Reingar levantó la vista al escuchar los pasos acercándose. Apenas vio al Conde sonriendo, lo primero que hizo fue analizarle la cara. Buscaba algún rastro de pena por haber perdido a su hijo, o quería ver qué tan grande era la alegría de volver a verlo a él. Incluso en ese microsegundo, Reingar estaba pesando el valor de Erich contra el suyo; odió ese maldito hábito suyo, le dio un asco tremendo.
—Llegaste antes de lo previsto. Pensé que vendrías recién la próxima semana.
—Parece que apuré demasiado al caballo, señor.
—Es que querías llegar pronto a casa. Yo también acabo de volver hoy de Isen. Has llegado en el momento preciso.
El Conde recibió a Reingar con una sonrisa de oreja a oreja. Apenas entró, fue al primero al que le dirigió la palabra y se acercó personalmente para seguir la charla. Hasta le dio unas palmadas afectuosas en el hombro, como quien felicita a alguien que lo ha hecho muy bien.
Reingar mantenía la vista baja para no mirar por encima del hombro al Conde, que era más bajo que él, pero ya sentía clarito la presencia de la mujer en su campo visual.
Un vestido de satén gris perla. Sobre la tela, unas manos perfectamente juntas. Y el aroma.
Ese perfume tenue a flores, el mismo que sintió cuando le quitó el gorro en el camino.
Reingar movió los ojos apenas un poquito para verla. La mujer que estaba parada detrás del Conde era otra persona comparada con la que vio al mediodía. Lo único igual era su rostro bajo ese cabello rubio elegantemente recogido.
En ese cuello que ella le había pedido que le cortara, ahora brillaba un collar de joyas. Llevaba un cuello de encaje bien almidonado que se abría como si fueran alas. El encaje: ese tejido de lino tan delicado que es privilegio exclusivo de los nobles.
Con el encaje puesto, la mujer parecía alguien totalmente distinta. Estaba ahí parada, inexpresiva, sin siquiera dignarse a mirarlo. Tenía el mentón ligeramente alzado y la mirada perdida con una distinción tan aristocrática que Reingar, casi por instinto, desvió la vista como si se hubiera quemado.
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