Annette - 49
El campamento estaba en silencio. A lo lejos, se veía la luz saliendo de los dormitorios. Al alejarse del calor de la herrería, sintió que el aire de la noche le daba un respiro, bien fresquito. Annette caminó respirando hondo.
Tenía que caminar un buen trecho hasta la mansión, pero no sentía miedo ni estaba tensa como cuando llegó. El saber que él estaba a unos veinte pasos detrás de ella le quitaba todos los nervios. Él le había dicho que la ayudaría si algo pasaba.
Hacía tiempo que Annette no se sentía tan respaldada. Tenía la seguridad de que ese hombre la protegería sin importar lo que ocurra. Aunque sea por su propia seguridad, él la cuidaría.
‘Así que, por ahora, está de mi lado’.
Se moría de ganas de saber si él la seguía de cerca, pero como no podía voltear, Annette caminaba en silencio, aguzando el oído hacia atrás. Sintiendo el olor a hierba en cada respiración, recordó que hoy era el primero de agosto. El próximo encuentro sería el 6, en la biblioteca. Tenía que ir pensando de qué hablarían ese día.
Ya se veía el arco de entrada a la mansión. Sentía que el corazón le hacía pum-pum, bien fuerte.
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La operación de regreso a mitad de la noche fue, en general, tranquila. Reingar seguía a la mujer con la vista, caminando un poco en diagonal. Como Annette caminaba pegadita al muro, seguirla en línea recta no se hubiera visto natural.
Casi al llegar al arco que daba a la mansión, aparecieron dos tipos vestidos de civil. Eran soldados que estaban en su día libre y regresaban de la calle; soltaron un silbido y se empezaron a reír entre dientes.
Reingar alargó el paso al toque para acortar la distancia, pero Annette se hizo la sorda, siguió caminando firme y pasó el arco primero. Los soldados, que venían secreteándose, se quedaron tiesos al verlo. Se pararon derechos y le hicieron una venia. Reingar se quedó con las ganas de saber quién de los dos había silbado para que no pudiera volver a silbar en su vida, pero no dijo ni ‘miau’. Pasó por su lado como si nada, cruzó el arco y entró al terreno de la mansión.
Annette ya se había perdido de vista. En la entrada principal de la casa solo ardían las antorchas, no había guardias. Reingar se quedó escondido bajo la sombra de un laurel, chequeando que los guardias de turno regresaran a sus puestos.
Recién cuando vio que se prendía una vela en el cuarto de Annette, en el tercer piso, soltó un suspiro largo y se puso en marcha. Entró a la mansión como si nada, recibiendo el saludo de los guardias.
Ya en su cuarto, no pudo pegar el ojo por un buen rato. Ni bañándose con agua helada se le bajaba la adrenalina. Sentía que la cabeza le iba a estallar de tanto pensar en la locura que acababa de hacer, en qué pasaría ahora y hasta dónde llegaría todo esto.
—Cinco días.
Tenía una lucha interna: por un lado quería darse de cabezazos por idiota, por otro, una voz le decía que había hecho lo mejor que pudo.
—Entonces yo vendré aquí. Cuando usted esté en la herrería.
Si tenía que elegir entre la biblioteca y la herrería, de lejos prefería la primera. En la biblioteca, si alguien los ampayaba, podía florear diciendo que se cruzaron de casualidad. Hasta podía usar eso como excusa para dejar de verse. Si hoy le hubiera dicho que no, Annette de fijo volvería a la herrería, si la descubrían entrando y saliendo de la mansión fingiendo ser una empleada, el riesgo sería mil veces peor.
—Yo ya estoy en el infierno.
Esa mujer estaba desesperada, la gente desesperada se pasa el peligro por el arco del triunfo. Así que Reingar trató de convencerse a sí mismo: ‘A estas alturas ya no le puedo contar nada al conde. Si confieso ahora, el viejo se va a asar y Annette va a pagar pato’.
‘Así que, solo me veré con ella un ratito y ya. Eso sí puedo hacer. Si marco bien mi distancia, ¿qué puede hacer la princesa? Si yo me controlo, esa mujer tan chiquita no podrá hacer nada. Si hasta le tiene miedo a los gatos y se pone a temblar’
—Lo quiero, sir. De verdad.
‘Cuando se dé cuenta de que no va a conseguir lo que quiere, ya se dará por vencida’
Después de llegar a esa conclusión toda floja, se echó calato en la cama. Si se agarró el miembro como si lo hubiera estado esperando, sin sentir ni un poquito de roche, fue por pura desesperación. La presión del deseo que había aguantado por tanto tiempo lo tenía así, desesperado.
Ya casi ni sentía culpa de pensar en Annette mientras se masturbaba. En las últimas dos semanas, ella siempre aparecía en sus fantasías, cada vez las imágenes eran más lanzadas; ya no se quedaban solo en besitos.
Se la imaginaba quitándole la ropa y acariciando sus hombros blancos. Hundiendo la cara en sus pechos firmes y pasándole la mano por los muslos. Los días que la sentía más real, no se conformaba ni llegando al clímax. A veces le daba una y otra vez hasta que le ardía la piel y caía rendido del cansancio.
Por eso en la herrería le costó tanto aguantarse. Tenía al frente a la mujer de carne y hueso, mucho más real que en sus fantasías.
—Quiero hacer esas cosas… las que se hacen en el dormitorio.
Recordando esa voz una y mil veces, Reingar recién pudo dormir cuando quedó hecho un trapo. Pero igual, Annette se le apareció en sueños y tuvo que despertarse de madrugada otra vez. Ya no había forma de librarse de ella, a ninguna hora.
—Señor, ¿qué pasó? ¿Se ha amanecido?
Parece que hasta los demás se daban cuenta. No era para menos. Reingar ignoró el sentimiento de culpa y se concentró en comerse su mazamorra de avena. Jaren entrecerró los ojos e hizo un ruidito sospechoso, pero él se hizo el loco. Sentía en la frente la mirada de los gemelos que lo chequeaban de arriba abajo.
—Tiene la cara bien desencajada, ¿ah?
‘Encima de todo, son bien moscas’
Reingar terminó de limpiar su plato antes de levantar la mirada, haciéndose el que no sabía nada.
Hoy también se había levantado de madrugada para entrenar en el campo y luego se fue al comedor del campamento. El sitio estaba lleno de hombres desayunando y haciendo bulla. Él dejó que el ruido pasara de largo y cambió de tema.
—Oye, tengo una duda.
—¿Qué pasó?
—¿Y cómo haces para encontrarte con una empleada?
—¿Qué dice?
Jaren abrió los ojos de par en par ante la pregunta tan de la nada. Reingar, haciéndose el desentendido, agarró un pedazo de pan de centeno y siguió hablando.
—Hablo de Teti, la que trabaja en la cocina.
—¿Teti?
—Esa chica, para verte, tiene que venir hasta acá, ¿no?
—Claro. Yo no puedo ir para allá, pues.
Los soldados que no eran de la guardia real no tenían permiso de entrar al lado este del muro. Si una empleada que vivía en los dormitorios de servicio quería ver a su pareja, tenía que cruzar la pared y venir al campamento. Y como recién se liberan al terminar su turno, fijo que tiene que ser de noche.
—¿Y los guardias no hacen problemas si ven a alguien entrando o saliendo de la mansión a esas horas?
—Ay, señor, usted también, ¿ah? ¿Por qué cree que las chicas andarían dando vueltas de noche?
Jaren se rio con una cara de ‘es obvio, pues’. La razón por la que una empleada saldría de su cuarto al terminar su chamba era, efectivamente, bien obvia.
O iba a verse con un hombre, o un hombre la había mandado llamar. Reingar se acordó de una empleada que una vez fue a buscarlo a su cuarto a media noche. En este castillo, esas cosas debían pasar a cada rato.
—Los guardias ya saben cómo es la nuez. Por eso se hacen los de la vista gorda; al final, ellos harían lo mismo si tuvieran el chance.
Reingar asintió. Entonces el silbido de anoche significaba eso: pensaron que era una empleada regresando de verse con su ‘firme’ en la madrugada. Si era así, las posibilidades de que alguien detuviera a Annette mientras anduviera disfrazada de empleada eran bajas. Aunque eso no quitaba que fuera peligroso.
—¿Y a qué viene la curiosidad de pronto? ¿Hay alguna empleada simpática en la mansión que le haya echado el ojo?
preguntó Zaren con los ojos brillándole. Ralph también lo miraba con cara de chisme, esperando la respuesta. Reingar soltó una sonrisa ambigua y le metió un tarrascón al pan. No estaba mal que pensaran que le gustaba alguna chica del servicio. Ya saben, por si las moscas.
—¿Quién será, no? Para que el señor se haya fijado, debe estar bien mamasita.
—Pero usted no tiene que preocuparse por dónde verse con ella. ¿No puede simplemente mandarla llamar a su cuarto y listo? —Verdad, no. Qué envidia, poder hacer las cosas en una cama de verdad.
Jaren se rio burlonamente. Luego empezó a quejarse de la mala suerte de los soldados rasos, que no tenían otra que llevar a sus flacas atrás de los establos o detrás de un árbol. Aunque por la sonrisa que ponía, parecía que esos sitios también tenían su encanto.
Al escucharlo, en lo que pensó Reingar fue en la herrería. Se le vino a la mente ese cuarto viejo y la cama donde entraba uno solo, pero que sobraba espacio. Y también la imagen de esa mujer sentada ahí, solita.
—Quiero hacer esas cosas… las que se hace en el dormitorio.
Annette mordiéndose los labios. Annette apurándolo para que sacara al gato. Annette amenazándolo y negociando con él.
—Gracias, Sir Reingar.
Annette sonriendo de oreja a oreja. En ese momento, él estaba de espaldas al fogón, pero ella no. Gracias al resplandor de las brasas, pudo verle clarito la cara. Sonreía con tanta luz que parecía que, en medio de la oscuridad, solo su rostro estaba iluminado.
—¿Quién es, señor? Suelte el nombre, pues.
—Pregúntale tú a Teti. Debe ser la más bonita de todas, ¿no?
—Ella dice que la más bonita es ella misma.
—Obvio, qué va a decir. Así son las mujeres.
—¿Pero quién será? Es la primera vez que veo al señor Reingar interesado en una flaca.
—Debe estar bien buena. ¿Será nueva?
Haciéndose el sordo ante la insistencia y las teorías de los gemelos, Reingar fue contando los días. Hoy es 2. El día que quedaron en verse en la biblioteca es el 6. Una vez cada cinco días no estaba tan mal. La biblioteca es un lugar público, así que podían decir que se cruzaron de casualidad. No pasaba nada, total, solo sería un ratito.
—Yo me voy a quedar en este castillo. Porque usted está aquí.
‘Pero yo no me voy a quedar aquí para siempre’. En cuatro años, o quizás antes, tendría que irse. Entonces, ella y él seguirían sus caminos por separado, como debe ser.
—Usted también quiérame.
Al final, era una relación imposible. Reingar trataba de ver su situación con optimismo a medida que pasaba el tiempo. Buscaba excusas, ignoraba el peligro y no dejaba de pensar en el encuentro de dentro de cinco días. Se la pasaba imaginando de qué hablaría Annette y cómo debería portarse él.
Hoy es 2. La cita es el 6. Todavía faltaba un montón para que llegara ese día.
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