Annette - 48
La mujer se quedó callada, como si no encontrara las palabras para seguir. Reingar tampoco hizo el intento de hablar. No le dijo que él sí sabía qué significaba el nombre de ella.
Annette. Gracia pequeña y adorable. Probablemente ese nombre se lo puso su padre. Seguramente el rey, que ya tenía tres hijos hombres, celebró con alegría el nacimiento de su última hijita llamándola así.
Pequeña y adorable, Annette.
El hierro dentro del horno se puso al rojo vivo. Reingar escogió con las tenazas el trozo que ya estaba listo, lo puso sobre el yunque y, mientras levantaba el martillo desgastado por el uso, sintió la presencia de ella más que nunca.
—Siéntese por allá atrás. Hay una silla.
—Después.
—Le van a doler las piernas si se queda parada.
—Está bien. Quiero verlo de cerca.
Esa frase le dio un vuelco al corazón. ‘Seguro quiere ver cómo martillo’, pensó él para calmarse. Como era algo que nunca en su vida había visto, era normal que le diera curiosidad. Pero, aun así, no pudo empezar a golpear el metal de inmediato. Sentía una sensación extraña que le quitaba las fuerzas del brazo.
Annette, que estaba ahí mismito, olía muy rico. Reingar inhalaba ese perfume cada vez que respiraba. Era un aroma dulce y suave, como a flores. Un olor de princesa que no se podía ocultar ni poniéndole ropa de empleada.
Solo después de respirar ese aroma un par de veces más, pudo por fin levantar el martillo. El pesado mazo empezó a golpear el hierro ardiente: tan, tan. Y las gotas de sudor, que se habían detenido, empezaron a brotar otra vez.
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Annette nunca imaginó que una herrería fuera un lugar tan caluroso y asfixiante. Por el calor del horno, el sudor se le pegaba al cuerpo aunque estuviera quieta. ‘Si yo estoy así, ¿cómo estará el que trabaja?’, pensó. Ahora entendía perfectamente por qué Reingar estaba sin camisa hace un rato.
Verlo ahí, con la ropa puesta y las ventanas cerradas por ella, le dio mucha pena. Al ver que su túnica estaba empapada tanto por delante como por detrás, le dieron ganas de decirle que se la quitara nomás, como hace un rato. Pero al final no se atrevió, porque sabía que él no le iba a hacer caso. Además, decirle eso le daba un poquito de vergüenza.
Como con el ruido de los martillazos no se podía hablar, Annette se quedó solo mirándolo. Se fijó en las venas que se le marcaban en las manos al agarrar el pesado mazo y cómo se le dividían los músculos de los brazos, que tenía remangados hasta el codo.
Se quedó un buen rato contemplando su perfil concentrado bajo el reflejo del fuego, cómo las gotas de sudor le bajaban por la frente hasta quedar atrapadas en su mentón. Aunque ella lo miraba fijamente, él no le dio ni una sola mirada; Annette sentía que no era solo por estar concentrado, sino que la ignoraba a propósito.
‘Hagamos cosas de hombres y mujeres’
Al verlo ahí, terco, con la ropa mojada pegada al cuerpo y metido de lleno en su trabajo, ella no podía ignorar lo que él quería decir.
‘Es imposible’
Este hombre le estaba demostrando con hechos lo que le había dicho: que no pensaba tener nada con ella.
‘Tal vez soy el hijo bastardo del señor’
Parecía que la razón principal por la que Reingar la rechazaba era el Conde. Annette ya se lo esperaba y estaba pensando en cómo romper esa barrera de culpa que él sentía.
Se le pasó por la cabeza decirle que, aunque estaban casados, nunca habían tenido su noche de bodas, pero de hecho eso sería contraproducente. Si él se enteraba de que ella todavía era virgen, se iba a espantar más y saldría corriendo. Ni de vainas se atrevería a poner su semilla en el vientre de Annette.
‘Eso no se lo puedo decir por nada del mundo’, se juró a sí misma mientras buscaba alguna debilidad. Estaba atenta a cualquier oportunidad para llamar su atención. Por suerte, Reingar no la ignoraba del todo cuando ella le hablaba justo cuando él metía el metal al fuego o cuando el ruido paraba un poco.
Él le explicó que el hierro se tiene que forjar calentándolo una y otra vez, que para que se ponga duro hay que enfriarlo rápido en agua. Aunque evitaba mirarla, le respondía todas sus preguntas.
Incluso le confirmó que la corona de laurel que usó en el torneo sí estaba hecha con las hojas del jardín. Cuando ella le preguntó dónde la había puesto, él le dijo que estaba en su cuarto, así que Annette aprovechó para soltar la pregunta:
—¿Y dónde queda su dormitorio?
El hombre, que justo iba a sacar el fierro caliente, se quedó tieso. La miró de reojo con una cara de ‘¿es en serio?’. ‘¿Y tú para qué quieres saber eso?’, decía su mirada tan clarito que a Annette se le encendió la cara de la vergüenza.
—Solo… curiosidad.
murmuró como dando una excusa, pero él no le respondió. Se quedó calladito y volvió a martillar, dejando claro que no pensaba decirle nada.
Annette tuvo que esperar otra vez a que el ruido parara, pero su vergüenza fue desapareciendo poco a poco por la curiosidad de ver el trabajo.
Reingar metió al agua el pedazo de metal que había martillado mil veces. El hierro caliente soltó un chillido —¡tsíiii!— dentro del agua. Al ver el vapor subir, Annette dio un respingo de asombro.
—¡Guau!
exclamó bajito, notó que los labios de él se movieron un poquito, como queriendo sonreír.
Él puso el hierro templado sobre el yunque y se dio la vuelta. Parecía que ya estaba guardando el martillo, las tenazas y el resto de herramientas, así que Annette le preguntó:
—¿Ya terminó?
—Falta sacarles filo, pero eso será mañana.
Dándole la espalda, Reingar se agachó frente al horno. Sacó los carbones encendidos para enterrarlos en arena y cubrió el resto del fuego con ceniza antes de voltear hacia ella. Tenía el pecho de la túnica manchado de sudor.
—Vámonos. Ya van a ser las diez.
—¿Cómo sabe si ni ha visto el reloj?
—Porque hacer dos puntas de lanza toma poco menos de una hora.
Señaló con la mirada los dos trozos de metal sobre el yunque. ‘¿Ya nos vamos? ¿Sin haber conseguido nada?’, pensó ella. De pronto, le entró la desesperación y soltó:
—¿Puede ir a la biblioteca pasado mañana?
Levantó la cara para mirarlo. El hombre, que se estaba secando el sudor con una toalla que llevaba al cuello, la miró desde arriba. Como el fuego se estaba apagando, el cuarto se oscureció de golpe. Solo se veía su silueta por las brasas que morían, Annette se puso nerviosa porque no podía verle la cara.
—Sé que es pesado que lo moleste todos los días, así que mejor veámonos cada tres días, ¿ya?
—Yo no he aceptado ir a verla, señora.
—Entonces yo vendré aquí. Cuando usted esté en la herrería.
Annette le respondió con terquedad. Sabía que lo estaba poniendo en un compromiso, pero no pensaba dar su brazo a torcer.
—No tiene que hacer nada conmigo si no quiere. Solo quiero conversar un rato en la biblioteca. Todos los días estudio con el diccionario que me dio, tengo cosas que preguntarle.
—…….
—Usted sabe bien que no tengo a nadie más con quien hablar.
Mientras más rápido hablaba, más desesperada se oía. Estaba mendigando un poco de compasión, pero no sentía vergüenza. Annette solo tenía un deseo profundo en el corazón: quería aferrarse a él como sea y lograr que aceptara. Quería volver a mirarlo a los ojos y conversar.
—Por favor, se lo ruego.
Lo decía suplicando con las manos juntas como si estuviera rezando. Era la primera vez en su vida que le decía ‘por favor’ a alguien, pero Annette no sentía ni un poquito de humillación.
Reingar se quedó callado un momento. Parecía que se estaba rompiendo la cabeza pensando en cómo manejar este lío. Como ya había comprobado que las amenazas de ella iban en serio, debía estar bien preocupado.
Seguro estaba sopesando qué era más peligroso: si ir él mismo a la biblioteca o que ella siguiera viniendo a la herrería disfrazada de empleada. Annette se dio cuenta de eso, por eso supo que él iba a terminar cediendo.
—Si es una vez cada diez días… podría considerarlo.
Al ver que ya lo tenía, a ella le dio la confianza para ponerse un poquito más exigente.
—Diez días es demasiado. ¿Cómo voy a esperar tanto si ya quiero verlo? Me voy a morir de la pena.
—…….
—Que sea cada cuatro días.
—…Cada cinco.
Recién cuando el hombre respondió soltando un suspiro, Annette pudo sonreír en silencio.
—Trato hecho. Vendrá a la biblioteca cada cinco días.
—Será solo un momento.
—Gracias, caballero Rein.
Al llamarlo con esa confianza, sintió que de verdad se habían vuelto cercanos. El corazón le latía a mil y sentía que flotaba. No podía dejar de sonreír, pero como estaba oscuro y él no podía verle la cara, no le importó.
—Ya vámonos. Tiene que entrar antes de que sea muy tarde.
—Está bien.
Respondió dócilmente y caminó hacia él. Reingar, en lugar de ir directo a la puerta, se le acercó un paso más.
—¿Sabe cómo volver a la mansión?
—Vine pegada al muro. Me pareció que por las sombras nadie me vería.
—Hizo bien.
Él la halagó, pero luego hizo una pausa. Su voz sonaba como la de alguien que ya se dio por vencido.
—Regrese por el mismo camino, todo recto. Si alguien la detiene o le habla, quédese calladita. Yo iré detrás de usted para ver cómo arreglo la situación.
—¿A qué distancia va a venir?
—A unos veinte pasos.
Veinte pasos. Annette asintió.
—Entendido.
Recién ahí, Reingar caminó hacia la entrada. Quitó el cerrojo, abrió la puerta y una luz lejana se coló tenuemente hacia el interior.
Al pararse frente a la salida detrás de él, Annette pudo verle la cara. No había rastro de resentimiento o fastidio por haberlo metido en este aprieto; solo la miraba fijamente desde arriba con una mezcla de tensión y preocupación en los ojos.
—Apenas llegue a mi cuarto, prenderé una vela.
Lo dijo bajito y Reingar asintió. Después de mirarlo un momento más, Annette cruzó la puerta y salió.
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