Annette - 47
—Ahí, está por allá. Sácalo de una vez, por favor.
Annette señaló una esquina de la habitación mirándolo con desesperación. Tenía los ojos grandes y redondos, como los de un gato. A Reingar le dio un poco de risa verla así y tuvo que morderse los labios para no soltar la carcajada. ‘Se parecen un montón y aun así le tiene miedo. No le teme a la muerte, pero sí a un gato’.
Eso le pareció gracioso, hasta tierno.
Por un momento dudó en si dejar al animal ahí para seguir divirtiéndose, pero como todo un caballero, decidió ‘rescatar’ a la princesa de la fiera. Entró al cuarto tratando de no mirar hacia la cama, se agachó y cogió al gato con la mano.
Mientras dejaba al animalito —que estaba de lo más tranquilo— afuera de la puerta, aprovechó para chequear rápido los alrededores. No vio nada sospechoso, pero por si las moscas, no se olvidó de echarle llave a la puerta después de cerrarla.
¿Y ahora qué?
Lo primero era que Annette regresara sana y salva a su cuarto. Los guardias de la mansión estaban por cambiar de turno, así que ese era el mejor momento. No podía ir con ella hasta allá, pero tampoco podía dejarla sola, así que lo mejor era seguirla de lejitos para estar atento a cualquier cosa; por si alguien la paraba o le quería hablar, él aparecería para dar la cara.
Si pasaba eso, de hecho que iba a correr el chisme de que el caballero Reingar andaba en algo con una empleada, pero mejor eso a que lo ampayen en una cita nocturna con la condesa.
—¿Eso de ahí es una daga?
Reingar volteó de golpe al escuchar su voz tan cerca. Annette había salido del cuarto sin que él se diera cuenta y ya estaba parada a su lado. Salió bien calladita, mientras él se rompía la cabeza pensando en cómo devolverla a su sitio sin riesgos.
—Usted me dijo que aquí hacían dagas.
Parecía que ya entendía que no debían escucharla, así que Reingar no la mandó de regreso al cuarto. Las persianas de las ventanas estaban cerradas y las dos puertas tenían llave. Si alguien tocaba, recién ahí la escondería.
Después de pensar eso, por fin habló, mientras acercaba hacia él una canasta con pedazos de fierro.
—A las diez cambian los guardias, aproveche ese momento para volver. Los que están de turno son unos lentos, así que habrá como diez minutos en los que no habrá nadie.
—Está bien.
—Desde ahora me voy a poner a trabajar. Se vería raro que la luz esté prendida y no se escuche nada.
—Haga eso.
—Pero sería mejor que se quede en ese cuarto mientras tanto.
—Quiero mirar desde aquí.
Él la miró como diciendo ‘¿es en serio?’, ella se encogió un poquito de hombros. Quizás pensó que él la iba a jalar del brazo otra vez para meterla al cuarto. A él le quedó dando vueltas el haber usado la fuerza hace un rato por la desesperación, pero no le pidió disculpas.
—Acompáñeme, aunque sea una hora.
—…….
—Solo mientras hace eso.
Como él no dijo nada, ella bajó la mirada, toda bajoneada. Reingar pensó en decirle que el ruido de los martillazos iba a ser insoportable y que estar frente al fuego era un calor de porquería, pero se calló. Sin decir palabra, buscó un pedazo de metal en la canasta y lo metió a la candela.
—¿Con eso va a hacer una daga?
—Estoy haciendo puntas de lanza.
—¿Ya terminó la daga? Me gustaría ver cómo quedó.
Ella no dejaba de hablarle desde su derecha. Era una situación pesada, pero como tenía que esperar a que el fierro se calentara, no tenía excusa para hacerse el sordo. Ya se le había pasado un poco la agitación y la tensión del principio, así que decidió seguirle la corriente solo hasta que el metal estuviera al rojo vivo.
—No. Todavía la estoy armando.
—¿Y dónde está?
—Por aquí, pero está a medias todavía.
—Cuando la termine me la enseña, por favor. Tengo curiosidad.
A eso no le respondió. Le contestaba con lo justo, pero ni siquiera la miraba. Se quedó concentrado en los fierros dentro del horno, ignorándola, pero a Annette no le importó y siguió hablando bajito.
—Cuando vivía en Kingsberg vi una daga hermosa. Se la regaló un señor a mi papá; yo se la pedí un montón de veces, pero él no quiso dármela porque decía que era peligroso para una niña. La funda era de piel de cordero y tenía un cordón con piedras moradas. El cuero era tan pero tan suavecito que sentía que mis manos se derretían.
‘Cuero de cordero y joyas… un regalo digno para un rey’
pensó Reingar con sarcasmo mientras se imaginaba la escena.
La pequeña princesa rogándole a su padre el rey por una daga bonita. En ese tiempo, Annette ni se imaginaba que terminaría así: parada frente a un horno de herrería vestida de empleada, siendo ignorada por el hijo bastardo de una sirvienta y con una costra de sangre en el labio.
Pensar en eso le revolvió las tripas y, sin querer, apretó los dientes.
—Esa ropa… quémela apenas llegue a sus aposentos.
Se lo dijo con voz fría mientras volteaba a verla. Ver su rostro dentro de esa cofia le dio una angustia en el pecho. Ahorita, los ojos de Annette se veían azul oscuro. Bajo la luz del sol tienen un celeste hermoso, pero aquí estaba tan oscuro que no podían mostrar su verdadero color.
—Creo que ya se lo había dicho ese día. Que la quemara.
A Reingar eso le dio cólera. Le hervía la sangre de pura rabia y, por las puras, se quedó mirando a la mujer con fijeza. Annette no era nada astuta. Era una temeraria. En lugar de estar haciendo cosas peligrosas, debería estar buscando la forma de pasar desapercibida y estar segura sin llevarle la contra a nadie.
—No quiero. No sabe todo lo que me costó conseguir esto.
‘¿Pero por qué? ¿Por qué se juega la vida por una tontería así?’.
Él tenía unas ganas locas de arrancarle esa cofia de la cabeza y tirarla al horno. Sentía que recién ahí se quedaría tranquilo, quemando ese trapo para que ella no pudiera volver a salir así. Ni siquiera era su ropa, ni le quedaba bien, pero ahí estaba ella, terca, moviéndose por todos lados con eso puesto.
—Entonces, venga usted a la biblioteca, caballero. Así yo ya no tendré necesidad de ponerme esto de nuevo.
¿Por qué diablos decía eso con esa sonrisa, hablando tan en serio?
—Digo, por si no le gusta que yo venga por aquí de nuevo.
Annette susurró eso y soltó una sonrisita ligera. Reingar, que la miraba sin poder creérlo, soltó una risa sarcástica. O sea, si él no iba a la biblioteca, ella iba a seguir apareciéndose así. Básicamente lo estaba extorsionando.
—Si es así, no me va a quedar otra opción. Tendré que informarle de esto al señor de la casa.
—Entonces también tendrá que preparar su excusa. Por no haber informado que yo me escapé del castillo esa vez.
—Vaya, qué ‘hermosa’ forma de pagarme el favor que le hice.
—Usted dijo que no me estaba ayudando, ¿no? Entonces no tengo razón para pagarle nada, ¿verdad?
Con ese ‘golpe’, Annette lo dejó mudo. Tenía chispa para responder; después de todo, se notaba que era una princesa. ¿Habría aprendido a responder así en el palacio?
Al pensar en eso, a Reingar le dio curiosidad saber cómo era su vida antes. Qué hacía todos los días cuando vivía en Kingsberg.
—¿Por qué la condesa insiste tanto en que yo vaya a la biblioteca?
—Porque quiero verlo.
—¿Y para qué?
—Quiero conversar. Y aprender trisenio también. Eso era lo que quería hacer desde el principio.
—…….
—El trisenio tiene demasiadas pronunciaciones difíciles. Como su nombre, por ejemplo.
‘Reingar’
Annette lo pronunció de forma torpe mientras lo miraba.
Al encontrarse con esos ojos tan inocentes, Reingar se sintió desconcertado. Ella le había dicho de hacer ‘cosas de hombres y mujeres’. Él sintió un poco de vergüenza de sí mismo por haber imaginado ‘cosas de alcoba’ en la biblioteca, así que, para disimular su propia confusión, decidió enseñarle cómo se decía.
—Reingar.
Pronunció su propio nombre despacio, fijando la mirada en ella. Annette no le quitaba los ojos de encima a sus labios, tanto que a él hasta le empezó a picar la punta de la lengua por los nervios.
‘Reingar’
repitió ella sin mucha confianza, le salió igual de mal. Él, con una media sonrisa, se concentró en la lección.
—La lengua ponla así… abre más la boca.
‘Gar’
Él abrió bien la boca para que ella pudiera ver la posición de la lengua y los labios. La mujer lo imitaba con cuidado, abriendo también la boca de a pocos. Concentrados el uno en los labios y la lengua del otro, repitieron su nombre varias veces. De pronto, Reingar, al verse mirando tan fijo esos dientes blancos y esa lengua rosada, desvió la mirada al toque.
—Es una pronunciación que no existe en la lengua común… es normal que sea difícil.
murmuró, fingiendo que revisaba el horno.
‘¿Ya estará el fierro? Todavía le falta’
Como sentía que el fuego no estaba lo suficientemente fuerte, agarró el fuelle. Empezó a darle con fuerza —fup, fup— y la conversación se cortó por el ruido.
Cuando el fuego creció, agarró el metal con las tenazas, entonces ella, que había estado calladita, susurró:
—Reingar.
Le salió muy bien. Tanto que a él se le escapó una sonrisa sin querer.
—Mucho mejor.
la halagó con voz seca, tratando de ponerse serio de nuevo. Se hizo el que estaba concentradísimo revisando el metal caliente.
—¿Su nombre tiene algún significado especial? ¿Qué quiere decir?
—Significa ‘Caballero Puro’.
—…Ah. Es un nombre que le queda muy bien. ¿Se lo puso su madre?
—Probablemente.
Respondió eso sin dudar, pero sintió la necesidad de añadir algo más:
—O tal vez me lo puso mi padre.
Lo dijo a propósito, para que ella no olvidara con quién estaba hablando (el hijo de una sirvienta). Pero, irónicamente, la palabra ‘padre’ le heló el pecho a él mismo. Le recordó con frialdad quién era la mujer que tenía al frente (la hija del rey).
Y así, el silencio volvió a apoderarse de todo.
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