Annette - 46
A lo que la gente más le teme es al juicio final. El tiempo en la tierra se acaba, pero el fuego del infierno es para siempre. Reingard pensó que mencionando el infierno, la culpa de Annette pesaría más, pero ella, como si estuviera esperando ese momento, le respondió al toque:
—Usted ya rompió su promesa, señor. Traicionó al rey Delmas.
—Yo jamás le juré lealtad a ese rey.
—Su señor es vasallo de Perbrante, Perbrante le juró lealtad a mi padre. Así que el conde Roth y usted son el señor y el caballero de mi padre.
La lógica de Annette no fallaba. Si Rohan todavía tuviera poder, eso sería ley. Pero su reino ya no existía y el antiguo rey no era más que un fantasma. Las promesas de lealtad entre nobles eran, al final, puro contrato político.
Pero como decirle eso a la princesa solo le abriría más la herida, Reingard prefirió cambiar de tema:
—La condesa también hizo una promesa ante los dioses. Dicen que traicionar al esposo es el peor pecado de una mujer. No me diga que no sabe que el matrimonio es un juramento sagrado.
—Las promesas no sirven para nada. Yo ni siquiera quería casarme.
—Se va a ir al infierno.
—Yo ya estoy en el infierno.
Annette lo miró de frente, sin pestañear. Reingard vio en sus ojos ese brillo que ya conocía. Era esa misma determinación, o mejor dicho, esa ‘mala sangre’ que le vio la noche que la atrapó bajo el laurel. Esa mirada de quien lucha con uñas y dientes por su vida.
—Cualquier infierno va a ser igual al que vivo ahora.
Al ver esa mirada tan firme, Reingard sintió un escalofrío, como un déjà vu. Su rostro bajo la cofia, el brazo que él apretaba entre sus manos… todo se sentía igualito a esa vez. Era como si la semilla de todo este lío se hubiera plantado ese día y, sin darse cuenta, hubiera crecido como una enredadera que ahora lo tenía amarrado por completo.
—Lamento que esté en el infierno, pero yo no lo estoy.
dijo Reingard, tratando de ponerse frío como el hielo, como si quisiera cortar esa enredadera imaginaria.
—Yo la paso bien y no tengo ganas de morirme. Quiero vivir bastante tiempo si se puede. Todavía me faltan muchas cosas por hacer.
Soltó el brazo de la mujer con un gesto de desprecio. Dio un paso atrás para marcar distancia y levantó un poco el mentón. Los ojos de Annette, apoyada contra la pared, temblaron un poco, pero ella siguió la conversación como si nada.
—¿Ah, sí? ¿Y qué cosas quiere hacer?
Esa pregunta, lanzada con cierta ironía, se le clavó en el pecho.
¿Qué es lo que quiero hacer?
Al preguntárselo, lo primero que pensó fue en los diez años que pasó como escudero. Recién el año pasado lo nombraron caballero y apenas estaba empezando a disfrutar de sus logros.
Reingard, el hijo de una sirvienta, ahora era el ‘Sir Reingard’, respetado por todos. Si se casaba con Eben, sería el esposo de una señora feudal, si vivía más que ella, hasta podría ser el padre de un heredero.
Pero, ¿era eso lo que realmente quería hacer?
Jamás se lo había preguntado. Nadie le había dado la oportunidad de pensar en eso.
Aguantó los años de escudero solo para que el conde lo reconociera como su hijo bastardo. Se hizo caballero y fue a la guerra, pero solo regresó decepcionado y, tras perder a Erich, ya no tenía ganas de nada. Si no fuera por la orden del conde, ni se le habría ocurrido casarse.
Lo que yo quiero hacer. No lo que ‘debo’, sino lo que ‘quiero’.
En medio de esa pregunta tan extraña para él, miró a la mujer que tenía enfrente. Pensó que quería quitarle esa cofia blanca y ver el pelo que escondía. Se preguntó qué se sentiría tocar ese cabello rubio y ondulado. Agarrarle la carita y besarle los labios para ver a qué sabían. Succionarlos y meterle la lengua, tal como se lo había imaginado.
Haber llegado a pensar eso no fue algo que él quisiera, de pronto, le dio miedo de sí mismo.
—…Es muy probable que yo sea el hijo bastardo de mi señor.
El corazón le latía a mil por hora. Después de soltar esa bomba, se quedó mirando fijo a la mujer para no perderse ni un gesto suyo, pero Annette ni se inmutó. Ante un pecado que debería ser peor que romper un juramento, ella no se hizo para atrás; al contrario, le respondió con toda la concha del mundo:
—Puede que no lo sea.
Ya lo sabía. Lo sabía todo y aun así se atrevió a hacer esto.
—Y aunque lo fuera, no me importa. Igual… me gusta usted.
Annette lo miró directo a los ojos. Reingard ya no sabía qué pensar. Ni siquiera entendía qué estaba sintiendo. Era una mezcla de vergüenza, confusión, agobio y alivio que lo dejó con la mandíbula tensa.
Reacciona. No dejes que te envuelva.
—Le juro que, por más que haga esto, no voy a ayudar a la condesa a escapar.
—¿Y por qué cree que quiero escapar? No tengo ninguna intención de irme de aquí.
—…….
—Me voy a quedar en este castillo. Porque usted está aquí.
Esto ya era demasiado. Reingard se quedó mudo, simplemente mirando a Annette. No sabía si era por el resplandor del horno, pero sus ojos brillaban de una forma especial. Se repetía una y otra vez que todo era mentira, que solo era un plan de ella para usarlo y escapar, pero aun así no podía quitarle la vista de encima.
—Si no es para escapar… ¿qué es lo que quiere de mí?
—Que usted también me quiera, señor.
—Eso es imposible.
—Hagamos las cosas que hacen un hombre y una mujer.
Solo con oír eso, sintió que allá abajo se le puso todo duro al instante. Annette, después de soltar esa frase que lo dejó frío, se mordió el labio inferior. Él siempre pensó que morderse el labio era solo un tic de ella, pero no, era pura seducción. ¿Así es como seducen las nobles?, pensó. Por primera vez, Reingard sintió una profunda lástima por todos esos caballeros que terminaron en la ruina por meterse con las esposas de sus señores.
—Quiero hacer las cosas… que se hacen en un dormitorio.
¿Cómo se supone que alguien no caiga ante una tentación así?
Como ya no podía seguir escuchándola, estiró la mano hacia ella. Incluso en el momento en que la agarró del brazo para jalarla, seguía dudando.
Se debatía entre hacerse el tonto y dejarse llevar, o simplemente hacer realidad todas las cosas que se estaba imaginando. Mientras la llevaba casi a rastras hacia el cuarto del fondo y la sentaba a la fuerza sobre una cama vieja y descuidada, Reingard seguía luchando contra sí mismo.
—Señor…
—Quédese aquí. Y no se asome para nada.
Soltó las palabras casi como un escupitajo y se dio la vuelta. Pensó en cerrar la puerta, pero decidió dejarla así por si tenía que vigilarla. Regresó frente al horno y, mientras se ponía la túnica que se había quitado, se mantuvo de espaldas a ella todo el tiempo.
Si ella llegaba a verle el ‘bulto’ que se le había formado adelante, no respondía de lo que pudiera pasar. Por el ritmo que llevaba esa princesa, era fijo que se le iba a tirar encima para seguir provocándolo.
¿De verdad esto no es un sueño? ¿Esto es real?
Ya vestido, Reingard fue de ventana en ventana cerrando las persianas. Una vez que se aseguró de que nadie pudiera mirar hacia adentro, se paró frente al yunque. Desde la cama donde estaba Annette, se podía ver el horno en diagonal. En esa posición, él trataba de calmar su calentura y de pensar en un plan para salir de este tremendo lío.
A esta hora no había alma que visitara la herrería. Y si alguien veía la luz prendida y venía, no tendría por qué asomarse al cuarto del fondo. Bruno podría regresar de la nada, pero lo más probable es que pensara que Reingard se estaba ‘comiendo’ a alguna sirvienta. Jamás se imaginaría que la condesa estaba ahí metida y disfrazada.
Pensar en eso lo tranquilizó un poco. Mientras estuviera vestida así, era difícil que la gente del campamento la reconociera. Con tal de que no se le ocurriera hablar en su lengua natal, no los descubrirían.
—Oiga, señor.
—Mejor quédese calladita.
Se lo pidió con respeto, pero en el fondo era un ‘cállate la boca’. Seguía sin mirarla, parado frente al yunque como si fuera a ponerse a trabajar, solo para tapar su entrepierna.
Tenía que enfriar el cuerpo, pero no podía dejar de pensar en ella. Se imaginaba cómo lo estaría mirando sentada en la cama y no lograba calmarse. El corazón le latía a mil, estaba empapado en sudor y el fuego del horno seguía ardiendo frente a sus ojos.
Me voy a volver loco, de verdad.
—¡Ay!
De pronto, Annette soltó un grito corto.
Reingard volteó al toque hacia el cuarto. Vio a la mujer encogida en una esquina de la cama, mirando fijamente hacia un lado. No podía verle bien la cara por la cofia, pero se notaba que estaba asustada. ¿Habrá salido algún bicho?, pensó.
—Hay… hay un gato aquí…
Annette lo miró como pidiendo auxilio. Su rostro, dentro de la cofia, estaba pálido del susto. ¿Un gato? Había varios gatos que vivían en el campamento, como Bruno siempre les tiraba sobras, paraban metidos en la herrería. Parece que uno de esos se había quedado dormido en el cuarto como si fuera su casa.
Madara Info
Madara stands as a beacon for those desiring to craft a captivating online comic and manga reading platform on WordPress
For custom work request, please send email to wpstylish(at)gmail(dot)com