Annette - 45
Un pesado martillo de hierro subía y bajaba, golpeando el aire antes de caer con fuerza. Con cada golpe, los músculos de los brazos y la espalda del hombre se tensaban y se movían como si tuvieran vida propia. Se podía ver cada fibra de sus músculos gracias al sudor que hacía que su piel brillara bajo la luz. Entre la oscuridad del taller y el resplandor del fuego, su figura se veía todavía más imponente, casi exagerada.
Annette espiaba la escena por la rendija de la ventana.
Parecía que Reingar estaba solo. No se escuchaba a nadie más ni había rastro de alguna conversación; aunque, con ese escándalo de los martillazos, hubiera sido imposible hablar con alguien así estuviera al lado.
Ese sonido, que en la mansión se oía clarito como una campana, aquí era atronador. Cada vez que golpeaba el hierro, el estruendo le hincaba los oídos. Annette se sintió abrumada; ese hombre frente al fuego ardiente parecía una auténtica bestia y su espalda le resultaba totalmente desconocida.
Por eso no se atrevía a entrar. Se quedó ahí, pegada a la ventana, contemplando esa espalda desnuda. Después de darle duro al martillo por un buen rato, él sumergió el hierro en un barril de madera y un shhh de vapor estalló en el aire.
¿Qué será eso? Annette, curiosa por algo que jamás había visto en su vida, se olvidó por un momento de las fachas en las que estaba y de la locura que estaba haciendo.
Él sacó el hierro ya frío y volvió a darle con el martillo. Arriba, abajo; repetía el mismo movimiento una y otra vez con una terquedad increíble.
Justo cuando ella empezaba a preocuparse de si no le dolerían los brazos, él soltó el martillo y empezó a hurgar en el horno con un atizador. Al voltearse para agarrar una toalla, Annette por fin pudo verle la cara.
Esos hombros anchos, el pecho y la curva de sus brazos quedaron a la vista. Ella, que casi nunca había visto el cuerpo desnudo de un hombre, se quedó sin aire de la impresión. Sintió un apretón en el corazón y la cara se le puso roja como un tomate. Bajó la mirada al toque, como si hubiera visto algo prohibido, pero al segundo volvió a mirar de reojo hacia adentro.
Reingar dejó la toalla con la que se secaba el sudor y agarró un balde de madera. Parecía tener agua. Tomó con ganas, pasando el líquido a grandes tragos; se notaba que estaba muerto de sed. Debe ser agotador trabajar así con este calor, pensó ella.
Mientras se preguntaba por qué hacía un trabajo tan pesado, él bajó la mirada y, por un segundo, pareció clavar los ojos justo donde ella estaba.
Del susto, Annette retrocedió de la ventana al instante. Se pegó a la pared con las manos juntas sobre el pecho, que le latía a mil. ¿Y ahora por qué me escondo? Si he venido a seducirlo… Ella misma se sentía una tonta, pero las piernas no le respondían.
Al verle la cara, le dio miedo de nuevo. ¿Y si se amarga? ¿Y si se asusta y llama a la guardia? De solo imaginarlo, empezó a temblar. Tenía terror de que él la mirara con desprecio, a pesar de que ella misma se había jurado que pagaría cualquier precio.
Iba a hacer algo que hasta los dioses maldecirían, aun así, le aterraba que ese hombre la despreciara.
En eso, la puerta se abrió de golpe muy cerca de ella. Al escuchar el chillido de las bisagras oxidadas, Annette volteó asustada. Estaba en la parte de atrás y la entrada principal era al otro lado, pero recién caía en cuenta de que el taller también tenía una puertita trasera. Ya no tenía escapatoria.
Reingar la encontró al toque. En el momento en que sus miradas se cruzaron, Annette dejó de respirar. El tiempo se detuvo mientras veía los ojos de él, bien abiertos por la sorpresa. Bajo sus manos apretadas, sintió cómo su corazón daba un vuelco, luego otro más fuerte.
Todo pasó en un pestañeo.
Él la agarró fuerte del brazo y la jaló hacia adentro. La empujó bruscamente contra la pared y se escuchó el sonido del cerrojo al cerrarse. De pronto, el cuerpo del hombre estaba frente a ella, emanando un calor y un olor a hombre que la mareaba.
—Usted de verdad…
soltó él con una voz baja y autoritaria.
—¿Se volvió loca o qué…?
Su mirada era penetrante y su respiración estaba agitada.
El corazón de Annette saltaba como loco. Aunque tenía la boca abierta y no podía respirar bien, sintió un alivio enorme. Se sintió segura porque él la había metido al taller, cerrando la puerta con seguro y pendiente de que nadie afuera se diera cuenta.
Menos mal que no gritó pidiendo ayuda ni la botó con asco.
—Si alguien la ve… si nos descubren, ¿qué cree que va a pasar?
Reingar estaba tan alterado que ni podía terminar las frases. La miraba vestida de empleada y parecía que no podía creer lo que veían sus ojos. Soltó un suspiro y murmuró algo en triseno que sonó a insulto.
—…Nadie me vio.
respondió Annette bajito, intentando defenderse.
Él la miró fijo y soltó una risa sarcástica, como no pudiendo creer lo que oía. Era una risa de ‘no te lo puedo creer’, pero al menos era una sonrisa.
—¿De verdad me está diciendo eso…?
—Si usted hubiera ido a la biblioteca, no habría tenido que hacer esto.
soltó Annette con toda la concha del mundo.
Reingar se quedó mudo, ya no sabía qué decirle. Annette pensó que ya estaba jugada, así que se lanzó con todo.
—Vine con cuidado para que no me vieran. He venido porque quería verlo, por eso.
—…….
—Es que si no hago esto, no tengo cómo encontrarme con usted…
—…….
—Lo hice porque me gusta.
Soltó lo primero que se le vino a la mente mientras lo miraba hacia arriba. Le sostuvo la mirada y le dijo que le gustaba, con la misma desesperación que la noche anterior.
Habían sido palabras que soltó sin pensar, pero notó que Reingar se puso nervioso. No le soltó la mano ni la alejó, solo se quedó ahí, esperando. Esa era la primera llave que ella encontraba: la llave para abrir la puerta de ese hombre y entrar en su vida.
—Me gusta, señor. Es la verdad.
Annette decidió que este sería su punto de partida. No sabía qué vendría después, pero esta era la mejor forma que tenía para empezar a seducirlo.
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¿Estaba soñando?
Reingar pensó que esto no podía ser real ni a balas.
Todo el rato que estuvo dándole al martillo, no pudo sacársela de la cabeza. Pensaba en Annette, que seguro lo estaba esperando en la biblioteca toda decepcionada. O bueno, con el escándalo que estaba haciendo, ella sabría que él no iba a ir. ¿Estará escuchando este ruido ahora mismo?, se preguntó.
Saber que ella lo escuchaba hizo que se pusiera consciente de sus movimientos. Empezó a golpear el metal con más fuerza y rapidez de lo normal, cansándose más de la cuenta solo por lucirse.
Recién cuando se quitó la túnica empapada en sudor y se puso a trabajar en serio, su mente se calmó un poco. Usar el cuerpo para matar los malos pensamientos era un truco que aprendió desde que era un simple escudero.
Justo cuando terminaba de forjar una punta de lanza y tomaba un poco de agua, creyó ver por la ventana a una mujer con una cofia.
Se quedó frío al ver que era Annette, pero ella desapareció al toque. Pensó que se estaba volviendo loco por tener su imagen grabada en el cerebro. En toda su vida jamás había visto visiones; a menos que un demonio se le hubiera metido al cuerpo, esto no tenía sentido. Incluso le pareció verle una herida en el labio.
Esa herida.
En ese momento reaccionó. Abrió la puerta por si acaso y, cuando la encontró ahí parada, se le cortó la respiración. Se quedó en blanco y lo único que pudo pensar fue: ‘Tengo que esconderla ya’. Tenía que ocultarla donde nadie la viera.
Fue una decisión del momento, pero Reingar ya se estaba arrepintiendo.
—Lo hice porque me gusta.
No debí dejarla entrar, pensó él.
Lo que un vasallo fiel debería haber hecho era informar de la falta de la señora a su señor. No esconderla en una herrería, sino llevarla de regreso a la mansión. O al menos llamar a alguien para que sirviera de testigo.
Reingar bajó la mirada, totalmente perdido, hacia el rostro de la mujer que lo observaba fijamente. Se puso a pensar en lo desastrosa que era la situación: la condesa vestida de sirvienta y el caballero medio calato. Si el mismísimo Dios del Juicio los viera ahora, no tendrían cómo defenderse.
Desde el momento en que la dejó entrar, ya no había forma de probar que eran inocentes.
—Me gusta, señor. Es la verdad.
Y yo… ¿qué diablos se supone que haga con eso?
Sintió un vuelco en el estómago, como si algo le quemara por dentro. Soltó un suspiro profundo y apretó más fuerte el brazo de la mujer. Sabía que debía soltar a la noble y dar un paso atrás, pero no quería.
Si ella se atreve a hacer estas cosas, no puede esperar que la trate con delicadeza.
—¿Y entonces?
—…….
—¿Quieres que nos maten a los dos?
Se lo preguntó como reclamándole, inclinándose un poco hacia ella. La distancia, que ya era corta, se acortó más hasta que pudieron sentir el aliento del otro. Sus ojos azules, sus pestañas tupidas, las pecas en su nariz… Reingar se dio cuenta de que Annette lo estaba mirando tan de cerca como él a ella. Ella podía sentir hasta su olor a sudor de hombre.
—…Si no nos descubren, no pasa nada.
—¿Y cómo piensa que no nos van a descubrir?
—Nadie me vigila. Nadie se interesa en mí a menos que me necesiten para algo. Además, todas las sirvientas visten igual, nadie va a sospechar.
—Usted confía demasiado en que su buena suerte va a durar por siempre.
—No tengo miedo de morir.
—Pero yo también moriría.
Ante eso, Annette se quedó callada. Parece que sí le remordía la conciencia poner en riesgo la vida de otra persona. Reingar decidió que era mejor asustar un poco más a esta joven condesa.
—Y si solo fuera morir, sería lo de menos. Usted es la esposa de mi señor, yo le juré lealtad a él. Un caballero que rompe su promesa se pudre en el infierno.
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