Annette - 44
—¿Puedes venir mañana también?
Annette no apareció en el banquete de hoy. Todos lanzaban miradas de reojo a su silla vacía, pero nadie se atrevía a preguntar por qué. Cuando los invitados se fueron, Reingard recuperó su lugar en la mesa, pero durante toda la cena estuvo tan pendiente del asiento vacío a su izquierda que terminó pensando que hubiera sido mejor ni siquiera venir.
El Conde, aprovechando que después de tiempo estaban juntos, intentó sacarle conversación de forma amistosa. Reingard le respondía con educación, esforzándose al máximo por actuar como siempre, mientras se aguantaba las ganas de preguntar por la ausencia de la Condesa. Quería ver qué cara ponía el Conde si le tocaba ese tema.
—¿Quién diablos…?
¿Habría sido orden del esposo que no saliera hoy? ¿Le habría dejado la cara tan mal que prefería que nadie la viera? ¿O será que de verdad se sentía mal? ¿Y si se había quedado postrada en cama?
Esas ideas no lo dejaban comer tranquilo. Durante todo el banquete no dejó de pensar en Annette. Bueno, en realidad, desde anoche no había hecho otra cosa que pensar en ella todo el santo día.
Recordaba sus dedos finos, su cara pequeñita y sus brazos que no eran nada, apenas un puñado de huesos. Pensaba en la herida de sus labios carnosos, en el golpe que la causó y en el impacto que ese cuerpo tuvo que aguantar.
—Me gustas.
Esa voz y su rostro estaban grabados en su mente con una claridad desesperante. Recordaba exactamente cómo se le desfiguraba la cara al llorar, cómo se mordía los labios y hasta sus sollozos.
Aún sentía en sus manos el calor de sus lágrimas, la textura de su cara y esa piel tan suave y lisa. Incluso recordaba la fuerza con la que ella le apretó las manos.
—Me gustas.
Llevaba casi un día entero repitiéndose eso una y otra vez desde anoche; estaba que se volvía loco.
—Ah, ya basta…
Reingard cerró los ojos con fuerza y los volvió a abrir. Agarró un pedazo de hierro al rojo vivo con las tenazas, lo pasó al yunque y pensó:
‘Ya, acepto que metí la pata. Dejarme llevar y olvidarme de mi deber fue un error, pero de ahora en adelante tengo que hacer las cosas bien. Solo tengo que evitar que la cosa pase a mayores. A partir de ahora, ni una sola vez más me vuelvo a involucrar con esa mujer, por nada del mundo’.
—¿Puedes venir mañana también?
‘Ni hablar’
Sentía una alarma recorriéndole todo el cuerpo. Reingard se dio cuenta de que ya había ido demasiado lejos y que, si daba un solo paso más, la cosa se iba a poner realmente peligrosa. Tuvo que admitir que lo que sentía por ella no era lástima ni curiosidad.
Era fascinación.
No sabía cómo había pasado, ni qué parte de ella lo tenía así de amarrado, pero lo cierto era que Reingard estaba completamente hechizado por Annette.
Pero desear a la mujer de tu señor se pagaba con la vida. Codiciar a la mujer de tu ‘padre’ era atraer la maldición de los dioses. Estaría condenado a la ruina en vida y no encontraría perdón ni después de muerto.
—Te extrañé.
¡Tán!
Reingard descargó el martillo como queriendo romper sus propios pensamientos. En el momento en que el pesado martillo golpeó el metal, se escuchó un estallido seco y el hierro se partió en dos. Parece que lo sacó antes de tiempo y no se había calentado lo suficiente.
‘Ten más cuidado, pues. Cuando estés frente al fuego, tienes que estar mosca’. Si Bruno lo hubiera visto, ya le habría estado rompiendo la paciencia con sus sermones.
—Puta madre……
la lisura se le escapó sola.
Reingard miró los pedazos de hierro con una rabia contenida. La mujer de sus pensamientos seguía ahí, mirándolo fijamente. Él había roto el metal por las puras, pero ella seguía ahí en su cabeza, parpadeando con la cara lavada como si nada.
Echándole la culpa a ella, se puso a rebuscar otra vez en la canasta. Encontró un trozo de hierro del tamaño adecuado, lo metió al fuego y esperó a que calentara.
La noche del primero de agosto todavía conservaba el bochorno del día. El fuego ardía con fuerza dentro del horno. El trabajo recién empezaba, pero el sudor ya le estaba chorreando por la frente.
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Tan, tan, tan.
Annette se quedó escuchando ese sonido.
Hacía como una semana que el herrero se quedaba trabajando hasta tarde. El eco de los martillazos se escuchaba incluso después del atardecer. Al principio, el corazón se le dio un vuelco pensando que era Reingard.
Aunque se había esforzado por evitarlo a toda costa para no pensar en él, su corazón se puso a latir a mil por hora de inmediato. Qué loco cómo un simple martillazo, al creer que venía de él, podía sonar mucho más fuerte y claro.
Pero, a diferencia de lo que esperaba, el sonido era del herrero. Annette ya podía distinguir esa diferencia sutil entre los dos.
Es que los martillazos de Reingard eran un poco más lentos. Quizás ese intervalo más largo entre golpe y golpe significaba falta de práctica, pero a Annette le gustaba más ese sonido cauteloso y hasta medio torpe.
Tan, tan.
Justo como ese que escuchaba ahora.
—O sea que se fue a la herrería.
Murmuró Annette mientras miraba el reloj. La aguja del reloj de mesa acababa de pasar las nueve. Seguro se había escapado a la herrería para no tener que ir a la biblioteca. Quizás hasta hacía bulla a propósito para avisarle que estaba ahí.
—Cobarde.
Se le escapó una risita tonta. Sabía que él no vendría así de fácil, pero aun así sintió que se quedaba sin fuerzas. En el fondo, parece que sí tenía la esperanza de que él apareciera hoy.
Se había pasado todo el día esperando este momento.
Anoche Annette casi no pudo pegar el ojo. Se la pasó dando vueltas a lo que el Conde y el Emperador le habían hecho, masticando su rabia. Juró que se vengaría de todos, que haría algo tan sucio que hasta los mismos dioses se pondrían pálidos de la impresión.
—Me gustas.
No importaba el precio, lo iba a hacer de todas maneras.
Tan, tan.
El martilleo seguía sonando con ritmo. Mientras lo escuchaba, Annette se quedó mirando el reloj. Nueve de la noche. Era la hora que había estado esperando todo el día, pero ahora ya no tenía sentido ir a la biblioteca. Entonces, ¿qué hacer? Se quedó pensando un rato y luego caminó hacia la cama.
Si ese hombre no pensaba venir, no le quedaba otra que ir a buscarlo ella misma.
Annette abrió un baúl grande y buscó al fondo hasta sacar un uniforme de sirvienta que tenía escondido. La ropa, que no tocaba desde aquel día, olía a polvo.
Se puso el corpiño y la falda sobre la camisa que llevaba puesta y ajustó los cordones. Encima se puso el delantal, se acomodó el gorrito y listo. Comparado con la ropa de una noble, esto era tan sencillo que hasta sentía que le faltaba ponerse algo.
Convertida en una sirvienta perfecta, Annette se paró frente al espejo.
Se metió con cuidado los mechones de pelo que se salían del gorro. Como era de noche seguro no se notaba, pero mejor era no arriesgarse.
‘Tengo que caminar bajando la cabeza y sin hacer ruido. Salgo por la puerta trasera, cruzo el jardín posterior y paso por el arco. La herrería está pasando el campamento militar, hacia el norte. Solo tengo que seguir el sonido y será fácil encontrarla’.
Trazó la ruta en su cabeza para darse valor. Los nervios empezaron a apretarle el pecho. Annette sabía muy bien que lo que estaba haciendo era peligrosísimo. Si alguien la paraba o le hablaba, la iban a descubrir al toque.
‘Pero no tengo otra forma’
Annette miró a la mujer en el espejo. Una mujer que no era ni princesa ni sirvienta la miraba con un rostro extraño. La hinchazón de la cara ya había bajado, pero todavía tenía la costra de sangre en la comisura de los labios. Curiosamente, eso combinaba bien con el gorro de sirvienta.
—Ahora parezco más una empleada que una princesa.
La mujer del espejo sonrió con amargura. Annette no podía negar que, desde ayer, algo dentro de ella había cambiado por completo. Quizás se había vuelto loca por el shock de recibir, por primera vez en su vida, una tanda de golpes que le rompieron el labio. Ya no quedaba nada en su corazón, que se sentía quemado y congelado a la vez.
—Porque te extrañaba.
Solo le quedaba la idea fija de ver a ese hombre, la terquedad de que, como sea, lo iba a seducir.
—Te extrañé.
El único hombre en todo este castillo que la había mirado de verdad. El único que sintió lástima por ella y bajó la guardia. Paradójicamente, fue por eso mismo que Annette lo eligió a él. Y no pensaba sentir culpa por ello. No le importaba abrazar a ese hombre y caer juntos al fuego del infierno.
—Yo le juré lealtad a Conde Lotte.
‘Porque Sir Reingard es un caballero de Tressen’
—Si me pide mi vida, se la daré con gusto.
‘Él también peleó en la guerra, ¿no? Se jugó la vida por el Emperador. Entonces él también es un traidor de Roanne. No está mal usar al caballero de un usurpador’.
—… Está bien.
Mordiéndose el labio, Annette apagó la única vela que quedaba. Esperó a que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad y salió del cuarto. Mientras salía de la mansión sin hacer ruido, se le venían a la mente varias imágenes en fila.
El momento en que él apareció anoche en la biblioteca. Cuando hincó una rodilla y se agachó frente a ella. La delicadeza de sus dedos al levantarle el mentón y el calor de esa mano que no la rechazó hasta el final.
—Porque te extrañaba.
Al salir por la puerta trasera, sintió el olor a pasto del jardín. Pisando la tierra que seguía caliente por el sol del día, Annette se dirigió al oeste.
Tan, tan, tan.
Fue avanzando paso a paso, siguiendo ese sonido cauteloso y torpe.
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La distancia desde la mansión hasta la herrería era más larga de lo que imaginó. Quizás, como era la primera vez y estaba tan nerviosa, lo sintió mucho más lejos. Sabía que estaba al norte del campamento, cerca de la puerta del castillo, pero nunca antes había ido. Annette se dio cuenta, una vez más, de lo diferente que es imaginar algo a vivirlo en carne propia.
Caminó pegadita al muro para no llamar la atención. El sonido de los martillazos no paraba y le servía de guía. Cuando el ruido se hizo más fuerte, divisó la luz de la herrería, el corazón, que ya le latía a mil por los nervios, empezó a retumbarle hasta en los oídos.
‘¿Estará solo? ¿Y si hay alguien más?’.
Recién en ese momento se le ocurrió pensar en eso, así que se acercó a la herrería de puntitas, con mucho cuidado.
Se asomó cautelosamente por la ventana y vio la espalda del hombre. Estaba parado frente al horno, inclinado, dándole al martillo. Su espalda descubierta brillaba, empapada en sudor.
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