Annette - 43
—Ya es tarde.
Ante esas palabras, Annette apretó su mano con más fuerza. Lo hizo para evitar que se marchara, pero la mano del hombre no se movió. Era una mano cálida y áspera; tan grande que, aunque ella la sostenía con ambas suyas, apenas podía rodearla.
—… ¿Podrías venir mañana también?
Su voz se quebró de una forma que le resultó desagradable. Preguntó con la mirada baja, pero no obtuvo respuesta. Annette fijó la vista en el par de candelabros que estaban en el suelo. El candelabro de plata que él había traído era idéntico al de ella.
—Es que… quería verte……
Murmuró la primera frase de seducción que le vino a la mente mientras levantaba la vista. Sus ojos se encontraron de frente, pero él, sin inmutarse, simplemente retiró la mano que ella sostenía. Fue un gesto suave pero firme, Annette sintió una repentina punzada de tristeza.
—Te extrañé……..
Dijo una vez más, encogiendo sus manos vacías. Se limpió con el dorso de la mano una lágrima que se le escapó sin querer. El hombre, que la observaba con ojos cargados de una mezcla de emociones, desvió la mirada como si no pudiera seguir viéndola.
—Regrese a sus aposentos. Es tarde.
Él tomó el candelabro del suelo y se puso de pie. Al estirar las piernas, su rostro, que hace un momento estaba frente al suyo, quedó a una altura inalcanzable. Annette tuvo que levantar la barbilla, pero aun así no lograba ver su expresión; dolida por ese gesto, decidió quejarse un poco.
—Ayúdame a levantarme.
—…….
—Es que no tengo fuerza en las piernas.
Tras dudar un momento, el hombre se inclinó, la tomó de un brazo y la puso de pie lentamente. La levantó con tanta facilidad y ligereza que Annette no tuvo tiempo de pensar en otra acción o palabra.
¿Qué más debería decirle ahora? Buscó desesperadamente una excusa, pero no se le ocurría nada. Quería pedirle que la acompañara hasta su habitación, pero sabía que era algo que no debía decir.
Así que, por hoy, esto era todo lo que podía hacer.
—Sal tú primero, Sir.
—… Sí. Con su permiso.
—¿Vendrás mañana, verdad?
Annette preguntó como si intentara retenerlo, pero Reingar no abrió la boca. Soltó un breve suspiro mientras la miraba desde su altura y, tras inclinarse, le entregó el candelabro que estaba en el suelo. Annette lo aceptó y volvió a mirar el rostro del hombre. Él tenía la mandíbula tensa y sus ojos recorrieron el lado izquierdo de su cara y sus labios.
—Que descanse.
Finalmente, Reingar se dio la vuelta sin responder. El suelo crujía con cada paso que daba hacia la salida. Annette observó su espalda hasta que el sonido desapareció por completo. Esperaba que tal vez él se diera la vuelta, o que le dijera que vendría aquí mañana, pero al final nada de eso sucedió.
‘¿Podré seducirlo?’
Annette se quedó allí de pie, dudando de su propio plan. Solo la habían rechazado una vez, pero sentía el corazón tan herido como si la hubieran abandonado para siempre.
Y así, volvió a quedarse sola en la oscuridad. Sosteniendo con fuerza el candelabro que él le había entregado, permaneció mirando la puerta cerrada durante mucho tiempo.
⋅•⋅⋅•⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅∙∘☽༓☾∘∙•⋅⋅⋅•⋅⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅
—¡Por favor, ten cuidado! ¿Me oyes? Tienes que estar bien concentrado cuando estés frente al fuego. Como te lastimes una sola vez más, te prohíbo la entrada aquí. ¡Prohibido!
El herrero no dejó de parlotear hasta el momento en que se dispuso a irse. Reingar fingió no escucharlo y se limitó a observar las llamas del horno. ‘Dice eso, pero igual me dejaría entrar’, murmuró para sus adentros mientras los regaños continuaban.
—No entiendo de dónde sacas fuerzas para martillar después de entrenar todo el santo día. Si te cansas mucho, duerme un rato en la habitación. Como estés distraído y te pase algo, va a ser un problema serio. Adentro hay un catre y mantas, se puede descansar decentemente. —Ya le dije que si me canso, me iré a dormir a mi cuarto. Si no tuviera fuerzas ni para caminar hasta allá, estaría muerto, no cansado.
Recién después de que Reingar soltara esa respuesta con una media sonrisa, Bruno cerró la boca con cara de pocos amigos.
Reingar conocía la herrería como la palma de su mano; frecuentaba el lugar desde niño. Originalmente, el sitio fue construido para ser también una vivienda, antaño la esposa y las hijas del antiguo herrero vivían allí. Desde que Bruno se hizo cargo, se convirtió puramente en un taller, pero aun así conservó una habitación sencilla para tomar siestas o dormir un poco.
Bruno, siendo soltero, vivía en los dormitorios de los sirvientes de la mansión. Decía que era más cómodo porque le daban las comidas y le lavaban la ropa. Las cocineras y criadas eran amables con él porque les fabricaba buenos cuchillos y tijeras, pero si tuviera una esposa, no tendría que depender de los dormitorios comunes. Habría sido más fácil formar un hogar aquí mismo.
—Tío, ¿no ha pensado en casarse, aunque sea ahora?
Ante la pregunta repentina, Bruno se sobresaltó, desconcertado. Luego, frunció el ceño y soltó una carcajada forzada.
—¿A qué viene eso tan de repente?
—¿Entonces piensa quedarse solo hasta que se muera?
—He vivido muy bien solo hasta ahora. ¿Qué matrimonio ni qué ocho cuartos?
El herrero se dio la vuelta como queriendo evitar su mirada. Reingar observó esa espalda ancha. El herrero de mediana edad era alto y robusto, pero ya no le parecía tan gigantesco como antes. De niño, le parecía tan grande como una casa; pensaba que era un señor tipo ogro.
—Piénselo en serio. Si consigue una esposa antes de que sea más tarde, no se sentirá solo.
—No me siento solo ahora tampoco.
—No le creo.
—A ver, ¿tú crees que cualquiera se casa? Las condiciones tienen que encajar.
—¿Y qué tienen de malo sus condiciones?
Ante la pregunta de Reingar, Bruno soltó un bufido. ‘Condiciones’. Aunque Reingar preguntó con fingida inocencia, conocía perfectamente la situación de Bruno.
Bruno, nacido como hijo ilegítimo, no tenía apellido. Esos hombres, al casarse, solían adoptar el apellido de la esposa, pero los padres comunes sentían que era una deshonra entregar a sus hijas a un hombre así. Solo las mujeres sin padres o extremadamente pobres aceptaban de buen grado a un marido ilegítimo.
A los hombres se les exigen muchas condiciones para el matrimonio. Incluso los nobles, si no poseían su propia mansión o feudo, a menudo no podían tomar esposa. Entre los vasallos del Conde Rott, no había ninguno casado; esos nobles solían vivir de allegados en casas ajenas mientras salían con prostitutas o tenían amantes. Para la nobleza, el matrimonio servía para proteger el nombre y las tierras. La mayoría de los jefes de familia eran tacaños a la hora de mantener a los hijos menores y a sus familias.
—¿Pero por qué preguntas eso ahora? ¿Te sientes mal por casarte tú solo?
Bruno entornó los ojos con picardía. Reingar frunció el ceño al ver que salía el tema por el que ya lo habían atormentado bastante. No sabía de dónde habrían sacado el rumor de que había negociaciones matrimoniales en curso. Seguramente algún vasallo o caballero de la mansión lo habría soltado por ahí.
—Ya le dije que todavía no hay nada confirmado.
—Pues dicen que es casi un hecho.
—Incluso si se concreta, no estoy en posición de casarme de inmediato.
—¿Y eso por qué? ¿Qué le pasa a tu posición?
—No es mi posición…
‘Es que la novia necesita tiempo para crecer’, murmuró para sus adentros, soltando una risa amarga ante lo absurdo de la situación. Bruno, por su parte, lo interpretó a su manera.
—Maldita sea, los nobles siempre son iguales. ¿Por qué tienen que medir y calcular tanto todo?
Reingar sonrió en silencio ante el gruñido malhumorado. Parecía que el rumor no incluía la edad de la otra parte.
—Si ellos andan con tibiezas, recházalos tú. ¿Acaso es la única soltera en el mundo? Hay montones de nobles que querrían tenerte de yerno, no tienes nada que perder.
El herrero levantó la barbilla con orgullo. Aunque sus palabras tenían varios errores, Reingar no lo corrigió. Si seguía respondiéndole, los regaños durarían toda la noche.
—Ya váyase a descansar. Trabajó hasta tarde.
—Ya pensaba hacerlo. Cuidado con las manos. No te lastimes.
—Que sí, ya entendí.
‘Este viejo sí que habla’, pensó Reingar mientras agitaba la mano para que se fuera de una vez. El herrero se dio la vuelta con una sonrisa y se marchó. Escuchando el sonido de sus pasos pesados y el cierre de la puerta, Reingar se acercó a la canasta que contenía trozos de hierro.
Como se había decidido reclutar nuevos soldados, Bruno había empezado a fabricar armas nuevas. Debido al aumento de trabajo, últimamente regresaba después de cenar para trabajar hasta la noche. Como Reingar había llegado cerca de las ocho y media, eso significaba que Bruno había estado casi doce horas frente al fuego.
Gracias a eso, las brasas estaban tan intensas que no hacía falta usar el fuelle. Reingar eligió un trozo de hierro del tamaño adecuado para una punta de lanza y lo metió al fuego.
Originalmente estaba fabricando una daga para su propio uso, pero decidió ayudar en la herrería por un tiempo. ‘Si dejo hechas unas tres o cuatro puntas de lanza antes de irme, será de ayuda para el tío’.
Justo cuando estaba frente al fuego esperando a que el hierro se calentara, la última campanada sonó desde la torre: ¡Dong!
El tañido de las nueve de la noche marcaba el fin de la jornada. Era la hora en que se apagaban las luces en los dormitorios militares y los sirvientes regresaban a sus cuartos. También era la hora en que la criada de turno en la mansión bajaba a la habitación de guardia en el sótano. Como Reingar había vivido en esa habitación de niño, para él, ese sonido significaba que alguien llegaba a la habitación donde estaba solo. En los días en que venía una criada amable, era el momento en que alguien le dirigía unas palabras o le acariciaba la cabeza antes de dormir.
Las campanas de las nueve de la noche. Ahora, para él, ese sonido significaba el tiempo de Annette.
Madara Info
Madara stands as a beacon for those desiring to craft a captivating online comic and manga reading platform on WordPress
For custom work request, please send email to wpstylish(at)gmail(dot)com