Annette - 42
Aunque por dentro estaba todo renegón, no pudo evitar que se le escapara una sonrisita, así que tuvo que ponerse serio rápido. Se sintió aliviado al saber que ella no lo estaba evitando. Le pareció gracioso, hasta tierno, que Annette se hubiera quedado callada tanto rato solo para decir eso. En verdad no tenía nada de gracioso ni de tierno, pero él simplemente no podía dejar de sonreír.
¿Qué le podía responder? No le iba a decir ‘ya sé que no me estabas esperando, no mientas’, así que necesitaba otro tema.
Pensó en contarle que se fue a la montaña Neubel, que hicieron una apuesta de caza y que su equipo ganó. Que él mismo bajó a un ciervo gigante y gracias a eso sumó puntos y ganaron plata. Pero, ¿contarle que ganó plata no sería muy creído? Si se ponía a hablar como loco apenas la veía, iba a parecer demasiado emocionado. Mejor era preguntar cómo estaba, así de lejitos, como quien no quiere la cosa. Reingar se quedó pensando en todo eso y no pudo seguir la conversación rápido; Annette, que esperaba en silencio, giró la cabeza hacia él.
En el momento en que sus ojos se cruzaron bajo la luz de la vela, Reingar dejó de pensar. Esos ojos redondos, brillantes en la oscuridad… volver a verlos después de quince días lo dejó en blanco. Se olvidó de a qué venía y hasta de qué era lo que quería.
Annette parecía estar bien. Tenía su ropa fina de gran dama y su cabello bien peinado, con esos rizos de siempre. Su cara seguía siendo pequeñita, lo que hacía que sus ojos se vieran más grandes, pero así era ella. Le dio una mirada rápida de pies a cabeza y recién ahí se dio cuenta de que algo no cuadraba.
No lo vio al toque porque todo estaba oscuro. Él estaba a su derecha y, como siempre se hacía ideas raras con los labios de ella, había evitado mirárselos a propósito.
Por eso, al principio pensó que estaba viendo mal. Creyó que era un juego de luces o una sombra. Quería negar a toda costa que esa mancha oscura en la comisura izquierda de su boca fuera sangre, porque el solo hecho de pensarlo ya lo había descuadrado por completo.
Annette volvió a girar la cabeza para ocultar ese lado de la cara. En ese mismo instante, Reingar empezó a caminar hacia ella. Dejó el libro que llevaba en la mano izquierda en cualquier parte del estante, se acercó a sus pies, puso una rodilla en el suelo y estiró la mano.
Se olvidó por completo de que no debía tocar a una mujer de su clase. Ni se le ocurrió dejar el candelabro en el piso. Solo tenía una idea fija: tenía que comprobarlo con sus propios ojos, tenía que verla bien.
Annette se encogió más y bajó la cabeza. Se escuchaba su respiración agitada, pero eso no lo detuvo. Cuando él le rozó el mentón con los dedos, ella empezó a temblar un poquito, pero no rechazó su mano mientras él le levantaba la cara despacio. Eso sí, ella mantenía la mirada baja, sin querer verlo.
Reingar tomó aire en silencio.
Tenía sangre seca en el borde del labio. Mirándola de frente, se notaba clarito que tenía el lado izquierdo de la cara hinchado. Con la luz más cerca, ya no había duda. Reingar vio exactamente lo que le habían hecho.
—Quién…….
Le costaba hablar. Sentía como si tuviera una piedra atravesada en la garganta. Su voz salió rasposa, arrastrada.
—¡Quién diablos te hizo esto……!
¿Quién más iba a ser? Reingar ni terminó la pregunta. Apretó el candelabro con tanta fuerza que le empezó a hormiguear la mano. No se detuvo a pensar por qué estaba tan furioso o si tenía derecho a estarlo. La rabia ya le estaba corriendo por las venas.
—Te estaba esperando….
Susurró Annette con la voz quebrada mientras levantaba la mirada. Esos ojos llenos de miedo lo atravesaron como una estocada. Se quedó sin aire, como si lo hubieran herido de verdad.
—Creo que… me gustas….
La voz le temblaba entre sus labios heridos. Reingar no podía creer lo que oía, justo en ese momento Annette rompió en llanto. Empezó a llorar bajito, con la cara toda desencajada.
‘Creo que me gustas’. Recién ahí Reingar reaccionó y quiso quitar la mano de su mentón como si se hubiera quemado, pero Annette fue más rápida y lo agarró de las manos.
—Te quiero… te quiero….
Se quedó repitiendo lo mismo una y otra vez. Lloraba tanto que tenía las mejillas empapadas mientras se aferraba a la mano izquierda de él. Sus dedos, que lo agarraban con desesperación, estaban helados; pero las lágrimas que le caían en la mano estaban hirviendo.
Por eso no pudo soltarse. Se quedó ahí hasta que ella dejó de llorar. Era lo único que Reingar podía hacer por ella. No podía consolar a una mujer que lloraba así, de esa forma tan desgarradora. Él sabía que ese ‘te quiero, te quiero’ que ella repetía era mentira. Sabía perfectamente qué era lo que ella quería decir en verdad:
‘Sálvame. Sácame de aquí’.
Pero él no era el caballero de los cuentos que rescata a la princesa de la torre. Reingar era un caballero del castillo de Lotte y le debía lealtad al conde. Si venía un caballero a rescatar a la princesa, él tendría que pelear contra ese hombre. Su deber era proteger a la esposa de su señor, no robársela.
—Te quiero….
Mentira.
Cada vez que Annette se lo decía llorando, Reingar se lo repetía a sí mismo por dentro. Como quien se defiende de un ataque, se decía una y otra vez: ‘Es mentira, me está mintiendo, esto es mentira’.
Pero no pudo evitar el golpe directo al corazón. Esas manos pequeñas y frías que lo sujetaban, esa mujer que temblaba entera mientras lloraba, esas lágrimas que le mojaban los dedos… todo eso lo golpeaba una y otra vez, sin descanso.
La puerta de la biblioteca no tenía llave. Él sabía perfectamente el precio que pagaría si alguien los encontraba así, pero prefirió ignorarlo. Ni siquiera pudo convencerse de que esto era una seducción o un nuevo plan de la princesa para escapar. El simple hecho de aguantarse las ganas de apretarle las manos de vuelta ya era una batalla perdida para él.
Al final, Reingar no pudo soltarse. Se quedó ahí, acariciándole la cara hinchada y los labios solo con la mirada. Sabía que estaba cometiendo el error de su vida, pero ya no había forma de dar marcha atrás.
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Llorar así no estaba en los planes de Annette. Bueno, si es que a un impulso que te viene de la nada se le puede llamar ‘plan’.
Mientras estaba ahí encogida en la biblioteca, se le pasaron mil ideas por la cabeza: ‘Le prendo fuego a los libros’, ‘No, mejor quemo toda la mansión’, ‘Mejor espero a que el conde se duerma y lo asfixio’. Eran planes sin sentido, sin ninguna chance de ganar, pero Annette los disparaba uno tras otro con la mirada clavada en la nada, fría como el hielo.
Hasta ese momento, no tenía ni la más mínima intención de llorar. Se sentía seca, dura, casi de piedra. ¿Llorar? Eso era para la gente que tiene a alguien que la consuele. En su situación, rodeada de puros enemigos, el llanto era un lujo que no se podía dar.
Pero cuando escuchó que la puerta se abría despacio y sintió los pasos, el corazón le dio un vuelco y las lágrimas se le vinieron encima sin avisar.
Al toque supo que era él.
—Viniste.
Por eso intentó no llorar hasta el final. Le daba mucha vergüenza que la viera así, hecha un desastre, trató de tragarse el nudo en la garganta. Pero cuando él se acercó con esa cara de preocupación y se sentó a sus pies; cuando estiró la mano y ella sintió ese calorcito en el mentón… algo dentro de ella simplemente explotó.
—Te quiero….
Annette no sabía qué vino primero: si ese sentimiento o ‘el plan’.
En cuanto se dio cuenta de que él estaba descuadrado, se terminó de quebrar. Sintió un alivio y una pena que la derrumbaron por completo.
Este hombre me tiene lástima. Le importo. Al final, vino por mí.
‘Entonces, úsalo’
—Te lo advierto: el día que salgas embarazada, te mueres.
Gallant Lotte odia que le lleven la contra. No soporta que nadie debajo de él se le alce o le falle. Para un tipo así, que su caballero favorito —y encima su hijo bastardo— le quite a la mujer, sería la peor humillación del mundo. En cuanto pensó en eso, Annette se decidió. La duda que tenía se prendió como pólvora.
—Es una orden del Emperador, no puedo hacer nada.
Un escándalo de ese tamaño se enteraría todo Tricen. El Emperador se pondría furioso y los nobles tendrían de qué rajar por años. ¿Habría mejor forma de tirarle barro al nacimiento del Imperio? ¿Habría una mancha más perfecta para el apellido Lotte?
Daba igual, matar al Emperador o al conde era imposible. Y aunque los matara, su reino no iba a regresar, ni su padre ni sus hermanos iban a resucitar. Así que, Annette, haz todo el daño que puedas.
‘Sedúcelo. Ten un hijo de él. Haz que todo el mundo se quede frío y mire hacia el castillo de Lotte’
Enfréntalos a todos: al Emperador con el conde, al conde con el caballero, al padre con el hijo. Sacúdelos a todos hasta que se caigan a pedazos.
—Te quiero….
Annette apretó los dientes porque el plan era tan perfecto como horrible. Lloraba con rabia diciendo que lo quería, que le gustaba, pero en el fondo ni ella misma sabía qué fue primero: si sus palabras o ese plan macabro.
Yo ya estoy congelada como un demonio, ¿por qué tus manos tienen que ser tan cálidas?
Reingar no le soltó las manos. Pudo haberlo hecho, pero se quedó ahí esperando a que ella dejara de llorar. Annette recordó que esta era la segunda vez. Él ya había esperado así antes, aquel día en que ella se puso a llorar abrazada al diccionario que él le dio.
Solo cuando ella terminó de desahogarse y empezó a recuperar el aliento, él habló bajito, como si no hubiera pasado nada.
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