Annette - 41
La voz que retumbaba sobre su cabeza era de una calma cruel. Lo que más le dolió a Annette fue que él ni siquiera estaba alterado; que, aun sin haber perdido la razón, se hubiera atrevido a hacerle algo así.
—No vuelvas a hablar estupideces. A nadie le interesa lo que pienses. Lo único que tienes que hacer es quedarte calladita y sonreír bonito.
El corazón le latía con fuerza en todo el cuerpo. Annette sentía que la sangre le hervía; esa sangre real, la misma que todos veneraban y respetaban, ahora rugía como una bestia herida.
—Si me haces caso, no habrá problemas. Te seguiré dando ropa fina y joyas, vivirás tranquila. Ser la esposa de un conde es mil veces mejor que pudrirte en un convento comiendo avena de por vida.
No. Es mejor morirse.
Annette, por primera vez, deseó la muerte de verdad. Pero ya no le bastaba con morir sola.
Sentía unas ganas de matar que quemaban, un odio dirigido a él y a ella misma, algo que jamás había sentido antes. Si hubiera tenido un arma a la mano en ese momento, se lo bajaba. Lo mataba a él y luego se mataba ella.
—Ya retírate. Nos vemos mañana.
El hombre que le ordenaba desde arriba dio media vuelta. Entró al baño arrastrando sus pantuflas y tiró la puerta con un golpe seco. Annette se quedó ahí, tirada en el piso, totalmente ida. Ni siquiera podía ver los dibujos de la alfombra; tenía los ojos tan abiertos que parecía que se había quedado ciega.
De sus ojos, de donde no salía ni una lágrima, solo brotaba un odio azul que quemaba. Me voy a morir. Te voy a matar.
—Señora….
Después de un rato, la sirvienta murmuró algo. Se acercó como para ayudarla a levantarse, pero no se atrevió a tocarla y retrocedió. No se sabía si lloraba de puro miedo o porque le daba lástima ver a una gran dama así de golpeada.
Y eso que tú estás desnuda, pensó Annette, en ese instante sintió que recuperaba un poco la conciencia.
Quiso decirle que se vistiera de una vez, pero se calló; Annette no sabía cómo decir eso en el idioma de la servidumbre. Así que, con la mirada baja, solo estiró la mano hacia ella. Sentía como si le hubieran roto todos los huesos del cuerpo. No tenía fuerzas para levantarse sola.
La chica se acercó rápido y la ayudó a ponerse de pie. Annette se apoyó en ella, pero en cuanto pudo, le soltó el brazo con suavidad y empezó a caminar por su cuenta. Tragándose la sangre que se le juntaba en la boca, dio media vuelta hacia la salida de la habitación. Tenía que reaccionar y moverse ya mismo, si quería escapar de ese lugar tan horrible.
—Vete tú también.
Dijo cortante mientras se presionaba la comisura del labio izquierdo con el dorso de la mano. Le ardía y le salía un poco de sangre. Se quedó mirando la mancha roja con la mirada perdida y salió del cuarto. En la sala, agarró con fuerza el candelabro de plata y caminó hacia la salida.
Tuvo que aguantarse las ganas de tirar el candelabro para incendiarlo todo antes de salir de la habitación del conde. El pasillo estaba desierto, oscuro y silencioso, como siempre.
¿A dónde se supone que debía ir ahora?
En otro momento, hubiera corrido a su cuarto. Se hubiera puesto a rezar oraciones de maldición y a quemar nombres, como pidiéndole justicia a Dios.
Pero Annette ya no creía en los dioses. Esos seres malditos siempre favorecían a su enemigo. Destruyeron Roang tal como él quería y a ella la hundieron en este fango. Por más que lloró y suplicó, nadie la escuchó.
Así que Annette decidió que, de ahora en adelante, ella maldeciría a los dioses. Ya no le daba miedo hacerlos enojar. La verdad, no le tenía miedo a nada. Irse al infierno sería mil veces mejor que estar aquí.
Pero, ¿entonces a dónde ir?
Se quedó parada en el pasillo oscuro, sintiéndose totalmente perdida. Ese vacío de no tener a dónde ir le cortaba el pecho. Por un segundo pensó en Reingar, pero era por las puras; ese hombre tampoco estaba de su lado.
Annette ni siquiera sabía en qué cuarto se quedaba él. Podía estar en la herrería, pero no se escuchaba ni un ruido.
Así que, al final, solo le quedaba un lugar a donde ir.
Empezó a caminar hacia las escaleras que llevaban al tercer piso. Ignoró el dolor de su cara y no soltó ni una lágrima. Sin saber por qué tenía que ser ahí, sin tener un objetivo claro, simplemente fue hacia allá porque no tenía ningún otro lugar en el mundo.
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Diez días. Hasta la perfección del número 10 le servía como una excusa perfecta. Reingar salió de su habitación repitiéndose que hoy, de todas maneras, sería la última vez. ‘La última’. Esa también era una excusa bien convincente.
Vaya que tenía talento para eso, de verdad.
Durante estos diez días, Reingar no dejaba de sorprenderse de su propia habilidad para inventar pretextos. El día después de encontrar la biblioteca vacía, fue porque ‘tenía que devolver el libro que se olvidó’. Al día siguiente, fue porque ‘necesitaba otro libro’, al que le seguía, porque ‘tenía que entregar el que ya había leído’. Sobre el porqué tenía que ir precisamente a las 9 de la noche, bueno, para eso ni se molestó en buscar una excusa.
Había ido nueve noches seguidas, pero Annette nunca estaba. Que no se hubieran cruzado ni una sola vez en nueve días significaba que ella lo estaba esquivando a propósito a esa hora, hasta eso le servía a Reingar como pretexto.
Si no se habían visto, era como si él nunca hubiera ido. Si se la encontraba a la décima, podía fingir que era la primera vez y que fue pura coincidencia.
Que hoy fuera el último día de julio también era una excusa ideal. ‘Mañana empieza agosto, así que ya corto con esto. Diez veces ya es suficiente. Si sigo viniendo es solo porque me dio pica que no apareciera’.
‘Diez intentos y ya está. Mañana me olvido de todo’.
Pensando así, bien caradura, Reingar acomodó el pretexto que llevaba en la mano: un libro bien gordo, de esos que solo un comelibros leería a estas horas. Se había esforzado en terminarlo solo para que este ‘final’ fuera perfecto.
Y así, se paró frente a la puerta una vez más.
Seguro hoy tampoco estaba. Después de nueve veces de ir por las puras, Reingar ya se había acostumbrado a decepcionarse antes de tiempo. Pero, aunque sabía que se iba a desilusionar, en el fondo no podía evitar la esperanza. ‘Ojalá que esté. Que al abrir la puerta vea aunque sea una lucecita’.
Y al abrir la puerta, ahí estaba la luz.
El corazón se le paró un segundo y luego arrancó a mil. Reingar entró tratando de parecer de lo más normal. Siguiendo el sonido de las maderas que crujían bajo sus pies, buscó con la mirada de dónde venía la luz. Cuando confirmó que venía de la sección de lengua común, el corazón le pesó en el pecho.
La mujer, escondida detrás de los estantes, no se movía ni hacía ruido. Reingar se acercó despacio para no asustarla. ‘Ella debe saber que el que viene a esta hora soy yo. ¿No que me estaba esperando? ¿Ahora ya no me quiere ni ver? Al final vine por las puras’.
En ese tramo cortito se le pasaron mil cosas por la cabeza. Al verla así, escondida, pensó por un momento en irse para no molestar, pero mandó su caballerosidad al desvío.
‘Ya que me la encontré, por lo menos tengo que verle la cara’. No la veía hacía más de dos semanas. Esos invitados de porquería se habían quedado más de quince días después de que terminara el torneo. Nobles ociosos, les sobra el tiempo.
Buscando una excusa más, Reingar se acercó al estante. Al doblar la esquina, vio a Annette sentada en el suelo como una niña chiquita. Se sorprendió de lo pequeña que se veía toda encogida.
Él se quedó parado en la entrada del pasillo estrecho, entre estante y estante, mirándola.
Annette estaba sentada a unos tres o cuatro pasos, de perfil. Tenía los hombros hundidos y, como estaba entre sombras, no se le veía bien la cara. Reingar solo podía ver cómo estaba vestida. Llevaba lo mismo que todas las veces que la veía en la biblioteca: un camisón blanco como de fantasma y una bata de casa. Se notaba el brillo de la tela fina, de esas caras con bordados elegantes.
Al verla vestida como toda una gran dama, Reingar no se atrevió a hablar. Las reglas de etiqueta dicen que el de mayor rango es el que empieza la conversación. Si la condesa fingía no verlo hasta el final, él no podía dirigirle la palabra.
En cuanto se dio cuenta de eso, sintió un nudo en el estómago. Le dio una rabia repentina el hecho de tenerla ahí al frente y no poder hablarle. Reprimió ese arranque y se quedó esperando. Se juró que esperaría hasta que ella le hiciera caso, aunque tuviera que quedarse ahí parado toda la noche.
—Viniste.
La mujer habló después de un buen rato.
—Te estaba esperando.
Mentira.
pensó Reingar para sus adentros. No me estabas esperando nada. Si en nueve noches no apareciste ni una sola vez.
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