Annette - 40
El verano terminó de madurar con el fin de julio. Al abrir las ventanas al mediodía, el aire caliente y seco se colaba en las habitaciones. Bajo un sol abrasador, la vegetación cobró un verde más intenso y la piel de los soldados se bronceó. Anette ya no se asomaba a observar el campo de entrenamiento, pero bastaba con ver los rostros de los guardias de la mansión para notarlo.
—La madrastra y el hijo ilegítimo se llevaban bastante bien.
Después de aquel día, la rutina de Anette cambió un poco. Tras un desayuno tardío, iba a la biblioteca, tomaba cualquier libro de la estantería de lengua común y se sentaba en el suelo a leer. Se quedaba allí hasta el mediodía, apoyada contra los lomos de los libros escritos en su propio idioma. Hasta que aquel hombre terminaba su entrenamiento en el campo.
Por las tardes, en lugar de subir al ático, paseaba por el jardín trasero. Al anochecer, no volvía a la biblioteca. Al regresar a su alcoba después de la cena, rezaba sus oraciones de maldición, quemaba los nombres y esperaba a que el sueño la alcanzara, acurrucada en la oscuridad.
Suplicaba ver sus días felices aunque fuera en sueños, pero no se le concedía. A veces reprochaba a los dioses indiferentes por no escucharla ni una sola vez, pero al día siguiente, sin falta, volvía a dedicarles largas y elaboradas plegarias. Los dioses eran los únicos con los que Anette podía hablar, les importara ella o no.
El verano era largo y los días lentos. Para matar el tiempo infinito, Anette se dedicó a leer el diccionario. Al pasar las hojas, descubría garabatos de vez en cuando, cada vez que hallaba esos trazos de significado incierto, se perdía en sus fantasías.
Imaginaba a un joven Reingar con rostro travieso ensuciando el diccionario. O derramando agua sobre el valioso libro y limpiándolo a toda prisa con torpeza. Cada vez que veía las marcas onduladas de las páginas que se habían mojado y secado, Anette sonreía para sí misma imaginando la escena.
Cuando dejaba su habitación para cenar o pasear, escondía el diccionario bajo la almohada. Nadie querría llevarse un diccionario viejo, pero la ansiedad la obligaba a ocultarlo con esmero cada vez. Todo lo que Anette valoraba le había sido arrebatado; incluso un simple diccionario viejo podía serle quitado en cualquier momento.
Así, los días idénticos transcurrieron sin sentido, hasta que hoy, finalmente, fue llamada a la alcoba de su esposo. El día en que los últimos invitados abandonaron Lotte. Habían pasado dos semanas desde el torneo de justa.
—Cuánto tiempo, señora.
—… Nos vimos en la cena.
—Hacía tiempo que no nos veíamos aquí.
Gallard Lotte se mofó. El hombre, con el rostro congestionado, apestaba a alcohol. Anette levantó un poco más la barbilla para ocultar su tensión.
Aunque era igual que antes, la alcoba del conde se sentía extraña tras tres semanas de ausencia. Habría deseado no volver jamás, pero ya había renunciado a tales esperanzas. Había regresado a ser la ‘cobarde Anette’, viviendo en sumisión. No le quedaba más que cerrar los ojos y aguantar.
Será solo un momento. Si aguanto un poco, terminará.
Anette se sentó en la silla y trató de mentalizarse. La experiencia le había enseñado que uno termina por acostumbrarse y adormecerse ante cualquier cosa. Sabiendo qué era lo que iba a ver, no tenía por qué tener miedo.
El miembro del hombre era pequeño y flácido, pero cuando una mujer lo metía en su boca y lo succionaba, se hinchaba como una vara. En ese estado, lo frotaba entre las piernas de la mujer hasta que salía un líquido blanquecino. El conde solía derramarlo en la boca de las criadas, pero a veces lo hacía dentro del vientre. Le resultaba asqueroso que hubiera que hacer algo tan sucio solo para tener un hijo.
Dicen que incluso se arriesga la vida al dar a luz… haber nacido mujer debe ser una maldición.
El conde, recostado en la cama como un rey, trataba con brutalidad a la criada. Le agarraba el cabello con fuerza y la sacudía sin piedad, dejándola sin aliento. Anette sintió náuseas mientras observaba a la mujer, cuyo cuello estaba rojo por el esfuerzo. Por un instante, el rostro de Reingar se superpuso al de la mujer que agonizaba por falta de aire. La madre de aquel hombre debió pasar por lo mismo. En cuanto tuvo ese pensamiento, cerró los ojos con fuerza.
Es horrible. Es realmente espantoso.
—Tienes que mirarme.
Escuchó la voz del conde dándole una orden en tono bajo, como si hubiera estado esperando ese momento. Juraría que solo había cerrado los ojos un instante.
El terror la invadió como un incendio. Anette abrió los ojos de par en par y contuvo el aliento. Cuando el conde dio una orden en idioma tricén, la joven criada puso cara de asombro y, jadeando con el rostro encendido, miró alternativamente al conde y a su esposa.
Esa criada no llevaba ni un mes siendo llamada a la alcoba. Todavía no le habían ordenado tocar a Anette.
No.
La criada, confundida, solo bajó de la cama cuando el conde frunció el ceño y la apresuró. En el momento en que sus ojos se cruzaron, Anette vio el miedo profundo que llenaba la mirada de la joven.
Podía entender por qué la criada se encogía de hombros mientras se acercaba vacilante. Su cabello revuelto y el esfuerzo por cubrir su cuerpo desnudo con sus brazos la hacían sentir como si fuera la propia Anette. Fue en ese instante cuando el miedo se transformó en furia.
Esto es injusto.
Como empujada por algo, Anette se puso de pie de un salto. La criada se detuvo sobresaltada y el hombre en la cama endureció el gesto. Frente a esa mirada gélida, Anette soltó una respiración entrecortada.
Rebelarse es una estupidez. Puede que me obligue a hacer algo peor. Puede que me encierre en la habitación y me trate como a un animal. Puede que me mate de hambre o me golpee.
Todo su cuerpo temblaba de terror. Sin embargo, su ira era mayor que su miedo. Las llamas crecían en su pecho hasta nublarle la vista.
—… No puede hacerme esto.
Su primera frase salió como un hilo tembloroso. Anette cerró la boca, se esforzó por respirar y miró directamente al conde. Él no le pidió que repitiera ni respondió; simplemente la observó con atención mientras se ajustaba con parsimonia las solapas de su bata.
—Yo… soy su esposa. Esto no es algo que una esposa haga por su marido. Por favor, dígame la razón por la que me exige algo así.
A medida que hablaba, el temblor disminuía. La conciencia de estar argumentando con coherencia le dio a Anette una pizca de dignidad.
Anette desvió un poco la mirada y vio a la criada desnuda, de pie con los brazos cruzados sobre el pecho y el rostro a punto de estallar en llanto. Aunque no entendiera el idioma común, debía haberse dado cuenta de que la situación estaba irritando al conde. Anette quería decirle que no tuviera miedo, pero era solo un deseo; ella no tenía el poder para protegerla.
—Es cierto. Usted es mi esposa.
respondió el conde por primera vez, sentándose al borde de la cama.
—Entonces, ¿no debería respetarme?
Anette reprimió su nerviosismo y contestó con calma:
—… Jamás le he faltado al respeto, señor conde.
—Yo también la respeto. Si no lo hiciera, ¿por qué cree que llamé a una criada? Pude habérselo pedido a usted.
Él se puso de pie con una mueca de burla. En cuanto empezó a acercarse, a Anette se le puso la piel de gallina. ¿Y si me obliga a hacerlo ahora? ¿Y si dice que ya no llamará más a las criadas? Su mente se quedó en blanco y terminó soltando lo primero que se le vino a la cabeza:
—Si una pareja duerme junta, es para obtener descendencia.
—¿Acaso quiere tener un hijo mío?
—… Si no es por eso, ¿qué otra razón hay para compartir la cama?
Ante sus palabras, el conde sonrió. Con una expresión que fingía benevolencia, se acercó hasta quedar frente a frente. Anette contuvo el aliento por un momento ante el repugnante olor a alcohol.
—Tiene razón, pero nosotros no podemos hacer eso.
—…
—Aquel que los dioses favorecen lo ha ordenado. Él no desea que la sangre de los Roang continúe. Es un mandato imperial, así que no puedo hacer nada.
Gallard Lotte puso una cara de fingido lamento. Anette no captó de inmediato el significado de sus palabras. Mandato imperial. La sangre de los Roang. Solo después de rumiarlo en su mente pudo comprenderlo.
—Se lo advierto de todo corazón: en el momento en que su vientre empiece a crecer, usted morirá.
Esa era la razón por la que, tras medio año de matrimonio, ella seguía siendo virgen.
La mente de Anette se quedó nublada por un instante. La verdad, descubierta demasiado tarde, la dejó sin aliento. Quieren secar el linaje real. Mi hermano Frédéric morirá en el monasterio. Entonces, ¿para qué me casaron? Pudieron dejarme morir en el convento.
En medio de su confusión, la voz del conde se filtró en sus pensamientos:
—Has roto las reglas, así que debes recibir un castigo.
Antes de que pudiera procesar qué significaban esas palabras, una fuerza brutal la golpeó en el rostro.
Sucedió en un abrir y cerrar de ojos. Su cabeza giró violentamente hacia la derecha y perdió el equilibrio. Anette solo se dio cuenta de que él la había golpeado cuando ya estaba desplomada en el suelo. El lado izquierdo de su cara le ardía y le dolía como si la hubieran marcado con fuego. Sintió un sabor metálico en la boca.
El castigo destinado a humillar era muy distinto a la violencia real. No tenía punto de comparación con los golpes de las criadas. Por más que fuera un hombre de mediana edad y complexión pequeña, Gallard Lotte seguía siendo un hombre. Anette quedó en shock, con el alma fuera del cuerpo por el dolor.
—No te creas más de lo que eres.
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