Annette - 4
Frederick, el único sobreviviente de los tres príncipes de Roanne, no era un caballero. Gracias a eso no tuvo que enfrentarse a los que pisotearon el palacio y pudo conservar la vida; pero mientras estuviera en manos de ellos, lo podían matar en cualquier momento. Cada vez que pensaba en eso, Annette sentía un terror tan grande que no podía pegar el ojo.
Por eso, por primera vez en su vida, se armó de un valor que no tenía. Quería salir del castillo a como diera lugar y restregarles a todos que ella también era un ser humano, que tenía voluntad, y que no era ni una bestia ni un objeto.
—Cuando crucemos la puerta, camine hacia el lado del campamento militar.
Las palabras del hombre sacaron a Annette de sus pensamientos. Sin darse cuenta, ya tenía la entrada del castillo en la cara. Al final regresé, pensó. Se mordió los labios con fuerza, como queriendo aplastar su propia desesperación.
—Si entra directo a la mansión, no podré ayudarla. Camine pegada al muro y entre por el arco que da al jardín trasero. Yo me quedaré atrás vigilando que nadie la vea hasta que llegue.
Su voz era baja y seca; era imposible descifrar si sentía algo. Annette no le respondió, solo agachó más la cabeza. Ahora que estaba cerca del castillo, le aterraba que alguien le reconociera la cara, y además, no le daba la gana de ser obediente con él. Este hombre era un caballero de su esposo y del emperador. Era compinche de los que mataron a su familia y destruyeron su país.
Y para colmo, era el que acababa de arruinar su escape suicida.
—¡Sir Rein!
Apenas se acercaron a la puerta, el guardia lo reconoció al instante. Annette notó la alegría y el entusiasmo en su voz. «Rein». Al escuchar cómo lo llamaba con tanta confianza, pensó que debían ser cercanos, y empezó a repetir ese nombre extraño en su mente: Reingar. Era un nombre que no le terminaba de cuadrar.
Ya dentro del castillo, no dejaba de aparecer gente que saludaba a «Sir Rein». Intercambiaron algunas palabras, pero Annette no entendía casi nada. Solo lograba pescar palabras sueltas entre ese idioma desconocido que hablaban tan rápido: Casa. Su Majestad el Emperador. Mendel.
¿Vendrá este hombre del Castillo Mendel?, se preguntó. Habían dicho que el emperador estaba allá.
Annette recordó el rostro del usurpador que se había ido al norte para la guerra. Pensó en el señor del Castillo Mendel y en su hijo. En las manos de ellos que asesinaron a su padre y a sus hermanos. Hoy se cumplía exactamente un año desde que murieron.
Ese pensamiento hizo que el pecho le ardiera de pura rabia. Se sentía miserable por haber sido atrapada de nuevo; le faltaba el aire. Sentía envidia y rencor hacia ese hombre al que todos recibían con tanto cariño por su regreso a casa.
Así que Annette apuró el paso. Para perderse de la vista del hombre lo más rápido posible, cruzó el arco del muro, atravesó el jardín y entró a la mansión por la puerta trasera. Subió de un tirón hasta el tercer piso y recién cuando entró a su cuarto pudo soltar el aire que tenía contenido.
—Uff…
Le temblaba todo el cuerpo. Apoyada contra la puerta, apenas pudo recuperar fuerzas para echar el cerrojo.
Cerró los ojos e intentó calmar su respiración mientras prestaba oído a cualquier sonido de afuera. Sentía que en cualquier momento los guardias entrarían a la fuerza para llevársela. Si el conde se enteraba, quién sabe qué le haría. Podría encerrarla o agarrarla a golpes. O algo peor. Tal vez esta noche la obligaría a ella a hacer «eso» en lugar de la sirvienta.
Si pasa eso, prefiero matarme de una vez.
—Dioses, por favor……
susurró la oración por puro hábito, apretando más los ojos. En esa oscuridad, se le vino a la mente la imagen de aquel hombre. Su piel curtida como la de todo caballero, su cabello negro y esos ojos castaños que, bajo el sol, se veían como el ámbar. Trató de buscar un poco de esperanza recordando su mirada fría y seca.
—No diré ni una palabra de que la vi aquí.
Tal vez cumpla su palabra y guarde el secreto…
—No seas tonta…….
murmuró para sí misma con los ojos cerrados. Sus labios se torcieron en una mueca amarga. Todavía no aprendes, Annette. Después de todo lo que has pasado, después de llegar a este extremo, sigues sin entender.
Él no está de tu lado. Aquí nadie está de tu lado. Nadie te va a proteger.
Nadie.
Burlándose de su propia ingenuidad, abrió los ojos. Movió sus piernas temblorosas hacia el baúl. Primero tenía que cambiarse de ropa. Tenía que volver a ser la condesa sorda y sumisa, como si no hubiera pasado nada.
Su esposo, que había estado fuera, regresaba hoy. Eso significaba que probablemente la llamarían al comedor para el banquete. Lucirla frente a su familia y sus subordinados era una de las tantas excentricidades del conde que ella no lograba comprender.
Aunque nadie la respetaba, como esposa legítima del señor del castillo, Annette siempre tenía que ocupar su lugar como la condesa.
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Gallard Lott era el asesor financiero del emperador, así que paraba metido en reuniones en el palacio imperial. A diferencia de otros asesores cuyas tierras quedaban lejos y tenían que vivir en la corte, Lott estaba cerca de Isen, la capital; eso le permitía al conde ir y venir de su castillo al palacio a cada rato. Era una escena que Reingar veía desde que era chiquillo.
El castillo estaba hecho un loquerío por los preparativos para el regreso del señor. En medio de tanto ajetreo, nadie se daría cuenta si una empleada se escapaba. Por eso habrá elegido hoy, pensó Reingar. Dentro de todo, la condesa se había craneado bien su plan de escape.
—Camine pegada al muro y entre por el arco que da al jardín trasero. Yo me quedaré atrás vigilando que nadie la vea hasta que llegue.
Reingar se quedó mirando la espalda de la mujer mientras ella se alejaba a paso apurado. Recién cuando confirmó que ya estaba dentro de la mansión, se puso en marcha. La residencia principal, al este, era donde vivían el señor y su familia; los dormitorios de los soldados estaban al otro lado del muro, hacia el oeste.
Al llegar a los dormitorios, saludó a las caras conocidas y recibió el pésame por la muerte de Erich. Todos lo consolaron con una sinceridad que conmovía, aunque él no sabía si era porque sabían que Erich era su persona más cercana o si solo querían aliviarle la culpa por haber sobrevivido mientras el hijo de su señor moría. Como ambas cosas eran ciertas, aceptó el consuelo en silencio.
Incluso después de ese recibimiento, cuando entró a su cuarto a dejar la espada y se fue a los baños comunes detrás del dormitorio, seguía pensando en Erich.
Recordó una travesura que hacían cuando tenían diez años: tiraban una piedra del tamaño de un puño al pozo y esperaban un buen rato hasta escuchar el plop lúgubre del agua. ¿Qué tan profundo será? Si te caes, seguro que ya no sales, ¿no?, recordaba la cara de Erich preguntando eso muy serio. Reingar seguía pensando en su difunto hermano de leche mientras sacaba agua del pozo.
De pronto, se le vino a la mente esa mujer.
—Yo soy Annette.
¿Habrá entrado a su cuarto sin problemas? No irá a cometer otra tontería, ¿no?. Seguía dándole vueltas al asunto mientras tiraba una y otra vez de la soga para sacar los pesados baldes de agua. Esas manos blancas y finas. Esos ojos azul claro. Esa cara que se veía tan indefensa y joven cuando le quitó el gorro.
¿Cuántos años tendrá? ¿Dieciocho? ¿Veinte?
Reingar no dejó de pensar en ella hasta que terminó de llenar la tina. Se metió al agua que, a pesar del sol del mediodía, estaba tan fría que daba escalofríos, y se quedó con la duda: ¿Qué estará haciendo ahorita? ¿Estará temblando de miedo por el castigo?
¿Por qué diablos habría hecho algo tan loco?
—Voy a ir a ver a mi hermano.
La princesa de ese reino caído no era más que una prisionera de guerra. Debería vivir agradecida de que, por la piedad de la emperatriz, consiguió el título de condesa. Le bastaba con vivir tranquila en ese castillo donde no le faltaba nada; no entendía por qué se tomó la molestia de vestirse de empleada y meterse en la boca del lobo.
Por más que fuera una noble que no sabía nada de la vida, debía suponer que apenas pusiera un pie fuera del castillo le pasarían cosas feas. Y si el conde se enteraba de su escape, no se la iba a llevar fácil. Aunque no se hubiera cruzado con él, la habrían atrapado antes de que termine el día.
Entonces, ¿por qué lo hizo? ¿Solo para ver a su hermano?
«¿No sabes hablar triseno?»
Mínimo debió aprender un poco del idioma antes de intentarlo.
—Ja.
Soltó una risita amarga y se zambulló en la tina hasta cubrirse la cabeza. Bajo el agua, cerró los ojos y aguantó la respiración. Quizás era por el sol de la tarde, pero el agua, que hace un rato estaba helada, ya se sentía tibia.
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Se decía que la madre de Reingar fue una empleada del Castillo de Lott. Que dio a luz sin tener esposo y murió de fiebre puerperal apenas una semana después del parto. La señora del castillo en ese entonces, la vizcondesa Magrit, se compadeció del huérfano recién nacido y se lo encargó a la nodriza de su hijo menor para que los criara juntos.
Incluso después de que la vizcondesa falleciera debido a complicaciones del parto, la nodriza de Erich les dio de lactar a ambos niños por igual. Tras el destete, Reingar siguió siendo el compañero de Erich y a menudo se sentaba a comer en su misma mesa.
A los trece años, ambos se convirtieron en escuderos y empezaron su formación como caballeros; y a los veintitrés, recibieron su investidura al mismo tiempo. Erich aceptaba sin hacerse paltas que Reingar era mejor que él, y a Reingar no le molestaba en lo más mínimo que su ascenso se hubiera retrasado solo para esperar a que Erich estuviera listo. Todos en el castillo, incluido el señor feudal, los ponían como ejemplo de lo que era ser hermanos de verdad.
Cuando era niño, Reingar pensaba que toda la suerte que tenía era gracias a Erich. Como el hijo del señor del castillo lo quería, todo le iba bien. Hubo un tiempo en que hasta creyó que eran hermanos unidos por el destino: ambos habían nacido causando la muerte de sus madres y habían crecido tomando la misma leche.
Sin embargo, conforme fue creciendo y se fue haciendo más hombre, Reingar empezó a dudar sobre la verdadera razón de ese trato tan especial que recibía.
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