Annette - 39
—Creo que ya es hora de empezar con los preparativos para la coronación.
Ante las palabras del Marqués Liebehafen, Gallant asintió. El Marqués terminaría mañana su visita de dos semanas para volver a Isen. Como asesor diplomático, vivía en el palacio imperial ya que su feudo quedaba lejos. Desde que se convocó al consejo por la guerra la primavera pasada, ya llevaba más de un año instalado en la corte.
—Seguro de Mendel nos contactan pronto. La delegación llegará a Windberg a más tardar en agosto, al Duque Glenn no le tomará más de un mes tomar una decisión.
—¿Un mes? Esa decisión ya la tomó. Seguro se hace el interesante unos diez días solo por pura pose.
Gallant respondió con un bufido y el Marqués se echó a reír. ¿Habrá algo más dulce que esperar una victoria que ya tienes en el bolsillo? El Marqués le dio una calada profunda a su cigarro recién encendido. Se sentía relajado, con esa pesadez rica que te da el cuerpo después de un banquete.
Coronación. Solo escuchar la palabra le inflaba el pecho.
Gallant había sido el mentor del Emperador desde que este era apenas un muchacho. Fue en la época en que Trissen todavía era parte del Reino de Roan, él, como asesor financiero, ayudaba a recaudar los impuestos que se enviaban a Kingsberg. Además, por sangre y por edad, venía a ser como un tío abuelo del Emperador. Vivir cerca también facilitaba que se vieran o se mandaran mensajes seguido.
Por eso, era lógico que el Emperador confiara a ciegas en Gallant. Para un chico que perdió a sus padres a los trece años y se convirtió en gran señor de la noche a la mañana, Gallant debió ser su mayor apoyo.
Cuidar a alguien desde que es pequeño y débil es la mejor forma de asegurar una recompensa cuando crezca. Y parece que los dioses ayudaron a Gallant, porque siempre tuvo esas oportunidades.
Primero con el Emperador. Y ahora con Reingard.
—Y dime, Gallant, ¿cuándo piensas ir tú al palacio?
—Iré apenas se confirme el regreso de Su Majestad.
—O sea que pasarás el verano en casa.
—Probablemente.
—Parece que tu segunda luna de miel va de maravilla. Veo que te mueres por quedarte en casa.
El Marqués cambió de tema de la nada con una mirada pícara. Gallant le respondió como si no le diera importancia.
—¿Qué luna de miel? A estas alturas, con mi edad…
—¿Qué tiene tu edad? Estás en toda la capacidad de tener uno o dos hijos más.
Ante la indirecta, él solo se limitó a sonreír. Era una pregunta a la que ya estaba acostumbrado desde que tomó como segunda esposa a una mujer que podría ser su hija menor. Y no cualquier mujer, sino una princesa. Como la tiene bajo su mando y hace con ella lo que quiere, todos lo miraban con una mezcla de envidia y curiosidad.
—¿Para qué quiero más hijos? Con los dos que tengo ya es suficiente dolor de cabeza.
—¿Pero eso no es culpa tuya? Si eligieras a un heredero de una vez, las jerarquías se ordenarían solas.
—Tengo que estar seguro de cuál de los dos es el mejor.
—Ser tan perfeccionista es una enfermedad, Gallant.
—Por eso Su Majestad me tiene donde me tiene, ¿no crees?
—Bueno, en eso se parecen. Él es igual.
—Él es peor.
respondió Gallant con cara de santo, haciendo que el Marqués soltara una carcajada. Gallant sonrió mientras fumaba con calma.
La verdadera razón por la que no había nombrado un heredero era otra. Sabía que, si el poder del futuro se decidía hoy, el trono del presente se volvería viejo. Él quería ser el único dueño de la cima del Castillo Lotte. Le encantaba ver a sus dos hijos compitiendo por el puesto de heredero y esforzándose por ganar su aprobación.
Esos eran los momentos en los que Gallant se sentía más poderoso. Cuando caballeros o soldados con cuerpos más grandes y fuertes que el suyo obedecían cada una de sus palabras. Cuando sus hijos, jóvenes y ambiciosos, no se atrevían a chistar frente a él. Y cuando podía manejar a su antojo a una mujer que llevaba la sangre de la realeza.
A Gallant le fascinaba estar por encima de quienes tenían cosas que él no. En esos momentos, sentía que todo lo que ellos tenían y a él le faltaba era una completa tontería.
—En fin, asumiré que estás disfrutando bien tus ‘mieles’. Sabes que las buenas noticias siempre son bienvenidas.
Gallant solo sonrió ante el comentario del Marqués. Se notaba que el tipo se moría de curiosidad por saber cómo era Annette en la cama. El Marqués se mojó los labios con un poco de brandy y siguió:
—Tener uno o dos hijos con la princesa no estaría nada mal. Aunque el reino haya caído, sigue siendo sangre real, ¿no?
Siguió insistiendo, pero Gallant no abrió la boca. Y no lo hizo porque ni él mismo sabía cómo era su joven esposa en la intimidad.
‘Solo deseo una cosa: no tenga descendencia de ese vientre’.
La condición que el Emperador le puso al entregarle a Annette como esposa fue clara. Bueno, más que una condición, fue una orden.
Apenas leyó esa carta corta y directa, Gallant entendió la jugada. El Emperador no quería quedar mal rechazando el pedido de su querida Emperatriz, pero a la vez quería exterminar el linaje de Roan. Por eso le mandó la princesa al Conde Lotte, su hombre de confianza.
No tengas descendencia de ese vientre. Gallant llevaba medio año obedeciendo esa orden al pie de la letra.
—Bueno, no sé si me queden fuerzas para eso, pero si hay novedades, te aviso.
—Sería gracioso que tuvieras un hijo más joven que tus nietos.
—Solo de escucharlo me da vergüenza.
—No lo digo por mal, pero ten cuidado de que no se mezclen las semillas. Todos los que tenemos esposas jóvenes siempre nos preocupamos por eso.
Lo que decía el Marqués era verdad. Gallant respondió a ese ‘consejo amable’ con una sonrisa forzada.
Dicen que si no amarras a la perra, terminará preñada, pero no es tan fácil que una virgen cometa adulterio. Una princesa tan digna jamás se entregaría a un hombre de clase baja, entre los vasallos de la mansión, nadie tenía los pantalones suficientes para tocar lo que le pertenecía al Emperador.
Si ella cometía una insolencia y terminaba embarazada, ni siquiera podría fingir que el hijo era de su esposo. Y si, a pesar de eso, Annette se atrevía a hacer algo así, no habría más remedio.
Tendría que deshacerse de ella antes de que los rumores llegaran a oídos del Emperador.
Gallant no sentía un gran deseo carnal por la joven princesa. Para un hombre, eso de andar sudando obsesionado por el cuerpo de una mujer es cosa de un momento; a estas alturas, le bastaba con una criada que le sirviera de forma conveniente cuando lo necesitaba.
Simplemente, había encontrado un placer distinto en su nueva esposa. Al fin y al cabo, mientras no le tocara ‘allá abajo’, todo estaba bien, ¿no? Seguramente eso era lo que el Emperador quería decir.
‘Solo deseo una cosa’.
‘Haz lo que quieras con ella, pero no me des descendencia’.
Gallant estaba en pleno proceso de ‘domar’ a Annette. Como no quería que la princesa se desesperara y terminara colgándose del cuello por el shock, no tenía prisa. Su plan era cerrarle los oídos y la boca, cortarle el orgullo y dejarla sin una pizca de voluntad.
Quería que fuera útil para cualquier propósito que él decidiera. Que fuera un objeto servicial tanto de día como de noche. La estaba obligando a obedecer poco a poco, tal como se entrena a un cachorro.
Pero ahora que habían pasado seis meses, Gallant estaba empezando a replantearse su método de entrenamiento.
—¿Pero no podría ser que esa historia fuera un invento del Emperador porque ambicionaba el reino?
Últimamente, Annette había cambiado.
Al principio, era todo un espectáculo cada vez que la llamaba a su habitación. Estaba tan muerta de miedo que ponía cara de estar viendo algo inmundo, no era raro que terminara recibiendo una bofetada de alguna criada. Pero ahora, se había vuelto mucho más calmada. Se quedaba ahí sentada mirando hasta que todo terminaba, saludaba con elegancia y salía caminando con la frente bien en alto.
Para Gallant, ese cambio hacía que perdiera el interés; de hecho, le dejaba un mal sabor de boca. Le molestaba que la princesa hiciera gala de su dignidad. A veces sentía que esos modales y esa actitud cortesana eran una forma de burlarse de él. Y eso que Annette, siendo virgen, ni siquiera tenía con qué compararlo.
Gallant le daba vueltas a de dónde vendría ese cambio sutil. ¿Se habría acostumbrado al entorno hasta volverse indiferente? ¿O se le habían subido los humos porque él la había tratado con demasiada suavidad? O tal vez…
—Permítame el honor de escoltar a la condesa hasta sus aposentos.
Tal vez algo externo estaba estimulando a la princesa.
Las historias de caballeros que se enredan con la mujer de su señor eran pan de cada día. Y el final de los que eran descubiertos siempre era el mismo. Reingard podría sentir curiosidad o lástima por una mujer de su edad, pero era un hombre ambicioso. Toda su vida había ansiado el reconocimiento de su señor y quería sacudirse de encima su origen humilde.
—Tengo un buen matrimonio para ti. Me gustaría que te comprometieras.
Ahora, su estatus social estaba por cambiar. Convertirse en el esposo de una vizcondesa era un futuro mucho mejor que ser reconocido como un hijo bastardo. Gallant lo conocía desde hace veinticuatro años, así que sabía de su autocontrol, su paciencia y su moral. Reingard no era el tipo de hombre que se atrevería a ponerle la mano encima a la esposa de su señor y mujer de su padre.
En sueños quizás, pero en la realidad, jamás se atrevería.
—Quería decirte esto antes de irme, Gallant. ¿Me permites un consejo?
—El consejo de un amigo leal vale más que el oro.
—Te lo digo con total lealtad y jurando ante los dioses: sería mejor que la condesa se volviera un poco más dócil.
—¿Lo dices por lo que pasó en el banquete el otro día?
—Lamentablemente, si muestra esa actitud en la corte, se verá en graves aprietos.
Marqués Liebehafen hablaba muy en serio. No mencionó que su propia sobrina fue la que empezó la provocación, pero Gallant asintió conforme. Él también estaba totalmente de acuerdo con el consejo. En el fondo, también se había sorprendido por lo que dijo Annette aquel día. Ya estaba pensando que era momento de subir la intensidad del ‘entrenamiento’.
—Tenme paciencia. Es una princesa, ¿no? Un cisne no se convierte en pato de la noche a la mañana.
—Ja, pero qué esposo tan tonto y generoso eres.
—Todavía es joven, así que trataré de guiarla por el buen camino.
Parecía que, efectivamente, Gallant había sido demasiado blando hasta ahora.
—Gracias por el consejo. Lo tendré muy en cuenta.
Apenas se fueran los invitados y la mansión recuperara la calma, buscaría el momento adecuado para terminar de ‘domar’ a su esposa.
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