Annette - 38
—Sir Reingard es el hijo de una criada.
Mientras caminaba bajo las sombras, Annette no pudo evitar recordar a la criada que atendía al Conde por las noches. No quería pensar en eso, pero las imágenes se le venían solas.
Desde que anunció su embarazo, esa mujer no volvió a aparecer. Su lugar lo tomó una criada más joven y torpe, que en su primera noche lloraba y temblaba de dolor; verlo era tan horrible que Annette sintió ganas de salir corriendo de la habitación más de una vez. Se sentía morir entre la lástima, el asco y ese alivio culposo que le revolvía el estómago.
¿Habrá sido así la madre de ese hombre? ¿La habrán llamado al dormitorio para sufrir, acostumbrándose poco a poco hasta que al final la desecharon?
—Perdió a su madre apenas nació y lo dejaron al cuidado de la nodriza de Sir Erich.
Tantas emociones se le mezclaban en la cabeza que Annette ya no sabía cuál era cuál. Sentía lástima y asco al mismo tiempo por el origen de Reingard.
Le parecía asqueroso y a la vez triste que un hombre hubiera sido engendrado de la forma más terrible en el vientre más humilde. Le dolía que hubiera crecido sin ser reconocido, sentía una empatía profunda al verlo perder su orgullo sin tener la culpa de nada.
Pero, por encima de todo, lo que más sentía era una desesperación ardiente.
—Si él me ordena pelear, pelearé; si me ordena proteger, protegeré. Si me pide la vida, se la daré con gusto.
Ahora lo entendía. Entendía por qué él la había rechazado con tanta firmeza. Por qué, aunque ella lo esperó tantas noches, él nunca apareció. No era solo lealtad a su señor; era algo mucho más fuerte y sólido lo que lo rodeaba, algo más que un simple juramento.
—Por eso, no puedo ayudar a la condesa.
Él no la iba a ayudar. Pasara lo que pasara, él seguiría al Conde. No iba a traicionar al hombre que lo crió como a un caballero.
‘Jamás se pondrá de mi lado’.
Annette se detuvo en seco, repitiendo esas palabras para sus adentros. Esa pequeña luz de esperanza se apagó y solo quedó el humo. Era solo una chispa, una vela pequeña, pero al apagarse, el mundo entero se le quedó a oscuras. Y pensar que hace poco ni lo conocía.
Apenas había pasado un mes y una semana, nada más.
Annette se quedó ahí parada, como ida. Después de un buen rato, levantó la mirada y vio el laurel en medio del jardín. Miró el tronco grueso y subió la vista hacia la copa. Las hojas brillaban con un verde plateado bajo el sol del mediodía.
—Felicidades por la victoria. Fue un gran duelo.
¿Habrán tejido esa corona con las hojas de este mismo árbol?
—Sir Paloma.
Frente al árbol gigante, Annette arrugó la cara. El sol brillaba con fuerza entre las ramas y las hojas. Seguro fue por eso que se le escaparon las lágrimas. Porque el sol quemaba demasiado. Porque el verano del sur era tan brillante que le resultaba extraño. Porque el brillo de las hojas la encandilaba.
Odiaba este lugar con toda su alma, pero ese árbol era tan hermoso que le daban ganas de llorar.
Annette apretó los labios con fuerza. Los cerró apretando para que no se le escapara ni un sollozo. Con el pecho lleno de amargura y los ojos ardiéndole, se quedó mirando el árbol por un largo rato.
El grupo que salió de caza llegó al castillo por la tarde. El Conde, que no tenía buena cara por la resaca de la noche anterior, canceló el banquete. Todavía quedaban invitados en la mansión por el torneo, lo normal era que el dueño diera la cara al volver tras cuatro días, pero por lo visto el descanso le urgía más que la etiqueta.
La verdad es que anoche habían tomado fuerte. Después de cerrar el tema del compromiso, el Conde se puso de un humor excelente y no paró de brindar. Gracias a eso, los demás también se animaron, pero Reingard se controló hasta el final.
Usó la excusa de que alguien tenía que estar sobrio, pero en realidad él nunca tomaba de más en lugares donde no se sentía cómodo. Además, desde ‘aquel día’, le tenía miedo a volver a emborracharse.
—Ah, no puedo conformarme con esto para siempre.
Tenía que mantenerse lúcido. Para no volver a cometer una locura como esa.
Gracias a la cancelación de la cena, pudo evitar encontrarse con Annette. Reingard comió tranquilo con los gemelos en el comedor del fuerte, de regreso a la mansión pensó en pasar por la herrería, pero desistió. No tenía ganas de hacer ruido con el martillo.
—Me gusta el sonido. Parece el de una campana.
Sentía que, si martillaba, ella lo estaría escuchando. Si se distraía pensando en eso, era capaz de machucarse un dedo. Y eso que recién se había quitado el vendaje de la quemadura.
—No se detenga. De verdad me gusta.
Ahora pensaba en Annette a cada rato. Aunque no la viera, sentía su presencia en todo lado. De camino a la mansión, al ver el laurel bajo la penumbra azulada de la noche, se acordó de su sombrerito blanco.
Al ver que la luz de su habitación estaba apagada, sintió un hincón en el pecho, pero luego se quejó pensando que seguro ya estaba en la biblioteca.
—Te esperaré.
Hoy era la octava noche. Tenía que decirle que ya no fuera, que deje de esperar.
Reingard no dejó de pensar en Annette en todo el camino a su cuarto. Y a medida que daban las nueve, pensaba en ella mucho más. Se echó temprano pensando que durmiendo se le pasaría, pero ya estaba otra vez buscando una excusa. Una razón lógica para ir a la biblioteca a esta hora.
Había sido por las puras. Echarse temprano a intentar dormir no sirvió de nada.
—Maldita sea….
Al final, agarró el libro y el candelabro que estaban sobre la mesa de noche y salió de la habitación.
Se llevó ese libro que ni siquiera había terminado de leer solo porque necesitaba una excusa, por más ridícula que fuera. Mientras subía al tercer piso hacia la biblioteca, siguió acumulando pretextos en su cabeza: ‘Es que si no voy, no voy a poder dormir’. ‘Si no duermo, mañana no voy a rendir en el trabajo’. ‘No sería justo fallar en mis tareas después de haber estado fuera cuatro días y dejarle todo el peso a mis compañeros’.
Aunque se sentía un payaso por ponerse tantas excusas baratas, sus pies lo llevaron finalmente hasta la puerta de la biblioteca.
Se quedó parado frente a la puerta cerrada y tragó saliva. Ahora que estaba ahí, por fin se le ocurrió un motivo ‘razonable’: iba a aconsejarle que ya no lo esperara más, que deje de perder el tiempo porque no serviría de nada. Intentó poner cara de pocos amigos y ensayar un tono frío, pero sabía que no iba a poder mantener esa pose.
‘Entonces cállate la boca y lárgate a tu cuarto, estúpido’. A pesar de dudar hasta el último segundo, Reingard terminó abriendo la puerta.
El corazón le latía a mil por hora. Tanto que por un momento sintió que le faltaba el aire.
Él esperaba ver luz. Imaginaba que se filtraría ese resplandor amarillento y suave de la vela de Annette. Sin embargo, al abrir la puerta, lo único que encontró fue oscuridad. Una penumbra total, sin un solo punto de luz; un vacío absoluto.
Ante esa oscuridad silenciosa, Reingard sintió una punzada de decepción, seguida de inmediato por un alivio culposo. Le dolía que no hubiera nadie, pero al mismo tiempo sentía que era lo mejor. ‘Era obvio’, pensó. ‘Seguro vino uno o dos días y se cansó. Ella tampoco esperaba que yo viniera, así que habrá visto que no estaba y se regresó a su cuarto’.
Aunque ya se había convencido, no cerró la puerta. No sabía bien por qué, pero terminó entrando. Quizás pensó que ella se había olvidado de traer fuego. Que tal vez estaba ahí acurrucada junto a un candelabro apagado. Solo por si acaso.
Así, Reingard fue internándose lentamente en la oscuridad. Sosteniendo su candelabro de plata —igualito al de ella—, fue empujando la penumbra paso a paso con esa luz débil. Con cada paso, la madera del piso crujía bajo su peso. Aparte de eso, no se oía nada; ni siquiera su propia respiración.
—…Y decía que me iba a esperar.
Murmuró eso en voz alta solo porque ese silencio perfecto lo ponía de malas.
Solo después de dar una vuelta completa por la enorme biblioteca, decidió dar media vuelta para irse. El libro que trajo como excusa lo dejó en un estante. Aún no lo terminaba, pero se dijo que podía volver por él luego.
Mañana, o pasado mañana.
‘Si sigo viniendo así, tarde o temprano nos cruzaremos’.
Al darse cuenta de lo que estaba pensando, Reingard soltó una risa seca y amarga. Solo ahí, frente a la oscuridad, decidió ser honesto consigo mismo por un momento. Mandó al diablo todas las excusas tontas y reconoció lo que sentía de verdad.
¿Aconsejarle que no lo espere más? ¿Decirle que no pierda el tiempo? ¡Qué cuentos! Había venido hasta aquí solo porque quería verle la cara usando cualquier pretexto.
Tenía curiosidad. Quería saber cómo estaba. Él había estado en Neuvelsan, pero ¿qué había hecho ella esos cuatro días?
¿Había aprovechado la ausencia del Conde para no ver a nadie? ¿Se la pasó sola todo el día? Y si fue así, ¿se sintió más tranquila de lo normal, o se sintió más sola que nunca?
Reingard solo quería saber eso.
Simplemente, era lo único que quería saber.
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