Annette - 37
Annette se cruzó con Louise en el jardín trasero. Para las damas de la nobleza, salir a caminar era casi la única actividad para distraerse y hacer algo de ejercicio, pero Annette solía evitar las horas en que salían las dos nueras de su esposo para no verlas. Bertha seguía una rutina estricta, pero Louise era más caprichosa. Seguramente por su hijo pequeño.
La familia de Dietrich, el segundo hijo, vivía en el ala lateral. Era un edificio aparte de la casa principal, pero compartían el jardín, así que Louise siempre paraba ahí jugando con su hijo.
El niño, de unos tres años, corría de un lado a otro medio tambaleándose mientras la niñera lo perseguía. Louise observaba la escena con la mano apoyada en su vientre ya abultado. Fue en ese momento cuando vio a Annette entrando al jardín.
—Vaya, condesa. Qué clima tan lindo hace hoy, ¿no le parece?
Cuando Louise le habló con esa sonrisa radiante, Annette lo pensó por un segundo. ¿Debería ignorarla y seguir de largo?
Los nobles que saludan en lengua común siempre llevan una fruta envenenada en la mano. Te hablan como si te estuvieran haciendo un favor, solo para sentirse superiores. Seguro disfrutaba ver a la ‘princesa solitaria’ aceptando la charla con gratitud.
Lo normal habría sido ignorarla con indiferencia, pero Annette no pudo. Ya iba cuatro días sin tener una conversación de verdad con nadie. Lo último habían sido esas pocas palabras con Reingard mientras caminaban por el jardín la noche del torneo.
—¿Sigue rezando estos días?
Su deseo de hablar con alguien era más fuerte que su orgullo. Annette se sentía sola y extrañaba conversar. Aunque había vivido como una muda durante los cuatro meses que llevaba casada, por alguna razón, cada vez le costaba más aguantar la soledad.
—Es que pensé que mi nombre estaría ahí.
‘¿Tampoco vendrá hoy?’
Por pura costumbre, pensó en ese hombre mientras se acercaba a Louise.
—Es verdad, Louise. ¿Cómo te sientes?
Aun así, Annette no iba a perder su orgullo de princesa, así que puso su cara más seria. En realidad no le importaba mucho la salud de Louise, pero era lo educado cuando se trataba de una mujer embarazada.
—Como ve, estoy muy bien. Mi hijo me trajo a rastras, pero creo que fue buena idea salir. No hace tanto calor como pensé.
Louise no era muy diferente a Bertha, la nuera mayor. Solo te hablaban cuando no había nadie más cerca o cuando estaban de buen humor. Pero como vivía en el ala lateral y no tenía poder sobre Annette como Bertha, era raro cruzarse con ella. Eso sí, era mucho más habladora e hipócrita que la estirada de Bertha.
—Mire a ese niño. Corre muy bien, ¿no? Salió con las piernas fuertes como su papá.
Louise comentaba con orgullo y admiración. Mientras hablaba, no dejaba de acariciarse la panza a propósito, ahí Annette entendió por qué le había dado por hablarle.
Seguro quería comparar sus situaciones para presumir lo feliz que era. Su especialidad era sonreír fingiendo cariño mientras te metía el dedo en la llaga.
Aun sabiendo eso, Annette no pudo evitar sentir un bajón en el corazón.
Ella también quería tener hijos, obviamente. Casarse y ser madre era su único sueño y su rol en la vida. Una mujer que no le da hijos a su esposo siempre será una extraña. Aunque viviera en esa mansión por siempre, Annette siempre sería un alma sola.
‘¿Será por eso? ¿Por eso el conde no me toca?’
—Ese pequeño está emocionado desde temprano. Es que hoy regresa su papá. No sabe cuánto lo quiere, el niño no puede ni estar sin él. Es que mi esposo es mucho más cariñoso de lo que parece.
Louise empezó a rajar sobre lo tierno que era Dietrich, solo para presumir lo feliz que era en su matrimonio. Annette, que escuchaba sin prestar mucha atención, de pronto paró la oreja. Regresaban hoy. Ocultó su corazón acelerado y siguió la charla como si nada.
—¿A dónde fue Sir Dietrich? Vi que salió con el conde hace unos días.
—Ay, no me diga que no lo sabía. Se fueron de caza con el Marqués Liebehafen. El Marqués llevó a su sobrino, mi suegro llevó a sus hijos.
—Ya veo.
Ese tonito de desprecio de Louise no le molestó ni un poco. Annette asintió por compromiso, pero ya estaba metida en sus propios pensamientos. ‘¿A qué hora llegarán? ¿Vendrá al banquete de hoy? ¿Debería ponerme el vestido celeste para la cena?’.
—Esos dos se parecen de una forma extraña, ¿no cree?
Por estar en su mundo, Annette no entendió la indirecta de Louise. ¿Se refería a su esposo y al conde? Pero el segundo hijo no se parecía en nada a Gallant. El que se parecía era el mayor.
—Si habla de parecido, ¿se refiere a Sir Dietrich y al conde?
—No. Hablo de Sir Reingard y de mi esposo.
Al escuchar ese nombre inesperado, Annette se quedó mirando a Louise. No entendía a qué venía eso, así que trató de recordar si esos dos se parecían en algo. No le encontraba el parecido. Pero justo cuando iba a ladear la cabeza, vio la sonrisita en los labios de Louise, en ese instante, la verdad le cayó como un rayo.
Annette, criada en la corte, conocía bien cómo hablaban las damas nobles. Debió darse cuenta cuando Louise pronunció ‘sus hijos’ con ese tonito significativo. Las damas de compañía del palacio siempre amaban los chismes, ponían esa misma cara cada vez que le traían el chisme más jugoso a la princesa.
—Es algo que todos saben. Aunque usted, condesa, seguramente no tenía idea.
‘Así que era eso’
Annette estaba en shock, pero al mismo tiempo todo cobró sentido.
Le pareció estúpido no haberlo pensado antes, porque todas las piezas encajaban. Por eso el conde lo quería tanto. Por eso él, sin ser noble, sabía hablar la lengua común. Y por eso, siendo plebeyo, era tan cercano a los hijos del señor feudal.
Que un caballero recién nombrado obtuviera una habitación en la misma mansión de su señor.
—Vaya, ¿se asombró? Si tuviera un poquito de perspicacia, se habría dado cuenta hace tiempo.
—…Nadie me dijo que mi esposo tuviera un hijo bastardo.
—Por supuesto, él nunca lo reconoció oficialmente. Pero esas no son cosas que uno necesite anunciar para saber que son ciertas.
Louise sonrió. Annette no pudo evitar pensar en los hijos e hijas bastardos de su propio padre, el Rey. Tenía razón. Esas cosas casi nunca se reconocen, aunque no se haga, todo el mundo lo sabe.
—Sir Reingard es hijo de una criada. Perdió a su madre apenas nació y lo dejaron al cuidado de la nodriza de Sir Erich. Creció bajo la protección de mi suegro desde entonces, ¿no es obvio? El Conde no es tan despiadado como parece.
—…….
—Cuando el Conde le dio a Sir Rein la habitación del hijo menor, ahí terminé de confirmarlo. Seguro quería tenerlo cerca hasta que se casara. Es un sentimiento que cualquier padre podría entender.
Louise no bajó la voz. Sabía que la niñera y las criadas no entendían la lengua común.
—Ah, por cierto, ese día todos comentaban lo bien que se veían. En el torneo.
—…¿Qué se veía bien?
—Ustedes dos. La madrastra y el hijo bastardo hacían una pareja muy interesante.
Louise soltó una risita por lo bajo. En ese instante, a Annette se le encendió la cara de la vergüenza.
‘Madrastra e hijo bastardo’
Esa relación, resumida de forma tan simple, le pareció algo monstruoso y horripilante. Sintió una ola de humillación al imaginar a los nobles susurrando y riéndose de ella. Ahora podía imaginarse perfectamente las miradas que habrían intercambiado mientras ella le ponía la corona de laurel y le daba ese beso.
Quizás los nobles la habían estado observando todo este tiempo. Esos lobos experimentados sabían muy bien que una mujer de apenas veinte años no podría evitar sentir curiosidad por un caballero joven y guapo. Fue entonces cuando Annette entendió el verdadero objetivo de Louise; por qué la había buscado para empezar esta charla.
—Sir Rein es un hombre muy apuesto, ¿verdad? Ya tiene edad, así que pronto le buscarán un matrimonio. Me pregunto qué mujer tendrá la suerte de quedárselo.
Parecía que Louise quería pisotear y romper, a vista de todos, esa canica negra y brillante que Annette solía mirar a escondidas a través de sus barrotes.
—Bueno, tengo que ir con mi hijo. No sé si nos veremos en la cena de hoy; hay tantos invitados esperando a mi suegro que no sé si quedará sitio para nosotras, las mujeres.
Annette trató de recuperar la compostura y se despidió como pudo. Después de que Louise se fue con cara de satisfacción, tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no salir corriendo a su dormitorio. Acababa de salir, así que lo correcto era caminar un poco más. Si huía ahora, se vería sospechoso.
‘Tengo que parecer que solo he escuchado un chisme interesante. Como si no me hubiera afectado en nada’
Aferrándose únicamente a ese pensamiento, Annette se obligó a continuar con su caminata vespertina.
El sol del mediodía quemaba bastante. Se sentía mareada, así que buscaba las sombras para caminar. Se ocultó detrás de los arbustos y bajó el ritmo de sus pasos, tratando de que nadie notara su presencia. Rezando para que nadie volviera a hablarle.
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