Annette - 36
Hay palabras que, apenas las escuchas, disparan mil pensamientos a la vez.
Como cuando terminó la batalla y le dijeron que Erich no había vuelto al campamento. En ese momento, Reingar pensó dos cosas al mismo tiempo: Murió. No, no puede estar muerto. ¿Cómo se lo digo al Lord? Erich, maldito seas, ¿por qué tardas tanto?
Después entendió que eso era el efecto del shock. Cuando recibes una noticia impactante, la confusión es tanta que pierdes el control sobre tus propios pensamientos.
Ahora le pasaba lo mismo. Pensaba en esa mujer que parecía un fantasma vestido de blanco, se preguntaba por qué, de todas las personas, tenía que ser ella la que apareciera en su mente. Recordó cómo se sentaba al borde de la mesa del banquete, como si fuera una isla solitaria; se preguntó por qué le pesaba tanto esa mujer atrapada en un silencio infinito.
Pensó que, si se casaba, tendría que dejar la mansión, entonces ella se quedaría sola. La silenciosa Annette. Sus labios sellados. Como una muñeca dentro de una urna de cristal.
Por eso, su mente empezó a fabricar excusas para rechazar la propuesta antes siquiera de razonar por qué quería hacerlo.
—Sir Dietrich me ha encomendado la tarea de formar el nuevo cuerpo de reclutas.
—Reclutarlos y darles el entrenamiento básico no tomará mucho, pero convertirlos en soldados útiles lleva tiempo. Me temo que me sería difícil dejar Lotte por ahora.
Mientras lo decía, sabía que era una estupidez. Cualquiera podía entrenar reclutas. No era el único caballero en el castillo de Lotte y había instructores mucho más experimentados. Pero Reingar rogaba que el Conde lo malinterpretara: que lo viera como un tipo simplón, bueno para la espada pero corto de luces, que solo vive para cumplir órdenes.
Efectivamente, Conde Gallant Lotte lo miró con curiosidad. Ante esa mirada que parecía querer desollarlo, Reingar mantuvo una expresión seria. La cara de un soldado que no sabe hacer otra cosa más que obedecer.
—Ya veo. ¿Crees que cuatro años sean suficientes para terminar esa tarea?
preguntó el Conde, asintiendo con ligereza.
Reingar se desconcertó ante la precisión del tiempo. ¿Cuatro años? En medio de su confusión, simplemente asintió. Cuatro años. Por lo menos.
—… Sí. Creo que sería un tiempo adecuado.
—Perfecto. De todas formas, tendrías que esperar ese tiempo para casarte.
dijo el Conde, mostrando los dientes en una sonrisa satisfecha.
—La novia necesita tiempo para prepararse. Me dijeron que apenas tiene unos trece años. Aunque se comprometan ahora, faltan cuatro años para la boda. Para cuando termines tu misión aquí, tu esposa ya habrá crecido.
¿Era una broma? Reingar miró con estupidez el rostro divertido del Conde. ¿Comprometerse con una niña de trece años? ¿Hablaba en serio?
Fue entonces cuando se dio cuenta de que no había sentido ni pizca de curiosidad por saber quién era la mujer. Ni un poco. En su cabeza solo había espacio para una, mientras estaba parado frente al esposo de esa mujer, sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
‘Te esperaré’.
Esa frase le provocó una sensación de peligro que le cortó el aliento. El Conde, sin sospechar nada, empezó a explicarle el trasfondo de la novia con tono paternal: que era la hija única del vizconde Eben, que tras la muerte de su madre la salud del padre había empeorado, que cuando él muriera ella heredaría el vizcondado… y que, al casarse con ella, Reingar adoptaría el apellido Eben y se convertiría en el consorte de la soberana.
‘Tu hijo será el próximo vizconde’.
No hacía falta decir más. El Conde lo miraba con orgullo, como si esperara que Reingar lo alabara por haberle conseguido semejante dote. Reingar sabía perfectamente que era una oportunidad de ensueño; cualquier hombre en su posición arriesgaría la vida por una novia así.
Y sin embargo, su cerebro seguía buscando desesperadamente una excusa, un pretexto para rechazar el compromiso. Aunque sabía que no existía ninguno válido.
—Pero… ¿no es la novia demasiado joven?
—En cuatro años no lo será. Cuando te clases, entenderás a qué me refiero.
respondió Gallant Lotte, riendo sin rastro de molestia. Parecía que le causaba gracia que Reingar no aceptara de inmediato una oferta tan generosa, por eso soltó un comentario que habría sido mejor callar:
—Mientras más joven es la esposa, más fácil es de manejar. Puedes confiar en mi palabra.
Esa frase le dolió más de lo que esperaba.
Reingar intentó dejar de pensar, pero las ideas lo golpearon como una inundación. Annette siendo escoltada por el Conde. Annette siendo insultada en silencio por todos. Annette sin nadie que la protegiera.
Annette a solas con su esposo en el dormitorio.
—Esto también ayuda a la casa del vizconde. Si una mujer joven se convierte en señora, le será difícil controlar a sus vasallos. Con un yerno como tú, el vizconde Eben podrá morir tranquilo. Hasta el Marqués me aseguró que su prima estará encantada. Un yerno como tú es una mina de oro.
Las palabras de halago del Conde pasaban por sus oídos sin hundirse. Reingar solía pensar que, en momentos así, Gallant lo miraba como un padre a un hijo que ha crecido bien. Pero ahora se daba cuenta de que se parecía más a un dueño satisfecho con su propiedad. Ese sentimiento de rechazo, de sentir injusto que Gallant decidiera incluso con quién debía pasar el resto de su vida, le provocó una nueva punzada de ansiedad.
Y era irónico. Reingar siempre había anhelado un matrimonio así. Envidiaba a Erich por tener una mujer elegida por su padre. ¿Por qué ahora sentía que se asfixiaba? ¿Por qué sentía ese nudo ardiente en la boca del estómago?
¿Y por qué diablos seguía apareciendo el rostro de la mujer equivocada?
—Esa herida está tardando en sanar.
Reingar siguió su mirada. Gallant estaba observando su mano derecha, la que sostenía la lámpara. Como usaba el arco y la lanza para cazar, llevaba un vendaje algo grueso. Una mano donde las costras se habían vuelto a cerrar. Al recordar lo que había hecho con esa mano, Reingar contuvo la respiración por un segundo.
—¿Dijiste que era una quemadura?
—Sí, mi señor.
Gallant Lotte levantó la cabeza y le sostuvo la mirada. Con esos ojos que parecían los de un padre, pero también los de un dueño que lo sabe todo, esbozó una leve sonrisa. Por un instante, Reingar tuvo la paranoia de que el Conde realmente podía ver a través de él: que conocía su pecado, lo que estaba haciendo, todos los sentimientos que le inundaban la cabeza.
—Debes tener cuidado. No se deben tocar las cosas calientes así como así.
Fue una advertencia suave, casi juguetona, como si regañara a un niño pequeño.
—… Tendré más cuidado.
—Cuida de tu cuerpo, Rein.
—Sí, mi señor.
—No me gustaría perderte a ti también.
‘Esa frase… habría sido mejor que no la dijera’.
Reingar bajó la mirada, sintiéndose miserable. Se quedó observando sus propios pies, iluminados por el brillo amarillento de la lámpara. Sus botas de caza se veían toscas y enormes. De pronto, la imagen de los pequeños zapatos de aquella mujer se superpuso a la suya; realmente estaba perdiendo la cabeza. Incluso le pareció escuchar el sonido rítmico de sus pasos al caminar.
‘Esta noche rezaré en nombre de Sir Reingar’.
—Pienso enviar la propuesta formal a Eben en cuanto regresemos.
‘¿Sabe que mis oraciones serán de felicitación?’.
—Te avisaré cuando llegue la carta de aceptación. No creo que tarden mucho.
Cada vez que el Conde hablaba, la voz de Annette se entrelazaba con la suya. Sus ojos fijos, su rostro sonriente… Ante ese vendaval de recuerdos, Reingar se quedó sin palabras.
El Conde ni siquiera le preguntó su opinión, ni por cortesía. Estaba notificando algo que ya era un hecho, Reingar lo aceptó como lo que era: una orden vestida de amabilidad. Al fin y al cabo, el Conde siempre había decidido su destino, desde su amistad con Erich hasta su nombramiento como caballero para ir a la guerra.
A simple vista, parecía que todo era fruto del esfuerzo y la voluntad de Reingar, pero la verdad era que nunca había tenido la oportunidad de elegir.
Esta vez no era diferente. Si le hubieran impuesto a la hija de un mercader en lugar de a la heredera de un vizcondado, habría obedecido igual. De hecho, sintió un extraño alivio. Hasta hace un momento buscaba cualquier excusa para escapar, pero ahora ese compromiso se sentía como una cuerda de salvamento.
‘Te esperaré’.
Porque se dio cuenta de que algo dentro de él ya no tenía vuelta atrás. Fuera lástima, curiosidad o un sentimiento de identidad compartida, tuvo que admitir que ya no podía controlarlo por su cuenta.
Cuando te enfrentas a un enemigo que no puedes vencer, debes huir. Si es que quieres sobrevivir.
—Entendido, mi señor.
Por eso, Reingar volvió a someterse.
No sabía qué era exactamente este sentimiento tan retorcido y desconcertante. Quizás solo era un deseo absurdo y pasajero por alguien prohibido. Si era así, desaparecería. Algún día lo recordaría y se reiría de sí mismo; luego, en cuatro años, se casaría con su prometida ya mayor y listo.
Pero… ¿y si no desaparecía? ¿Tendría que soportar esto durante cuatro años?
‘Soy Annette’.
La mano de la mujer apareció en su mente. Esa mano asombrosamente blanca y delgada levantando su mentón, él sin poder resistirse. Solo podía mirar, deslumbrado, su cabello rubio brillando bajo el sol y su cuerpo envuelto en luz.
‘¿Cómo se llama usted?’.
La forma de sus labios carnosos. El roce de su piel contra su mejilla y su aroma. Todo era tan vívido que sintió un miedo repentino.
La próxima vez que la viera, ya nada sería igual. Reingar lo sabía, por eso empezó a temerle al amanecer. Mañana era el día de volver al castillo. Su corazón, pesado, ya empezaba a latir con fuerza.
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