Annette - 35
Esperar a alguien significaba entregarle tu propio tiempo. Sin importar si él aparecía o no, por el solo hecho de esperarlo, el tiempo de Annette ya le pertenecía a él. Se encontraba rumiando cada una de sus palabras, sus miradas y sus gestos. Recordaba su rostro hablando animadamente con sus compañeros. Cómo se le caían un poco las comisuras de los ojos al reír. Incluso llegó a imaginarlo riéndose así mientras la miraba a ella.
Sin darse cuenta, él le había robado casi todo su tiempo. Casi sin que ella lo notara.
—Haga lo que le parezca.
¿Habría dicho eso sabiendo lo que causaría? ¿Acaso no le importaba que ella se pasara el día entero esperándolo? Si era así, realmente era un hombre malo.
—Qué pesado…
Pudo haber venido al menos una vez. Pudo haberle avisado, aunque sea de pasada, que no lo esperara o que estaría fuera del castillo unos días. Pudo haberse asomado aunque sea por curiosidad, para ver si ella de verdad lo estaba esperando.
—Te voy a esperar.
Y lo esperó. Día tras día.
—… Qué pesado eres.
Annette frunció el ceño y se tapó con la colcha hasta la cabeza. Aunque ya había dejado de esperar en la biblioteca y estaba en su dormitorio, seguía pensando solo en ese hombre. Sentía que en cualquier momento iba a escuchar el sonido de los martillazos de la herrería y no dejaba de aguzar el oído.
¿A dónde se habrá ido? ¿Se habrá ido muy lejos? Mañana se cumplirían tres días desde su partida.
—¿Cuándo vas a volver…?
Al cerrar los ojos mientras se quejaba, el rostro del hombre apareció en la oscuridad. Annette pensó que sus ojos eran bonitos, pero de inmediato recordó cómo él le sonreía a ese lobo y soltó una risita burlona.
¿De qué sirve que sea guapo? Si al final es un traidor.
Reingard no era precisamente el tipo de hombre al que le quedara bien el adjetivo «bonito». De todos los caballeros que Annette había visto, él era uno de los más altos y fornidos.
Sin embargo, esa sensación de «belleza» venía de la delicadeza en sus rasgos: sus ojos enmarcados por pestañas espesas, o la finura de la línea que bajaba desde la punta de su nariz hasta el arco de cupido y los labios.
Incluso cuando sonreía apenas, o cuando mostraba esa timidez propia de un muchacho, Annette pensaba que, de niño, debió haber sido un chico muy lindo.
—Sir Paloma…
Murmuró mientras recordaba al hombre en el campo de torneos. Su imagen galopando ferozmente con esa lanza larga. La forma en que blandió su enorme espada con ligereza para quitarle el sombrero. Al recordar ese primer encuentro, de pronto sintió un frío en el pecho.
—He jurado lealtad al Conde Lotte. Si él me ordena pelear, pelearé; si me ordena proteger, protegeré. Y si me pide la vida, se la daré gustoso.
¿Podría él matarme con esa misma espada?
Probablemente.
Al llegar a ese pensamiento, Annette volvió a sentirse desamparada. Ese plan mal armado de hacerse amiga de Reingard para que la ayudara a escapar parecía burlarse de ella a carcajadas. ¿De verdad ese hombre la ayudaría? ¿Se detendría a escuchar toda la miseria y humillación que ella estaba aguantando? ¿Sentiría lástima por ella y buscaría la forma de sacarla sana y salva de este castillo?
—Ajj…
Annette no pudo evitar soltar un largo suspiro. «¿Amigos?». ¿Quién se lanzaría a semejante aventura solo por un «amigo»? A menos que fueran amantes, como Sir Rupert y la princesa Arona.
Amantes.
Al pensar en esa palabra, abrió los ojos de par en par.
—Estoy loca.
Lo susurró espantada, pero los recuerdos ya la habían invadido. Las escenas, el tacto y los olores saltaron en su mente como un resorte. Annette se sorprendió de lo vivo que guardaba todo eso en su interior, y más aún de haberse fijado en tantos detalles sobre Reingard.
Escondida bajo las sábanas, contuvo el aliento hasta que el retumbar de su corazón en los oídos se calmó.
Amantes.
Los libros de cuentos sobre damas nobles que se enamoraban de caballeros siempre eran populares. La mayoría de los libros que Annette le pedía a su dama de compañía que le leyera eran de ese tipo. Pero cada vez que las adolescentes se reían emocionadas, la dama de compañía mayor solía advertirles con dulzura:
—Estas historias solo son hermosas en los libros. Una dama no puede vivir fuera de las tierras de su esposo, y un caballero que traiciona a su señor lo pierde todo. Cuando uno crece, hay cosas más importantes que el amor. Ya lo entenderá usted también, princesa.
Un caballero no puede vivir traicionando a su señor. En el momento en que deje Lotte, Reingard pasará a ser un traidor. Incluso si se quedaba y la ayudaba a escapar a escondidas, ya sería un caballero caído. El honor y el orgullo son la vida misma para los caballeros; esperar que los tirara a la basura por una simple «amiga» era una tontería.
‘¿Entonces qué hago? ¿Me rindo así nomás? ¿Qué más puedo hacer yo?’
—No sé…
Annette hundió su frente adolorida en la almohada. Ignoró la realidad imposible e imaginó el futuro que deseaba. El hombre llevándola sobre un enorme caballo negro. Esa única pizca de esperanza que se le aparecía frente a los ojos todo el día, que la iba consumiendo poco a poco, y que hacía que su corazón detenido volviera a latir.
Reingard.
—Solo lo tengo a usted.
‘Él siente lástima por mí. Se preocupa por mí. Él es el único que puede ayudarme’
—… No hay nadie más que él.
Por eso, Annette decidió que mañana también lo esperaría. Total, no tenía nada más que hacer ni nada más que quisiera hacer. Si quería escapar con éxito y vengarse, si quería seguir viviendo y no morir en el intento, no había otro camino.
Aparte de ese hombre, no existía otra salida.
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El monte Neubel era, de todas las villas del señor feudal, la más cercana al castillo de Lotte. Reingard había escuchado mucho sobre sus cotos de caza, pero esta era la primera vez que venía en persona. Era un lugar al que los hombres de la familia Lotte solían venir a divertirse cazando, y ni siquiera a sus esposas se les permitía la entrada.
Por eso, cuando le llegó el recado de que se preparara para el viaje, pensó que iría simplemente como parte de la escolta. Incluso se equipó con una armadura de cuero ligera, pero resultó innecesario. De las seis personas que formaban el grupo, incluyéndolo a él, tres eran caballeros.
No le hizo mucha gracia que Sir Cornelius estuviera en el grupo, pero lo trató con una cortesía adecuada. No quería que se notara su antipatía para no generar malentendidos innecesarios.
—Las maldades de los malvados no tienen explicación. Así como las locuras de un loco no tienen razón de ser.
Quizás por eso terminó siendo más amable de lo debido; trataba de ocultar las espinas que le brotaban por dentro.
—Beba un poco más, Sir Rein. Vamos, ya que gané dinero gracias a usted, yo invito la ronda.
Después de tres días, Cornelius se estaba portando de lo más confianzudo. Cualquiera que los viera pensaría que eran amigos de toda la vida. Reingard quería mandarlo a rodar, pero por el ambiente no le quedó otra que aceptar el trago. La última noche en la villa acababa de empezar, y estaba claro que la reunión no terminaría hasta que todos estuvieran bien borrachos.
‘No bajes la guardia’
se repetía mentalmente mientras tomaba un sorbo de brandy. El licor fuerte le bajó por la garganta, calentándole el estómago.
Reingard se la había pasado bebiendo todas las noches desde que llegaron. El primer día amaneció con una resaca tan fuerte que le partía la cabeza, y se quejó para sus adentros pensando que mejor se hubiera quedado en el castillo. Desde el día siguiente a su llegada, los nobles empezaron a apostar sobre quién cazaba más presas. Como a Reingard lo pusieron en el bando de la familia Liebahafen, supuso que el Conde lo había traído solo para completar el número de gente.
—Voy a salir un rato a tomar aire. Rein, ¿me acompañas?
En el momento en que el Conde se puso de pie y lo señaló, tuvo el presentimiento de que se había equivocado en su suposición.
Reingard se levantó sin decir palabra y siguió al Conde. La villa del monte Neubel estaba lejos del pueblo y no había casas cerca. De día, los bosques tupidos y las montañas imponentes eran un espectáculo, pero al caer la noche todo desaparecía. Alrededor no había más que una oscuridad absoluta.
Lámpara en mano, Reingard le abría paso al Conde. La espalda de aquel hombre de mediana edad se veía extrañamente pequeña frente a él. Hubo un tiempo en que Reingard se esforzaba por encontrar parecidos entre ambos, aunque siempre terminaba pasando más tiempo enumerando las similitudes del Conde con Dietrich o Erich. Se consolaba pensando que, de los tres hijos, solo el mayor se parecía físicamente a su padre.
Pero ahora, pensaba más bien en lo poco que se parecía a ese hombre.
Gallant Lotte era más bajo que el promedio, con el cabello y los ojos marrones. Era minucioso, astuto para los negocios y le importaba mucho la autoridad. Reingard apenas podía contar una o dos cosas que tuvieran en común, mientras que las diferencias eran infinitas. Sin embargo, el segundo y el tercer hijo tampoco se parecían casi nada a su padre.
—No soy de los que se van por las ramas. ¿Puedo hablarte con franqueza?
—Ordene usted, señor.
Ante su respuesta formal y devota, el Conde sonrió. Reingard sintió esa satisfacción casi instintiva de haberlo complacido. Sabía perfectamente que a Gallant Lotte le encantaba la actitud de obediencia; que nada lo ponía más contento que una sumisión sin titubeos.
—Hay un buen prospecto de matrimonio para ti. Quiero que te comprometas.
Pero como la orden fue algo totalmente inesperado, Reingard se quedó frío, sin saber qué decir.
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