Annette - 33
Una sonrisa amarga curvó sus labios ante el pensamiento que cruzó su mente. Una mujer era una propiedad perteneciente a su marido, en el caso de Annette, esa verdad era absoluta. Reingar sabía bien que el Conde obtendría de ella lo que quisiera, cuando quisiera. Para los hombres, la lujuria es como el hambre: buscas comida porque el estómago ruge, no porque ames al plato que tienes delante.
‘Olvídalo. No te metas en los asuntos de cama de otros’, se recriminó.
Entró en la mansión con una sensación de náuseas que no provenía solo del alcohol. Tras intercambiar un breve saludo con los guardias de la entrada, buscó desesperadamente el reloj. El lujoso péndulo del gran reloj de pared rozaba las diez. Las diez. Había pasado una hora; saberlo le trajo un alivio casi doloroso. Seguramente ella ya no estaría esperando.
Mientras subía al segundo piso, se dio cuenta de que estaba más borracho de lo que pensaba. El suelo alfombrado parecía ondularse bajo sus botas. Se detuvo un instante frente a la escalera que subía al tercer piso. Fue el alcohol, se dijo, lo que le hizo dudar. La curiosidad de saber si la biblioteca estaba realmente vacía.
Si la luz de su dormitorio estaba apagada, ¿estaría durmiendo? ¿O seguía allí arriba, entre libros?
—Fuu……
exhaló un suspiro irritado. El olor a alcohol que emanaba de su propia piel parecía marearlo más. Cerró los ojos con fuerza y se recordó la jerarquía: en algún lugar de ese pasillo silencioso estaba la habitación del Conde. Y esa mujer era la esposa de su señor. La Condesa de Roth. La madrastra de Erich.
Y tal vez… la esposa del hombre que podría ser mi padre.
Era la primera vez que pronunciaba esas palabras en su mente. Reingar siempre había evitado esa realidad. El hijo bastardo del Conde. Esa posibilidad que tanto había anhelado durante toda su vida, ahora se sentía como un látigo golpeando su espalda. Solo después de repetirse con firmeza que ella era la mujer de su padre, pudo dar la espalda a las escaleras del tercer piso.
Regresó a su habitación con pasos largos. El interior estaba impecable, con tres velas encendidas y la bañera llena, tal como había ordenado. Al sumergirse en el agua fría, la embriaguez retrocedió un poco. Hundió la cabeza varias veces, intentando lavar los pensamientos que se le pegaban al cráneo como brea.
—¿Qué tan profundo será?
una voz resonó en su memoria bajo el agua.
—Si alguien cae, ¿no podrá salir nunca, verdad?
Era el rostro serio de un Erich de diez años, apoyando la barbilla en el brocal de piedra del pozo, mirando hacia el fondo oscuro. Reingar recordaba la escena como si fuera ayer. Y recordaba su propia respuesta:
—¿Por qué ibas a caer ahí? ¿Eres idiota? Ningún imbécil saltaría a un pozo sabiendo que va a morir.
Salió de la bañera, goteando, se secó con una toalla. Al mirarse, notó que su entrepierna estaba medio erguida. Contempló esa parte de sí mismo, indiferente a sus dilemas morales, no supo si reír o fruncir el ceño. Había bebido y llevaba varios días de abstinencia. Para él, la masturbación era una necesidad y un hábito; algo que debía resolverse con regularidad para evitar incomodidades. No era un santo, tenía sus fantasías, alimentadas por dibujos que veía con otros escuderos en su juventud o relatos crudos de sus compañeros.
Intentó evocar el cuerpo de la prostituta de la taberna. Sus pechos desbordando el corpiño, su sonrisa provocadora. ¿Era morena o de pelo castaño? No podía recordarlo bien.
Se tumbó desnudo en la cama. El calor del verano entraba por la ventana. Apagó las velas y, mientras cerraba los ojos, volvió a intentar visualizar a la mujer de la taberna. Pero entonces, sucedió.
De repente, una melena rubia y brillante inundó su mente.
Una mujer, con el sol del mediodía a sus espaldas, lo miraba desde arriba. Le levantaba la barbilla y rozaba su mejilla con los labios. El tacto, el aliento, el aroma… sensaciones tan aterradoras y vívidas que Reingar abrió los ojos de golpe.
—Ha…
‘Es el alcohol. Estoy borracho, es por eso’
pensó mientras su corazón golpeaba contra sus costillas. El techo estaba oscuro y silencioso. Tras confirmar que estaba solo, volvió a apretar los párpados.
La palma de su mano, rodeando su miembro, ardía. No sabía si lo que retumbaba en su cuerpo era el vino o la lujuria pura. ‘Es solo una fantasía, ¿qué importa?’, se justificó, hundiendo la cara en la almohada. Frotó sus labios contra la suavidad de la tela, entonces comenzó el ataque de nuevo.
Nunca había tenido una fantasía así. La mujer en su cabeza tenía textura. No era un dibujo, era un recuerdo sensorial grabado a fuego: la temperatura de sus labios presionando su palma, la humedad de su aliento en las líneas de su mano, el volumen de su brazo al sujetarla, el movimiento de su cuerpo agitándose. Todo voló hacia él como flechas.
Annette jadeando. Annette susurrando rápido. Annette sonriendo, revelando sus dientes perfectos tras sus labios entreabiertos.
Reingar se entregó al delirio. Sin notar que la costra de su mano herida comenzaba a abrirse de nuevo por la fricción, siguió moviendo su mano con una fuerza desesperada y violenta.
En medio de esa locura febril, succionó los labios de la mujer como si quisiera devorarlos. Imaginó que apresaba sus brazos delgados, inmovilizándola por completo. Cuanto más forcejeaba ella y más entrecortado era su aliento, más perdía él el control de sí mismo.
Annette.
—Ah…….
Maldita sea, Annette.
—Haah……
Al alcanzar el clímax sobre la toalla húmeda, apretó los dientes con fuerza. Hundió el rostro en la almohada como si quisiera asfixiarse, bloqueando su propia boca y nariz. Incluso el sonido de su respiración agitada le resultaba humillante, por lo que se obligó a contener el aire. ‘Loco, maldito loco’, se insultaba entre dientes, pero incluso así, seguía escuchando la voz de ella.
—Pero ahora no lo sé con certeza. Si lo que me daba lástima eran mis hermanos, o si era yo misma por haberlos perdido.
Mientras sus músculos aún temblaban y antes de que el eco del placer que había atravesado su columna se desvaneciera, otra frase acudió a él.
—¿Lloraste mucho cuando él murió?
¿Por qué, de entre todas las cosas, tenía que recordar esa conversación ahora?
—Yo lloré mucho. Cuando mis hermanos murieron. Me sentía tan triste, me daban tanta lástima.
¿Por qué, precisamente ahora, tenía que aparecer en su mente aquel rostro pálido bajo la luz de la luna?
El aliento agitado no tardó en calmarse. A medida que la tensión abandonaba sus músculos, un cansancio pesado se apoderó de su cuerpo. Reingar abrió los ojos después de un largo rato y giró la cabeza. Se quedó allí, despatarrado y exhausto, contemplando la luz mortecina de la luna.
La luna, casi llena, brillaba en una noche de verano fragante y agradable. Rodeado por un calor viscoso y solitario, se sintió miserable; y aun así, no pudo detener el flujo de pensamientos que flotaban en su mente.
¿Estará ella en su dormitorio ahora? No puede ser que siga en la biblioteca, ¿verdad?
—Haah…
Reingar prefirió cerrar los ojos. Lanzó la toalla húmeda a cualquier parte mientras masticaba insultos. Empezó a sentir náuseas y un dolor punzante en las sienes. Parecía que mañana tendría que enfrentarse a una resaca monumental.
Realmente, todo era un desastre.
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—Me refiero a mi primo materno, Vizconde Eben. Dicen que ha estado en cama desde el funeral, hace ya una estación. Su esposa murió el invierno pasado y parece que el dolor ha sido demasiado para él. Eran una pareja muy unida.
Desde el momento en que Marqués Libehafen mencionó el tema, Gallant ya sospechaba por dónde iban los tiros. Por eso respondió con indiferencia, fingiendo concentrarse en el sabor de su tabaco. Mostrar interés de inmediato sería una falta de dignidad.
—Es una lástima. Aún es joven, seguro que se recuperará pronto.
—Dicen que su estado es grave. Ya ha empezado a buscar pretendientes para su única hija.
—¿El Vizconde no tiene hijos varones?
—Su esposa era de constitución débil. Apenas pudo dar a luz a una niña antes de morir.
—Vaya.
Gallant chasqueó la lengua en señal de simpatía, el Marqués asintió, dándole la razón. Ahora llegaba el momento de entrar en materia.
—Parece que, como la joven es aún pequeña, su intención es dejar apalabrado el compromiso por ahora.
—¿Qué tan pequeña?
—Tendrá unos trece o catorce años. Pero los niños de esa edad crecen en un abrir y cerrar de ojos.
—Es cierto.
Gallant echó cuentas rápidamente en su cabeza. Si comprometía a Reingar con esa heredera, podrían casarse en unos cuatro años. Cuatro años. No era poco tiempo, pero tampoco era una eternidad.
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