Annette - 32
Desde hace un tiempo, Reingar ya no podía controlar esa asociación extraña en su cabeza. Así como se te hace agua la boca al ver comida, cada vez que pensaba en un libro, se le venía la imagen de esa mujer.
Annette sosteniendo el candelabro con el libro que él le dio apretado contra el pecho. Annette esperándolo en la biblioteca oscura. Annette yéndose con la cara triste. Aunque se había jurado que no le iba a dar importancia a si ella lo esperaba o no, en cuanto daban las 9 de la noche, su mente era invadida por ella sin falta.
Annette se metía en su cabeza a cada rato. Reingar nunca aprendió cómo defenderse de ataques de ese tipo. Lo mejor que podía hacer era ignorarla. Hacerse el sordo ante los susurros de la mujer. Mantener la distancia lo más posible y quedarse callado.
—Esta noche no voy a ir a la biblioteca. Estoy muy cansada.
Incluso cuando Annette dijo eso anoche después de terminar su caminata, él no le respondió.
—Espero que mañana sin falta puedas ir.
Realmente no sabía cómo defenderse de esos ataques tan tercos.
—Te estaré esperando.
No debió haber aceptado acompañarla en ese paseo.
—Voy a dar un paseo por el jardín, así que ya puede retirarse, sir.
Pero él no tenía opción. Si le daban a elegir entre escoltar a una dama de la nobleza en su paseo nocturno o dejar que fuera sola, la respuesta era obvia.
No podía simplemente darle la linterna y decirle que fuera por su cuenta; eso hubiera sido un error imperdonable. Además, se trataba de la esposa de su señor y alguien de sangre real. Si hubiera sido hace dos años, Reingar ni siquiera se habría atrevido a mirarla directamente a los ojos, siendo ella la engreída del rey.
Por eso, mientras más lo pensaba, más sospechoso y raro le parecía que ella se le acercara tanto.
Lo de pedirle que le enseñara trisenio en la biblioteca, bueno, digamos que era una necesidad urgente. Pero lo que hizo la mujer anoche no tenía ninguna justificación lógica.
Después de lo que pasó en el banquete, debió haber estado muy dolida. Por eso aceptó pasear con ella, para que se despejara un poco. Pero, ¡qué ocurrencia!, no pensó que ella cambiaría de actitud tan rápido.
—Es que todas las noches le rezaba a Hervantes. Le pedía que se lo llevara directo al infierno.
Encima se la pasaba sonriendo a cada rato. Le contaba cosas personales, mostrándole lo que sentía. Y hasta soltaba bromas como si fueran amigos íntimos.
—Por miedo a que mi nombre aparezca en su lista.
Y yo, que le seguí el juego, también soy un soberano loco.
Reingar repasó lo que pasó anoche una y otra vez. Reconoció sus errores y trató de ordenarse. Admitió que pensó que su cara se veía hermosa bajo la luz de la luna, que por un momento no pudo quitarle la vista de encima.
También era cierto que tuvo ganas de tocar ese vestido blanco. No sabía qué le habrían hecho a esa ropa, pero la mujer brillaba tanto en la oscuridad que terminaba hipnotizando a cualquiera. Seguro por eso bajó la guardia sin querer. Por ese brillo que parecía de otro mundo.
Y su cara. Esos ojos que lo miraban fijo y sus labios carnositos. Ese labio inferior que ella se mordió a propósito.
En el momento en que se quedó mirando esos labios, a Reingar se le vinieron ideas muy poco apropiadas a la cabeza, sintió una señal de alarma y una revelación al mismo tiempo, como si le hubieran dado un golpe en la nuca.
Sentía que ya sabía por qué Annette lo había llevado a pasear de noche. Entendía por qué se le acercaba tanto y se le pegaba de forma cariñosa. Se había olvidado de que ella tenía una necesidad mucho más urgente que aprender trisenio.
Parece que la princesa había cambiado de táctica para escapar. De los disfraces, pasó a la seducción.
—¿Cómo sigue su mano, sir?
La voz de Ralph preguntando por su mano vendada lo sacó de sus pensamientos. Levantó la vista y le mostró la mano derecha. Para que viera bien la venda delgada que llevaba.
—Ah. Pienso quitármela en uno o dos días.
—Qué bueno.
—¡Pero sir! En la final, de verdad, yo ya se lo había dicho. Ese Lobo tiene la maña de fingir que va al hombro y de pronto, ¡pum!, te da en la cara. Y cuando vi que le volvió a pasar lo mismo, me dio una pena de verdad…….
Jaren, que ya estaba bien picadito por el alcohol, empezó a repetir lo mismo de hace un rato. Por cómo hablaba piedras, ya era hora de volver al castillo. Reingar también estaba sintiendo el efecto del trago, así que le respondió con una sonrisa.
—Es cierto. Me la hizo sabiendo.
—Bueno, pero como ganó, ya está pues.
—Claro, si ganaste, todo bien.
Reingar llenó su vaso vacío en silencio. Si tomaba más se iba a emborrachar, pero él no era de los que dejaba comida o bebida sobrante. Además, era cerveza que el tacaño de Jaren había comprado con su propia plata.
—Pero sir, ¿de verdad nos vamos a regresar así nomás hoy día?
—¿Y si no es ‘así nomás’, cómo quieres?
—Ay, ya pues, no se haga el loco. No podemos estar satisfechos con esto para siempre.
Jaren soltó una queja mientras mostraba la palma de su mano derecha. Ralph se rió por lo bajo y Reingar también soltó una carcajada. Cuando ya empezaban a hablar de mujeres, era la señal definitiva para irse.
—Antes que gastar plata en una mujer de la calle, mejor quédate tranquilo así nomás, por donde se vea es mejor.
—Nuestro sir Reingar es demasiado… cómo decirlo… santito.
—Qué pena, caracho. Sir Erich debería haber estado aquí.
—Menos mal que no estuvo.
respondió Reingar soltando una carcajada.
Erich, como buen hijo del señor feudal, conocía a un montón de damas de compañía de lujo. Una vez, como no quería ver a Jaren llorando por un desamor, le pagó una mujer para que pasara la noche con él. El tipo no sentía ni culpa ni roche por esas cosas.
Ahora, si le preguntaran a Reingar si él se alejaba de las mujeres por un tema de culpa, la respuesta sería que no precisamente. Después de todo, pagarle a la gente que trabaja para ganarse la vida no es ningún pecado.
¿Entonces qué? ¿Será que de verdad se sentía satisfecho con ‘eso’? Se quedó mirando su mano derecha, la que sostenía el vaso de cerveza, soltó una risita burlona.
—Señor, de verdad se lo pregunto porque tengo curiosidad: ¿no será que no se le para?
—¡Habla bien, Jaren! No seas así.
—¿No, verdad? ¡Si todos hemos visto lo que es usted! Si a un hombre como usted no se le para, sería una tragedia nacional, ¿sí o no?
Jaren soltó esa chiquita con ojos de borracho mientras Ralph se mataba de risa hasta casi caerse de espaldas. ‘¡Una tragedia, de todas maneras!’. Reingar ya estaba acostumbrado a que los gemelos lo agarraran de punto, así que solo se reía y dejaba que las bromas pasaran. Ahora era el turno de que empezaran las historias de hazañas y los chistes subidos de tono con la excusa de ‘educarlo’. Después de escucharlos un rato, la cerveza se acabaría y la reunión terminaría en buen plan.
Reingar echó la cabeza hacia atrás, se terminó la cerveza de un solo rastro y puso el vaso sobre la mesa con un golpe seco. La sensación de estar lleno y el mareo del trago le hacían bailar la vista. ¿Qué hora sería?
¿Ya habrían pasado las 9? Como en una taberna de esas no hay ni de vainas un reloj, no le quedaba otra que adivinar la hora.
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Cuando llegaron al castillo, Jaren estaba casi colgado del lomo del caballo, quedándose dormido. Los guardias, que no podían creer lo que veían, le metían sus manazos en la espalda, pero el otro solo se reía como zonzo. Después de mandar a los gemelos a sus dormitorios y meter a los caballos en los establos, Reingar cruzó el patio de entrenamiento en silencio y soltó un suspiro largo.
—Fuuu…….
Hacía tiempo que no tomaba tanto. Se notaba porque sentía que apestaba a alcohol cada vez que respiraba.
Caminó hacia la residencia concentrándose en no tambalearse. Al cruzar el arco que separaba el cuartel de la zona principal, trató de ponerse más alerta todavía. Divisó las antorchas de los centinelas a lo lejos y caminó hacia ellos, haciendo un esfuerzo por no mirar hacia arriba.
Para él, eso era una forma de resistencia. Tal como ayer en el banquete se había empeñado en ignorar a la mujer que no dejaba de buscarle la mirada. Pero, al igual que ayer, hoy ese intento no duró casi nada.
Al final, Reingar terminó rindiéndose y clavó la vista en el tercer piso. En un segundo, sus ojos ya habían buscado el dormitorio de Annette para confirmar que las luces estaban apagadas. Se sintió un tonto por haber estado jurándose todo el camino que no iba a mirar, soltó un insulto entre dientes.
‘Qué fuerza de voluntad tan de acero tengo, carajo’
Apenas ayer se había enterado de que la habitación de la condesa estaba en el tercer piso.
Se enteró de casualidad cuando la escoltó hasta su cuarto después del paseo nocturno. No es que lo hubiera planeado, pero lo sintió como un dato que no esperaba obtener.
El tercer piso. Y la habitación del conde estaba en el segundo. Dicen que los nobles usan dormitorios separados, pero que por dentro están conectados de forma secreta. ¿O sea que hay una escalera que los une? ¿Eso significa que él puede entrar al espacio de su esposa cuando le dé la gana?
Al pensar en eso, sintió una sensación amarga, como si se hubiera tragado agua sucia, sin darse cuenta apretó los dientes.
—Para un hombre también es importante saber divertirse. Tú también tendrás que recibir a una esposa pronto.
Conde Lotte no sentía ni una pizca de afecto por su mujer. Si tuviera un poquito de eso, jamás la trataría así. ¿Afecto? Ese tipo no le tenía a Annette ni siquiera lástima.
—La condesa también está muy agradecida por la generosidad de Sus Majestades. ¿No es así, Annette?
‘Si fuera yo, jamás haría algo así’.
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