Annette - 31
—Claro que no. Si hubiera sido así, a estas alturas los juglares ya habrían compuesto canciones con mi nombre.
Como era de esperarse, Reingar respondió de inmediato. Hasta se le escapó una pequeña risita burlona al final.
Leatherheart, el sucesor de Mendel, era un caballero de renombre. El hombre más elogiado de su tiempo, pero que terminó manchado por la deshonra al matar a su propio rey.
Annette odiaba a ese traidor, que además era su primo segundo, pero como gracias a él la conversación fluía, sintió que ahora podía odiarlo un poquito menos.
—Entonces, ¿quién tuvo el honor de quitarle la vida?
—Nadie se llevó ese honor.
—¿A qué se refiere?
—Sir Leatherheart murió de un disparo mientras intentaba evitar que nuestro equipo de asedio destruyera la muralla. Como en ese lugar había más de veinte fusileros, no hay forma de saber de quién fue el mérito.
Morir por un disparo. Era la primera vez que escuchaba esa historia.
Ella no sabía casi nada de armas de fuego. Solo que ese ‘cañón chiquito’ tenía la fuerza suficiente para atravesar armaduras, que el gran señor del sur se había convertido en emperador tras conquistar las tierras del norte gracias a esa arma. Pero, más allá del hecho de que ese artefacto extraño hubiera matado a un caballero tan ilustre, a Annette le sorprendió más el tono de voz del hombre que se lo contaba.
Reingar no sonaba para nada engreído. No se puso a florear con hazañas de guerra en Mendel ni a jactarse de las batallas que ganaron. Después de darle esa respuesta corta, no volvió a abrir la boca. Era obvio que algo le incomodaba, al notar que estaba medio fastidiado, Annette se puso ansiosa de repente.
Sentía que por fin se habían acercado un poco, le daba miedo que él se alejara otra vez.
—Yo sí sé de quién fue el mérito de que el ‘Matarreyes’ muriera.
Dijo esto y se detuvo en seco. Dar la vuelta y encararlo fue una decisión del momento. Annette quería mirarlo a los ojos. Quería conversar viendo su cara y leyendo sus expresiones aunque fuera por un ratito. Y si era posible, quería hacerlo sonreír.
—Fue mérito mío.
Cambiara un lenguaje más tuteado y cercano fue por eso. Porque quería estar más cerca de él, aunque sea un poquito.
—Es que todas las noches le rezaba a Hervantes. Le pedía que se lo llevara directo al infierno.
—…….
—El Dios del Juicio escuchó mis oraciones.
Annette hasta se animó a regalarle una sonrisita. A cualquier otra persona jamás le diría algo así, pero sentía que con este hombre no había problema. A estas alturas, él ya había visto demasiado como para ponerse en guardia por algo así. Ya la había ampayado dos veces escapando con ropa de empleada robada.
Pero lo que no le dijo fue que Leatherheart Hayes era solo uno de los nombres que ella quemaba simbólicamente cada noche, ni que seguía intentando lo mismo tras el éxito de su primera ‘maldición’. Tampoco le dijo que esperaba que su señor y los que lo seguían fueran los próximos, que por eso se esforzaba tanto en hacerse su amiga.
Para esconder mejor sus verdaderas intenciones, Annette lo miró con los ojos más inocentes que pudo poner.
Reingar la miró fijamente, como buscando qué responder. Parecía un poco palteado por ese contacto visual tan repentino. Quizás le preocupaba que alguien los viera parados ahí en medio del jardín a estas horas de la noche.
—…Ya veo.
—Así es.
—¿Y todavía sigue rezando?
—¿Por qué lo pregunta?
—Por miedo a que mi nombre aparezca en su lista.
Ante ese comentario inesperado, Annette soltó una carcajada. Al ver que él le respondía con una broma, se dio cuenta de que no se había tomado en serio lo de sus rezos. Aunque lo de la maldición fuera verdad, ella jamás incluiría su nombre.
—Esta noche voy a rezar usando su nombre, caballero.
—Paso, mejor no.
—¡Pero si voy a rezar para felicitarlo!
Annette le sonrió de par en par casi sin darse cuenta. Esa broma cortita la hacía sentir un cosquilleo en la panza de pura alegría. Se olvidó por completo de los propósitos que se hizo en la mañana. Ignoró la humillación del torneo y el desprecio que sufrió en el banquete.
En este momento no quería pensar en nada de eso. Solo quería disfrutar de esta charla ligera y de las risas, sintiéndose como si estuviera sumergida en agua tibia y perfumada después de un baño.
Es que hoy había sido un día demasiado pesado.
—Felicidades por su victoria. Fue un duelo increíble.
‘Al menos esto me lo merezco, ¿no?’
—Sir Paloma.
Annette se rió. Al ver que Reingar también soltaba una sonrisita de lado, ella se rió un poco más. Pensó que su rostro iluminado por la linterna se veía muy guapo. Sus ojos recorrieron su cara buscando el lugar donde lo había besado en la tarde. Sin querer, se mordió un poco el labio inferior y vio cómo la mirada del hombre bajaba siguiendo ese movimiento.
Fue apenas un instante. Solo un recorrido de la mirada, sin ruido ni rastro. Pero al ver cómo sus ojos pasaban de los suyos a sus labios y de vuelta a sus ojos, Annette sintió que algo se inflaba rápido dentro de su pecho, dejándola casi sin aire.
Toda nerviosa, dio media vuelta para ocultar su reacción. Empezó a caminar otra vez tratando de hacerse la loca, pero le costaba respirar bien. Sentía los labios inquietos y se los mordía a cada rato. Era como si todavía tuviera pegado el calor y la humedad de cuando rozó la mejilla del hombre.
Así terminó la charla que tanto le costó empezar y volvieron a caminar en silencio. Igual no podían quedarse ahí parados conversando para siempre. Annette no quería que él se metiera en problemas por su culpa. Al menos no todavía.
—…Doy una vuelta más y entro.
Dijo como dando una excusa y siguió caminando. Él no dijo nada y se limitó a alumbrar el camino, aceptando lo que ella decía. Pensándolo bien, estaban otra vez en el jardín. El lugar donde se encontró con Reingar por segunda vez.
Ese día la luna brillaba tanto como hoy, ese hombre se veía tan imponente como una torre de vigilancia. El ruido de los grillos se escuchaba por todos lados.
Ahora no se oía ningún bicho. Lo único que Annette escuchaba era el latido acelerado de su propio corazón. El pulso que le retumbaba en los oídos. Un latido suave pero claro que le vibraba en todo el cuerpo.
Y detrás de ella, el sonido de los pasos lentos y pesados del hombre que la seguía.
Julio. El punto más alto del verano se estaba acercando.
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—¡Tráiganme otro barril de cerveza acá! ¡Y otra fuente de salchichas también!
Ante el grito entusiasta de Jaren, los hombres de la mesa de al lado voltearon a sapear. Hasta las ficheras que estaban ahí coqueteando se interesaron. Eran tres hombres que claramente eran soldados del castillo y cada uno cargaba su espada, pero habían rechazado a las mujeres y se la pasaban solo entre los tres.
Hoy por la mañana, el día después del torneo, a Reingar le entregaron el premio gordo por haber ganado. Tal como prometió, dividió la plata en tres partes iguales y le dio su tajada a cada uno de los gemelos; Jaren puso una cara como si se hubiera ganado la lotería y empezó a decir que no celebrar un día histórico como este era un pecado. Justo los dos estaban de franco y Reingar no tenía guardia después del atardecer.
Por eso, se habían ido a la taberna más cara del pueblo cercano y ya se estaban bajando el tercer barril de cerveza.
—Tu hermano hoy está botando la casa por la ventana. ¿Está bien que haga eso?
—Un día es un día, pues. ¿Cuándo más vamos a poder venir a un sitio así?
Ralph, con una sonrisa de oreja a oreja, le pasó una pierna de pollo recién servida. Reingar no se hizo de rogar y le mandó un buen bocado.
Sí, días así también hacen falta. Aunque le digan ‘la taberna más cara’, no dejaba de ser un lugar donde vendían cerveza y comida grasosa. Seguramente su fama venía de tener un par de ficheras más o menos simpáticas.
Cuando las mujeres se acercaron a la mesa y Reingar las despachó, a los gemelos se les vio un poco decepcionados, pero en cuanto llegaron el pollo a la brasa con especias, las salchichas gorditas y el pastel de carne con harto margen de mantequilla, se olvidaron de las mujeres y empezaron a tragar como locos. Comían felices, lamiéndose la grasa de los dedos. En el comedor del cuartel, ese tipo de banquetes solo se veían en fechas especiales.
Por eso, cuando Reingar todavía era un escudero, su rutina en los días de franco era irse al bosque a cazar. Si atrapaba un corzo, un faisán o un jabalí y le pedía el favor al cocinero, podía darse un festín de los buenos. Para él eso ya era un recuerdo, pero para los gemelos seguía siendo el pan de cada día.
—Señor, ¿y usted qué hace cuando está de franco? Ahora que ya no tiene que salir a cazar.
—Leo libros.
—¿Libros? ¿En su día de descanso?
Jaren arrugó la cara y se quedó con la boca abierta. Ralph, en cambio, miró a Reingar con ojos de pura admiración. Como la mayoría de plebeyos, los gemelos no sabían leer ni escribir. Reingar no podía contarles la verdad —que en sus días libres los dos hijos del conde y sus vasallos se lo turnaban para darle órdenes y fregarle la vida—, así que soltó esa excusa cualquiera.
Libros. Al pensar en esa palabra, la voz de la mujer sonó en su cabeza como si hubiera estado esperando el momento.
—Voy a estar aquí todas las noches a las 9.
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