Annette - 30
Hubo un silencio incómodo mientras subían las escaleras. En ese espacio oscuro y callado, solo se escuchaba el eco de sus pasos cruzándose. Annette, sujetando la falda de su vestido blanco, iba adelante; Reingar, vestido de negro, la seguía. La luz de la lámpara que él cargaba iluminaba el suelo a sus pies con un resplandor amarillento.
Al llegar al segundo piso, Annette se detuvo un momento. El pasillo de la mansión, donde la cena seguía en pleno apogeo, se sentía extrañamente vacío y sombrío. A lo lejos, por la ventana, se escuchaban las carcajadas de los hombres. Probablemente venían del cuartel. Annette, sin dejar de mirar hacia allá, rompió el silencio:
—Parece que Lobo está asado porque perdió el torneo.
Esperó una reacción, pero no hubo respuesta. El hombre seguía de pie detrás de ella, sosteniendo la lámpara. Las sombras de ambos se proyectaban en la pared, tambaleándose.
—Se desquitó conmigo. Qué cobarde.
añadió Annette con naturalidad, como si hablara de otra persona.
Si fingía que esa humillación no le dolía, era porque quería seguir conversando con Reingar. Lo cierto es que haber pasado por eso frente a todos la avergonzaba. Y quizá, porque este hombre estaba ahí, se le hacía más difícil de tragar. Si él no hubiera estado, tal vez ella habría aguantado el tipo hasta el final.
Fue en ese momento que ella cayó en cuenta de algo.
—¿Siempre ha sido así?
A eso se refería él. A ‘todo este tiempo’. Quería saber si, mientras él no estaba, los invitados siempre la habían insultado de esa manera.
De nuevo, sintió que la tristeza la ahogaba y Annette contuvo el aliento. Abrió grandes los ojos y apretó los labios para no ponerse a llorar. Si tenía esas ganas de llorar como una chiquilla, de simplemente desmoronarse, era porque ya no podía más. Hoy había sido un día demasiado pesado.
Miró hacia lo lejos por la ventana para calmarse. La luna llena brillaba con una luz blanca y pura. De pronto, sintió unas ganas locas de abrir la ventana de par en par. Quería mandarse a mudar de ese encierro y respirar el aire de la noche a chorros.
—Fue un error caer en su provocación.
Annette volteó al escuchar la voz detrás de ella. Él seguía fuera de su campo de visión, parado tras su hombro.
—Su intención era obvia y usted le dio el pretexto. Debió evitarlo.
—Lo sé.
Él volvió a quedarse callado tras su respuesta. ¿Acaso se estaría burlando por dentro, pensando por qué hizo algo tan estúpido si ya lo sabía? Annette soltó una sonrisa amarga mientras repasaba lo que dijeron en el banquete. A ojos de cualquiera, lo que hizo fue solo un arranque de orgullo absurdo.
—Lo sé perfectamente, pero no sé por qué lo hice.
En realidad, sí lo sabía. Someterse y fingir que te sometes parecen cosas iguales, pero no lo son. Lo primero es de perdedores sin esperanza; lo segundo, de luchadores que esperan su momento.
En los cinco meses que llevaba en el Castillo de Roth, Annette a veces se sentía una perdedora, pero otras veces se sentía una luchadora. Si se mantenía firme frente a los desprecios, guardando la compostura y la clase, era porque quería verse como una luchadora.
A veces la invadía ese impulso. Quería gritar que la Annette que se rendía era falsa, que la verdadera era la que peleaba. Quería insistir en que nunca se había doblegado de verdad, que incluso esos momentos de sumisión eran puro teatro. Y cada vez era más difícil controlar ese impulso. Como hoy.
—¿Me está diciendo que estoy aquí gracias a que esos dos destruyeron Kingsburg?
Por eso, Annette no se arrepentía. La habían pisoteado feo, pero estaba bien.
—Quiero caminar por el jardín trasero.
Lo soltó de la nada y se dio la vuelta. Reingar se quedó cortado al encontrarse con su mirada de improviso. Ella lo miró a la cara, iluminada por la lámpara, se decidió.
No quiero irme a dormir así. No quiero que el día termine de esta forma. Quiero hablar más con este hombre.
—¿Una caminata… a esta hora?
—¿Acaso en tu idioma no existe la palabra ‘paseo nocturno’?
—…Dijo que no se sentía bien.
—Pero mira qué clarita está la luna.
Ante su respuesta que no venía al caso, el hombre puso cara de desconcierto. Era lógico, pero Annette decidió ignorarlo y hacer lo que le daba la gana. Siquiera ese gusto quería darse. Realmente había sido un día muy duro.
—Yo voy a caminar por el jardín, así que usted ya puede retirarse, sir.
Levantó el mentón con un aire caprichoso y estiró la mano como pidiendo la lámpara. Como la fiesta por el torneo seguía, los hombres en el castillo estarían tomando toda la noche. Con tanta gente de afuera y todo ese alboroto, cualquiera podría entrar al jardín. Annette sabía que Reingar no la dejaría ir sola.
—…La acompañaré.
Cuando él, sin más remedio, le abrió paso, Annette sonrió un poquito mientras caminaba de regreso hacia las escaleras que acababa de subir.
Él se preocupa por mí. Por eso salió del banquete por su cuenta. Aunque no haya ido a la biblioteca en tres días y aunque me haya hablado con tanta frialdad… él se preocupa por mí.
Se preocupa por mí.
Sintió algo cálido en el pecho, como si el corazón le diera un vuelco. ¿Por qué no se habría dado cuenta antes de lo bien que se siente que alguien se preocupe por ti?
Annette bajó las escaleras con cuidado, tratando de calmar esa expectativa que sentía. Si se tropezaba y se torcía el tobillo, no habría paseo. Así, poniendo atención a cada paso, salió de la mansión y respiró profundo el aroma de la noche.
—Ah……
Soltó un largo suspiro y sintió que ese nudo que tenía en el pecho finalmente se soltaba un poco.
El jardín trasero, sumido en la oscuridad, estaba desierto. Solo unas cuantas lámparas colgadas en el corredor ardían en silencio. Y la luna… una luna llena de bordes nítidos flotaba justo encima de ellos.
Annette levantó el mentón para mirarla y luego se adentró entre los arbustos del jardín.
A medianoche, el jardín no era más que un juego de sombras. Incluso las flores más coloridas del verano perdían su tono ante la falta de luz. Annette caminaba despacio entre la vegetación que ahora parecía maleza. Avanzaba apoyada en la luz que cargaba el hombre detrás de ella, escuchando el sonido de sus propios pasos sobre la arena. Crac, crac. Tap, tap. Pensó que ese ritmo acompasado de los dos caminando juntos sonaba bastante bien.
Después de andar un rato en la penumbra, le asaltó una duda.
—¿Lloraste mucho cuando él murió?
—…….
—Hablo de sir Erich. Me dijeron que eran bien unidos.
Reingar no respondió de inmediato. Annette siguió caminando lento, esperando que él se animara a conversar. Tenía ganas de voltear y mirarlo a la cara, pero se contuvo. Estaban en el jardín de la mansión y cualquiera podía verlos; un caballero que escolta a una dama debe caminar detrás.
—No. No lloré.
—¿Por qué no?
—Porque que un caballero muera en el campo de batalla no es algo por lo que se deba estar triste.
Reingar respondió con un tono algo tosco. Se notaba que no le gustaba para nada el tema, pero Annette no se detuvo.
—¿Porque los dioses elevarán su alma a lo más alto y recibirá lo que se merece en el inframundo?
Lo dijo con un tono que sonaba más a resignación que a burla. Eso mismo había dicho el sacerdote en el funeral de sus dos hermanos, que también eran caballeros. Que un sacrificio noble no es triste, que más bien deberían estar felices porque serían premiados en el más allá.
Pero ellos murieron sufriendo. Fueron traicionados por la gente en la que confiaban y ni siquiera pudieron proteger a su familia. Decir que hay que alegrarse por una muerte así es pura mentira.
El hombre que la seguía seguía mudo. Ella se preguntaba si su silencio era una forma de darle la razón o de negársela, pero no lo presionó. Dejó pasar un tiempo prudente antes de seguir hablando; sabía que, aunque él no abriera la boca, la estaba escuchando.
—Yo sí lloré un montón. Cuando murieron mis hermanos. Me daba mucha pena, me partía el alma.
Annette hablaba con tranquilidad, soltando las palabras hacia el hombre que no respondía.
—Pero ahora ya no estoy tan segura. No sé si lloraba por mis hermanos o por mí, por haberme quedado sin ellos.
Las verdades empezaron a salirle sin filtro. Se le escapaban solas, sin un propósito fijo. Supuso que así son las cosas a veces; de pronto sientes unas ganas locas de contarle a alguien eso que has estado rumiando a solas por tanto tiempo.
—Por eso tenía curiosidad. Pensé que si tú habías llorado por alguien querido, tal vez sabrías la respuesta. Si uno llora por esa persona o por uno mismo.
—…….
—Pero como ni siquiera lloraste, creo que me equivoqué de persona para preguntar.
Annette cerró el tema con un tono ligero. Era obvio que a Reingar le incomodaba, pero como ella moría por seguir conversando, decidió sacar un tema que pensó le interesaría más a un hombre.
—Tú estuviste en Mendel, así que habrás visto al ‘Matarreyes’, ¿no?
Annette, que había crecido con tres hermanos hombres, sabía bien qué temas les gustaban.
—No me digas que fuiste tú quien se lo bajó, ¿o sí?
Especialmente para un caballero con sangre en el ojo, no había nada más bacán que hablar de una pelea que hubiera ganado.
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