Annette - 3
Como era de esperarse, la mujer no pudo responder de inmediato. Se quedó mirando sus pies mientras se mordía los labios, hasta que al final murmuró casi para sí misma:
—No sé exactamente dónde, pero me dijeron que está en Lott. El conde me lo dijo.
—Lott es una tierra enorme y no tiene un solo monasterio.
—Conseguiré un carruaje y los recorreré todos.
—A las justas habla el idioma, ¿cómo piensa conseguir un carruaje?
—Sé decir las palabras necesarias. Además, tengo joyas. Con eso puedo pagarle a alguien para que maneje…….
—Dese con suerte si solo le roban las joyas. ¿Acaso puede defenderse sola?
Ante la presión de sus palabras, que caían sobre ella como si la estuviera pisoteando, la princesa volvió a quedarse muda. Seguro sabía perfectamente que su plan era una locura. Y dicho y hecho, lo miró con resentimiento y, de la nada, empezó a llorar a mares. Las lágrimas caían cada vez más rápido. Reingar, la verdad, no sabía ni qué decir.
—Si supieras… lo que me costó escaparme…
Lloriqueando, la princesa se cubrió la cara con ambas manos. Reingar la dejó llorar. Se quedó pensando en lo increíble que era que esas manos tan chiquitas pudieran taparle todo el rostro. Esperó pacientemente a que ella misma se limpiara las lágrimas de las mejillas y volviera a mirarlo con esos ojos todavía húmedos.
—Por favor… ¿no me puede dejar ir?
—No puedo hacer eso.
—Solo finja que no me vio. Total, a usted no le afecta en nada……
—Aunque la deje ir, la atraparían antes de que acabe el día. En cuanto el conde note que no está, mandará a toda su gente a buscarla. Por más que se esfuerce en caminar, no podrá ganarle a los jinetes ni a los perros de caza. Es cuestión de tiempo para que la encuentren y la traigan a rastras.
Le soltó las verdades con una frialdad seca, esperando a que ella diera su brazo a torcer. Se preguntó qué haría si seguía terca.
¿Tendré que llevarla a la fuerza?.
Reingar le echó un ojo a sus brazos, que se veían tan delgados que se quebrarían con un toque, descartó la idea.
Aunque fuera una prisionera de guerra y un trofeo, oficialmente era la condesa. Él, como caballero, no podía sobrepasarse con la esposa de su señor.
Ese pensamiento le dio un poco de cólera, Reingar frunció el ceño mientras la miraba desde arriba. Otra vez se quedó mirando sus labios, que ella mordía hasta dejarlos rojos. ¿Será una manía?, se preguntó, justo en ese momento, ella volvió a hablar.
—Entonces… mátame ahora mismo.
Esos ojos azul claro se clavaron en él. Era la cuarta vez que se miraban fijo.
—¿Puedes matarme sin que me duela?
—…….
—Puedes matar gente, ¿no? Eres un caballero.
Habló con cierta firmeza mientras miraba de reojo la espada que él llevaba en la espalda. Reingar la observó, tratando de entender qué pasaba por esa cabeza. Si no me vas a dejar ir, mátame.
Parecía que a esta princesa de un reino caído ni se le pasaba por la mente que él podía cargarla como a un bulto y llevarla de regreso al castillo.
¿Seguirá creyendo que es una princesa? ¿Cree que no me atreveré a tocarla?
Qué graciosa. Y eso que se escapó vestida de empleada.
—Puedo matarla, pero no le aseguro que no le vaya a doler.
Le respondió con un tono glacial. Por alguna razón que no entendía, Reingar tenía ganas de ver ese rostro todavía más desencajado.
—Incluso los hombres más recios gritan de dolor cuando mueren. Cuando cortas un cuello, la vida no se apaga al instante; se quedan sufriendo con la garganta a medio tajo. Si tuviera un hacha, podría romper el hueso de un solo golpe, pero como verá, solo tengo mi espada…..
—¡Basta, ya basta!
La princesa cerró los ojos con fuerza y se encogió de hombros. Parecía estar imaginando qué se siente tener el cuello a medio cortar. Parece que tampoco le gusta la idea de morir sufriendo. Con una risita silenciosa, Reingar miró ese cuello blanco y delgado. Podría cortárselo de un solo tajo sin problemas, pero lo que él debía entregarle a su señor era una esposa viva y completa, no su cabeza.
Así que decidió terminar con esa discusión inútil.
—No diré ni una palabra de que la vi aquí. Así que no se preocupe y regrese al castillo.
Mentira, obviamente. Le pensaba contar todo al conde, lujo de detalles. Ya que no pudo proteger al hijo, traer de vuelta a la esposa sería un excelente regalo tras un año de ausencia. Por eso, Reingar tenía que convencerla, endulzarle un poco el oído para que Condesa Lott regresara por su cuenta.
—… ¿Cómo puedo confiar en usted?
Él no respondió a su mirada de duda. Simplemente desvió la vista, se agachó y recogió el gorro que se había caído en el camino. Le sacudió el polvo y se lo alcanzó. Esperó con paciencia a que ella, dudosa, lo tomara. Esperando que se tragara su mentira.
La conversación murió y se hizo el silencio. Reingar sujetó las riendas del caballo, esperando a que ella diera el primer paso. La princesa se quedó mirando el gorro por un buen rato y luego, como quien se rinde a su suerte, se lo puso. La verdad, no tenía otra opción más que maldecir su mala pata por habérselo cruzado.
Reingar observó cómo ella se ocultaba lentamente bajo el gorro blanco. Vio cómo metía todo ese cabello rubio, largo y ondulado, dentro de la tela. Incluso después de esconder hasta el último pelito, la mujer no se movía. Él ya no podía verle la cara ni saber qué expresión tenía.
—Le creeré. Confiaré en que guardará el secreto.
Cuando escuchó su vocecita, él tampoco respondió. Quizás ella se había tapado la cara por eso. Porque sabía que él mentía, quería ocultar que estaba fingiendo creerle.
Ella dio media vuelta y empezó a caminar hacia el castillo. Reingar la siguió sujetando las riendas. Primero se mantuvo a dos pasos, como manda la etiqueta con las damas, pero luego acortó la distancia para caminar a su lado. Como ella vestía de empleada, lo mejor era que pareciera una.
Así, caminando juntos, él respiró hondo.
Seguían solos en el camino al castillo. El sol del mediodía seguía deslumbrante. Los cipreses, las higueras y las flores de granado como llamaradas. Reingar caminaba en silencio, con la vista fija en el paisaje.
—¿Cómo te llamas?
Cuando ella le preguntó después de un rato de silencio, él esperó un segundo antes de contestar seco:
—Reingar.
—Reingar
murmuró ella, como grabando el nombre en su memoria. Su pronunciación algo torpe le raspó los oídos, pero no dijo nada. Era mejor no hablar mucho con una prisionera. Si uno se ablanda por una lástima tonta, termina metiéndose en problemas.
—Yo soy Annette.
Ya lo sabía. La única princesa de Kingsberg. La única hija del rey Delmas. La mujer que alguna vez fue la más noble de todo el continente.
Annette.
Como él no respondió, la conversación se cortó otra vez. Reingar caminaba con paso firme sobre la tierra seca. Tas, tas. Y tras él, se escuchaban unos pasos ligeros.
Tap, tap.
Escuchando ese ritmo, respiró el aire de inicio de verano que empezaba a calentarse.
Era junio. Su mes favorito.
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Annette seguía dándole vueltas a cómo escapar incluso segundos antes de cruzar las puertas del castillo. ¿Y si agarro un puñado de tierra y se lo tiro a la cara? ¿Y si después de eso corro con todas mis fuerzas, podré despistarlo?
Se lo imaginó una y otra vez, pero no eran más que fantasías tontas. El hombre que caminaba a su lado le llevaba una cabeza de ventaja y era de contextura recia.
Daba igual lo que Annette intentara; sentía que, así le salieran alas y empezara a volar, él le atraparía el tobillo sin el más mínimo esfuerzo. Los brazos gruesos y largos de aquel hombre, junto a sus manos enormes, ya la tenían totalmente intimidada.
¿Tirarle tierra a la cara? ¿Correr por mi vida? Esas no eran cosas que una cobarde como Annette pudiera hacer.
Haber robado ropa ajena y escaparse a escondidas ya había sido el límite de su valentía.
Annette se había preparado durante un mes para este día. Tan solo para robar la ropa que las sirvientas ponían a secar, necesitó varios intentos.
Si había logrado escapar, fue simplemente porque a nadie en el Castillo de Lott le importaba lo que ella hiciera. Nadie le dirigía la palabra a la condesa, quien vivía sumisa como si estuviera muerta. Llevaba cuatro meses casada desde que la trajeron a rastras del convento, ya todos en ese lugar se habían acostumbrado a tratarla como si fuera sorda.
Annette decidió escapar una noche, debido a algo que el conde le dijo como si le estuviera haciendo un favor, justo después de terminar su acto con la sirvienta:
—Si te sigues portando así de bien, tal vez deje que veas a tu hermano. Total, está en mis tierras.
¿Mi hermano está en Lott?
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