Annette - 29
—No me malinterprete, Condesa. El Emperador, en un principio, quería borrar del mapa al linaje de los Rohan. Tal como el Rey Delmas hizo con su padre y su hermano. Era lo lógico. Es más, él mismo casi muere a manos del Rey, ¿se imagina el tamaño de ese rencor?
—¿Usted se cree ese cuento, Sir?
—¿A qué se refiere?
—A esa historia de que Ferbrante murió en el mar y luego resucitó.
—Está siendo una impertinente. Es Su Majestad el Emperador.
En cuanto el ‘Lobo’ se puso serio, Annette se quedó callada. Había sido una meterete (imprudente) al referirse al Emperador solo por su apellido. Antes había sido vasallo de su padre, pero ahora era el señor de su esposo. Y, por ende, su propio soberano ahora que ella era la Condesa.
Parece que Annette se dio cuenta de su error porque bajó la mirada, mientras el Lobo, con los humos bien altos, seguía dándosela de importante.
—No hay ninguna duda al respecto. Los dioses lo revivieron para poner orden a tanta injusticia.
—¿Pero no ha pensado que podría ser una historia inventada por el Emperador solo porque se le antojó quedarse con el reino?
‘Pucha, qué loca’
Respiró hondo y chequeó el ambiente. Había de todo: caras que se reían como si fuera un chiste y otras expresiones de pura curiosidad. Algunos se veían incómodos, pero nadie se lo tomaba como un insulto real. Para esos nobles, no pasaba de ser un berrinche de una princesita caída en desgracia.
—Se ve que la Condesa todavía no sabe cómo fueron las cosas, así que yo se lo explico. Si el Duque Heis, señor de Mendel, atacó Kingsburg, fue porque quería tapar sus errores matando al Rey. Él fue quien cumplió las órdenes secretas del Rey Delmas para cometer esas atrocidades. Ahogar a cientos de personas en el mar… ¿cómo no iba a enfurecerse la diosa Heya?
—En Kingsburg murieron miles. Y en Mendel también debe haber muerto muchísima gente. El que empezó la guerra fue el Emperador.
—Fue una guerra con causa justa. Los Rohan fueron los primeros en portarse como unos salvajes.
—Si es verdad que mi padre hizo eso, de seguro tuvo sus razones.
—La maldad no tiene razones, señora. Es como las locuras de un demente: simplemente pasan.
Ese fue el golpe final del Lobo, ella se quedó muda. Se quedó mirándolo fijamente, como si no pudiera creer lo que acababa de oír.
Su pecho, adornado con encajes blancos, subía y bajaba agitado. ‘Para qué te metes, pues’, murmuró Reingar para sus adentros. ‘¿Para qué peleas una batalla que sabes que vas a perder?’. Agarró su vaso de agua porque sentía la boca seca; necesitaba pasar el trago amargo.
—Por todo eso, aunque Su Majestad tomó la firme decisión de eliminar esa sangre podrida, Emperatriz Lorelia le suplicó clemencia solo por usted. ¿De verdad no se da cuenta de que está sentada aquí gracias a esa bendición?
—Ya basta, Sir Cornelius. Mi esposa lo sabe perfectamente.
Recién cuando el Lobo se puso en plan de sermón, Conde Lotte decidió meter su cuchara. Tenía una cara de lo más tranquila, pero quién sabe qué estaría calculando por dentro.
—La Condesa también está muy agradecida por la bondad de Sus Majestades. ¿No es cierto, Annette?
El Conde miró a su esposa hablándole suavecito. En ese momento, todos los ojos se clavaron en la pareja sentada a los extremos de la mesa.
Reingar notó cómo Annette dudó al mirar a su marido; apenas pudo sostenerle la mirada un segundo antes de bajar la vista. Su cara estaba pálida, como si estuviera aguantándose toda la cólera.
—… Por supuesto. Lo sé muy bien.
—Perfecto. Así tiene que ser.
El Conde asintió y ahí quedó la cosa. En vez de defender a su mujer después de que la humillaran frente a todos, llamó al mayordomo como si nada para que llenara las copas de los invitados. Pudo haberle dado una excusa para que se fuera a sus aposentos, pero no dijo ni pío.
¿Pensaba dejarla ahí sentada pasando vergüenza? Reingar, tragándose la rabia, se terminó el agua de un solo porrazo. En medio de ese silencio incómodo, Annette habló:
—Yo… sé que no es de buena educación, pero si me lo permite, quisiera retirarme a descansar.
Los diecinueve hombres la miraron al mismo tiempo. Reingar fue el más rápido.
—Es que no me siento muy bien. Estar afuera desde la mañana me ha chocado…
Su voz se iba apagando; parecía que se iba a desmayar en cualquier momento. Su cara, que ya se veía mal, ahora estaba blanca como papel, como si le hubiera dado un aire o algo. ‘Ya pues, déjala irse’, apuraba Reingar mentalmente, sintiéndose ansioso. Le daban nervios de que la mujer se fuera al piso ahí mismo. Y eso que, supuestamente, a él no tendría por qué importarle.
El Conde la miró un rato y finalmente asintió sin darle importancia. Reingar recién ahí soltó el aire que estaba aguantando.
—Vaya nomás. Usted es delicada y ha tenido un día pesado.
—… Gracias.
Cuando ella se levantó con educación, las caras de los demás cambiaron. Se leía en sus ojos un: ‘Uy, se acabó el show’ o ‘Justo cuando se ponía bueno’.
Daba la impresión de que esos tipos se habían divertido buleando a la princesa caída para celebrar su victoria. Y eso que ninguno de ellos se había ensuciado las manos en la guerra; el único que estuvo en el frente norte era Reingar.
Por eso le dio un ataque de furia. ¿Qué, se habían olvidado de la caballerosidad y el respeto por los ganadores? Esa chica era joven, no tenía fuerza; tenía los brazos flaquitos y la cara pequeñita. Parecía que cualquier viento se la llevaba.
De pronto, no aguantó más y se puso de pie. El sonido de la silla arrastrándose hizo que todos voltearan a verlo. Fue un impulso, Reingar no se puso a pensar mucho. Solo sabía que no podía dejar que esa mujer caminara sola hasta su cuarto.
—Permítame acompañar a la Condesa a sus aposentos.
Habló en trisenio por instinto. ¿Por qué lo hizo? Quizás no quería que notaran que entendía el idioma de los nobles, o tal vez quería poner la excusa de que no era por quedar bien con ella. Como sea, fue una movida astuta, hasta él mismo se sorprendió de haber reaccionado así de rápido.
Ahora toda la atención estaba sobre él. Conde Lotte lo miró con curiosidad, luego sonrió satisfecho y asintió con gusto.
—Claro que sí. Te lo encargo.
Reingar hizo una reverencia respetuosa y retrocedió. Cuando se cruzó con la mirada de la mujer al final de la mesa, no cambió su expresión. Simplemente tragó saliva, bajó la vista y empezó a caminar hacia ella, sintiendo cómo el ambiente se ponía raro y las miradas le quemaban la espalda.
—Eso es ser un verdadero caballero. Respetar todo lo que le pertenece a su señor. Galant, tienes un subordinado de primera.
comentó Marqués Libehaven soltando una carcajada para que todos oyeran. Al final, como su sobrino era el que había provocado a la Condesa frente al Conde, le tocaba a él limpiar el moco (arreglar la situación). Un trome para las relaciones públicas.
—¡Claro que sí, Wolfgang! Este muchacho es la lealtad en persona.
—Te juro por los dioses que, si no tuviera hijos, lo pediría para yerno.
—Entonces pásale la voz a la gente. Sería el esposo perfecto para una heredera.
Conde Lotte se unió a las risas y el ambiente se relajó. Ambos eran uña y mugre con el Emperador desde que eran jóvenes. Los hombres que tendrían todo el poder en el nuevo imperio.
Así que, siguiendo su ritmo, las risas volvieron al comedor. Reingar pudo sacar a Annette de ahí con la frente en alto. Al tratar con respeto incluso a la esposa ninguneada, estaba elevando aún más la figura de su señor. Al menos, eso era lo que esos nobles creían que hacía un verdadero caballero.
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—¿Siempre ha sido así?
El hombre habló justo cuando empezaban a subir las escaleras hacia el segundo piso. No había dicho ni muna desde que salieron del comedor, de pronto soltaba esa pregunta así, de la nada.
¿Siempre? ¿Así?
Annette no tenía fuerzas ni para procesar a qué se refería exactamente, así que le respondió lo primero que se le vino a la mente.
—Si se refiere a lo de hablar en lengua común durante el banquete, hoy ha sido la primera vez.
—Me refiero a eso de dejar que la humillen en público.
Al pronunciar la palabra ‘humillen’, su voz sonó un poco tensa, como contenida. Más que la pregunta en sí, fue ese tono de voz lo que le movió el piso a Annette. Se le llenaron los ojos de lágrimas al sentir que, por fin, alguien no había disfrutado con el maltrato que ella acababa de recibir. Pero no podía ponerse a llorar ahora, después de haber aguantado tanto, así que soltó:
—Humillaciones he recibido siempre.
—…….
—Usted ha estado en todos los banquetes, ya debería saberlo. Qué raro que recién se dé cuenta.
Le contestó de forma cortante, como quien no quiere la cosa, siguió caminando.
Reingar no dijo nada. Seguro no tenía palabras, porque él también había sido parte de ese silencio cómplice durante las humillaciones. Annette sabía de sobra que, en su posición, él no tenía otra opción; pero aun así, ver que se sentía incómodo le dio una pequeña satisfacción. Era como si estar en el fango se sintiera un poquito menos mal ahora.
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