Annette - 28
Para la cena de celebración, se dispuso una mesa para veinte personas en el comedor del Señor Feudal. Lo normal en grandes eventos era poner varias mesas en el gran salón, pero al Conde Lotte no le vacilaba ese tipo de comidas tan alborotadas. Prefería aguantarse el resentimiento de los invitados menos importantes con tal de sentarse solo con los más capos.
Por eso, que Reingar hubiera conseguido un sitio ahí era algo digno de resaltar. Y más aún porque, siendo un simple caballero de origen plebeyo, no lo habían mandado al final de la mesa, sino a un asiento de honor.
Era ya demasiado que estuviera sentado a la derecha de la cabecera, incluso por encima del marqués de Libehaven, asesor diplomático del Emperador; pero es que, encima, el tema de conversación en toda la mesa era solo sobre él, a tal punto que apenas podía probar bocado.
La mesa estaba repleta de un banquete donde el cocinero había hecho gala de todo su talento. El olor de la carne asada, el pollo y las salsas cargadas de especias te abrían el apetito de solo sentirlos. Si hubiera sido el Reingar de siempre, después de haberse saltado el almuerzo por la competencia, se habría bajado la comida de tres personas sin problemas.
Pero hoy, ni a balas estaba en condiciones de hacer eso.
—Este muchacho tuvo talento desde chiquito. Y tuvo suerte también, porque apenas se hizo caballero le salió la oportunidad de ir al campo de batalla. Si no fuera por su hermano de leche, lo habrían nombrado hace tiempo. Aunque claro, esa consideración y paciencia que tiene son parte de sus virtudes naturales.
Conde Lotte hacía alarde de su favoritismo hacia él sin paltas. Era un afecto demasiado exagerado para ser solo por un caballero bajo su mando. En otro momento, Reingar se habría sentido orgulloso por dentro. Estaría hinchado de emoción ante la posibilidad de ser reconocido como hijo legítimo, pero hoy solo se sentía incómodo.
—Me sorprende que todavía no esté comprometido. Debe haber varios interesados en tenerlo como yerno.
—Seguro el Conde ya le puso el ojo a alguien. Buscarle una buena novia a sus caballeros es uno de los gustos de un señor, ¿no?
—Justo estoy en esas, ya voy a empezar a buscar. Pasen la voz, por favor. Mientras más candidatas haya, mejor podremos elegir a la chica ideal.
Matrimonio, novias… eran cosas que cualquier hombre adulto escuchaba siempre. Sin embargo, Reingar no podía dejar de pensar en la mujer que estaba al extremo de la mesa, agradecía que ella no entendiera el idioma trisenio.
Annette, sentada al final de la mesa de veinte personas, estaba tan lejos que, si él no la miraba a propósito, ni siquiera entraba en su campo visual. Y Reingar, desde que empezó el banquete, no había volteado hacia allá ni una sola vez.
La razón por la que no podía mirarla era una ansiedad que no lograba descifrar. Sentía que, en el momento en que la mirara aunque sea de reojo, todos se darían cuenta de lo que estaba pensando. Como si todos los presentes hubieran estado chequeando ese beso de hace un rato, ese preciso instante. Ese contacto, el olor, el sonido.
Ese corazón que latía con fuerza, que se detenía por un segundo y luego arrancaba a mil otra vez.
—En fin, lo envidio, Conde. Tener un caballero tan leal es el sueño de cualquier señor.
—Es una bendición de los dioses.
—Lo ha cuidado desde que era un bebito, debe ser la recompensa por su compasión. ¿Qué dice usted, Sir?
—Tiene razón. Ni dando la vida podría terminar de pagar la gracia que mi Señor me ha brindado.
Mientras daba la respuesta que todos querían oír, Reingar solo deseaba que el banquete terminara de una vez. Ya se había rendido con la idea de comer algo, estar sentado ahí le resultaba tan molesto que solo quería irse.
Sentía como si la mujer al extremo de la mesa estuviera jalándole la mandíbula todo el tiempo; tenía los músculos del cuello tiesos. Desde que empezó la cena —no, desde antes— Reingar sentía que estaba luchando contra un enemigo que jamás había enfrentado.
—Mi esposa, la condesa Annette, celebrará tu victoria.
¿Cómo expresar lo que sintió en ese momento?
Fue como si le hubieran tirado un balde de agua fría en la cabeza. Sintió el corazón duro como una piedra. Se sintió ridículo parado ahí, sudando frío. Porque la razón por la que tenía que ganar la competencia no era ni por el premio ni por el honor.
Era simplemente porque no podía permitir que esa mujer besara a otro hombre. Sentía que eso mancharía sus labios, así que apretó los dientes y ganó… solo para enterarse después de que ella tenía esposo.
Y no es que no lo supiera.
Seguro que, como esposos, se habrían besado un montón de veces. ¿Y quién sabe si solo besarse? Quién sabe qué cosas haría esa mujer con su marido. Reingar pensó en todo eso en un segundo, de inmediato sintió una vergüenza ardiente por haber tenido esos pensamientos.
Por eso, no se atrevía a mirarla a los ojos. Con la cara seria y esquivando la mirada, se arrodilló primero. Se había olvidado por completo de que, tras ponerse la corona de laureles, debía levantarse para recibir el beso de la victoria. Solo cuando sintió la mano de la mujer bajo su mentón, se estremeció como si despertara de un sueño.
Los dedos que tocaron su mandíbula estaban helados. Quizás era porque su propio rostro estaba hirviendo. Cuando levantó la cabeza siguiendo el toque de esa mano blanca y delgada, sus ojos se cruzaron con esas pupilas de color azul claro, se quedó sin aliento.
¿Cómo podría describir ese rostro?
Una mujer pálida lo miraba desde arriba con arrogancia. Su cabello rubio, brillante, parecía el mismo sol. Vestida con ropas blancas y relucientes, Annette no parecía un ser humano común, como él. Y en realidad, ella era distinta; era la hija de un rey, de linaje noble.
Por un momento, Reingar sintió que él también se había vuelto un poco más valioso. Porque esa mujer noble le había tocado la mandíbula, lo había besado en la mejilla y había inhalado el mismo aire que él exhaló. Porque su perfume se le había metido en el cuerpo. Porque el calor de su piel se había quedado pegado en su rostro.
¿Habría sido por eso? Ese algo que, de pronto, sintió que se le subía con fuerza desde el estómago.
—Por cierto, ¿la Condesa es siempre así de seria, de las que nunca sueltan una sonrisa?
El ambiente animado cambió de golpe cuando el banquete ya casi terminaba. Fue justo cuando los hombres, tras bajarse unas diez botellas de vino, empezaron a ponerse ‘huascas’ (borrachos). La gente, que antes conversaba en grupitos, se quedó callada al unísono porque esas palabras, soltadas de la nada, fueron dichas en la lengua común.
—Es que en un día tan bonito, parece que ella hubiera venido sola a un funeral. Hasta da miedo que alguien piense que está triste por la victoria de Trisen.
Reingar, sin decir ni muna, clavó la mirada en él. Era Sir Cornelius. Un tipo robusto de unos treinta y tantos que había peleado la final cargando un escudo de lobo; estaba sentado en esa mesa solo por ser sobrino del Marqués de Libehaven.
—¿O será que sonrió mientras yo competía? Si vi mal, me disculpa.
—Mi esposa es de salud delicada.
intervino el Conde Lotte.
—Debe ser que estar afuera la ha dejado agotada.
—Qué detallista es usted, Conde Lotte. ¿Sabe usted, Condesa, gracias a quién le tocó un esposo tan generoso?
El ‘Lobo’ seguía insistiendo con sus preguntas, como si estuviera encaprichado con escucharle la voz. Reingar notó en su cara el desprecio, la burla y esa superioridad barata. Parecía que se estaba desquitando por haber perdido la competencia. Como el tipo ya había intentado hablarle dos veces seguidas en lengua común, Annette ya no podía hacerse la loca y seguir ignorándolo.
Todos se quedaron callados esperando la reacción de la Condesa. Algunos hasta sonreían de costado, como si hubieran encontrado algo con qué entretenerse. ‘¿Qué, se pasaron la caballerosidad y el respeto por el h…’?, pensó Reingar. Como no quería verles las caras, bajó la mirada hacia su copa de vino.
—No estoy segura. ¿Gracias a quién, según usted?
Pero en cuanto escuchó la voz de ella, no pudo evitar voltear a verla.
Annette, la única dama de alcurnia en la mesa, estaba sentada como siempre frente a su esposo. Aunque estaba lejos de Reingar, que estaba cerca de la cabecera, su voz se le clavó clarito en el oído. También ayudó que el salón se quedara en silencio total porque nadie más se atrevía a hablar.
El Lobo, esperando su oportunidad, respondió con una arrogancia que apestaba:
—Pues gracias a la bondad de Su Majestad el Emperador, por supuesto. Y no podemos olvidar la benevolencia de la Emperatriz Lorelia, su compañera.
—¿Quiere decir que estoy sentada aquí gracias a que ellos dos destruyeron Kingsburg?
En cuanto Annette respondió eso, el Lobo soltó una risa burlona. Ante esa falta de respeto, Reingar hizo un esfuerzo sobrehumano para mantener la cara de palo. La mujer, al final de la mesa, esperaba una respuesta sin quitarle la vista de encima al tipo. Tenía los labios apretados con una terquedad tan evidente que Reingar tuvo que tragarse un suspiro.
Annette estaba resistiendo. Estaba haciendo algo peligrosamente imprudente. Ella sabía perfectamente cuál era la respuesta que todos esperaban oír; debió simplemente decir cualquier cosa para salir del paso y ya.
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