Annette - 27
—¡Paloma! ¡Paloma!
El grito de la multitud le aturdía los oídos. Cuando el hombre sobre el caballo se levantó la visera, los vítores subieron de volumen. Entre la gente que gritaba ‘paloma’, alguien pronunció su nombre, a partir de ahí, todos empezaron a corearlo al unísono.
—¡Reingar! ¡Reingar!
El sonido retumbaba en todo el cuerpo de Annette.
Reingar no se movió de su sitio hasta que el caballero enemigo, que había caído del caballo, se puso de pie. Solo después de que el caballero lobo se levantara sin problemas, se alzara la visera e intercambiaran un breve saludo visual, de que los escuderos se acercaran sonrientes para recibir el escudo y las riendas, él también desmontó.
Annette lo observó quitarse el casco y sacudir ligeramente su cabello empapado de sudor hacia los lados.
—¡Waaaaa!
La luz blanca caía sobre su cabello negrísimo. En el instante en que él se giró hacia ella, su corazón, que latía con fuerza, se detuvo en seco. Fue solo un segundo, un cruce de miradas fugaz.
Reingar recuperó la postura y se inclinó ante el señor feudal y los nobles en el estrado. Tras mostrar un respeto breve y cortés, se quitó el guantelete, dejando ver el vendaje envuelto en su mano derecha. Annette se fijó si la sangre se había pasado por la tela, pero no vio ninguna mancha roja.
—¡El ganador de la competencia de hoy es el caballero de Lotte, Sir Reingar!
El juez, con el rostro radiante, hizo la declaración y lo invitó a subir al estrado. Los vítores y aplausos no cesaron mientras el ganador subía, con su armadura completa tintineando a cada paso. Al verlo, Annette sintió que los nervios le encogían el estómago. Pensar que pronto tendría que besar a ese hombre hacía que su pecho se sintiera como una carrera de caballos.
‘No es nada. Solo hazlo con naturalidad. Hazlo como lo hacías con tus hermanos’. El recuerdo que invocó sin pensar para calmarse, el sonido de las risas de aquella época, le atravesó el pecho de improviso.
—Más tarde, pórtate así de linda con tu esposo también. De seguro te va a amar un montón.
—Yo no estoy de acuerdo, Annette. Tú ya eres linda hasta cuando no haces nada, así que no hagas nada. Que a una mujer la amen demasiado también es cansado.
—¿Quién se atrevería a no amar a la princesa? Teniendo a tres hermanos mayores con los ojos bien abiertos vigilando.
Los tres príncipes de Kingsberg adoraban a su única hermana. Annette se portaba como una engreída incluso después de ser mayor de edad solo porque quería que sus hermanos la siguieran queriendo. Porque creía que ellos siempre la pLottegerían, incluso después de casarse y dejar el palacio.
Dos de ellos murieron y uno está encerrado como una bestia. Ahora Annette solo podría verlos después de muerta. Todo por culpa de la maldita Trisen, del emperador usurpador y de los señores traidores. Por culpa de sus despiadados secuaces y sus perros fieles.
‘Y aun así… ¿por quién diablos te estabas preocupando?’.
—Sir Reingar. Mi orgulloso caballero.
Gallant Lotte recibió al ganador en el estrado. Reingar puso su mano derecha sobre el pecho en señal de lealtad. La escena era tan lógica y natural que, irónicamente, Annette se tranquilizó. La culpa y la miseria empezaron a desdibujarse lentamente.
El conde estiró el cuello para decir unas palabras más de felicitación, cada vez que terminaba una frase, la gente vitoreaba y lanzaba puñetazos al aire. Seguro estaba enfatizando que era una competencia en honor a la victoria. Seguro decía que este valiente caballero también fue pieza clave en el campo de batalla y que demostró la grandeza del emperador. Aunque no entendía todo, Annette podía suponerlo perfectamente.
—Mi esposa, la condesa Annette, celebrará tu victoria.
Esa frase sí la entendió clarito. También entendió la intención de resaltar su nombre. Al señalar a la princesa de Roanne, los gritos de la gente hicieron vibrar el campo.
—¡Waaaaa!
—¡Annette! ¡Annette!
El conde, con cara de satisfacción, se giró y le hizo una seña ligera con los ojos. Annette tenía que levantarse antes de que él volviera a su asiento.
Caminó con la mirada baja para no ver a la gente que coreaba su nombre.
Hizo un esfuerzo sobrehumano para mantener la cara seria frente a las mil miradas encima. Luchó con todas sus fuerzas para que no se le notara la humillación, la miseria, la vergüenza y la culpa que se retorcían en su interior.
Solo cuando estuvo lo suficientemente cerca de Reingar, levantó la vista para verlo.
El hombre, imponente como una torre de vigilancia, se alzaba hacia el cielo. Su cuerpo cubierto de acero brillaba como un arma. Él tampoco la miraba, mantenía los ojos bajos. Se quedó parado con el rostro inexpresivo entre los gritos que aclamaban el nombre de Annette, cuando el maestro de ceremonias trajo la corona de laurel, hincó una rodilla y bajó el cuerpo.
Annette tomó la corona de la bandeja de plata con ambas manos y se acercó al hombre. Mientras le ponía la corona en la cabeza a él, que estaba arrodillado, las yemas de sus dedos rozaron apenas su cabello. Fue un contacto insignificante, por eso mismo, la razón por la que su corazón saltaba así era, sin duda, por la rabia.
Rabia por coronar al caballero del enemigo. Vergüenza de sí misma por aguantar semejante burla. Maldita Annette de Roanne, que a cada rato se olvida de quién es, que intenta no recordar su identidad.
‘Eres una princesa. Eres el último orgullo de Roanne. No te olvides de eso nunca’
Annette bajó la mirada hacia el hombre arrodillado a sus pies. Mientras observaba su coronilla de pelo negrísimo, repetía una y otra vez en su mente: ‘Usa a este hombre. Haz que abra su corazón. Encuentra su punto débil y métete ahí para que me ayude’.
‘Haz que traicione a su señor y a su emperador’.
—¡El beso de la victoria! ¡El beso!
La multitud impaciente gritaba con todas sus fuerzas. Annette maldijo esa curiosidad vulgar y esa crueldad de la gente; luego, estiró su mano derecha y levantó el mentón del hombre. Al alzar la cabeza, sus miradas se cruzaron de forma natural. Ojos de color ámbar. Esos ojos bañados por el sol estaban rígidos, como si estuvieran un poco sorprendidos.
Annette mantuvo su mano en la punta de su mentón y lo miró fijamente por un momento. Pensó que era la primera vez que lo miraba desde arriba, que así debería haber sido desde el principio.
‘Si nos hubiéramos conocido como princesa y caballero, definitivamente habría sido así. Te habría puesto la corona de laurel con gusto y habría bendecido tu victoria’.
‘Tal vez hasta te habría dicho que esta corona hecha de hojas verdes combina muy bien con tu cabello negro’.
Los ojos del hombre la miraban desde abajo, totalmente despLottegidos. Annette recorrió con la vista su rostro bronceado por el sol, sus cejas pobladas y sus labios rectos, hasta detenerse en su mejilla izquierda. Decidió que sería ahí; se inclinó y posó sus labios.
Ni muy largo, ni muy corto. Teniendo cuidado de que sus narices no chocaran.
Ese primer beso fue totalmente distinto a lo que imaginó. No sabía que el cuerpo de un hombre que acababa de terminar una competencia larga podía estar tan caliente y empapado. Desde que sus rostros se acercaron, sintió un golpe de calor corporal. Sus labios se pegaron a la piel sudorosa y se separaron con una sensación densa.
Pero lo que llenó a Annette con más fuerza fue el olor del hombre. Olor a sudor, a metal, al aceite que le ponen a las armaduras. Entre esos olores que ya conocía, sintió un aroma tenue a incienso.
El olor que sintió esa noche; la noche en que una mano enorme le tapó la boca y la nariz.
Annette contuvo el aliento mientras despegaba los labios y se incorporaba. Se quedó mirando al hombre arrodillado, esperando a que se levantara. Cuando él, que se había quedado congelado un momento, estiró la pierna y se puso de pie, Annette sintió que el corazón se le paraba al tener que mirar otra vez hacia arriba a ese rostro que ahora volvía a estar a una altura inalcanzable.
Los ojos marrón claro de Reingar la miraban desde arriba. Annette creyó escuchar el sonido de él tomando aire, como si hubiera estado aguantando la respiración. Aparte de eso, no podía ver ni oír nada más. Ni siquiera los gritos que retumbaban a su alrededor.
—¡Que los dioses bendigan a Trisen!
La multitud gritó al unísono. El hombre con la corona de la victoria inclinó la cabeza ante la mujer. Tras recibir el respeto que le correspondía, Annette se dio la vuelta como si nada y regresó a su sitio, aunque tuvo que hacer fuerza en las rodillas todo el camino para poder caminar derecho. Incluso después de sentarse a salvo en su silla, le costó respirar bien por un buen rato. Una mano invisible le apretaba el corazón con fuerza y no la soltaba.
Reingar, con su corona de laurel, ahora estaba de espaldas. Estaba levantando la mano para responder a la multitud. Los rostros de la gente que coreaba su nombre hasta desgarrarse la garganta ardían con un orgullo fanático. Parecía que un nuevo héroe había nacido en el Condado de Lotte.
Reingar.
Annette observó la espalda de aquel hombre, su cuerpo brillando con la armadura de plata y su cabello negro. Durante todo ese tiempo, no sonrió ni aplaudió ni una sola vez. A pesar de sentir las miradas pesadas y las burlas de la gente hacia ella, mantuvo su rostro inexpresivo hasta el final.
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