Annette - 26
Anette pensaba que Reingar podría estar participando porque no lo había visto por ningún lado. Se la había pasado horas sapeando a su alrededor y nada.
En el estrado estaban Bolker, Dietrich, los vasallos y los caballeros nobles. ‘Capaz como él no es noble, no le han dado sitio’, pensó. Pero igual, tendría que estar por ahí cerca. Así que llegó a la conclusión de que ese hombre estaba metido entre los competidores, recién ahí Anette se puso a prestar verdadera atención al torneo.
—¡El caballero ‘Cuervo’ al este y el caballero ‘Paloma’ al oeste!
Ante el grito del juez, los dos caballeros se ubicaron en los extremos. En cuanto los escuderos les alcanzaron la lanza y el escudo, la gente empezó a gritar con todo. Anette, manteniendo su cara de póker, miraba a los dos concursantes por turnos.
Los dos tenían una contextura parecida y ambos montaban caballos negros. ¿Sería el ‘Cuervo’? Como el emblema de la familia Rothe era un cuervo blanco, tenía sentido. Se quedó mirando fijo al caballero que iba de negro de pies a cabeza, pero no estaba segura.
También podía ser el de la ‘Paloma’. O capaz era uno de los ocho que ya habían eliminado. Podría haberle preguntado al conde que estaba a su lado, pero no quería que pareciera que el torneo le importaba tanto.
—¡Carguen!
El juez agitó la bandera roja y los caballos arrancaron. Al ver a los caballeros lanzarse el uno contra el otro, Anette apretó las manos con fuerza. En el momento del impacto, cuando el ‘Cuervo’ recibió un lanzazo directo en la coraza, a ella se le cortó la respiración. Él tambaleó feo, perdió el equilibrio y terminó rodando por el suelo. Se escuchó un ‘¡Ayy!’ de lamento entre la multitud.
Anette abrió bien los ojos, mirando al caballero tirado. El corazón le latía a mil y sentía la boca seca. ‘Levántate, levántate de una vez’, murmuraba entre dientes mientras se aferraba a su vestido.
Los ayudantes corrieron a levantarlo. Cuando el hombre se puso de pie, aunque algo mareado, la gente soltó un ‘¡Guaaaa!’ de alegría. El caballero sacudió la cabeza un par de veces y se levantó la visera del casco. En ese instante, Anette soltó un suspiro de decepción.
Era una cara desconocida. No era él.
—¡El caballero ‘Cuervo’ ha caído! ¡Cuatro puntos para el caballero ‘Paloma’!
—¡Esaaa! ¡Guaaaa!
Los gritos de la gente hacían vibrar el aire. Recién ahí, Anette volteó hacia el otro lado. El caballero del caballo negro seguía ahí parado, como chequeando cómo estaba su rival. Ya no se veía su escudo de paloma ni su lanza rota porque se los habían llevado los ayudantes.
‘Eres tú’.
En cuanto estuvo segura, el hombre volteó ligeramente hacia ella. Por la ranura del casco no se veía nada, pero Anette sentía que él la estaba mirando. Sabía que se estaban viendo, aunque no pudieran cruzarse las miradas.
‘Gana, por favor. Total, alguien tiene que ganar’.
El hombre dio media vuelta como si nada y regresó a su sitio. Anette lo siguió con la mirada. El sol de la tarde brillaba sobre su armadura de plata. Para ser verano, el clima estaba rico, pero ella sabía que allá adentro el hombre debía estarse asando de calor.
Anette también empezó a sentir cómo le subía el calor al rostro y al cuerpo.
De los dieciséis iniciales, ya solo quedaban cuatro: las semifinales. Si vencía al ‘Cuervo’, pasaba directo a la final. El hombre de la ‘Paloma’ había ganado sus dos encuentros anteriores anotando puntos limpios; en ambos, las lanzas se hicieron leña del impacto.
—¡El caballero ‘Paloma’ se enfrentará al caballero ‘Lobo’ en la gran final!
¡Guaaaa! La gente se volvió loca cuando se definió el último duelo. Anette apretó los labios para no hacer ningún gesto, pero las palmas de sus manos ya estaban empapadas de sudor.
Mientras preparaban todo para la final, salieron los payasos al campo. Todo era bulla: gente bailando al ritmo del laúd y otros haciendo sus apuestas por el ganador. Los nobles en el estrado también estaban en puro chisme, comentando las jugadas y apostando plata. Anette notó que el conde estaba más animado que de costumbre, riéndose con ganas.
—¡Señoras y señores, empezamos la gran final!
La final arrancó al toque, sin mucho descanso. Eso era una desventaja para el que acababa de competir. ‘¿Estará bien su mano?’, pensó ella. Había cargado esa lanza pesada un montón de veces. Antes de que salieran al campo, Anette ya se estaba mordiendo los labios.
—¡‘Lobo’ al este! ¡‘Paloma’ al oeste!
El caballero del ‘Lobo’ llamaba la atención porque su armadura era un lujo, toda decorada con oro; se notaba que venía de familia con plata. En cambio, su rival tenía una armadura de plata bien simple. El dibujo de la paloma en el escudo le quedaba extrañamente bien.
‘¿Paloma? Con lo grande y tosco que es ese hombre…’. Anette soltó una sonrisita sin querer, pero se puso seria al instante. Ahora se iban a enfrentar cinco veces para ver quién se llevaba la corona.
—¡Carguen!
En el primer choque, ambos le dieron al escudo del otro y empataron en puntos. En el segundo ganó la ‘Paloma’, en el tercero el ‘Lobo’. La cosa estaba bien pareja y la gente estaba que quemaba. Los gritos de apoyo se cruzaban por todo el campo.
—¡Dale, ‘Lobo’! ¡Enséñale quién manda!
—¡Rómpelo, ‘Paloma’! ¡Dale con todo!
Ese equilibrio se rompió en el cuarto choque. El ‘Lobo’ bajó la lanza como si fuera al hombro, pero al toque cambió la dirección y le dio de lleno en el casco a su rival. El golpe fue tan fuerte que la lanza se rompió y la ‘Paloma’ tambaleó feo. A Anette se le paró el corazón.
Se le vinieron a la mente las peores imágenes: él cayendo del caballo, rompiéndose el cuello, quedando tieso en el suelo… o su cara toda ensangrentada bajo el casco. Fue un segundo, pero se lo imaginó tan clarito que parecía verdad.
‘¡No, por favor!’.
Se quedó sin aire mirando al hombre, pero lo que se imaginó no pasó. La ‘Paloma’, a pesar del fierrazo que le metieron en la cara, no se cayó del caballo. Casi se va para atrás, pero se aferró con las piernas al lomo del animal y recuperó el equilibrio. Esa salvada de milagro hizo que la gente se volviera loca.
—¡Guaaaa!
—¡Tres puntos para el caballero ‘Lobo’! ¡Va ganando 7 a 5!
‘Uff’
Anette soltó el aire que tenía guardado y se apoyó en el respaldo de la silla. Ni cuenta se había dado de que estaba con todo el cuerpo inclinado hacia adelante. ‘¿Estará bien?’, pensó. El golpe había sido seco, bien fuerte.
No le quitaba la vista de encima al caballero de la ‘Paloma’ mientras hacía volver a su caballo a la línea de partida. Verlo prepararse para el último choque la tenía con los nervios de punta.
‘Ese ‘Lobo’ le dio muy duro. ¿Se permite eso? Pucha, de verdad que estos torneos son demasiado peligrosos’.
—¡En guardia!
Ante el grito del juez, los dos caballeros se alistaron para la última carrera. La ‘Paloma’ levantó la lanza bien alto, como apuntando al casco del otro. ‘¿Se la quiere cobrar? ¿El ‘Lobo’ no se dará cuenta?’. Anette estaba tan tensa que se mordía los labios hasta casi sacarse sangre. Quería cerrar los ojos porque le daba miedo lo que podía pasar, pero no podía dejar de mirar.
—¡Carguen!
El caballero de la ‘Paloma’ hizo correr a su caballo más rápido que nunca. Venía como un rayo, como si fuera uno solo con el animal, con una furia que parecía que iba a reventarle el casco al otro. Pero, justo antes del impacto, bajó un poquito la punta de la lanza y le dio de lleno en el hombro. El ‘Lobo’, que estaba cuidándose la cabeza, no pudo hacer nada y recibió el golpe de pleno.
Para Anette, ver cómo la lanza se hacía trizas y cómo esa armadura de oro se ladeaba fue como ver una película en cámara lenta. En el momento en que el tipo soltó las riendas y rodó por el suelo, ella casi suelta un grito de alegría. Ya no le importaba si el hombre que se cayó se había roto el cuello o se había reventado el hombro. Nada de eso le importaba.
¡Ganó!
—¡Ganamos!
Anette volteó sorprendida por el grito a su costado. Gallant Rothe se reía a carcajadas y aplaudía con todas sus fuerzas. Tenía la cara roja de la emoción y el orgullo. Al ver esa expresión tan rara en él, Anette sintió una punzada de vergüenza. Vergüenza de estar apoyando a alguien del mismo bando que ese hombre. Vergüenza de haber estado tan angustiada por el caballero del Conde.
Y, sobre todo, le daba bronca que, a pesar de ese sentimiento de culpa, su corazón seguía saltando de alegría.
—¡Cuatro puntos para el caballero ‘Paloma’! ¡La final termina 9 a 7!
En cuanto el juez confirmó la victoria, el campo estalló en gritos. El Conde se puso de pie para aplaudir y todos los demás nobles hicieron lo mismo. Bolker, Dietrich y sus esposas festejaban emocionadazos. Se notaba que todos ya sabían quién era el de la armadura de plata. La única que se quedó sentada, calladita y sin hacer escándalo, fue Anette.
En medio de toda esa bulla y los aplausos, ella no se movió. Ni siquiera sonrió. Se quedó ahí, con la cara seria y en silencio, sentada en el estrado como si fuera un fantasma.
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