Annette - 25
Su imaginación se disparó por su cuenta. Con los labios casi rozando el rostro del hombre, Anette contuvo la respiración. Esa piel bronceada por el sol, el cabello negro… ese tabique bien marcado y la mandíbula firme. La imagen que se le vino a la mente fue tan clarita que el corazón le empezó a saltar en el pecho.
‘¿Estás loca? Ese hombre también es un caballero de Trisen. Besarlo para celebrar su victoria sería un insulto para mi papá, mis hermanos y todos los valientes de Roan’. Se recriminó a sí misma por tonta y borró esa escena de su cabeza de un porrazo.
Igual, ese hombre ni siquiera puede participar.
Mordiéndose los labios, Anette intentó dejar la mente en blanco. Su única reacción fue levantar la mano para negarse cuando la empleada, terminando de arreglarla, le trajo el frasco de perfume.
Podía ponerse la ropa o las joyas que le dieran, pero el perfume no lo pasaba. No quería oler como la nobleza del sur. Esos extractos hechos a base de flores machacadas le olían horrible.
‘Ay, de verdad que no quiero ir’.
En el espejo de cuerpo entero, la mujer que veía se veía blanca y radiante. Quedándose mirando su rostro todo arreglado, intentó aguantar la respiración con todas sus fuerzas. Pensaba que, si se asfixiaba y se desmayaba ahí mismo, no tendría que ir al campo de batalla, pero como la voluntad de Anette era media floja, terminaba tomando aire a cada rato y su plan no funcionaba.
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El campo frente al castillo estaba más movido que nunca. Entre los que estaban sentados y los que se habían parado alrededor de la cerca, fácil pasaban de las mil personas. Había de todo: hombres con sus hijos en hombros, señoras con sus hijas de la mano y los ojos bien abiertos, hasta ambulantes vendiendo frutas y cosas para picar. Los payasos y malabaristas también estaban haciendo de las suyas para animar a la gente antes de que empiece la competencia.
Reingar estaba en la zona de espera, afuera de la cerca. Los caballeros y sus escuderos ya se estaban midiendo con la mirada, medio dándose la contra. Por más que se conocieran o fueran amigos, en el duelo la cosa era distinta; y como había varios que no eran de Rothe, el ambiente se sentía bien tenso, casi frío.
—Tenga harto cuidado con el ‘Lobo’
—Es el caballero de Marqués Liebehafen y ya ha ganado un montón de veces.
—Dicen que su especialidad es darle al casco. Hace como que te va a dar en el hombro, ¡y de ahí, pácatelas!, directo a la cara.
Jaren hizo el ademán de tirar la cabeza hacia atrás mientras hacía el sonido del golpe. Ralf, que estaba algo nervioso, se rio bajito y Reingar también soltó una sonrisa. Como su escudero había muerto en Mendel, hoy los gemelos Vayles lo estaban apoyando en esa labor.
—Parece que al ‘Águila’ le ha dado flojera de estómago anoche. Desde temprano anda buscando medicina. Con suerte, capaz le toca contra él.
—Oye, Jaren, ¿a qué hora te has puesto a sapear todo eso?
—¡Pucha!, con lo que hay de premio, ¿cómo no voy a averiguar? Solo no se olvide que quedamos en partir la plata en tres.
—Eso es si es que gano, pues.
—¡Obvio que gana! ¡Fijo que gana! ¡En estas competencias todo es la actitud!
Jaren cerró el puño con fuerza y le dio unos toques al escudo que tenía en la otra mano, aunque después hizo un gesto de disgusto.
—Si por lo menos fuera el ‘Cuervo’, tendría más presencia. Pero, ¿’Paloma’? Qué maleado, para colmo, ‘Paloma’.
—¿Qué importa? Salió por sorteo.
—Por eso digo, pues… justo a usted le toca elegir eso…
Al escucharlo quejarse, Reingar levantó la mirada. En el escudo de madera estaba pintada una paloma blanca y dócil. Era el nombre que le habían asignado en el sorteo y así lo llamarían durante el torneo de hoy.
—Encima es una ‘Paloma con vendajes’
murmuró Ralf como jugando, mientras terminaba de amarrar la venda en la mano de Reingar.
Después de que se la ajustaron bien, Reingar cerró y abrió el puño varias veces. Le molestaba un poco por la quemadura que tenía en la palma, pero no era para tanto como para retirarse. Era el primer torneo en el Castillo de Rothe desde que se convirtió en caballero, de verdad quería ganar.
—¿Ustedes creen que la condesa dé el beso de la victoria hoy?
—Supongo. Normalmente lo hace la esposa del señor feudal.
—¿Y cuánto será el premio?
—No sé, pero como es por la victoria en la guerra, debe ser una buena plata. ¿Usted sabe cuánto es, señor?
Las voces de los gemelos le entraban por un oído y le salían por el otro. Reingar seguía mirando su mano vendada mientras la abría y cerraba. No pudo evitar que la imagen de los labios de esa mujer se le viniera a la mente.
Esos labios carnosos. Esos labios rojizos de tanto morderse. Estaba como embobado, no podía pensar en otra cosa.
—Voy a estar aquí todas las noches a las nueve.
Lo lógico había sido no aceptar esa propuesta loca. Pero, aunque se quedara en su cuarto, sus pensamientos se escapaban hacia allá a cada rato. Todas las noches, a las nueve en punto, Reingar pensaba en la biblioteca.
Se imaginaba a Anette esperándolo. Anette sentada solita en la oscuridad. Anette regresando a su cuarto con su candelabro y la cara triste.
Durante los últimos tres días, su mente había estado con ella cada noche.
—¡Señor Reingar! ¡Le estoy preguntando por el premio!
Los gritos de Jaren se escuchaban lejos. Frente a sus ojos solo estaban la venda blanca y el beso de esa mujer. Reingar deseaba ese beso, pero al mismo tiempo le daba miedo. Tenía el presentimiento de que, después de recibirlo, las cosas cambiarían y ya no habría marcha atrás. No sabía exactamente qué pasaría, ese miedo a lo desconocido lo asustaba, pero no quería rendirse.
—… No sé.
respondió por cumplir, cerrando el puño lentamente.
Sintió un dolor punzante cuando la carne que aún no terminaba de sanar se presionó bajo la venda. Era molesto, pero podía aguantarlo.
—Lo estaré esperando.
Reingar abrió la mano y agarró el guantelete. Justo cuando se ponía los guantes de metal, se empezó a escuchar un griterío a lo lejos. Al voltear, vio que todos miraban hacia un mismo lado: el carruaje de los condes estaba cruzando la puerta del castillo.
—Ahí viene el patrón.
—¡Por fin va a empezar!
Los gemelos, emocionadazos, estiraron el cuello para ver mejor. Reingar clavó la mirada en el carruaje que se acercaba. Era una carroza lujosa tirada por cuatro caballos que brillaba bajo el sol.
‘Ahí debe estar ella. ¿Cómo habrá estado estos tres días? ¿Se habrá decepcionado porque nunca fui?’.
Ojalá no lo hubiera esperado por gusto tanto tiempo.
—No tengo a nadie más que a usted.
Ese susurro se le quedó grabado en el oído. Sentía que tenía frente a él esos ojos que lo miraban con ansias y ese rostro pequeño y pálido. Por eso, Reingar se decidió: tenía que ganar sí o sea. Iba a conseguir ese beso como sea, lo que viniera después, ya se vería.
Total, si ella tenía que dar el beso de la victoria y alguno de los que competía hoy tenía que recibirlo, mejor que fuera él antes que cualquier otro tipo.
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A Anette, desde chiquita, le encantaban los torneos de caballería. Como su padre, el rey, era fanático de esas cosas, mandó construir un campo de entrenamiento en el palacio y organizaba competencias a cada rato; siempre paraba lleno de caballeros que venían por la plata de los premios y por la fama. Como la princesa aún no era mayor de edad y no podía mostrarse en público, se subía a la torre con sus damas de compañía de su misma edad para sapear el torneo desde arriba.
Los torneos eran un juego peligroso pero fascinante. Los caballeros, chapados de pies a cabeza con sus armaduras, hacían correr a sus caballos a toda velocidad para clavarse esas lanzas largas. Si daban en el clavo, la lanza se hacía trizas y uno de los dos terminaba por los suelos. Algunos tenían la mala suerte de romperse el cuello y morir ahí mismo, pero hasta esa posibilidad de muerte le ponía una emoción extra a la competencia.
A Anette le encantaba esa tensión que se sentía cuando los caballeros, uno frente al otro en cada extremo del campo, se apuntaban con las lanzas; le encantaba la velocidad de los caballos arremetiendo el uno contra el otro. Por más que le daba nervios que alguien saliera herido, en el fondo esperaba con ansias ese momento del impacto brutal. Se dejaba llevar por ese encanto que tiene el peligro.
‘¿Será que heredé este gusto por la violencia de mi papá?’, se preguntó Anette de pronto.
—¡El caballero ‘Lobo’ gana dos puntos! ¡Con un total de cinco puntos, pasa a la semifinal!
¡Guaaaa!
La multitud empezó a gritar y a aplaudir, con tanto chongo Anette volvió a poner atención a lo que pasaba en el campo.
El campo de juego que armaron afuera del castillo era más grande de lo que pensaba. Estaba cercado con madera y al centro habían levantado un estrado que se veía bien parado, decorado con toldos coloridos y banderas de todos los colores. Anette estaba sentada ahí arriba, en una silla frente al emblema del cuervo blanco de la familia Rothe, al ladito de su esposo.
Desde que salió con el conde en el carruaje, la gente no paraba de victorear. Cuando el señor feudal asomó la cabeza, los gritos subieron de tono, pero el momento en que más bulla hicieron fue cuando Anette bajó dándole la mano a él. La gente gritaba y se reía con unas ganas, como si ellos mismos hubieran ganado algo.
Anette trató de no achicarse frente a ellos; caminó con la espalda bien derecha y los hombros firmes. Estaba con los nervios de punta pensando que esa gente que ahorita gritaba de alegría, en cualquier momento le podía tirar una piedra. Primero pensó que con los guardias rodeándolos estaría a salvo, pero al toque se sintió avergonzada de haber buscado seguridad en ellos, aunque sea por un ratito.
—¡Empezamos la segunda semifinal! ¡El caballero ‘Cuervo’ contra el caballero ‘Paloma’!
Hoy participaban dieciséis caballeros. Como tenían la cara tapada por el casco, los llamaban por el dibujo que llevaban en el escudo. En estos torneos a veces ocultan quiénes son para darle más misterio y diversión al asunto, aunque los conocidos siempre sacan quién es quién por la armadura. En Kingsburg, Anette los reconocía porque ya sabía de memoria qué armadura era de quién, pero acá, con los cascos puestos, no tenía ni idea.
‘¿Será él?’. Ella no le quitaba el ojo de encima al ‘Cuervo’ desde hacía un buen rato.
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