Annette - 24
Pasaron tres días y el hombre no apareció ni una sola vez. Annette iba a la biblioteca todas las noches a las 9, pero, sin falta, se encontraba sola. Se sentaba en la silla junto a la ventana a oscuras, abría cualquier libro y aguzaba el oído, esperando un sonido de pasos que nunca llegaba.
Mirando la llama de la vela, pensaba en él. Ese rostro con un bronceado que le quedaba tan bien. Esas pupilas que brillaban intensamente en la oscuridad. Esa mirada que la observaba desde muy arriba y esa voz que fluía grave. Ese acento del sur, un tanto tosco, mezclado en su pronunciación del idioma común.
—Ya estamos en julio… ¿la gente de aquí usa la chimenea incluso en verano?
Esa cara que la miraba fijamente y luego soltaba una sonrisita, un ‘pfff’.
En ese momento, Annette sintió que, después de tiempo, su corazón volvía a flotar. Le gustaba tanto conversar con él que la sonrisa le salía solita. Llegó a alimentar la tonta creencia de que podrían hacerse amigos más fácil de lo que pensaba; de hecho, sentía que ya lo eran. Por eso, se fue de lengua y habló con demasiada honestidad. Con el afán de ganarse su compasión rápido.
—Él no es generoso. Es frío y cruel.
No debió decir algo así.
—Parece que él quiere que viva sorda para siempre.
Hablar pestes del conde frente a su propio caballero. Eres una tonta, Annette Roanne.
Por eso, Annette entendió la razón por la que él cambió de actitud de repente. También sabía que esas palabras gélidas que él le lanzó eran mentira. Simplemente lo sabía.
Después de todo, ese hombre le había dado un diccionario, le había buscado libros que sirvieran como textos de estudio y, cuando se cruzaban a solas, era el primero en hablarle. No era como los demás, que apenas balbuceaban un saludo incómodo y salían disparados.
Él no la evitaba a propósito, aun sabiendo que ella iba a la biblioteca a esa hora.
‘La sinceridad de una persona no está en sus palabras, sino en sus actos. Hay quienes, con rostro mentiroso, actúan con la verdad; y hay quienes, vestidos de verdad, bailan la danza de la mentira. Los primeros son fáciles de reconocer, los segundos son difíciles’
<La biografía del Rey Sabio> resultó ser, en efecto, un excelente material de estudio. Annette leía día tras día esos libros escritos en ambos idiomas y así iba aprendiendo el triceno. Sentía que, de esta forma, incluso sola, podría arreglárselas para leer y escribir hasta cierto punto. Por lo mismo, le era imposible creer aún más en las palabras que él le había dicho.
—Haga lo que le plazca.
Aun así, en ese momento sintió un hincón en el pecho. Como si algo largo y puntiagudo se le hubiera clavado profundo en el corazón.
—Si el señor desea que la señora viva como una sorda, yo tendré que hacer lo mismo.
Pero pucha, no tenía por qué llegar a decir eso.
—Maldito desgraciado.
Al murmurar eso, la sirvienta que le amarraba los lazos del corpiño se quedó tiesa. A través del espejo, Annette vio cómo la mujer trataba de leerle el semblante, pero se hizo la desentendida. Total, no le iba a entender, así que no le dio importancia. No era la primera vez que hablaba sola frente a las empleadas.
Annette estaba de pie frente al espejo de cuerpo entero, dejando su cuerpo en manos de las sirvientas. Arreglarse era originalmente tarea de las damas de compañía y solo los nobles podían tocar el cuerpo de una princesa, pero ya hace tiempo que se había olvidado de esas reglas. Eso de charlar cada mañana con sus damas sobre qué ponerse según el clima, ya se sentía como una vida pasada.
Ahora, Annette se ponía lo que traía la empleada a cargo de vestirla. Y en días especiales como hoy, tenía que ponerse, sin chistar, el vestido y las joyas que su esposo mandaba a hacer.
Hoy era el día del torneo de justas. Galland Lotte le había enviado un vestido más ostentoso que de costumbre.
El vestido, blanco como un lirio, recordaba a un traje de novia. Con tanto hilo de plata, seguro que brillaría intensamente bajo el sol.
Que el torneo de hoy fuera para conmemorar una victoria en la guerra… bueno, era típico de Galland el vestir así a la princesa de una nación caída para lucirla afuera. Annette no se sorprendería ni un poquito si resultara que él organizó el torneo solo para alardear de ella.
Su hijo murió por culpa de la guerra. ¿Habrá pensado el conde en eso aunque sea una vez?
—Parece que era muy cercano a él.
Fue una sorpresa enterarse de que Reingar era tan allegado al fallecido hijo del conde. ¿Habría entrado al castillo como paje del hijo del señor feudal? ¿O quizás era hijo de un plebeyo acomodado y por eso hizo su servicio como escudero en el castillo? ¿Por qué un hombre así fabricaría puñales en una herrería? Que un caballero se lastime la mano… el trabajo de herrero parece ser bastante más peligroso de lo que pensaba.
Y aun así, ¿por qué hace ese trabajo?
Los pensamientos de Annette regresaron a Reingar. Pensó en el hecho de que no se había escuchado el sonido del martilleo durante tres noches, lo que significaba que no había ido a la herrería; y por lo tanto, a pesar de estar en la mansión a esa hora, no se había pasado por la biblioteca ni una vez. Así que, de verdad…
—Qué mal tipo.
Murmuró como para que la oyeran, pero sin cambiar la expresión. Se quedó pensando mucho en cómo acercarse a él otra vez. ‘Ahora debe estar recontra a la defensiva conmigo. Debí ser más prudente. Por cierto, ¿ya se habrá curado de la mano? ¿Qué tan fuerte se habrá lastimado? Como se hirió la mano derecha, seguro no podrá participar en el torneo hoy’.
Justo cuando pensaba en eso, la puerta se abrió de par en par y alguien entró haciendo resonar el ‘clac, clac’ de sus pasos.
—¿Va todo bien con los preparativos?
Annette supo quién era solo con oír los pasos. Bertha Lotte. La nuera mayor del conde y la que mandaba de verdad en esta mansión.
Ante su aparición, las sirvientas detuvieron su labor al toque y agacharon la cabeza profundamente. Bertha ni las miró; clavó la vista en Annette, reflejada en el espejo. Con los ojos fijos a través del cristal, Annette respondió con frialdad.
—Parece que ya casi terminamos.
—Se te ve bien. Definitivamente mi suegro tiene buen gusto.
Annette no le respondió nada a Bertha, quien le había soltado el comentario con una sonrisita. De la joven aristócrata, que andaba por sus treinta, emanaba un olor a perfume bien fuerte. Los nobles de Tricen tenían fama de que les encantaba bañarse en perfume.
—Hoy el clima está riquísimo. Parece que el Dios Heya también está bendiciendo nuestra victoria. ¿No te parece?
Subió el tono al final como buscando que le dieran la razón, pero Annette solo se quedó mirando su propio reflejo en el espejo. Bertha, como hija de nobles, hablaba un idioma común fluido, pero nunca le dirigía la palabra a Annette a menos que estuvieran así, a solas. Tal cual hacían todos los demás nobles de esa mansión.
—He venido para avisarte lo que la condesa tiene que hacer hoy. Es algo muy importante.
—Ojalá sea algo que esté a mi alcance.
—Tienes que hacerlo bien. No es para nada difícil.
Bertha sonrió y levantó un poquito el mentón. Tenía ese aire de quien le da órdenes a un subordinado, pero Annette se hizo la loca. Su forma de mantener el orgullo era responderle con la cara más seria y calmada posible, tratándola como si fuera menos.
—Tienes que ponerle la corona de laureles al ganador y darle un beso. ¿Papayita, no?
Pero al escuchar eso, Annette no pudo evitar quedarse fría.
—¿Darle… un beso?
—Un beso de victoria. Algo ligero en el cachete. Para que todo el mundo aplauda.
Besar la cara de un desconocido… Solo de pensarlo se le puso la piel de gallina. Annette nunca en su vida había besado a nadie.
—Es la tradición de los Lotte. Al ganador del torneo lo felicita la esposa del señor feudal con un beso. Antes lo hacía yo, pero ahora que mi suegro tiene esposa nueva, le toca a usted hacer su papel.
Bertha remarcó eso de ‘hacer su papel’ con una risita burlona. Annette captó al toque la mala intención detrás de sus palabras y sintió un nudo en el estómago; tuvo que aguantar la respiración un momento. Pasó saliva con dificultad e intentó borrar de su mente esas imágenes tan feas. Eso de dar un beso… de solo pensarlo le daban ganas de devolver.
—… Ya veo.
Respondió como si no le importara y le quitó la mirada. Ya le habían dado el recado, así que no tenía sentido seguir conversando.
Cuando recién llegó, Annette se había esforzado por caerle bien a Bertha. Tenía la vaga esperanza de que, por ser mujer y madre, ella tendría algo de consideración. Qué tonta fue al pensar que le tendría lástima o que la ayudaría a pasarla mejor ahí.
Los hombres con armas no eran los únicos que lastimaban y pisoteaban a los demás. Y tener hijos propios no significaba, ni a balas, que uno fuera a ayudar a los hijos de otros.
Annette se puso todavía más derecha frente al espejo. Era la única forma que tenía de hacerle el pare a la soberbia nuera de su esposo.
Bertha les dio unas instrucciones cortas a las sirvientas en triceno y salió del cuarto. Annette no entendió qué dijo, pero supuso que no sería nada malo contra ella. Hoy era un día importante, después de todo. Para la gente del castillo Lotte, Annette era necesaria hoy más que nunca: ella era su trofeo de guerra más brillante.
Apenas salió Bertha, las sirvientas se pusieron manos a la obra otra vez. Después de ponerle varias capas de ropa con mucho cuidado, le colgaron un collar de oro y rubíes. El oro pesaba y esas piedras de color rojo oscuro parecían oler a sangre.
—Al ganador del torneo lo besa la esposa del señor feudal.
Annette respiró profundo para calmar las náuseas. La humillación de tener que ir a un evento que celebraba la destrucción de su reino ya había pasado a segundo plano. Ella pensaba que bastaba con quedarse sentada al lado del conde, pero esto era un insulto que no se esperaba para nada.
—¿Se habrá lastimado la mano en el entrenamiento?
Sin darse cuenta, se acordó de aquel hombre. Pensó que habría sido bueno que él pudiera participar en el torneo de hoy. Que habría sido genial que les ganara a todos y quedara primero.
Si fuera a él… creo que sí podría darle un beso en la cara.
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