Annette - 23
La desconfianza es como un escudo. No puedes tenerlo levantado todo el tiempo, pero siempre debe estar listo, cerca de la barbilla. Si te relajas, te pueden atacar en cualquier momento.
Reingar sabía perfectamente que su desconfianza hacia Annette era demasiado afilada. Con las otras damas de la casa Lotte, como Berta o Luise, él no era así. Al contrario, mantenía una amistad cordial pensando en que una de ellas sería la esposa de su futuro señor. Si hubieran sido damas más respetables, hasta les habría brindado su amistad sin dudarlo.
Amistad. Cordialidad. Eran palabras que no pegaban ni con cola con esta mujer.
Para Reingar, Annette era alguien peligrosa e inestable. Y si le preguntaban por qué, tenía mil razones: es una prisionera que ya intentó escaparse, es un trofeo que regaló el Emperador, es una mujer que vive despreciada por todos y que podría morir en cualquier momento.
Por eso le estorbaba tanto verla. Ella siempre terminaba jalando su atención y comiéndole la cabeza. Cuando estaba así de cerca, sentía los hombros tiesos; y si su cuerpo se ponía así, era porque detectaba un peligro.
Así que Reingar volvió a levantar su escudo mental, como quien se cubre de un hachazo.
—Gracias por entender.
—No es nada. Más bien, yo soy la que espera ese sonido todas las noches.
—Es usted muy amable.
—Lo digo en serio. Espero que le salga una daga increíble.
—Gracias, Milady. Con su permiso, me retiro.
—¿Ya se va? Quería conversar un poquito más.
—Ya es tarde. Que descanse.
Se inclinó con una formalidad bien seca para intentar arreglar su error. La charla se estaba volviendo demasiado larga y cercana. Debió irse hace rato; no debió ni empezar esa conversación inútil. Para enmendarlo, se dio la vuelta rápido.
—Espere un ratito, Sir.
Una voz que lo llamaba apurada lo detuvo por la espalda. Pero él no volteó. Se quedó así, dándole la espalda, esperando lo que ella diría. Annette, que parecía estar dudando, soltó las palabras con cuidado.
—¿Podría venir mañana también?
¿Qué significaba eso? Reingar tragó saliva y se quedó mudo.
—Es que tengo muchas preguntas y no tengo a nadie a quien decirle. Estudiar sola es bien tranca. La pronunciación del triseno es muy difícil…
Ella soltaba razones como quien pone excusas, hablando cada vez más bajito. Él no podía verle la cara porque estaba de espaldas, pero se imaginaba su expresión. Seguro ella sabía que lo que pedía era una locura. Reingar, sorprendido, soltó la respuesta casi por instinto.
—Cuando venga su profesor, pregúntele a él.
Y eso que él sabía perfectamente que no había ningún profesor.
—Mi esposo me va a conseguir un profesor pronto.
Esa mentira tan pobre debió decirla por puro orgullo. Fue como intentar tapar su desnudez con un trapo viejo.
Reingar también lo había hecho una vez, cuando no tenía ni ocho años. ‘Yo también tengo papá. Dijo que vendría por mí pronto’. Se acordó de la vergüenza que sintió después de decirles eso a los nuevos reclutas sin pensar.
Por eso, fue cruel recordarle esas palabras. Fue un intento de alejar a una mujer que se le pegaba como un gato con hambre.
—Eso… en verdad es mentira. No hay ningún profesor.
Si algo le hincó el pecho en ese momento, fue porque él sabía exactamente cómo se sentía la mujer que decía esas palabras.
—Se lo he pedido al Conde un montón de veces, pero no me hace caso. Y eso que ya pasaron casi seis meses desde que llegué. Parece que quiere que viva sorda y muda para siempre.
Esas palabras tan honestas le cayeron como un flechazo. Reingar se sintió como si le hubieran tendido una emboscada y se quedó sin habla por un segundo. ‘No te metas en esto. Mantén tu distancia. Piensa en algo frío para botarla’, se repetía a sí mismo.
—… Pídaselo otra vez a su esposo. El señor es un hombre generoso.
—No. Él no es generoso. Es frío y cruel.
—…
—Él nunca me va a ayudar.
Su voz sonó firme, pero se notaba que estaba temblando. Reingar no pudo evitar acordarse de Gallant Lotte en el banquete: cómo tenía a su joven esposa sentada ahí como si fuera un mueble, mientras él se reía y hablaba como si nada.
Si en medio año no le había enseñado ni a hablar, no había ninguna esperanza de que lo hiciera después. Que Annette no pudiera ni oír ni hablar… eso era exactamente lo que el Conde quería.
¿Por qué será? Reingar no lo entiende, pero eso no es lo importante. Para él, lo único que vale es lo que su señor quiera. No puede hacer nada que vaya en contra de esa voluntad.
Por eso, desde el saque, no debió haberle dado ese maldito diccionario.
—Yo quiero aprender el idioma. Si voy a vivir aquí, tengo que saber triseno. Por favor, ayúdeme, Sir.
Esa voz que venía desde atrás se le enredó en los tobillos. Subió por sus piernas como una enredadera hasta apretarle la cintura. ‘¿Qué haces ahí parado? ¡Lárgate de una vez!’, le gritaba una advertencia al oído, pero Reingar no podía moverse.
—Usted es el único que habla conmigo. Es el único que me ha dado una mano. No tengo a nadie más a quien pedirle esto.
Él sabía que esa mujer veía en él una esperanza. Como alguien atrapado en la oscuridad que reacciona ante un puntito de luz. La gente desesperada se aferra con todas sus fuerzas hasta a la mínima ilusión. Tal como él lo hizo con Erich cuando era chiquito.
—Solo lo tengo a usted.
‘¡Maldita sea, muévete ya!’.
Reingar tomó aire y volteó hacia ella. Miró de arriba abajo ese rostro que le suplicaba con el alma. Esos pelitos que se le rizaban en la frente… el encaje de su vestido… Ignoró todo lo que se metía a la fuerza en su vista y le clavó la mirada en los ojos.
—Parece que hay un malentendido. Yo nunca he ayudado a la Condesa.
Lo dijo bien frío, cerrando y abriendo los ojos despacio. Ya era hora de desenvainar la espada. Tenía que dar un tajo seco y cortar por lo sano. Ya había metido la pata demasiadas veces, así que tenía que arreglarlo ahora mismo. Reingar apretó la mandíbula y siguió hablando.
—Si no le conté al Conde lo que pasó, fue por consideración a él. No quería darle preocupaciones, por eso me quedé callado. Si de verdad hubiera querido ayudarla a usted, la habría dejado escaparse ese día.
La vela que Annette cargaba tembló fuerte. Ella intentó ocultar su impresión, pero Reingar vio clarito su decepción. Eso significaba que su ataque estaba funcionando.
—Pero usted me buscó el diccionario. ¿Eso no fue ayudarme?
—Fue un error.
—¿Un error?
—Fue un error porque todavía no sabía qué era lo que mi señor quería. Si lo hubiera sabido, no habría movido ni un dedo.
—¿Y qué es lo que su señor quiere?
—Usted misma dijo que él no quiere que aprenda triseno.
Mientras hablaba, no le quitó la vista de encima. Vio el resentimiento, la vergüenza y la desesperación cruzando por sus ojos negros. Podía sentir el calor de esas emociones, pero se hizo el loco. Reingar tenía que ser más cruel todavía. Para que ese gato con hambre se fuera lejos y no volviera nunca más.
—Yo le juré lealtad a Conde Lotte. Si él me manda a pelear, peleó; si me manda a proteger, protejo. Si me pide mi vida, se la doy con gusto.
Él no podía ser la esperanza de esta mujer.
—Si él quiere que usted viva como una sorda, yo tendré que hacer lo mismo.
Bajo ninguna circunstancia eso podía pasar.
—Así que no puedo ayudarla, Condesa. A menos que el Conde me lo ordene, no moveré ni un pelo por usted.
—…
—Con su permiso, me retiro.
Se inclinó con respeto y se dio la vuelta. El corazón le latía a mil y tenía la boca seca; no podía quedarse ahí ni un segundo más. Se fue sin fijarse si ella lo miraba con odio, si tenía los ojos llenos de rabia o si ya estaba lo suficientemente herida.
Fue justo en ese momento que ella soltó las palabras de la nada.
—Lo voy a esperar.
Reingar no podía creer lo que escuchaba.
—Voy a estar aquí todas las noches a las 9.
Era una voz pequeñita pero bien clarita. No temblaba de cólera ni sonaba a llanto. Reingar sintió un vacío y se quedó helado; parecía que todo su ataque no le había hecho ni cosquillas.
¿Que lo va a esperar aquí? ¿Que va a venir todas las noches a pedirle que le enseñe triseno? ¿Y si alguien los ve, qué?
‘Esta mujer… ¿a quién quiere matar?’.
—Haga lo que quiera.
respondió cortante y apuró el paso.
El corazón le saltaba en el pecho por miedo a escuchar algo más. Mientras caminaba a zancadas hacia la salida, se repetía por lo bajo: ‘No escuches. No mires. Mantén tu distancia’.
‘No vuelvas a sentir lástima ni a preocuparte por ella nunca más’.
Reingar salió disparado de la biblioteca hacia las escaleras. El pasillo estaba vacío y no se oía nada, pero él seguía atento a cualquier rastro a su alrededor. Recién cuando entró a su cuarto y cerró la puerta, soltó un suspiro largo, como sacándose todo el aire que tenía guardado en el pecho.
¡Fuuu!.
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