Annette - 22
El silencio se estancó en ese espacio cerrado. Gracias a las dos luces, ahora estaba más iluminado que antes. Reingar miró a la mujer que estaba parada cerca de la entrada y luego bajó la vista. Como ella le había hablado primero, ahora le tocaba a él abrir la boca.
Lo que debía decir estaba cantado: ‘Con su permiso me retiro, que descanse’, largarse de ahí. Eso era lo correcto.
—¿Es un libro de lengua común?
Pero, ¿por qué diablos intentó seguirle la corriente con una conversación inútil?
Señaló con la mirada el libro que ella llevaba en brazos y Annette soltó un ‘Ah’, como sorprendida. En el momento en que ella abrió los labios, Reingar entendió por qué le había hablado.
Era como pagar una deuda. El hecho de haber hablado triseno en el banquete, dejándola de lado a ella y a los demás, se le había quedado atracado como un remordimiento.
Annette lo miró fijo, como si la pregunta la hubiera tomado de sorpresa, dijo:
—Es un libro en triseno.
Levantó el libro para enseñarle la portada: Historia y técnicas de los torneos ecuestres. A Reingar le dio un poquito de risa, pero se aguantó. También se tragó la broma de preguntarle si pensaba participar en la próxima competencia.
—Va rápido, Milady. Ya está leyendo libros así.
—No entiendo ni una línea sin el diccionario. Pero pensé que para aprender la gramática, lo mejor era estudiar con un libro.
Reingar asintió. Para aprender un idioma hay que dominar el orden de las palabras y su uso; con solo buscar términos en el diccionario no se llega muy lejos.
—Pero creo que elegí uno muy tranca. No puedo leer nada.
—Debe ser porque es un libro aburrido.
—¿Usted lo ha leído, 경 (Sir)?
—No pasé de la página veinte.
Ante su respuesta en broma, ella sonrió. Al reír con los labios juntos, sus mejillas se pusieron redonditas. Cuando sus ojos se achicaron un poco por la risa, Reingar se quedó helado por dentro; recién ahí se dio cuenta de que era la primera vez que la veía sonreír.
‘Así que así se ríe. Como una niñita’.
La risa tiene un poder raro: derrite la incomodidad y la distancia. Por eso, Reingar puso la cara tiesa a propósito para no reírse también. Él tenía que mantener la distancia y la frialdad con esta mujer.
Esa sonrisa, en lugar de relajarlo, activó sus alarmas. Pensó que ya había hablado suficiente, ya había pagado su deuda y era hora de irse. Después de todo, no era buena idea estar a solas con una gran dama en un lugar cerrado.
—Bueno, yo…
—¿Podría buscarme un libro más fácil? Algo que yo pueda leer.
La condesa lo interrumpió mirándolo fijo. Reingar se sintió en un aprieto, pero terminó asintiendo. A las mujeres y a los niños hay que protegerlos y ayudarlos; ignorar el pedido de una dama no era propio de un caballero.
‘Es la esposa de mi señor. Buscarle un libro no me quita nada’.
Se acordó de algo preciso y se dio la vuelta. Empezó a caminar entre los estantes y ella lo siguió. No entendía por qué venía detrás, pero no dijo nada. Decirle que se quedara ahí parado también era medio incómodo.
Buscó un libro que él mismo había guardado hace unos días y luego fue hacia la sección de lengua común. Con la luz de la vela, revisó los lomos de los libros y eligió el segundo sin problemas. Todo fue tan fluido que, al entregarle los libros, se sintió un poquito orgulloso de sí mismo.
—Biografía del Rey Sabio.
Annette leyó el título en lengua común. Su voz era pequeñita, como un soplo de aire.
—Es el original y la traducción. Como dicen lo mismo, le será más fácil que estar buscando en el diccionario a cada rato.
—¡Ah, qué buena idea!
Ella levantó la cabeza y le sonrió aún más que antes. Abrió los labios y dejó ver un poco sus dientes blancos. Reingar retrocedió un paso, esquivando esa sonrisa brillante como si fuera una espada o un hacha que lo fuera a herir.
—Gracias.
—No es nada, Milady.
Después de responder con respeto, dio otro paso atrás. Ya le había dado los libros, era el momento de despedirse, pero la condesa no lo dejó.
—¿Cómo es que sabe tanto?
—……
—Conoce este lugar al revés y al derecho. Hasta me ayudó con el diccionario el otro día. Yo me pasé meses buscando y no encontré nada.
—……
—¿Con quién aprendió la lengua común? ¿Acaso hay gente del pueblo que contrata profesores para sus hijos?
Ante la ráfaga de preguntas, Reingar se quedó mudo. No sabía por dónde empezar o si debía responderle todo. Le incomodaba que Annette no supiera nada de él, pero al mismo tiempo le gustaba.
Parece que ella ni siquiera sabía que él no tenía apellido. Ni que sobrevivió gracias a la caridad de los señores. Y mucho menos que podía tener la misma sangre que el Conde.
Para ella, él era simplemente Sir Reingar. Ni el hijo de una empleada, ni un bastardo; solo un caballero de origen humilde.
Al pensar eso, sintió que se quitaba un peso de encima. Miró a la mujer y, sin saber por qué, se sintió seguro de sí mismo frente a la única persona en todo el castillo que no conocía su pasado.
—Esos libros los usé cuando yo estaba aprendiendo. Estudiaba junto al profesor de Sir Erich.
—¿Erich? ¿Se refiere al hijo fallecido de Conde Lotte?
—Así es.
Annette lo miró sorprendida y luego bajó la vista con tristeza. Reingar se quedó mirando la sombra de sus pestañas largas bajo la luz de la vela; se veían más oscuras que su cabello. Sus ojos, que bajo el sol eran de un azul clarito, ahora se veían casi negros.
—Parece que eran muy amigos.
Ante esa pregunta delicada, Reingar respondió con un silencio que decía que sí. No le contó que habían tomado la misma leche de la misma teta. Ni que estuvieron juntos 23 años desde que estaban en brazos de la nodriza. Tampoco le dijo que fue él quien encontró su cuerpo en el campo de batalla, que solo aceptó que estaba muerto cuando le sacó la daga del cuello y vio que ya no salía sangre.
Eran así de amigos. Tanto que hasta intentó negar lo evidente.
—¿Se lastimó la mano entrenando?
Esa pregunta de la nada hizo que Reingar la mirara otra vez. Recién cuando ella señaló su mano vendada, entendió a qué se refería. ‘Qué rápido cambia de tema esta mujer… y qué preguntona es’, pensó.
Le dio un poquito de risa, pero quedarse callado dos veces seguidas ya era una falta de respeto. Tampoco quería mentirle. Si decía que se hirió entrenando, iba a quedar como un tonto, ¿no? Y él, después de todo, era un caballero.
—No es nada. Solo una quemadura leve.
—¿Una quemadura? ¿Y eso cómo fue?
—Por agarrar un tizonero caliente.
—¿Un tizonero…?
‘Mejor hubiera dicho que me herí entrenando’
pensó Reingar con un poco de arrepentimiento. Mientras más explicaba, más larga se hacía la historia.
—Pero estamos en julio… ¿Acaso la gente de por aquí usa la chimenea en pleno verano?
Annette ladeó la cabeza con una cara de duda total. Al ver esa expresión tan inocente, Reingar no pudo evitar soltar una risita. ‘¿Chimenea en verano?’, se preguntó ella; se notaba que hasta a ella le sonaba raro lo que decía, pero era lógico que no supiera que un tizonero se puede usar en otros lados. Es una princesa, después de todo.
—En la herrería se prende fuego hasta en el verano más fuerte.
—Ah, la herrería… ya veo. ¿Y por qué usted andaba prendiendo fuego ahí, Sir?
—Porque para forjar una daga se necesita fuego.
—¿Usted mismo fabrica sus dagas?
Annette arrugó el entrecejo, como si cada vez entendiera menos. Tenía una mirada que mezclaba curiosidad con sospecha, igualita a la de un gato. Reingar ya lo había pensado antes, pero ahora estaba seguro: se parecía a los gatos que rondaban por el campamento militar, eso lo puso de buen humor.
—No sé si me saldrá bien. Es la primera vez que lo intento.
—Parece que también ha aprendido el oficio de los herreros.
—Solo de mirar por encima del hombro, nada más.
—¡Qué increíble!
Annette abrió la boca redondita, toda admirada. Él no sabía qué tenía eso de increíble, pero no se sentía nada mal escucharlo.
—Ahorita mismo debería estar allá, pero como tengo la mano así, regresé temprano. Y como no tenía nada bueno que leer en mi cuarto…
Soltó ese comentario sin querer, solo para justificar por qué estaba ahí a esas horas. Quería dejar claro que no había venido esperando encontrársela, ni mucho menos porque tuviera curiosidad de saber cómo estaba ella. Era una excusa para curarse en salud.
‘¿Hablé demasiado?’. Justo cuando cerró la boca decidido a irse por fin…
—Ese ruido que se escuchaba por las noches… ¿era usted?
Annette le robó la oportunidad de despedirse una vez más.
Esos ojos redondos lo miraban fijo. Él bajó la vista para esquivar esa mirada tan intensa y, sin querer, se quedó mirando sus labios. Los vio entreabiertos, ese pequeño espacio entre sus labios carnosos y el blanco de sus dientes se le quedó grabado en la cabeza como una fotografía.
—El sonido del martilleo. Hace unos días que lo escuchaba por las noches y me parecía raro. El herrero siempre hace ruido solo de día.
—Si le molesta, no lo haré más.
—No, para nada. Me gustaba.
¿Le gustaba? ¿Y qué tenía eso de bueno? Reingar levantó la vista para mirarla de nuevo. Su rostro tenía un brillo y una vitalidad que no sabía de dónde salían.
—Me gusta el sonido. Parece el de una campana.
—……
—Es mejor que el silencio. Cuando todo está demasiado callado, parece un cementerio.
—…
—No deje de hacerlo, por favor. De verdad me gusta mucho.
Lo decía con tanta fuerza que casi parecía que le estuviera suplicando. Y no era solo eso; hoy Annette estaba siendo demasiado amable con él. ‘Qué increíble’, ‘Me gusta’, ‘De verdad me gusta’… Tantos cumplidos juntos ya se sentían raros.
Recién ahí, Reingar se dio cuenta de que algo no andaba bien.
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