Annette - 21
—Si tan solo supiera montar a caballo…
Annette frunció el ceño soltando un suspiro de frustración. Como casi todas las mujeres de la alta alcurnia, ella no tenía ni idea de cómo montar sola. Los caballos grandes le daban miedo y, además, pensaba que eso de sentarse con las piernas abiertas como los hombres se veía feo. En el palacio real, siempre había tenido a su disposición carruajes cómodos y seguros.
Pero ahora se arrepentía. Debió aprender equitación.
Annette no podía escapar solo con sus propias fuerzas. Aunque lograra salir del castillo de alguna forma, para llegar lejos necesitaba sí o sí un carruaje y un chofer. Por eso, ¿qué tan bueno sería si supiera montar? Si tuviera a alguien que llevara las riendas, moverse sería mil veces más fácil.
De pronto, se le ocurrió una idea que la dejó sin aliento. Mirando al hombre sobre el caballo grande allá en medio del campo, se puso a imaginar… se imaginó a ella misma subida en ese mismo caballo, huyendo con él.
—… Qué locura.
Aunque lo decía en voz baja, no podía quitarle los ojos de encima. Sabía que era una fantasía absurda, pero en su vida ya habían pasado demasiadas cosas imposibles. Que el reino cayera, que su padre muriera, que la llevaran a un convento y luego la arrastraran hasta el lejano sur… nada de eso se lo hubiera podido imaginar jamás. Incluso pensó que sería imposible robarse un vestido de empleada y salir del castillo, pero lo hizo.
‘O sea que, esta vez también podría intentarlo, ¿no?’
Annette empezó a analizar las cosas con calma. Reingar no le contó al conde que ella intentó escapar. Aunque era un malcriado, parecía que le tenía lástima. Incluso, le trajo un diccionario a propósito para que aprendiera el idioma de Trissen.
—El diccionario… de verdad estaba aquí.
No era tonta, se daba cuenta de las cosas. En esa mansión, ella era la única que necesitaba ese libro. Notó cuando el hombre se puso nervioso al tratar de ocultarlo, y se dio cuenta de cómo esperó con paciencia hasta que ella dejó de llorar. Incluso se arriesgó a que alguien lo viera en una situación comprometedora. Por eso…
‘Él me tiene lástima’
—Proteger al débil es el deber de un caballero. La compasión es tan importante como la lealtad.
¿Podría la compasión ser un arma?
Annette sabía muy bien lo importante que era la lealtad para los caballeros ungidos. Sin embargo, había visto a muchos romper sus promesas de fidelidad. Hasta el vasallo más leal de su padre y el mejor caballero de la casa real lo hicieron. Ella había aprendido a la fuerza que no se puede confiar en ningún juramento en este mundo.
Quizás la compasión no fuera un arma letal, pero era lo único que Annette tenía a la mano.
—No le informó al conde y cumplió su promesa.
‘Ese hombre guardó el secreto porque le di pena. Dejó de lado la lealtad a su señor por un momento. Entonces, si nos hacemos más cercanos, quizás me ayude. Quizás se haga de la vista gorda para que esta pobre infeliz encuentre una salida’
Un amigo.
—Se lo digo claramente: no vaya a cometer ninguna estupidez.
‘Pero, ¿acaso ese hombre me dará una oportunidad?’
—Porque es imposible.
Annette se mordió el labio inferior con fuerza.
Ya iban seis meses de este matrimonio a la fuerza. Si no salía de este castillo, viviría como una prisionera hasta el día de su muerte. Se terminaría acostumbrando a los desprecios y maltratos de sus enemigos. Annette odiaba esa idea; prefería morirse mil veces.
Quería demostrarles que, antes que arrodillarse, era capaz de quitarse la vida. Quería que supieran que, aunque fuera débil, no era una cobarde, y que la gente de Roanne no se rinde así de fácil.
—No puedo… no puedo morirme así nomás.
En el momento en que lo susurró, se dio cuenta. Se dio cuenta de por qué no se había matado todavía. Por qué todas las noches se subía a esa silla solo para terminar bajándose temblando de miedo.
A lo que Annette le tenía miedo no era a la muerte, sino a rendirse. A tirar la toalla de forma patética sin haber hecho nada. Como la última sobreviviente de la familia real que no estaba ni muerta ni presa, no podía simplemente colgarse del cuello así de fácil. Le daba pavor morir y que sus enemigos se quedaran con la última risa y esa sensación de victoria eterna.
—Tengo que hacer algo. Tengo que demostrarles… lo que sea.
Por eso se escapó del castillo para ir a buscar a su hermano. Más que el reencuentro con su propia sangre, Annette ansiaba ver lo que pasaría después de su fuga: la cara de furia del conde, el shock de los vasallos, a Volker con la boca abierta y a Dietrich reclamándole a la guardia. Hasta se imaginaba la cara del emperador al enterarse de que la princesa había desaparecido.
Esa ganas de armar un chongazo fueron las que la empujaron a ese escape desesperado. Debajo de la nostalgia por su hermano, lo que había era puro deseo de venganza. Ese rencor, como una serpiente, fue la verdadera razón por la que se robó la ropa de la empleada.
Quizás, esa era la verdadera razón por la que los dioses la habían mandado a este lugar.
—Voy a escapar. Voy a escapar sí o sí y voy a hacer que este castillo se ponga de cabeza.
Apretando los dientes, Annette se quedó mirando el campo de entrenamiento de sus enemigos. Clavó la vista en la fila de jinetes y luego la pasó al hombre del caballo negro. Se quedó mirando su porte grande, su postura recta y la naturalidad con la que se movía sobre el animal hasta que le ardieron los ojos.
‘Usa a ese hombre. Haz que te tenga más lástima. Haz que abra su corazón para que te muestre su lado más débil’
Si pudo robarse un vestido, también podía robarse el corazón de ese hombre.
—Haaa…
Soltó de golpe el aire que estaba reteniendo. Dentro de su pecho, el corazón le latía como loco. No sabía si esos latidos eran de esperanza o de puro miedo. Sentía que había dado un paso más hacia el borde del abismo, pero ya no podía retroceder.
Daba igual si terminaba cayendo o volando.
El hombre del caballo negro seguía ahí, bajo la luz fuerte. El sol de la tarde de verano calentaba cada vez más. Era julio. Había pasado exactamente un mes desde que falló en su primer intento de fuga.
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No había ni un alma en la biblioteca.
Reingar se quedó un rato dudando en el pasillo hasta que abrió la puerta. Al ver esa oscuridad total, soltó un suspiro de alivio. Incluso después de entrar y cerrar, se quedó escuchando un momento más. Solo cuando confirmó que no se oía ni el paso de un ratón, empezó a caminar mientras pensaba:
‘Qué bueno. Menos mal que no hay nadie’.
La llama de la vela temblaba, haciendo que las sombras bailaran por todos lados. La venda blanca en la mano con la que sostenía el candelabro le estorbaba a la vista. Al apretar el puño, sintió un hincón en la herida bajo la venda. No era nada del otro mundo, pero no iba a sanar del todo antes del torneo.
‘Hacerme daño en la mano derecha a tres días de la competencia…’
soltó una risita amarga de lo absurdo que le parecía.
Ya iban cinco días sin ver a la condesa.
Como no tenía la personalidad para andar preguntando ‘así como jugando’ si ella estaba bien, Reingar empezó a alucinar cosas. Se imaginaba que ella se había escapado del castillo y que el conde había ordenado silencio absoluto. O que se había matado y lo estaban manteniendo en secreto. Eran ideas locas, pero no le parecían tan descabelladas; después de todo, él mismo la había visto salirse del castillo por su cuenta.
—¿Me puedes matar sin que me duela?
Sea como sea, esa mujer no se le salía de la cabeza.
Por eso, hoy aprovechó su descanso para volver un rato a la mansión. Se puso a dar vueltas por la biblioteca y el jardín como quien no quiere la cosa, pero no vio ni un pelo de ella. ¿Se pasaría todo el día encerrada en su cuarto? No tenía sentido que, viviendo en la misma casa, no se hubieran cruzado ni una vez.
‘Si se hubiera escapado, el señor ya habría mandado a buscarla… así que debe estar muerta’
Andaba perdido en esos rollos mientras estaba frente a la chimenea y terminó metiendo la pata. Recién reaccionó cuando se quemó la mano con el atizador caliente.
Pero qué va. El hecho de haber venido hasta aquí a estas horas de la noche era señal de que todavía no reaccionaba bien.
—Después del banquete, el único que viene aquí soy yo.
Caminando entre los estantes oscuros, pensó que era una suerte. Que era mejor que ella no estuviera ahí. No sabía qué clase de estupidez estaba haciendo: venir con la esperanza de encontrársela, para luego sentirse aliviado de que no estuviera.
Puso el libro que trajo de excusa en su sitio y dio media vuelta al toque. ‘Ya, mejor me voy a mi cuarto, me quito la ropa y me tiro a la cama. Dormiré rico en esas sábanas de lujo y listo. En cuatro días será el torneo y ahí me enteraré de la verdad: si se escapó, si se murió o si simplemente estaba ahí’.
Justo cuando terminaba de ordenar sus ideas y abría la puerta de la biblioteca, Reingar pensó que estaba viendo visiones.
Ella estaba ahí, parada en el pasillo. Como si fuera mentira.
Annette, que también llevaba un candelabro, se asustó un poco y lo miró hacia arriba. Al encontrarse con esos ojos grandazos, Reingar sintió un alivio inmenso. Sin tiempo para procesarlo, su corazón se tranquilizó antes que su cabeza y se puso a examinarle la cara. Estaba delgadita, pero se veía entera, sin ningún rasguño.
‘Está bien’
Fue un momento fugaz. El corazón apenas llegó a latir un par de veces.
Se quedaron mirándose en silencio, cada uno con su vela a la altura del pecho.
Annette, como otras veces, estaba con ropa cómoda, de esas de antes de dormir. Bajo su bata, la tela blanca brillaba como si fuera un fantasma. Su trenza le caía por la espalda como un hilo de oro. Hay mucha gente de cabello rubio, pero él nunca había visto un dorado tan brillante y encendido.
‘Será porque es hija de un rey… por su sangre noble’
pensó él, perdiéndose en tonterías hasta que ella habló primero.
—¿Puedo pasar?
Su voz era bajita, pidiendo permiso. Usaba el idioma común con una suavidad que parecía una brisa. Al escucharla, Reingar retrocedió para dejarla entrar. Lo lógico hubiera sido salir y dejarle el espacio, pero se arrepintió apenas se dio cuenta de que se había metido más adentro de la habitación.
Click.
Annette entró y cerró la puerta de la biblioteca tras de ella.
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