Annette - 20
—¡Posición! ¡Enderecen la espalda!
Frente a la caballería formada en línea, Reingar soltó un grito que retumbó en todo el lugar. Movió su caballo lentamente, recorriendo la fila y revisando la postura de cada uno. Si veía a alguien un poco encorvado, le gritaba todavía más fuerte; al toque, todos los soldados se ponían tensos y se corregían.
—¡Esas lanzas bien rectas!
El entrenamiento de la caballería se hacía en el campo, fuera de las murallas. A lo lejos, unos muñecos de paja hacían de enemigos. La práctica consistía en cabalgar a toda velocidad en fila y clavar las lanzas en la paja.
—¡Mantengan la formación hasta el final! ¡Todos a máxima velocidad!
En cualquier táctica básica, lo primero que choca en una batalla es la caballería. Pero Reingar todavía tenía grabada la imagen de lo que vio en Mendel: cómo los fusileros bajaban a los caballos enemigos a punta de balazos, y cómo los jinetes que cargaban hacia ellos se desmoronaban antes de siquiera acercarse.
—¡Al ataque!
Apenas dio la orden, decenas de caballos empezaron a galopar. Las lanzas, extendidas hacia el frente, avanzaron en una sola línea. Reingar miró cómo las puntas se hundían en los muñecos y, por un segundo, tuvo la alucinación de que la paja escupía sangre. Hasta le pareció sentir el olor metálico salpicándole la cara.
Apretó con fuerza las riendas.
Los jinetes que habían dado en el blanco dieron media vuelta para recuperar sus lanzas. Jaren y Ralf se reían, presumiendo su puntería. Reingar miró esas caras, tan ingenuas como las de unos chiquillos, sin ninguna expresión, y luego volteó hacia el castillo del señor feudal.
Era julio. Bajo el sol del verano, el techo de la mansión brillaba con un tono azul oscuro.
En cinco días, este mismo campo sería el escenario del torneo de caballería. Llegarían caballeros ungidos, caballeros errantes y nobles de todos lados. Algunos nobles de la corte que viven en la ciudad imperial ya habían llegado a la mansión. Por eso, Reingar se había quedado sin sitio en el banquete; el comedor del señor solo tiene doce asientos, así que era lógico que lo desplazaran por invitados de mayor rango.
En lugar de cenar con los otros vasallos que también habían sido expectorados, él se iba al comedor de la tropa. Ahí se bajaba dos raciones de un estofado espeso y pan rústico, dejando a los gemelos con la boca abierta. Después de comer, se metía a la herrería vacía por horas a darle al fuelle y al martillo. Bruno le había dado las llaves con gusto cuando él le dijo que quería intentar fabricar una daga.
Por todo eso, ya iban tres días que no aparecía por los banquetes de la mansión. Y, claro, empezó a preguntarse cómo estaría ‘esa mujer’.
‘¿Estará bien?’
—Me han dicho que casi ni sale. Como vive así, sin hacer bulla, las empleadas ya le dicen la ‘señora fantasma’
Y no era exageración, porque en esos tres días él no la había visto ni una sola vez. No sabía si se quedaba encerrada en su cuarto todo el día, salvo para el banquete. Imaginaba que al menos saldría a caminar por el jardín una vez al día, pero él se la pasaba en el cuartel hasta bien tarde. Si no iba al banquete, no tenía forma de confirmar si ella estaba bien.
—A esta hora no viene nadie.
‘¿Irá a la biblioteca?’
Como no había visto ni su sombra en tres días, ya parecía que de verdad era un fantasma.
Los invitados importantes se quedarían hasta que terminara el torneo. Eso significaba que Reingar tendría que esperar como una semana para volver a entrar al comedor. Cada vez que lo pensaba, le entraba una ansiedad rara, y no era solo por el miedo de que una prisionera con antecedentes de fuga intentara algo de nuevo.
‘Está con un montón de nobles extraños, ¿estará bien? ¿Alguien se estará burlando de ella o tratándola mal? Bueno, igual ella no entiende nada, así que da lo mismo, ¿no?’
Qué chistoso. Le preocupaba que ella sufriera algún desplante en su ausencia, como si todo este tiempo él hubiera sido su protector. Como si el solo hecho de sentarse a su derecha hubiera servido de escudo.
‘Qué ridículo eres. ¿Acaso tú le has hablado aunque sea una vez? ¿La has saludado con educación o la has mirado a los ojos? Eres igualito a los que la tratan como a un fantasma’
—¡Formación!
les gritó a los jinetes que regresaban. El grito fue tan fuerte que sonó medio histérico.
—¡Lanzas arriba!
Los soldados manejaron sus caballos rápido para alinearse. Algunos se demoraron un poco y a Reingar le dio un arranque de cólera. A diferencia de otras veces, no se aguantó y les pegó un grito:
—¡¿Qué pasa?! ¡¿Están en las nubes?!
‘Reacciona, carajo. No puedes estar pensando en tonterías en pleno entrenamiento’
Mientras los soldados, todos tensos, se alineaban, Reingar desvió la mirada. Se quedó viendo el camino que cruzaba el campo hacia el castillo. Los granados todavía tenían flores anaranjadas y los higos ya se estaban poniendo oscuros de tan maduros. El día del torneo, la gente se treparía hasta en las ramas de esos árboles; para ver la competencia, no había mejor sitio que uno alto.
Para la gente del pueblo, que casi no tiene distracciones, el torneo de caballería era el evento del año. ¿Dónde más iban a ver caballeros con armaduras brillantes y cascos, o nobles con ropas de lujo? Vendría gente de todos los pueblos cercanos hasta que el sitio estuviera reventando.
Además, sería la primera vez que la nueva Condesa Lotte se mostraría en público. La Princesa de Roanne despertaba la curiosidad de todos. Pero, ¿estaría bien que saliera al campo de juego? Podría haber alguien que le tuviera sangre en el ojo por ser la hija del tirano.
‘La guardia se encargará de eso. No es tu problema’
—¡Al ataque!
ordenó con voz potente mientras apretaba los dientes.
Decenas de jinetes salieron disparados haciendo temblar el suelo. Reingar se quedó mirando hasta el final cómo clavaban las lanzas en la paja, atravesando esos pechos de un solo golpe con las puntas largas y afiladas.
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Annette seguía con la mirada a los caballos que corrían en mancha de derecha a izquierda. Desde donde estaba, esos caballos musculosos y los hombres armados se veían chiquititos. Los jinetes con sus lanzas largas parecían soldaditos de juguete vistos de lejos.
—Menos mal que subí.
Annette estaba sentada encima de una cómoda que tenía una funda para el polvo. Ese mueble, puesto justo al lado de la ventana, tenía la altura perfecta para ella, así que lo usaba siempre como silla. Podía quedarse ahí sentada mirando hacia afuera y se le pasaba media tarde en un abrir y cerrar de ojos.
Desde el ático, en el último piso de la mansión, se veía clarito todo lo que había más allá de las murallas. Como era un lugar donde guardaban muebles viejos y adornos que ya nadie usaba, nadie subía por ahí. Annette venía seguido a pasar el rato y, mirando los campos fuera del castillo, se imaginaba a sí misma logrando escapar. Lástima que su éxito real solo duró un suspiro.
—Por culpa de ese hombre todo se arruinó.
refunfuñó sin mucha mala leche, mientras miraba al hombre allá a lo lejos en el campo.
Aunque estaba lejos y su cara se veía pequeña, Annette lo reconoció al toque. Sabía que el jinete montado en el caballo negro era Reingar.
Incluso le llegaban los ecos de sus gritos. No entendía qué decía, pero se notaba que estaba bien malhumorado. Por el tono de fastidio que tenía, parecía que algo no le estaba saliendo como quería. ‘¿Será que sus soldados no le hacen caso? ¿Por qué se pica tanto?’, pensó.
—Qué tal genio que se maneja.
Al decir eso, soltó una risita. Con esa sonrisa todavía en los labios, siguió observándolo.
Desde que Reingar regresó, la rutina de ella había cambiado un poquito. Todas las mañanas, desde las diez, se ponía a mirar cómo él entrenaba a los espadachines. Veía cómo cien hombres se movían al mismo tiempo siguiendo sus órdenes, y cómo él mismo les ponía el ejemplo o les corregía la postura.
En el cuarto de Annette había una ventana que daba hacia el cuartel, así que se veía muy bien el patio de entrenamiento. Había perdido el interés después de aprenderse de memoria la ubicación de los puestos y los horarios de práctica, pero desde que llegó ese hombre, volvió a ‘chismosear’.
Se fijaba en qué cara ponía cuando hacía de instructor. En cómo le brillaba el cabello negro bajo el solazo. Y en cómo, cuando sonreía de vez en cuando al terminar el entrenamiento, sus ojos, que siempre parecían achinados y serios, se relajaban un poco.
‘Así que se ríe así… como un chiquillo’
Pero hoy, como él estaba lejos del castillo, no alcanzaba a ver esos detalles.
El hombre montado en el caballo negro se veía imponente. No necesitaba una armadura lujosa ni una capa elegante para tener porte; tenía esa seguridad que solo tienen los que tienen poder y no le temen a nada ni a nadie.
Y la verdad es que ese hombre sí tenía la fuerza y la capacidad para ser así. Debía ser muy bueno con el caballo y la espada, y seguro que peleaba muy bien. Se notaba que podía matar a alguien hasta con las manos vacías.
Annette recordó la fuerza con la que él le había agarrado el brazo. Se acordó de cómo su mano grande le había aplastado los labios, y cómo le tapó la boca y la nariz al mismo tiempo, dejándola sin aire. Mientras lo pensaba, ella misma abrió la palma de su mano y se tapó la boca y la nariz. Sintió el frío de su propia mano contra la cara.
‘Ese día, su mano estaba caliente’
Justo cuando estaba por bajar la mano tras ese pensamiento innecesario, el hombre volteó hacia donde estaba ella.
Annette se puso nerviosa al instante y se quedó tiesa. Sintió que el corazón se le salía, como si él la hubiera visto haciendo esa tontería o como si la hubiera ampayado mirándolo a escondidas. Aunque era imposible que él la viera desde tan lejos, tuvo la sensación de que sus ojos la habían captado con total precisión.
—… Qué tontería.
Se regañó a sí misma y bajó rápido la mano con la que se tapaba la boca. Aun así, su cuerpo seguía tenso y el corazón le latía a mil. Podía distinguir claramente el rostro del hombre que miraba hacia su dirección. ‘¿A dónde estará mirando?’, se preguntó mientras veía su cara sin expresión. Al poco rato, él apartó la vista y volvió a prestarle atención a sus soldados.
Annette se quedó mirando cómo él manejaba el caballo con total destreza. Se fijó en su espalda ancha, en su postura recta y en su cabello negro azabache. Recorrió con la mirada la espada que llevaba cruzada y el mango que sobresalía de su hombro.
Se acordó del momento en que él le quitó el sombrero con esa misma espada, pero decidió que ya era suficiente de andar pensando en cosas que no vienen al caso.
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