Annette - 2
Decir que había descubierto a una ‘mujer’ tal vez no era la expresión exacta. Lo primero que captó su atención fue el gorro que ella llevaba. Un gorro blanco impecable, de un blanco tan puro que casi tiraba a azulado, que se acercaba hacia él.
La mujer venía caminando sola, dándole la espalda al castillo del señor feudal. Al igual que él, que cabalgaba solo hacia el castillo. Como ambos recorrían el mismo camino, era imposible no cruzarse. ¿Quién será?, pensó Reingar, mientras observaba a la mujer que avanzaba con la cabeza gacha.
Se dio cuenta al toque de que era una empleada del castillo. En parte porque Reingar había nacido allí y vivido en ese lugar por veintitrés años, pero la verdad es que cualquiera con un poco de ojo se habría dado cuenta.
Ese gorro blanco… No había ningún plebeyo que usara un gorro tan limpio y blanco. Solo las empleadas del señor feudal.
Por culpa de ese gorro, no se le veía nada de la cara. Se lo había puesto tan apretado que no se escapaba ni un pelo. Aunque era obvio que escuchaba el sonido de los cascos del caballo, no levantaba la cabeza; parecía que lo hacía a propósito.
La mujer parecía decidida a no hacer contacto visual, ese empeño por evitarlo solo hizo que Reingar se pusiera más alerta.
La guerra aún no terminaba. El emperador, que ya había tomado el centro y el este, mandó emisarios para pedir la rendición, pero los dos grandes señores feudales todavía no respondían. Si Alonso, del centro-oeste, Glen, del norte, se aliaban para resistir, Trisen tendría que seguir en guerra, Reingar, que acababa de volver a su tierra, tendría que regresar al campo de batalla.
Una mujer sospechosa. Una mujer que caminaba por el borde del camino como queriendo sacarle el cuerpo. Con la mirada fija en ese gorro blanco, Reingar dejó de lado por un momento el cansancio y el alivio de haber vuelto a casa.
—Detente.
Habló cuando la mujer estaba a unos diez pasos de distancia. Ella se plantó en seco, pero siguió con la cabeza agachada. Eso la hacía verse más sospechosa todavía. Reingar no bajó la guardia.
—¿Eres una empleada del castillo?
—…….
—Levanta la cabeza.
—…….
—¿Acaso eres sorda?
La mujer no soltó ni una palabra, como si fuera muda. Pero por cómo temblaba de pies a cabeza, era obvio que sorda no era. ¿Qué se traerá entre manos para no querer abrir la boca?, pensó Reingar, mientras la escaneaba con la mirada, evaluando si podía ser una espía.
Pero, ¿por qué mandarían una espía justo aquí? Conde Lott era el asesor financiero del emperador, no sabía nada de temas militares. Por más que lo pensaba, la idea no cuajaba, pero no podía dejar pasar así de fácil a una mujer tan sospechosa.
Así que Reingar se bajó del caballo. Aunque vestía ropa común de viaje, nunca se separaba de la espada larga que llevaba en la espalda ni de las dos dagas que cargaba en la cintura.
Se acercó a ella y se detuvo a unos tres pasos. Si desde el caballo se veía pequeña, de pie frente a él no le llegaba ni al mentón. Sus manos, que apretaba con fuerza, eran sorprendentemente blancas y finas.
—Levanta la cabeza. Es la última advertencia.
Al decírselo en voz baja, la mujer empezó a temblar como una hoja. Reingar no podía creer que, aun así, se negara a mirarlo. ¿A qué juega?, se preguntó. Llevaba más de un mes cabalgando, estaba a punto de llegar a su casa después de un año fuera y no tenía paciencia para seguir discutiendo con alguien que lo ignoraba.
Sin pensarlo dos veces, estiró la mano y desenvainó la espada de su espalda.
Apenas sacó el arma, inclinó la hoja apuntando a la cabeza de ella. Usó la punta de la espada para quitarle el gorro de un movimiento, la mujer, del susto, levantó la cabeza de golpe. Por fin, Reingar pudo verle la cara.
Unos ojos azules lo miraban aterrados. El cabello rubio que estaba escondido bajo el gorro cayó sobre sus hombros. ¿Habrá sido su imaginación o de verdad ese cabello ondulado olía a flores? Sin darse cuenta, Reingar clavó la vista en los labios de ella, unos labios carnosos que estaban entreabiertos por la sorpresa.
Todo pasó en el instante en que el gorro blanco volaba por los aires antes de caer al suelo.
Ambos se quedaron mirando fijamente. El sol de inicio de verano iluminaba con fuerza el campo. Bajo esa luz, las pupilas casi transparentes de la mujer se veían de un azul claro. Reingar pensó por un segundo que eran hermosas, pero de inmediato desechó ese pensamiento y bajó la mirada. Notó las pecas salpicadas sobre su nariz blanca.
Era un rostro que nunca había visto. ¿Será una empleada nueva?. Como se había ido del castillo hacía un año, era normal que hubiera gente que no conocía. Reingar se dirigió a la mujer, que había bajado la vista para evitarlo.
—Identifícate.
Era joven. Tendría unos diecisiete, a lo mucho diecinueve años. Un vello muy fino brillaba sobre sus mejillas blancas y delicadas. Y sus labios… otra vez se quedó mirando cómo se movían, como si dudaran en hablar.
—Yo soy…
En cuanto la mujer soltó esa frase corta, Reingar frunció el ceño. Había sido solo una palabra cortada, pero la pronunciación era clarísima. Él conocía bien esa entonación suave típica de la lengua común y la forma en que los labios se redondean al decir ‘yo’.
En el Castillo de Lott, solo había alguien que hablaba la lengua común. No le quedó de otra que presentir quién era la mujer que tenía enfrente.
—¿No sabes hablar triseno?
Aun así, no le habló con respeto, quizás esperando que su presentimiento estuviera equivocado.
—Usted… ¿sabe hablar la lengua del rey?
Cuando Reingar le respondió en el mismo idioma, la mujer abrió los ojos de par en par. Él no dijo nada más, limitándose a mirarla desde su altura. En esos ojos que antes solo reflejaban terror, asomó una extraña mezcla de alivio y esperanza.
¿’La lengua del rey’? Más bien la lengua de un reino caído.
pensó Reingar con una mueca interna. Pero si soltó una risita amarga no fue por cómo ella se refería a su linaje destruido el año pasado, sino por sus manos. Esas manos que apretaba con fuerza por el miedo; eran tan blancas y finas que resultaba increíble.
Qué ciego hay que estar. Mira que ver esto y seguir pensando que es una empleada.
—¿Qué hace una persona de su rango por estos lares?
Reingar tuvo que cambiar el tono. Después de todo, esta mujer era la hija de un rey.
—Condesa.
Y ahora, la esposa de su señor.
Guardó la espada que tenía en la mano en la vaina que llevaba a la espalda. La princesa pareció decepcionada de que hubiera descubierto su identidad tan rápido, aunque no se veía muy sorprendida. En el Castillo de Lott, la única que no hablaba triseno era la nueva condesa.
Ella acababa de escaparse del castillo robando ropa de sirvienta, así que lo más importante para ella ahora era descifrar qué clase de hombre era el único testigo de su huida.
Reingar mantuvo el rostro inexpresivo mientras trataba de adivinar qué pasaba por la cabeza de ella. Al ver que podían comunicarse, la princesa pareció calmarse un poco.
—¿Eres del Castillo de Lott?
—Así es.
—Es la primera vez que veo tu cara. Si fueras un noble viviendo en el castillo, te conocería.
—Entonces debe ser porque no soy un noble.
—Los plebeyos de aquí no hablan la lengua del rey.
—Hay plebeyos que sí saben hablarla.
Él mantuvo el respeto en el habla, pero no fue especialmente servil. No era solo porque ella fuera la princesa de un reino caído o la hija de un tirano. Era por un presentimiento. Una corazonada de que este encuentro le traería un dolor de cabeza terrible.
—¿A dónde se dirige?
En una situación tan absurda como esta, le resultaba difícil ser extremadamente atento, así fuera la mismísima emperatriz.
—Es peligroso salir del castillo sin escolta.
—…….
—Regrese, por favor. Yo la acompañaré.
—No voy a volver.
La princesa soltó esas palabras a duras penas y cerró los labios con terquedad. Reingar bajó la mirada hacia la coronilla dorada de la mujer, que se miraba los pies. Su cabello, lleno de rizos rebeldes, brillaba con salud.
—Yo… voy a ir a ver a mi hermano.
Esto se pone cada vez mejor,
pensó Reingar con una risa silenciosa.
Que él supiera, la princesa tenía tres hermanos. Dos, que eran caballeros, habían muerto; y el segundo, el que sobrevivió, estaba encarcelado. Probablemente a ese tampoco le quedaba mucho tiempo de vida.
—Mi hermano Frederick está en un monasterio. Mi madre en un convento. Antes de morir… solo quiero verlos una vez…
Cuando Kingsberg cayó el año pasado y el rey Delmas murió, sobrevivieron tres miembros de la realeza. El segundo príncipe, la reina y la princesa fueron encerrados en monasterios y conventos por orden del emperador. Eliminar el linaje real de un país conquistado es el procedimiento estándar. En el caso de las mujeres, lo común es que el emperador o sus subordinados las usen para dejar descendencia.
Por eso la princesa terminó casada con Conde Lott. Haberse convertido en la condesa, en esposa legítima y no en una simple amante, era tener muchísima suerte. Reingar escuchó la noticia mientras estaba en el Castillo Mendel tras la última batalla. También supo que el emperador tuvo semejante piedad solo por pedido de la emperatriz.
Por eso, que ella no supiera agradecer esa bendición y cometiera esta locura le parecía una total tontería.
—Ya veo. ¿Y a qué monasterio piensa ir?
Reingar ya no se molestó en ocultar su tono cínico.
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