Annette - 19
Más bien, intentó concentrarse en la comida. En los banquetes del conde abundaban los platos finos y, después de todo, Reingar era un glotón. Pero cada vez que alguien le hablaba y tenía que responder o reírse con los demás, esa mujer, sentada allí en absoluto silencio, le cortaba el apetito sin falta.
Ese silencio. Un silencio que no se sabía si era resignación o resistencia, y que resaltaba con frialdad en medio de esa mesa tan bulliciosa, terminaba por hacer más evidente la presencia de la mujer. Ella solo estaba ahí sentada, sin emitir ni el más mínimo suspiro, pero para Reingar eso sonaba más fuerte que cualquier otro ruido.
—El fuego ya está en su punto. Ya basta.
Recién cuando Bruno le dio el visto bueno, él soltó el fuelle y retrocedió. El herrero se acercó, miró dentro del horno y murmuró satisfecho:
—Ha quedado bien.
Tras ese cumplido indirecto, Bruno trajo el trozo de acero que tenía listo. Reingar observó por encima de su hombro cómo lo sujetaba con unas tenazas largas y lo metía al horno. Se quedó mirando cómo las llamas que él mismo había avivado ardían con locura, y cómo el acero puesto allí dentro se iba calentando de a pocos.
El descanso ya casi terminaba, así que pronto tendría que levantarse. Por la tarde le tocaba entrenamiento de esgrima y duelos. Al terminar sus labores en el cuartel, volvería a la mansión a leer y estudiar táctica. Luego, a las 7 de la noche, el banquete. Podría inventar cualquier excusa para faltar, pero hasta ahora no lo había hecho ni una sola vez.
Es que si no lo comprobaba aunque sea un día, se sentía intranquilo. Tenía que ver si la condesa se había portado bien hoy también. Si ya se le había quitado por completo esa idea de andar haciendo problemas.
Soltando un largo suspiro por la nariz, Reingar siguió con la mirada fija en el horno. El trozo de hierro, abandonado en medio del fuego, se estaba poniendo al rojo vivo. Desde los bordes, lentamente, empezó a brillar con un color naranja.
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Las estaciones en Lotte eran monótonas. Ni siquiera en lo más crudo del invierno el agua se congelaba ni caía nieve. Las dos nueras del conde se envolvían en mantas con bordes de piel diciendo que era ‘invierno’, pero a los ojos de Anette no era más que una ridiculez, puro aspaviento. «Noreños debiluchos», pensaba para sus adentros, burlándose de ellos con ganas.
Tras ese invierno insípido, en marzo estalló una primavera deslumbrante. En mayo las peonías florecieron por doquier, igual que en Kingsberg, al llegar junio el sol empezó a calentar un poco más. Sin embargo, como el aire era seco, casi no se sentía el calor estando bajo techo. Incluso en julio, todavía sentía los pies helados al echarse en la cama, así que le era imposible dormir sin subirse las colchas hasta el cuello.
Inviernos sosos y veranos frescos. Se preguntaba si, cuando las estaciones terminaran de dar la vuelta, terminaría acostumbrándose a todo eso.
Mientras lo pensaba, Anette, con el rostro inexpresivo, clavó la mirada en el hombre y la mujer que estaban sobre la cama. La escena, que venía presenciando desde hace medio año, ya no le causaba impacto ni le parecía novedad. Quizás, después de todo, uno termina por insensibilizarse y acostumbrarse a las cosas. Quizás uno termina olvidando la humillación, el odio y hasta la vergüenza propia, para ir cayendo lentamente en la sumisión.
‘¿Yo también terminaré resignándome así? ¿Viviré aquí para siempre, maldiciendo a mis enemigos y quemando sus nombres? ¿Y si no vivo así? ¿Qué otra cosa podría hacer yo en este lugar?’
—Estoy esperando un hijo del señor.
Cuando la criada habló, Anette bajó la mirada. Como lo que pasaba en la cama ya había terminado, no tenía por qué seguir mirando más. En cuanto entendió la palabra ‘hijo’, por un momento pensó que se había confundido, pero por el tono de la criada —una mezcla de temor y esperanza—, se dio cuenta de que había oído bien.
Anette se quedó sentada sin hacer el más mínimo gesto. El breve instante en que el conde tardó en responder se sintió eterno.
—¿Y cómo sé yo que ese hijo es mío?
Anette también captó el tono indiferente y gélido de esas palabras. Lo que siguió después —unas frases de la criada, desconcertada, y la respuesta cortante y burlona del conde— no llegó a entenderlo bien, pero pudo deducir que él estaba tratando de evadir su responsabilidad al no reconocer al niño. Sin embargo, no sintió nada en particular al respecto. Nunca había visto ni oído de un noble que reconociera al hijo de una criada.
El padre de Anette también había tenido muchísimos hijos e hijas bastardas de sus amantes, pero jamás los trató como hijos suyos. Y esto era más marcado en hombres de alto rango y gran orgullo. Galland Lotte ya tenía dos hijos adultos e incluso nietos, así que no tenía la menor razón para fijarse en un bastardo.
Quizás por eso él no le ponía una mano encima. Porque no tenía ninguna necesidad de tener un hijo del vientre de su segunda esposa. Para Anette eso era un alivio, y solo esperaba que su esposo la mantuviera así, de lado, para siempre. Decían que una mujer sin hijos no tiene poder ni utilidad, pero a ella no le importaba. No le interesaba si terminaba viviendo y muriendo en la más completa soledad. Porque ahora sabía perfectamente qué cosas había que hacer para tener un hijo.
‘Antes de hacer eso, prefiero mil veces la muerte’
—La señora ya puede retirarse.
Solo después de recibir el permiso, Anette se levantó de la silla. Cruzó una mirada fugaz con el conde, que yacía recostado en la cama, pero no se dignó a mirar a la criada ni por un segundo. Era su propia forma de vengarse de esa mujer de baja ralea que se había atrevido a abofetearla varias veces.
—Con su permiso, me retiro.
—Nos vemos mañana.
—Que descanse.
Manteniendo la elegancia y los modales, Anette sintió una extraña sensación de victoria. Se sintió bien al saber que esa criada no volvería a pisar este lugar.
Al final, vas a terminar desechada así. No eres más que un instrumento para el placer, un objeto, y aun así andabas toda alzada. Te habrás sentido alguien importante solo por atreverte a ponerme una mano encima.
Yo soy la condesa. Por más que haya caído en desgracia, por mi cuna soy alguien totalmente distinta a alguien como tú. ¿Cómo te atreves a mirarme por encima del hombro y a burlarte de mí?
Anette salió por primera vez con gusto de la habitación de su esposo. Con el candelabro en la mano, sus pasos por el pasillo se sentían más ligeros que nunca. Sin embargo, al cerrar la puerta y quedarse sola en el corredor en penumbras, en el instante en que se liberó del olor a incienso, a sudor y a ese aire rancio que llenaba el dormitorio, sintió un frío amargo en el pecho.
‘Un instrumento para el placer. Una mujer que no vale más que un objeto. Un ser que será desechado en cuanto pierda su utilidad’
—Esa eres tú, Anette.
Los nudillos de la mano que sostenía el candelabro se pusieron blancos. Anette se sintió el doble de miserable de lo que se había sentido victoriosa hace un momento. Se mordió los labios con fuerza, avergonzada de haber presumido de ser la ‘condesa’. Le dolía y le daba rabia haberse acostumbrado a tanto insulto, al abandono y al maltrato.
Habían pasado tres semanas desde su intento fallido de escape. Anette no había hecho nada. En lugar de planear cómo salir de ese lugar otra vez, se conformaba con la suerte de haberse librado de un castigo peor.
Podría haber sido peor, tienes suerte. Todavía recibes ropa fina, buena comida y te sientas en el lugar de la condesa. ¿Y si solo te quedas tranquila aquí y las cosas mejoran? Quizás el conde se apiade y te deje ver a tu hermano.
Es mejor vivir así, obedeciendo. Total, no hay nada que puedas hacer.
—… No.
Anette se mordió el labio mientras seguía de pie en el pasillo. Con determinación, dio un paso como queriendo sacudirse los susurros de esa Anette cobarde. Pateando el vuelo de su falda que chocaba contra sus tobillos, caminó hacia las escaleras que daban al tercer piso. Quería volver pronto a su cuarto para seguir estudiando. El hecho de haber entendido la conversación de hace un rato le había devuelto, después de tiempo, una pizca de orgullo.
—Hay algo que puedo hacer. Tiene que haber algo.
En el momento en que se susurró eso a sí misma, tan, tan, se escuchó un ruido a lo lejos.
Anette se detuvo y volteó hacia donde venía el sonido. Venía de allá afuera, pero no de tan lejos. Era el sonido del mazo golpeando el acero. Los golpes del herrero siempre sonaban de día, pero últimamente también se escuchaban en medio de la noche.
Tan, tan, tan.
Ese sonido rítmico parecía el tañido de las campanas de un templo. Resonaba con tal claridad en el aire nocturno que la obligaba a prestar atención. Cuando Anette se quedaba despierta hasta tarde revisando el diccionario, le servía de consuelo saber que había alguien más, como ella, que no podía dormir y estaba absorto en su trabajo.
Anette miró hacia la herrería a través de la ventana. De la cabaña, tras el muro, se filtraba una luz. Con la mirada fija en ese resplandor amarillento, de pronto le asaltó una duda.
‘¿Qué pasará con el hijo de la criada?’
Por un instante sintió lástima, pero de inmediato reprimió la compasión. ¿Acaso no eran muchísimas las criadas que salían encinta del señor y muchísimos los hijos nacidos de esos vientres? Seguirían los pasos de su madre y serían sirvientes o peones. O morirían de niños.
‘Qué va a dar lástima. Ni mi compasión se merece’
Cínica a propósito, Anette volteó la cabeza. Haciendo crujir su aparatoso vestido, atravesó el pasillo oscuro y silencioso. Tenía que volver a su cuarto para seguir estudiando. Quería esforzarse más que cualquier otra persona en ese castillo.
Esa noche, Anette no pensaba irse a dormir sino hasta que ese herrero desconocido soltara el martillo.
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