Annette - 17
En la biblioteca huele a libros viejos. El aroma del papel desgastado y el cuero se mezcla con el aire estancado de los años acumulados. De niño, cada vez que venía por aquí, Reingar sentía que entraba a otro mundo. Una sensación de estar desconectado del exterior, como si la realidad se quedara a lo lejos. Incluso ahora, sentía esa misma extrañeza.
La mujer seguía con la cabeza gacha. Sus sollozos se iban calmando poco a poco. Que se pusiera a llorar de la nada lo había dejado descolocado, pero creía entender el porqué. Por eso Reingar se quedó parado ahí, sin decir ni una palabra.
Sabía de sobra que esta situación era muy inapropiada; si alguien los ampayaba, ambos se meterían en un problemón. A pesar de eso, no se fue ni la apuró para que se callara. Esperó a que ella misma dejara de llorar. Porque, de alguna forma, le daba pena.
Reingar pensaba que lo que sentía en ese momento era un sentimiento muy humano. Lo mismo que ese malestar que tuvo ayer y hoy durante el banquete. Lástima. Una sensación parecida a la que sentía cuando veía a una empleada de unos trece años trapeando con las manos hinchadas y rojas, o caminando tambaleante cargando un balde de agua enorme. Lástima, pues. Aunque no sabía si una mujer que antes fue princesa y ahora era la esposa de un conde era alguien que ‘mereciera’ recibirla.
Reingar recordó a la mujer escapando sola del castillo ayer. Si no se hubiera cruzado con él, por pura mala suerte, habría llegado al pueblo en un rato. Quizás se habría topado con un comerciante buena gente y, con suerte, le habría prestado una carroza. Tal vez en el camino se habría dado cuenta de que ir a buscar a su hermano era una locura, o de repente habría cambiado de rumbo para esconderse en algún lado. Quién sabe, si la suerte le hubiera dado una mano, ella habría logrado escapar para siempre.
Por eso, ese sentimiento que le pesaba ahora en el pecho bien podría ser una especie de culpa.
—Por favor… ¿no puedes simplemente dejarme ir?
Aunque si volviera a ese momento, Reingar la habría traído de vuelta igual.
La lástima y la culpa eran una combinación fregada. Se alimentaban entre sí y no dejaban de ponerle los nervios de punta. Durante el banquete, no pudo evitar estar pendiente de ella al verla tan aislada; incluso aguzaba el oído porque ella casi ni hacía ruido con los cubiertos. Debe haber sido por eso que, durante toda la cena, se la pasó mirando de reojo a Annette, que estaba a su izquierda.
Si se había empecinado en entregarle el diccionario, era justamente por esa bendita lástima y culpa. Pensó que ayudándola de esa forma se sentiría más aliviado. Al llegar a ese punto, Reingar se sintió más asado consigo mismo. ¿Qué mala suerte era esta de habérsela cruzado justo aquí? Y qué estupidez habérselo dado en la mano. Si lo hubiera dejado por ahí caleta, ella sola lo habría encontrado.
Maldita sea. ¿Cómo me vine a meter en este lío?
Mascullando insultos para sus adentros, tomó aire lentamente. Ya que ella había dejado de llorar, tenía que irse volando. Antes de que alguien entrara de verdad y viera este cuadro.
—Bueno, me retiro.
Su propia voz rompiendo el silencio sonó demasiado fuerte. La vela que sostenía frente a su pecho tembló de golpe. Cuando Annette levantó la mirada, él no le quitó los ojos de encima. Puso una expresión rígida a propósito, como tratando de compensar la burrada que acababa de hacer. O sea, el bendito diccionario. No debió dárselo en la mano.
—¿Y el libro?
—……
—¿No viniste porque necesitabas un libro?
Annette preguntó mientras sorbía un poco por la nariz. Reingar se dio cuenta del patinazo tarde, pero respondió sin inmutarse:
—No es nada urgente.
—…….
—Vendré mañana de nuevo.
Annette lo miró con cara de duda. Qué idiota soy. Venir a estas horas para decir eso… ni él se lo creería. Reingar se insultó mentalmente una vez más e hizo el amago de darse la vuelta.
—Nadie viene a esta hora.
La voz de la mujer lo detuvo otra vez.
—Si tienes miedo de que alguien nos vea, no hace falta.
Annette lo miró directo a los ojos. Reingar se quedó mudo, sosteniéndole la mirada. Las historias de caballeros que acabaron en la ruina por tener amoríos con la esposa de su señor eran legendarias. No había forma de que estar a solas con ella trajera algo bueno.
—Soy la única que viene aquí después del banquete. Al menos así ha sido estos últimos cuatro meses.
—… ¿Ah, sí?
—Tú eres el primero.
La mujer lo miraba con los ojos todavía húmedos. El aliento de Reingar hizo que la llama de la vela volviera a temblar. El calor del fuego le rozó la barbilla.
—Busca el libro que necesitas. Yo saldré primero.
Dicho esto, Annette cogió el candelabro que tenía al lado. Luego, caminó con paso ligero hacia él. En el estrecho pasillo entre los estantes, Reingar se hizo a un lado para dejarla pasar. Cuando ella pasó por su costado, él aguantó la respiración sin darse cuenta, sintiendo el roce de su vestido contra sus piernas.
Solo cuando ella estuvo lo suficientemente lejos, él se atrevió a soltar el aire lentamente, mirando de reojo la basta de su pantalón donde el vestido de la mujer lo había rozado.
—Gracias por el diccionario.
Annette lo dijo bajito antes de abrir la puerta. Se las arregló muy bien para abrirla sola, a pesar de que cargaba dos libros y sostenía el candelabro. Recién ahí Reingar cayó en la cuenta de que él debió adelantarse para abrirle la puerta, y le carcomía el hecho de que ella lo hiciera por su cuenta sin quejarse. Lo único que le dijo a un caballero plebeyo, que encima era un insolente y un malcriado, fue un simple:
Gracias.
—Agh…
Soltó un largo suspiro y cerró los ojos, pasándose la mano con fuerza por el cabello que le caía sobre la frente. No entendía por qué se sentía tan mal, con esa sensación asquerosa que no lo dejaba tranquilo. Le había dado el diccionario, pero no sentía ni un poquito de alivio. Al contrario, tenía el presentimiento de que debía estar más alerta que nunca y que lo mejor era mantener a esa mujer lo más lejos posible.
Así que, hasta aquí nomás con la lástima y la culpa. Ya la ayudó con el diccionario y punto final. No podía andar creando más secretos con ella. No estaba bien andar tan enredado con la esposa del señor.
Reingar respiró hondo para calmar el alboroto que tenía en la cabeza. Dejó de jalonearse el pelo y empezó a caminar. Pasó la vista por los libros que alcanzaba a iluminar su vela y sacó uno: Biografía del Rey Sabio. Era un libro de cabecera, de esos que cualquier muchacho lee cuando empieza su entrenamiento como escudero.
Salió de la biblioteca con el libro en la mano. En su primera noche viviendo en la mansión del conde, sintió que lo que más necesitaba eran los consejos y las lecciones de un rey sabio.
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Desde que Sir Reingar regresó, el Castillo de Lotte era un chismoseo total. Las historias sobre un caballero joven y talentoso nunca se acababan.
Que si en Mendel había matado a cien o a doscientos enemigos; que por orden especial del Emperador solo unos veinte caballeros habían regresado a su tierra; que qué premio le habría dado el Conde por semejante hazaña… la gente no paraba de rajar.
Pero lo que más le picaba la curiosidad a todo el mundo era el hecho de que se hubiera instalado a vivir en la mansión.
Normalmente, en el castillo de un señor viven varios vasallos, pero suelen ser hermanos, tíos o sobrinos de otros nobles. Es lo natural para alguien de alcurnia. Pero Sir Reingar era un caballero, ¿no? ¿Acaso no tenía sus propias tierras fuera del castillo? ¿Por qué no se construía su casa, se buscaba una mujer y armaba su familia? Todo era muy raro, un caso nunca antes visto.
En la guardia personal el ambiente también estaba movido. Ya se sabía que iban a reclutar a quinientos soldados nuevos, pero que Sir Reingar fuera el jefe de reclutamiento fue un baldazo de agua fría para muchos. Un caballero novato que no llegaba ni a los dos años de servicio después de su investidura, ¿recibiendo un cargo tan importante? Atando cabos, los que eran un poco más vivos llegaron a una conclusión que nadie podía negar:
Ya ven. Parece que el patrón por fin lo va a reconocer como su hijo bastardo.
—¿Así que va a haber un torneo de caballería?
Ante la pregunta que le soltaron de golpe, Reingar miró de reojo. Siguió dándole al fuelle al mismo ritmo y soltó una risita burlona. Las llamas rojas bailaban con fuerza dentro del horno.
—Qué rápido corren los chismes. Yo recién me enteré ayer.
—Desde el capitán hasta el último soldado, todos traen sus armas aquí. Para los chismes, tengo mejor oído que tú.
dijo el herrero Bruno con una carcajada, mientras le metía un mordisco a una manzana.
Reingar sabía que Bruno, aunque se hacía el relajado, no le quitaba el ojo al fuego del horno. Controlar el fuego era la base para trabajar el hierro, y mantener las bases nunca era fácil. Reingar pensaba que el oficio de herrero y el arte de la espada se parecían un montón.
Ya pasaron tres semanas desde su regreso, y sus días estaban siendo bastante ajetreados.
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