Annette - 16
¿Quién podría ser a estas horas? Annette, tensa, volteó hacia la entrada. Lo primero que vio fue la luz; el resplandor amarillento de una vela que, al arder en medio de la oscuridad, reveló el rostro del hombre.
Al reconocerlo, sintió un alivio repentino. Se calmó sin darse cuenta, pero de inmediato cambió de parecer. ¿Qué hacía este hombre aquí? ¿A qué había venido a estas horas?
Parecía que él también estaba igual de sorprendido por el encuentro inesperado. Se quedó dubitativo en la entrada por un momento, pero pronto empezó a caminar hacia adentro. Con cada paso, el suelo de madera crujía levemente, un sonido que hizo que Annette se encogiera por instinto.
No te achiques. Esta es la mansión del conde y yo soy la condesa.
Se puso derecha frente al hombre y levantó el mentón. Solo después de adoptar esa postura noble, reparó en cómo estaba vestida. Como ya se había preparado para dormir, solo llevaba puesto un camisón con una bata de casa encima.
‘Debí haberme amarrado mejor el lazo de la cintura’. Se arrepintió tarde, pero ya no había tiempo para acomodarse la ropa. El hombre se le acercó a grandes zancadas y, en un abrir y cerrar de ojos, ya lo tenía parado frente a frente.
Annette, tratando de ocultar su facha poco elegante, lo miró con una expresión aún más altanera.
Reingar vestía ropa común. Llevaba la misma túnica y pantalones que le había visto en el banquete. El candelabro que cargaba era de plata, igual al suyo, y la vela estaba casi entera. Tras notar eso, levantó la vista para sostenerle la mirada.
Las sombras de la llama bailaban sobre su rostro. Debido a ese claroscuro tan marcado, era difícil descifrar su expresión. Lo único que resaltaba eran sus pupilas brillando bajo sus cejas pobladas. Annette pensó que esos ojos parecían piedritas sumergidas en el agua.
¿Por qué este hombre estaba aquí?
Ninguno de los dos decía nada. En el lugar donde antes se oían los crujidos del piso, ahora solo reinaba el silencio. Las dos luces que cada uno traía oscilaban con calma.
Él se limitaba a mirarla fijamente, sin decir palabra. Annette, al devolverle la mirada, se dio cuenta de que él estaba esperando. Según el protocolo, la persona de mayor rango es la que debe hablar primero. Ese detalle de etiqueta hizo que su desconfianza bajara un poquito la guardia.
—¿Qué hace usted aquí a estas horas?
Al hablar en su propio idioma, se sintió un poco más relajada. El hombre, que la miraba desde arriba con seriedad, respondió como si nada.
—Yo también vivo aquí.
—¿Cómo que vive aquí?
—Me instalé en la mansión hoy mismo. Por órdenes del señor.
Annette parpadeó, totalmente desconcertada. Era una situación que no encajaba con su sentido común. ¿Por qué viviría aquí? Si era un caballero, debería tener su propia casa. Aunque las tierras de los caballeros no eran hereditarias, eran más que suficientes para construir una vivienda y vivir ahí de por vida. Ese era, después de todo, el propósito de darles tierras.
Por eso no le cuadraba. ¿Por qué el conde metería a este hombre en la mansión?
No me digas que…
—… ¿Me está vigilando?
Soltó la duda de golpe y, al mismo tiempo, sintió un escalofrío. En un segundo, todas las piezas encajaron en su cabeza. El conde lo sabe. Por eso ha puesto a este tipo aquí, para vigilarme. Dijo que cumpliría su promesa, pero después de todo no debí creerle.
Un miedo agudo le recorrió el rostro. Entre todos esos pensamientos que se le venían encima sin orden ni concierto, Annette fulminó a Reingar con la mirada. Él, que la observaba en silencio, se hizo el loco y le preguntó:
—¿Y por qué tendría yo que vigilar a la condesa?
—Pues… por miedo a que me escape otra vez…
—No tengo idea de qué me está hablando.
Annette lo miró a los ojos, pasando de uno al otro. ¿Sería verdad? ¿Podría confiar en él? ¿Sería cierto que no dijo nada?
—Por lo tanto, lo que pasó hoy durante el día no sucedió. Lo de ahora tampoco.
¿Entonces por qué diablos el conde lo había traído aquí?
—Más bien, es la condesa quien debería decir qué hace aquí a estas horas.
—… ¿A qué más vendría uno a una biblioteca?
—Es muy tarde.
—Usted es el que debería decir qué hace aquí. También es muy tarde.
Al recibir esa respuesta cortante, él guardó silencio. Luego, bajó la vista como intentando leer el título del libro que ella sostenía. Annette lo pegó rápido a su pecho para que no pudiera verlo. No quería que la ampayara con algo como <Las aventuras de Sir Rippert>.
—Me alegra que haya encontrado algún libro que le guste.
¿Qué quería decir con eso? ¿Se estaba burlando? Annette dudó un momento sin saber cuáles eran sus intenciones.
—Sería bueno que también pudiera leer los libros que están en Trisen.
Annette se mordió el labio por dentro. Sí, se está burlando. Picada por el comentario, le respondió sin pensar:
—Mi esposo me buscará un profesor pronto.
Ante esas palabras, el hombre levantó la vista. Su mirada fija hizo que los nervios de ella se pusieran de punta. El rostro le ardía de pura vergüenza y el corazón le empezó a latir a mil. Se sentía una tonta por haber soltado esa mentira tan boba, pero aun así, se terqueó y añadió una frase más:
—Dijo que ya está buscando a un buen profesor.
Era una mentira andrajosa, pero mejor era eso que quedarse callada.
Annette sabía perfectamente que lo había perdido todo. Que se había quedado desnuda tras perder lo que alguna vez tuvo y todo lo que la definía como persona. Por eso, aunque pasó por humillaciones y desprecios, no pudo rebelarse. No se atrevió a protestar porque sabía que nadie la protegería. Había vivido así desde que llegó al castillo Lotte, pero no sabía por qué, de pronto, sentía la necesidad de cubrirse con algo.
En ese momento, Annette quería ponerse aunque sea un trapo viejo. Quería envolverse así fuera en una tela llena de huecos. Ya no soportaba más sentirse así, como si estuviera calata frente al mundo.
El corazón le retumbaba en el pecho. El hombre, que la miraba de arriba abajo en silencio, no decía nada. Al ver ese rostro que no reía ni mostraba molestia, Annette hizo un esfuerzo sobrehumano por aparentar dignidad. Como sea, quería dejarle claro que ella era la condesa y la esposa de su señor.
Así que no puedes ningunearme. Tienes que respetarme y tratarme con consideración. Aunque seas el único, por favor.
—Qué bueno. Un profesor le será de gran ayuda cuando llegue.
El hombre, que se dejó engañar sin cuestionarla, asintió con la cabeza. En ese instante, a Annette se le hizo un nudo en la garganta y tuvo que aguantar la respiración para no llorar. El tono de Reingar no tenía ni una pizca de burla o sarcasmo.
Simplemente la miraba con un rostro sereno, sin una sonrisa fingida, y solo con ese gesto ella sintió que podía perdonarlo. Podía olvidar que no le había besado la mano en el banquete. Incluso, tal vez, podría perdonarle el haber arruinado su escape de ayer.
—Hasta que eso pase, ¿qué le parece si usa esto?
De pronto, el hombre le tendió algo. Annette contuvo el aire para no quebrarse y bajó la mirada. Era un libro grueso con tapas de cuero. Lo recibió sin pensar y, al leer el título, se quedó fría y volvió a mirarlo.
—Le servirá para ir practicando.
añadió él, mientras desviaba un poco la mirada. Su forma de hablar, que siempre era tan tiesa, se ablandó un poco. Pero Annette no tenía cabeza para fijarse en eso mientras abría el diccionario que tenía en sus manos.
Un diccionario de lengua común y trisen.
No sabía cuántas veces había revuelto toda la biblioteca buscando exactamente eso. Desde que se dio cuenta de que nadie en esa mansión movería un dedo por buscarle un profesor, Annette había buscado por cada rincón de los estantes. Con un diccionario, podría estudiar por su cuenta.
—¿Dónde encontraste esto?
preguntó ella casi reclamándole, mientras levantaba la cabeza.
El hombre seguía parado frente a ella con el candelabro en la mano. Al cruzar miradas, pareció dudar un segundo.
—En el estante…
—¿En qué parte?
—… Por aquí
balbuceó Reingar, señalando vagamente el estante a su izquierda.
Mentira. Annette no le creyó nada.
—Ahí solo hay libros de historia. Lo sé porque he revisado ese sitio un montón de veces.
—…….
—¿Sabes cuánto tiempo he buscado esto? He pasado casi cuatro meses buscándolo a diario. Revolví toda la biblioteca porque presentía que debía estar en algún lado.
—……
—Busqué por todos los rincones y no lo encontré… y como no tenía a quién preguntarle… por eso no lo encontraba…
Las palabras se le cortaron por un llanto que le brotó de golpe. Las lágrimas y la pena que había estado aguantando se desbordaron sin control. Por haber conseguido el diccionario que tanto buscaba. Por sentirse feliz por eso. Por la rabia de que algo tan pequeño la hiciera sentir así de dichosa. Y porque, de pronto, todo su mundo le pareció demasiado triste.
Annette abrazó los dos libros contra su pecho y lloró bajito. Lloró con hipo, sin importarle la vergüenza. Era un comportamiento impropio y vergonzoso para una dama, pero, total, no era la primera vez que lloraba frente a este hombre.
Mientras ella lloraba, Reingar no dijo ni una palabra. Se quedó parado en su sitio, sin moverse, esperando a que ella se desfogara. Solo cuando Annette levantó la cabeza y empezó a secarse las lágrimas con el dorso de la mano, hipando todavía mientras recuperaba el aliento, él habló en voz baja.
—El diccionario… de verdad estaba aquí.
Mentira.
Annette no le creía y seguía sospechando de él. Sin embargo, decidió hacerse la loca. Al fin y al cabo, él también le había seguido la corriente con su mentira.
Ya que él le creyó ese cuento tan obvio del profesor de trisen, le pareció que lo más justo era que ella hiciera lo mismo por él.
Madara Info
Madara stands as a beacon for those desiring to craft a captivating online comic and manga reading platform on WordPress
For custom work request, please send email to wpstylish(at)gmail(dot)com
Deja una respuesta
You must Register or Login to post a comment.