Annette - 15
—Si jala esta cuerda, vendrá la criada. El agua para el baño tarda en calentar, así que le sugiero que avise con tiempo.
—Entendido.
—Las criadas recogen la ropa y limpian tres veces por semana. Vendrán durante el día, así que es poco probable que se cruce con ellas, pero ¿desea algún día u horario en particular?
—No. Me da igual, que lo hagan cuando les sea más cómodo.
—Así se hará, señor.
Ya se había acostumbrado a tutear —o mejor dicho, a tratar como subordinado— al mayordomo de mediana edad. Ser caballero era un título legítimo, y Reingar era un vasallo que había recibido su investidura y tierras de manos del conde Lotte. Aunque era apenas un terreno donde con las justas cabía una casa, tenía su propio feudo.
Así que, para alguien nacido en un granero, esto era un ascenso social increíble. Con un título, tierras y, ahora, hasta una habitación en esta mansión.
—Fuuu…
Luego de que el mayordomo se retirara, Reingar soltó un suspiro cargado de un cansancio inexplicable. Se frotó los hombros tensos mientras miraba la cama. No se atrevía a sentarse o echarse; solo se quedaba ahí, observándola. Aunque de vez en cuando había entrado cuando Erich vivía, esta habitación todavía le resultaba ajena. Por más que fueran como hermanos, no era común entrar en el dormitorio del otro.
Reingar se quedó parado, todo palteado, en medio de la enorme habitación, hasta que decidió que lo mejor sería empezar a desempacar sus cosas.
Todo su equipaje, que un sirviente ya había trasladado, cabía en un solo baúl. Al sacar dos mudas de ropa común, dos dagas, una alforja de viaje y un odre de cuero, el baúl quedó prácticamente vacío. Hasta un viejo muñeco de madera con forma de caballero; todas eran cosas desgastadas por el uso y el tiempo. Sus pertenencias traídas del cuartel se veían especialmente humildes entre los tapices y los candelabros de plata de este cuarto.
—Hasta un monje viviría mejor que yo
murmuró para sus adentros mientras miraba lo que había extendido sobre la cama.
Le dio una risa amarga al pensar en sus veinticuatro años de vida, marcados por una austeridad absoluta. De todo lo que había ahí, solo una cosa encajaba con la habitación. Reingar sacó el último objeto que quedaba en el fondo del baúl y lo extendió.
Era un jubón de seda negra con bordados de plata que brillaban bajo la luz. Solo se había puesto esa prenda, que el conde le mandó a hacer el año pasado, una vez: en el banquete de despedida la noche antes de partir al frente.
—¡Oye, pero qué pinta tienes! Bien arreglado pareces un verdadero noble. ¿No cree, padre?
Ese día, Erich se había desvivido en halagos. No paraba de darle cuerda a su padre y de meter a sus hermanos en la conversación. Reingar se sentía tan avergonzado que solo quería que se lo tragara la tierra.
—Incluso tiene rasgos finos. Mi hermano menor decía que, de niños, él se veía más como un Lotte que yo. Si su madre biológica estuviera viva, ya sabríamos de qué linaje viene. Lo habrían reclamado hace tiempo. Un hijo ilegítimo tan bien plantado sería bienvenido en cualquier familia, ¿no?
Erich era más que insistente; estaba decidido. Su voluntad era lograr que su padre lo reconociera como hijo a como diera lugar. ‘Podría ser la última oportunidad. Tal vez muera en el campo de batalla. Quiero confirmar que somos hermanos de verdad’.
—Sir Reingar es un hombre excepcional. Sin importar quién sea su padre.
El conde solo sonreía con satisfacción, pero nunca le dio a su hijo la respuesta que tanto ansiaba. Ese mismo día, Reingar decidió abandonar cualquier esperanza absurda. Si existía la posibilidad de no volver de la guerra y Gallant Lotte fuera realmente su padre, no habría dejado pasar esa última oportunidad para reconocerlo.
Pero ahora…
—A partir de mañana, ocuparás la habitación de Erich.
Esa maldita esperanza empezaba a asomar la cabeza de nuevo.
—Bienvenido a casa, Rein.
Tal vez…
Incluso después de guardar sus cosas en su lugar, Reingar no tenía ganas de acostarse. Así que se puso a dar vueltas por el cuarto, tocando los muebles y observando los adornos. Manoseó los implementos de escritorio —papel de cartas, plumas y tinta fina, todo bien ordenado— y luego abrió el cajón de la mesa.
Y ahí encontró algo inesperado. Un libro viejo. Con la cubierta gastada y las esquinas hinchadas por haberse mojado y secado repetidamente; era el diccionario de lengua común que Erich usaba de niño.
Hasta que la familia real de Roang cayó el año pasado, Trisen había estado bajo el dominio del reino. El idioma del rey era un conocimiento esencial para los nobles, por lo que Erich lo aprendió con un tutor.
Que Reingar terminara recibiendo esas clases fue puro capricho de Erich. ‘No es justo que yo solo tenga que aguantar este estudio aburrido’. En ese entonces, le dolió que su hermano de leche lo arrastrara con él, pero haber aprendido los modales y la cultura de la nobleza le sirvió de mucho a Reingar después.
—Los plebeyos de aquí no hablan la lengua del rey.
—Hay algunos que sí saben.
No sabía por qué esa mujer se le venía a la mente justo ahora, pero apenas vio el diccionario, su rostro apareció en sus pensamientos de forma natural.
—Es un gusto verlo, señor.
Hace un rato, en el banquete, el idioma Trisen de la mujer sonaba bastante fluido. Ella había dicho que podía defenderse con algunas frases, pero si solo sabía eso, ¿cómo pensaba sobrevivir de ahora en adelante? Mientras se perdía en esos pensamientos, de pronto, una mano blanca apareció frente a él.
¿Qué se supone que haga? Reingar se quedó congelado, confundido.
Nunca había tratado formalmente con una dama de la alta sociedad. Las dos nueras del conde Lotte jamás le habían exigido tal saludo, así que solo conocía por rumores el protocolo de besar el dorso de la mano. Siempre pensó que esa costumbre de los nobles era una cosa bien rara.
Por eso, se quedó simplemente mirando la mano que ella le ofrecía. Al ver esos dedos sorprendentemente blancos y delgados, las uñas pulcras y la delicada estructura ósea de su mano, recordó la sensación de la noche anterior. Recordó sus labios y su aliento rozando su palma, y no se atrevió a besar esa mano.
Porque era la esposa de su señor. Sentía que no debía volver a tocar ese cuerpo.
Por eso había marcado su distancia, pero su atención volvía a ella una y otra vez. Quizás era porque, por mala suerte, sus asientos estaban cerca. Cuando alguien contaba un chiste y todos se reían, él se ponía más tenso y casi ni sonreía. Sentía que, si se reía, estaría participando en las burlas de mal gusto hacia ella.
—¿Cómo piensa conseguir un carruaje si ni siquiera puede hablar bien?
¿Habré sido muy rudo en ese momento? No había necesidad de ser tan sarcástico.
Reingar se mordió el labio por dentro mientras miraba el diccionario en sus manos. Aunque estaba viejo y algo maltratado, el contenido era perfectamente legible. Con un diccionario, ella podría estudiar sola.
El problema era cómo entregárselo.
Ir a buscarla a su dormitorio sería una locura. Y aunque se sentara cerca en el banquete, tratar de hablarle primero también era peligroso. Si nadie le dirigía la palabra, ni siquiera el conde, que él se atreviera a hablarle en lengua común sería, sencillamente, una demencia.
¿Entonces qué? Tras pensarlo un poco, a Reingar se le ocurrió una idea razonable.
‘Lo dejaré en la biblioteca. Alguna vez tendrá que ir para pasar el tiempo leyendo algo. Si lo pongo en un lugar visible, lo encontrará por su cuenta. En esta mansión, ella es la única que necesita este diccionario’.
Si iba a seguir viviendo aquí, tenía que aprender el idioma.
Con esa resolución, se levantó con el diccionario en la mano. Se movió con determinación para ignorar el pensamiento de que estaba haciendo una tontería. Agarró el candelabro de la mesa y salió de la habitación. De todos modos, ya sabía que hoy no iba a poder dormir temprano, así que tener algo que hacer no estaba tan mal.
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—Estaba por aquí…
Annette acercó la vela para revisar los estantes. Inclinó la cintura mientras recorría con la mirada los títulos en los lomos de los libros alineados. Como correspondía a un noble rico, la biblioteca del conde era bastante grande; incluso había cerca de dos estantes con libros escritos en lengua común que Annette podía leer, aunque no había muchas historias que le resultaran interesantes.
—Aquí está.
Lo que había venido a buscar era, precisamente, uno de esos libros.
Se alegró al sacarlo y enderezó la espalda. Colocó el candelabro en un espacio vacío del estante y sostuvo el libro con ambas manos: <Las aventuras de Sir Lippert>. Era la historia de un caballero que partía en una travesía para rescatar a una princesa atrapada en el castillo de una bruja malvada.
Annette recordaba haber escuchado a una de sus damas de compañía, una de voz potente, leer este libro en voz alta en el palacio de Kingsberg. Se sentaba en la sala con las otras chicas de su edad y escuchaban juntas, atentas, preguntándose cuándo se encontrarían por fin el caballero y la princesa; sin dudar ni por un segundo que tendrían un final feliz.
Eran los tiempos en los que creía en esas cosas. Cuando pensaba que era obvio que los buenos alcanzaban la felicidad y los malos recibían su castigo. Cuando aún no sabía que el mundo real no funciona así, y que por eso la gente se empeña tanto en escribir y leer este tipo de historias.
Annette se quedó mirando la portada del libro que tenía en las manos y, de pronto, se sintió una tonta por estar ahí sosteniéndolo.
Ir a la biblioteca tarde por la noche era una maña que Annette había desarrollado. Los libros eran objetos valiosos y, como solo había una biblioteca en la mansión, los hombres también entraban y salían durante el día. Los vasallos que se cruzaban con ella la saludaban con una reverencia ambigua, pero lo que más le costaba soportar no era el desprecio en sus ojos, sino la curiosidad. La joven condesa. En la mirada de esos hombres que veían a una mujer casada con alguien que podría ser su padre, había un interés asqueroso.
Volker, el hijo mayor del conde, incluso se había atrevido a hablarle. En cuanto se quedaron solos en un espacio cerrado, no dudó en usar la lengua común para lanzarle mañas y tratar de conquistarla. A Annette se le puso la piel de gallina al instante y salió disparada de la biblioteca. Volker Lotte le había dado mala espina desde la primera vez que lo vio. No soportaba ni su aspecto, que era el vivo retrato de su padre.
No es que Dietrich, el segundo hijo, fuera mejor. Era un caballero fornido, pero igual de sombrío y arrogante que el resto. Por eso, que Erich, el tercero, hubiera muerto en la guerra era casi un alivio. Con dos hermanos así, ¿qué se podía esperar del menor? Ya tenía suficiente con lidiar con los dos insoportables hijos de su esposo.
Le habían dicho que Gertrude, la primogénita y única hija del conde, se había marchado del castillo hacía mucho al casarse. Su esposo era el heredero de la familia Appel, parientes del emperador y gente de mucho poder. Annette nunca la había conocido, pero seguramente sería igual a sus hermanos. Si era la hija de la que el conde tanto se enorgullecía, no hacía falta verla para saber cómo era.
‘Ninguno de sus hijos vale la pena’.
Justo cuando Annette se quejaba entre dientes, la puerta de la biblioteca se abrió de golpe y alguien entró.
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