Annette - 14
—Tú te encargarás de los quinientos reclutas nuevos. Hazte responsable de todo, desde la leva hasta el entrenamiento. Te servirá de mucho cuando algún día te toque sentarte en este lugar.
Ante las palabras de Dietrich, Reingar despejó sus pensamientos. ‘Cuando te toque sentarte en este lugar’. Dietrich seguía hablando con total naturalidad, a pesar de haber soltado algo que hizo que Reingar dudara de sus propios oídos.
—Si Erich estuviera aquí, esto sería suyo, pero ahora tú eres quien debe seguir sus pasos.
—…….
—¿A quién más podría confiarle mi espalda con total tranquilidad si no es a ti?
Reingar, en lugar de responder apresuradamente, desvió la mirada. A través de la ventana que estaba a espaldas de Dietrich, se veía el muro del jardín trasero. Más allá del arco que conectaba con el campamento militar, se alcanzaba a ver parte del campo de entrenamiento. El pase de lista tras el desayuno estaba en pleno apogeo.
—Por cierto, es curioso que te mudes al edificio principal. A mí me desplazaron hasta aquí
dijo Dietrich, cambiando el tono a uno más ligero, casi como una broma.
El edificio principal de la mansión del conde es donde residen el señor, el primogénito y los vasallos de alto rango. Dietrich, al ser el segundo hijo, vivía con su esposa e hijos en este anexo separado.
—De todos modos, me alegra tenerte cerca. Siempre me quedaba el sinsabor de que vivieras en los barracones
—…….
—Será un gran consuelo para mi padre. Y para mí también. Estando allí, tendrás oportunidad de ver cómo le va a mi hermano mayor.
Los vasallos del Castillo Roth estaban divididos en facciones en torno a los dos candidatos a sucesor. El edificio principal y el anexo se vigilaban mutuamente bajo la mesa. Dietrich, sin duda, sentía curiosidad por saber con quién se carteaba su hermano Volker y a quién recibía.
En resumen: le estaba pidiendo que fuera su espía.
—El edificio principal es grande, no creo que se presente la oportunidad. Estaré todo el día en el campamento y en mi habitación solo entraré a dormir.
—Ah, claro, solo si se da el caso. No hace falta que te esfuerces de más.
Aunque su propuesta fue cortada de un tajo, Dietrich no cambió el semblante. Sonrió como si ya se lo esperara, pero dejando la puerta abierta hasta el final. ‘Esto se va a poner feo’, pensó Reingar. Sabía que acababa de empezar su juego de equilibrio sobre la cuerda floja entre los dos hermanos de la familia condal.
—Presenta el plan de reclutamiento pronto. No acepto un no por respuesta, porque no tengo a nadie más a quien encargárselo.
—Entendido.
—Bien. Puedes retirarte. Nos vemos en el banquete.
Dietrich asintió con una sonrisa. Banquete. Reingar sintió una extraña punzada al escuchar esa palabra, como si fuera la primera vez. Para los nobles, el banquete era el momento en que toda la familia se reunía, con la presencia de vasallos y damas de la corte.
La condesa también estaría allí. Como ayer.
—Sí, mi comandante. Con su permiso.
Reingar ocultó su turbulencia interna con una venia respetuosa. Mientras se daba la vuelta para salir del despacho, sintió una mirada clavada en su nuca. Por más que Dietrich lo mirara así, jamás podría leer lo que pasaba por su mente.
Sin embargo, como Reingar tampoco podía ver las verdaderas intenciones de su oponente, tendría que andar con pies de plomo y mantenerse en guardia para no acabar metido en un lío.
⋅•⋅⋅•⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅∙∘☽༓☾∘∙•⋅⋅⋅•⋅⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅
Para Annette, lo más doloroso de su rutina era, sin duda, la noche con su esposo. Lo siguiente en la lista de torturas era el banquete. Si compartir la cama era como beberse un vaso de inmundicia, el banquete era como sentarse a tomar un baño dentro de ella. Beber es algo que termina rápido, pero el baño… el baño se sentía eterno.
Hoy, como siempre, Annette se entregó a las manos de sus criadas para prepararse para ese baño de suciedad. Dejó que le recogieran el cabello con elegancia, que la vistieran con un suntuoso vestido y que le colgaran un collar pesado.
Al conde de Roth parecía encantarle exhibirla. Seguramente por eso llamaba a sastres para hacerle vestidos y le regalaba joyas: quería presumir a la princesa de Roanne ante los demás. Como quien presume un caballo de raza o un sabueso exótico.
Una vez terminada la preparación, el conde venía a buscarla. Era el único momento en que él la escoltaba, aunque casi no cruzaban palabra. Annette simplemente bajaba la vista, cerraba la boca y se aferraba a su brazo camino al comedor. Le daban escalofríos de solo sentir el contacto de su cuerpo, incluso a través de la ropa.
—¡Su Señoría entra en la sala!
Ante el anuncio del maestro de ceremonias, que ni siquiera se molestó en mencionarla a ella, Annette levantó la cabeza, lista para aguantar otra larga humillación.
Pero entonces, vio un rostro inesperado.
En ese instante, sintió que el corazón se le caía a los pies. Su pulso empezó a retumbar con fuerza en todo su cuerpo. ‘¿Qué hace ese hombre aquí?’, se preguntó mientras intentaba recuperar el aliento.
‘Cálmate, Annette Roanne. ¿Acaso te va a comer?’, se regañó a sí misma antes de bajar la mirada. Aunque desvió la vista, la imagen del hombre quedó grabada en sus pupilas. Quizás fue porque resaltaba demasiado: su túnica sin teñir y sus pantalones negros contrastaban bruscamente con los jubones coloridos y ostentosos de los demás nobles. O quizás era simplemente que su altura y su porte eran abrumadoramente grandes.
—La mesa se ve llena. Es bueno ver que la familia crece.
dijo Gallant Roth con tono complacido mientras avanzaba.
Siguiendo el paso del conde, Annette mantuvo la barbilla erguida y los ojos bajos. Esa postura de princesa era su último refugio, su orgullo final.
—Te presento a Reingar, la condesa de Roth.
Cuando el conde la presentó de golpe, Annette sintió una punzada de humillación. Ayer la ignoró como si no fuera nadie, ahora, de la nada, se hacía el educado. Le dio una rabia sorda; era el trato de siempre, pero esta vez dolía más.
—Es Sir Reingar. El más confiable de mis caballeros.
Le dio vergüenza que el conde usara el idioma trisenio para presentarla. Le dolió que ese hombre viera cómo la trataban realmente. Ya sabía que todos allí la despreciaban, pero no entendía por qué su corazón latía tan desbocado ante él.
—Es un placer, Sir.
Por eso, Annette se portó más altiva que nunca. Se esforzó por pronunciar el trisenio con total claridad y, siguiendo el protocolo, extendió su mano derecha. Lo correcto era que él depositara un beso en el dorso de su mano.
Seguramente Berta y Louise se estarían burlando por lo bajo. Los hombres también debían de estar aguantando la risa. Aun así, Annette siempre exigía ese beso de respeto a los recién llegados. Los que no la conocían solían inclinarse con gusto, recordando la antigua autoridad de una princesa. Era su pequeña venganza, su migaja de dignidad.
Sin embargo, este hombre no se dobló.
Se quedó firme, limitándose a bajar la mirada hacia la mano de Annette. Sus párpados caídos y sus pestañas espesas la pusieron nerviosa. Su mano extendida en el aire empezó a sentirse ridícula, pero ya no podía retirarla. Solo le quedaba rezar para que él la tomara pronto.
—Es un honor, milady.
El hombre finalmente dejó su mano en el aire. Respondió con brevedad e inclinó la cabeza apenas un poco para cumplir con el protocolo. Ni beso de respeto, ni contacto visual. Fue un saludo seco y frío.
—Siéntense todos. Que traigan la comida.
Ante las palabras del conde, Annette retiró la mano por su cuenta. Le pareció escuchar las risitas de los presentes. Se sentó fingiendo que no pasaba nada, pero se mordió el interior del labio con fuerza, maldiciendo en silencio al hombre sentado a su derecha, en el extremo de la mesa de doce personas.
‘Me ha ignorado’.
Pensándolo bien, tenía sentido. Él conocía su verdadera situación. Había visto con sus propios ojos que nadie la respetaba. Incluso la había atrapado huyendo vestida de criada. ¿Y ahora ella pretendía usar su ‘autoridad de princesa’?
‘Ah, qué estúpida soy’.
Su corazón seguía golpeando contra su pecho. Tenía la cara ardiendo, seguramente por la vergüenza. Agarró los cubiertos y empezó a comer mecánicamente, fingiendo indiferencia.
Durante todo el banquete, no le dirigió ni una sola mirada. Fingió no ver sus manos moverse en el borde de su visión, fingió no oír su voz cuando respondía a otros. Annette se concentró únicamente en ignorar a Reingar. Si él no pensaba ni mirarla, ella haría lo mismo para que fuera justo.
Así transcurrió la cena, como siempre. Annette se quedó aislada en medio de conversaciones que no entendía. Sin embargo, cada vez que el grupo soltaba una carcajada, sus oídos se inclinaban involuntariamente hacia la derecha. No es que le importara si él también se reía, pero no podía evitar que su atención se escapara, una y otra vez, hacia ese lado.
⋅•⋅⋅•⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅∙∘☽༓☾∘∙•⋅⋅⋅•⋅⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅
—He dejado los muebles tal como estaban. Tampoco he tocado las pertenencias de Sir Erich; solo se han organizado la ropa y la correspondencia personal.
Reingar se limitó a asentar con la cabeza ante las palabras del mayordomo porque, francamente, no sabía qué más decir. Decir que lo había hecho bien sonaba presuntuoso, dar las gracias le resultaba, de alguna forma, ridículo. ¿Cómo se supone que debe comportarse alguien que ha ocupado el cuarto de otro y ha desplazado las pertenencias del dueño original? Reingar jamás había recibido lecciones para una situación así.
Por eso, empezó a caminar por la habitación fingiendo que inspeccionaba el lugar. El interior, dividido en una sala de estar y un dormitorio, era espacioso y asombrosamente lujoso. La cama era enorme, el mobiliario refinado y el escritorio estaba decorado con tallas exquisitas. En varios puntos de la estancia, unos candelabros de plata relucían con un brillo impecable.
‘Candelabros de plata… Quién lo diría. El hijo de la criada por fin ha subido de categoría’, pensó con ironía.
Madara Info
Madara stands as a beacon for those desiring to craft a captivating online comic and manga reading platform on WordPress
For custom work request, please send email to wpstylish(at)gmail(dot)com
Deja una respuesta
You must Register or Login to post a comment.