Annette - 13
Si me chaparon por lo de anoche, ¿qué diablos voy a hacer? Reingar caminaba a paso firme mientras armaba su coartada. Lo más creíble era decir que se había citado con una sirvienta de la mansión. Pero si el testigo los había escuchado, esa mentira no iba a pegar; los susurros entre él y la mujer habían sido en el idioma común.
Sin embargo, era difícil que alguien los hubiera oído. Él había estado atento a cualquier presencia y, si alguien se hubiera acercado tanto, lo habría notado. Lo más probable era que alguien los viera de lejos, quizás desde alguna ventana de la mansión.
‘Ya, voy a decir que me encontré con una empleada. ¿Y si me preguntan quién? No puedo decir cualquier nombre y no conozco a ninguna… ¡Ah!, ya sé, diré que fue Teti, la que trabaja en la cocina. Ya veré después qué explicación le doy a Jaren’.
Con el plan armado, pero lamentándose por haberse metido en semejante lío, Reingar se dirigió al anexo donde estaba la oficina de Dietrich.
—Capitán. ¿Me llamó?
Entró, hizo una reverencia y se quedó de pie frente al escritorio. Dietrich, que estaba revisando unos papeles, levantó la mirada. La luz del sol que entraba por la ventana hacía que su cabello castaño se viera más claro de lo normal.
—Llegaste rápido, Sir Reingar.
Dietrich, el segundo hijo del conde, era el comandante general de las tropas del Castillo Lott. Era un militar de físico imponente, pero tenía un lado mañoso, igualito que su hermano mayor. Si Volker era de los que te hacían la jugada de frente —lo que te permitía prepararte—, Dietrich era más difícil porque nunca sabías qué estaba tramando realmente.
La rivalidad entre los dos hermanos seguía viva por culpa del padre. El conde Lott todavía era un hombre de mediana edad y con buena salud, pero era bien raro que hasta ahora, teniendo ya nietos, no hubiera nombrado a su heredero. Los vasallos le sobaban la chaqueta diciendo que, como sus dos hijos eran excelentes, se le hacía difícil elegir; pero todos sabían que el viejo no soltaba el mando porque quería todo el poder para él solo.
La ley de Trissen no obliga a que el hijo mayor sea el heredero por defecto. Aunque es lo más natural para evitar broncas, hay señores que toman decisiones distintas. Desde tiempos antiguos, los nobles consideraban una virtud elegir al hijo más capaz; incluso en la familia imperial Ferbrante hubo un caso donde el trono pasó a una hija por encima de los varones.
Por eso, en el Castillo Lott todavía no había nada dicho, los dos hermanos seguían compitiendo por jalar a su bando a los vasallos favoritos de su padre. Y a los vasallos no les quedaba otra que adivinar a cuál de los dos le iría mejor para pegársele.
Reingar no era la excepción.
—Parece que Sir Torrel te encontró al toque. ¿Estabas en el comedor?
—Sí, señor.
—¿Y por qué fuiste allá? Deberías haber venido aquí.
Reingar no dijo nada. El comedor del cuartel era para toda la tropa, pero los caballeros nobles comían en la mansión. Erich dejó de ir al comedor del cuartel apenas lo nombraron caballero, pero Reingar seguía comiendo ahí. Después de todo, él no era noble.
—A partir de mañana, almuerza aquí con nosotros. Para conversar y estar al tanto de todo. Te va a servir bastante.
Reingar apretó los labios ante la invitación. Ese ‘con nosotros’ se refería a los caballeros nobles y vasallos que frecuentaban el anexo; gente que ya veía a Dietrich como el próximo conde. Estaba claro lo que significaba que lo metieran en ese grupo.
—Ese comedor del cuartel… no es lugar para alguien de tu nivel, ¿no crees?
Dietrich soltó una sonrisa con doble sentido. Reingar se mantuvo serio, sin cambiar el gesto. Al comedor principal de la mansión solo entraban los nobles. Los caballeros plebeyos, por más que subieran de rango, seguían comiendo con la tropa, así que la indirecta de Dietrich fue bien directa.
‘Ese no es tu lugar. Tú también eres medio noble, ¿no?’. El comentario le hincó el pecho como una aguja, pero Reingar no mostró ni un rastro de dolor.
—Mi padre me contó que desde hoy vas a usar el cuarto de Erich.
—Sí, señor. El conde así lo ordenó.
—Qué bueno, Rein. De verdad, me alegra mucho.
De pronto, Dietrich dejó las formalidades y le sonrió con confianza. Reingar trató de mantenerse frío ante ese trato tan cercano y esas palabras que rozaban lo prohibido. Dietrich era un zorro; si le servía para jalarlo a su bando, no tendría problemas en tratar al hijo de una sirvienta como a un hermano.
‘Reacciona’, se dijo Reingar a sí mismo.
Fijó la mirada en el jubón azul oscuro de Dietrich. Le llamó la atención un broche de plata con forma de cuervo blanco. El ave, que tenía rubíes rojos en lugar de ojos, parecía que lo estaba chequeando. El cuervo blanco era el emblema de la familia Lott.
—Bueno, ya mucha charla. No te llamé para hablar de eso.
—Usted dirá, señor.
—Quiero que te encargues del entrenamiento de los nuevos reclutas.
Dietrich se puso serio y se acomodó en su asiento. Entrenamiento de reclutas. No era por lo de la sirvienta. Reingar sintió un alivio interno y preguntó:
—¿Va a haber una convocatoria de soldados?
—Así es.
—¿Y cuántos tiene pensado reclutar?
—Unos quinientos.
Reingar se quedó mudo por un segundo y miró fijo a Dietrich. No pudo evitar poner cara de asombro. Mantener un ejército permanente cuesta un ojo de la cara, por eso la mayoría de señores se conformaban con una guardia de unos cien hombres. Los quinientos soldados que ya tenía el Castillo Lott eran bastantes, esa era justamente la capacidad máxima de gente que podía vivir dentro del castillo.
¿Y ahora quería duplicar la cifra?
—Capitán, como usted sabe, no hay sitio en el castillo para tanta gente.
—Por eso tengo pensado levantar un cuartel aparte.
—¿Un cuartel fuera?
—He estado chequeando un terreno por la zona de Neubel. Está a medio día de camino de aquí, me parece el lugar ideal.
Al ver que ya había un plan concreto, Reingar se puso un poco tenso. En tiempos de guerra es normal aumentar las tropas, pero Lott estaba a un mes de distancia del frente de batalla. Así que el enemigo al que Dietrich le tenía puesto el ojo no eran los norteños.
—Con todo respeto, señor. Hay doscientos hombres en Mendel y otros doscientos aquí. Si recluta quinientos más, tendremos casi mil soldados. No sé si el Conde realmente necesite mantener un ejército de ese tamaño.
Reingar enfatizó la palabra ‘Conde’, Dietrich se lo quedó mirando. En sus ojos azules bailaba una sonrisa medio burlona.
—Los que están en Mendel no van a regresar por un buen tiempo. Aunque la guerra termine, se va a necesitar una fuerza de ocupación.
—Tengo entendido que ya hay suficientes tropas allá para eso.
—Tenemos que dejar bien clara nuestra lealtad. No se vería bien que la bandera de Lott falte en el ejército de Su Majestad.
Los nobles de Trissen tenían el deber de prestar servicio militar al Emperador. Como la guerra aún no terminaba, los soldados de Lott seguían en Mendel. Que solo Reingar hubiera regresado fue un gesto de favor del Emperador: devolver al caballero más capaz como una forma de agradecer la lealtad del Conde.
—Esos trescientos hombres fueron un regalo para Su Majestad. Mi padre y yo nunca tuvimos la intención de que volvieran. Claro que tú y Erich eran la excepción.
‘Un regalo’. Qué tal regalo.
Reingar pensó en sus compañeros que se quedaron en Mendel. Sus rostros demacrados por las batallas seguidas y el clima de un lugar que no conocían. Esas noches sentados juntos en las carpas sobre el campo helado, hablando de lo mucho que extrañaban su tierra. Todos debían estar muriéndose por volver.
A Reingar le dolió el pecho, pero no dijo nada más. Eran los soldados del Conde, no los suyos.
—En fin, como dices, el espacio en el castillo es limitado. El resto tendrá que quedarse en el cuartel externo.
—Si dividimos el ejército en dos, ¿cómo va a ser el entrenamiento?
—En el cuartel de Neubel quiero formar una unidad de fusileros a caballo.
Fusileros. Reingar apretó la mandíbula y Dietrich soltó una risa amarga.
—Lo sé. Yo pienso igual que tú. Todos los caballeros sentimos lo mismo. Pero nuestra posición es distinta, ¿no crees?
—…….
—No podemos renunciar al poder militar solo por cuidar el ‘honor’. De ahora en adelante, los fusileros van a ser la fuerza principal, no podemos permitirnos quedar rezagados.
Tenía razón, Reingar no pudo refutarle nada. Una cosa era lo que no quería aceptar y otra muy distinta era la realidad. Él mismo había visto con sus propios ojos el poder de las armas de fuego en el campo de batalla.
Si pudieron capturar el Castillo de Mendel —una fortaleza inexpugnable en tierra de caballeros de linaje— fue en gran parte gracias a los fusileros. Por más excelente que fuera un caballero, frente a un arma de fuego no tenía nada que hacer. ¿Cómo vas a esquivar una bala de plomo que te atraviesa la armadura y te destroza las tripas? Si no hubieran sido sus aliados, él también habría caído.
Pensar en eso le daba una sensación de impotencia. Le habían enseñado que el código de caballería consistía en entrenar por años, dar lo mejor en un duelo y aceptar la derrota con honor; pero la guerra de verdad que le tocó pelear no se parecía en nada a lo que imaginaba.
Reingar mató a más de cien personas en Mendel. Muchos de ellos ya estaban heridos de bala y no podían defenderse bien. A medida que iba cortando y ensartando a esos hombres, se fue quedando seco por dentro. Se volvió algo tan rutinario como un campesino cosechando papas.
Al final, la figura del caballero con la que soñó toda su vida no era más que un carnicero disfrazado con armadura y espada brillante.
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