Annette - 12
El día de Reingar empieza con el alba. No importa qué tan tarde se haya acostado, al día siguiente se despertaba a la misma hora sin falta. Era una costumbre que se le quedó pegada desde sus épocas de escudero hace más de diez años.
Para cuando las sirvientas recién empezaban su jornada, él ya estaba fuera de los barracones. En el campo de entrenamiento, al que volvía después de un año, se puso a hacer ejercicios a mano limpia. Mientras corría por el descampado hasta que la espalda le quedó empapada de sudor, volteó un par de veces hacia la mansión.
Bueno, en realidad, toda su atención estuvo puesta en el lado este desde anoche, después de que hizo entrar a Annette a la casa. Incluso mientras intentaba quedarse dormido a la fuerza en su cuarto, no podía sacárselo de la cabeza.
¿Se estará portando bien? Por favor, que se quede tranquila.
Como no hay nada mejor que el ejercicio para quitarse las malas ideas, Reingar no paró de moverse. Hizo barras, pesas y hasta trepó la soga; luego, jadeando para recuperar el aire, miró hacia el cielo. El azul oscuro de la madrugada ya se había vuelto blanco.
—¡Sir Rein! ¿No le parece que se está pasando de revoluciones apenas llegando?
—Si el capitán lo ve, nos va a dejar mal parados a todos.
—¡Como siempre, usted no tiene nada de tacto!
Al voltear, vio a dos jóvenes conocidos agitando los brazos a lo lejos. Parecía que salían para desayunar. Reingar soltó la soga, soltó una risita y agarró la túnica que había dejado en la barra para ponérsela sobre el cuerpo sudado.
Apenas entró al comedor del cuartel, todas las miradas se clavaron en él. Los que ya estaban ahí le hacían señas o lo saludaban a viva voz por su regreso. No faltaban los comentarios de admiración por sus hazañas en la guerra. Reingar apenas si pudo probar bocado por estar respondiéndole a cada uno de los hombres que se le acercaban, así que al poco rato dejó la cuchara a un lado.
—Oiga, Sir. ¿Solo un plato de avena y un pedazo de pan? Es su primera comida desde que volvió, debería comerse un par de panes más para que no se pierda su fama de tragón.
El joven que se reía señalando la canasta de pan de centeno era Jaren Viles. A él lo conocían más por el apodo de ‘Casanova’ que por su nombre, y le encantaba vacilar a Reingar por lo mucho que le gustaba comer. Sentado al lado de Jaren, siguiéndole la corriente, estaba su hermano gemelo, Ralph.
—Seguro que en el banquete de anoche se dio un banquete de aquellos. Me imagino la de cosas ricas que habrán servido.
—Ahhh, con razón anda con tantas pilas desde temprano. Claro pues, nadie puede correr así con el estómago vacío.
Los dos hermanos se lanzaban bromas y se mataban de risa. Reingar sabía que ese vacilón era una forma de demostrarle cariño; querían que se acostumbrara rápido a estar de vuelta en casa después de un año. Sin embargo, ese ambiente de siempre no hacía más que resaltar que Erich ya no estaba, y eso era inevitable. Antes, siempre desayunaban los cuatro juntos.
—Entonces, ¿anoche llegó a ver a la condesa? A la ‘Señora Fantasma’.
Ante lo que dijo Jaren, Reingar levantó la mirada. ¿Señora Fantasma? Lo miró con curiosidad y Jaren siguió hablando como si nada.
—¿Cómo es ella? Yo nunca la he visto ni de lejos.
—¿Y para qué quieres saber cómo es?
—Para nada, pues. Simple curiosidad.
Jaren se encogió de hombros y bajó un poco la voz.
—O sea, era una princesa. Su país se fue a la ruina, mataron a todos los hombres de su familia y a los que quedaron los separaron y se los llevaron por distintos lados. Obvio que da curiosidad saber cómo es la mujer que termina casada con un noble del país enemigo.
—Además es jovencita. Debe ser menor que nosotros.
—Sí, es chibola. Dicen que el mes pasado recién cumplió los veinte.
Veinte años. Parecía menor. Reingar recordó el rostro de Annette.
—He oído que está medio loquita, ¿le pareció que fuera así?
—¿Loca? ¿La condesa?
—Sí, dicen que está bien rayada. No habla con nadie y casi nunca sale de sus aposentos. A veces la gente se asusta porque se queda mirando al vacío y murmura cosas sola.
‘No es que no hable, es que no puede’
pensó Reingar, pero le hizo una seña con la mirada para que Jaren siguiera contando. Lo que decía le estaba interesando.
—Lleva cuatro meses aquí y dicen que no hace vida social para nada. Como vive así, como si no existiera, las empleadas la llaman la ‘Señora Fantasma’.
—La Señora Fantasma, ¿ah?
—El patrón le encargó la condesa a la señora Berta, pero parece que ni la invitan a los tés ni ella baja a saludar. Lo mismo con la señora Louise. Dicen que las dos nueras la ignoran olímpicamente.
—Es que la relación entre nueras y suegras es como el sol y la luna. Dos astros que no pueden estar en el mismo cielo.
dijo Ralph, moviendo la cabeza como si supiera mucho de la vida después de masticar su pan.
Las dos nueras del señor ya tenían sus propios hijos y se dedicaban a apoyar a sus esposos, que buscaban ser nombrados herederos. Era lógico que para esas señoras, una princesita joven que no sabía nada de la vida fuera un chiste. Y como el mismo conde no le prestaba atención a su esposa, era más fácil agarrarla de punto.
Reingar no pudo evitar recordar el banquete de anoche. Al pensar en la cara de esa mujer sentada al final de la mesa, se sintió incómodo.
—Pero Sir, ¿no me va a preguntar cómo es que mi hermano Jaren sabe tanto chisme de la mansión?
Con lo que dijo Ralph, Reingar dejó de pensar en Annette. Era bien raro que Jaren, estando en el cuartel, supiera tanto de lo que pasaba dentro de la casa. Pero, conociendo su historial después de ser amigos por más de cinco años, la respuesta era obvia:
—¿Y ahora quién es la víctima?
pregunté en son de burla. Ralph se apuró en contestar con una sonrisa de oreja a oreja.
—Se llama Teti, es una de las chicas que trabaja en la cocina.
—¡Oye! ¿Por qué tienes que presentar tú a mi mujer?
—Veo que tu fama de mujeriego sigue intacta. No terminas de llegar y ya te conseguiste a otra.
—Qué le puedo decir, Sir. Las mujeres se me pegan solas, yo no tengo la culpa de ser así.
—¿Apostamos cuánto le dura esta vez?
—¡Esta vez hablo en serio, de verdad!. Ya hasta estoy pensando en pedirle la mano.
—No hables piedras, hermano. Lo mismo dijiste cuando estabas con Creya.
—Es cierto. Creo que esa vez también dijiste que habías encontrado al amor de tu vida.
Cogí una manzana y le mandé un bocado. El jugo dulce me llenó la boca. Mientras masticaba y me limpiaba la comisura de los labios, sentí por un momento que las cosas volvían a ser como antes. Esos días de estar sentados entre hombres, hablando simplemente de mujeres.
Los soldados que viven en el cuartel solo pueden salir una vez a la semana. Para unos jóvenes con la sangre caliente, las sirvientas de la mansión eran la opción más cercana y atractiva. Muchos de los que entraban al servicio del Castillo Lott buscando comida y techo terminaban casándose con empleadas que estaban en las mismas, y estos gemelos, hijos de campesinos pobres, no tenían plata como para pretender a una chica de casa bien.
He visto a Jaren enamorarse ‘de verdad’ un montón de veces. Y también me ha tocado aguantarlo cuando otro le quitaba a la flaca y se ponía a maldecir al mundo entero. Se metía sus buenas borracheras y se ponía a llorar como un niño. Y Erich, como siempre, le salía con la estupidez de que se vengara atrasando al otro con una sirvienta más bonita.
—Es que en ese tiempo yo no sabía lo que era el amor. Esta vez es la firme.
insistió Jaren muy serio mientras agarraba su propia manzana.
Ralph lo abucheó y yo me reí. Con cada bocado que le daba a la fruta, me iba sintiendo un poco mejor. Masticando esa pulpa crocante, por fin sentí que estaba en casa.
¿Este es mi hogar? Pues claro que sí. ¿Qué otro lugar tengo sino este?
Mientras escuchaba las tonterías de los gemelos, me puse a pensar de nuevo en esa sensación extraña, ese fastidio que no me dejaba tranquilo desde ayer. Seguramente era porque estuve fuera un año entero. Tal vez solo necesitaba un poco de tiempo para volver a encajar. Recordándome que todavía no cumplía ni un día de haber regresado, tiré el corazón de la manzana al plato vacío de la avena.
En eso, alguien me llamó.
—Sir Reingar.
Solo con oír la voz que venía de mis espaldas, me puse de pie al toque. Al voltear, vi a un hombre maduro de cabello canoso. Era Torrel Hohenfels, el comandante de la compañía.
—Mi comandante.
—Tanto tiempo, muchacho. ¿Ya terminaste de comer?
—Sí, señor.
—Qué bueno. Ah, y bienvenido de nuevo.
—Gracias, señor.
Sir Torrel asintió y echó un vistazo a la mesa. Miró los restos del pan de centeno, la avena y la manzana, y me dedicó una pequeña sonrisa. Él venía de familia noble y era un tipo bien exigente, pero conmigo siempre trataba de ser amable. Bueno, como casi todos en la compañía.
—El capitán quiere verte. Está en su oficina.
—Entendido.
—Ve de una vez. Yo voy camino a la armería.
Sir Torrel se dio media vuelta. Mientras se alejaba, pude ver el emblema de la pluma bordado en la espalda de su jubón. A los nobles les encanta usar telas que tengan el símbolo de su linaje.
—Me voy adelantando. Los veo luego.
les dije a los gemelos, que me miraban con cara de curiosidad, y salí del comedor siguiendo el camino de Sir Torrel.
Mientras cruzaba el campo de entrenamiento hacia el este, traté de no pensar en ‘eso’. Intentaba adivinar por qué Dietrich me llamaba tan temprano, pero evitaba a propósito que ‘ese’ pensamiento me ganara. Sin embargo, a medida que me acercaba al muro que separa el cuartel de la mansión, la idea volvió a asomar la cabeza, y al cruzar el arco, ya no podía pensar en otra cosa.
—Me lo prometió… dijo que lo mantendría en secreto…
—No le he dicho nada al conde. He cumplido mi palabra.
Espero que nadie nos haya visto.
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