Annette - 10
Solo cuando el canto de los bichos se detuvo, Reingar volvió a hablar, pero sin quitarle la mano de la boca.
—No le he dicho nada al conde. He cumplido mi palabra.
—…….
—Así que lo que pasó esta tarde, nunca ocurrió. Y esto de ahorita, tampoco.
—…….
—¿Me ha entendido?
Esa voz baja y firme sonaba extrañamente atrevida, casi insolente. Sin embargo, por alguna razón, Annette se sintió un poco más tranquila. No es mentira. Creo que puedo confiar en él. Esta vez, solo por esta vez, quizás valga la pena creerle.
De todos modos, no era como si tuviera otra opción. No tenía más remedio que confiar en este extraño al que conoció hace apenas mediodía; un hombre del que no sabía su origen, ni su apellido, ni nada más que su nombre.
Reingar.
Repitió el nombre para sus adentros y asintió con la cabeza. La mano del hombre que le cubría los labios se fue retirando despacio. Pero incluso después de soltarle el brazo, él no retrocedió. El vuelo del vestido de Annette seguía enredado entre las piernas del caballero.
—Regrese a sus aposentos. Y queme esta ropa en la chimenea.
Susurró él, mirándola como si esperara una respuesta. Pero, ¿por qué desde hace un rato le hablaba con ese tonito de mando? A Annette le fastidió un poco eso y, como tampoco tenía la menor intención de quemar su disfraz de sirvienta, no le respondió nada. Él, que la miraba con insistencia exigiendo una confirmación, frunció ligeramente el ceño.
—Se lo digo bien claro: ni se le ocurra hacer ninguna estupidez.
‘Estupidez’. ¿A qué se refería? ¿A escapar de este lugar? ¿A ir a buscar a su hermano? ¿A maldecir al emperador usurpador, a su horrible esposo y a todos los que se pusieron de su lado, rogando por su ruina?
—Porque es imposible.
Annette se quedó callada, mirándolo de frente, haciendo como si no lo hubiera oído. No negó sus palabras, pero tampoco asintió sumisamente. Solo sentía el corazón dándole golpes en el pecho.
De pronto, todo lo que había pasado hoy le parecía increíble, casi un sueño. El haber escapado de este castillo, aunque fuera por un rato. El estar a salvo después de haber sido atrapada dos veces.
Tal vez no soy tan cobarde como pensaba. Quizás soy capaz de hacer mucho más de lo que creo.
La luna de inicios de junio brillaba con una fuerza inusual. Ese hombre, enorme como una torre de vigilancia, la miraba desde arriba. Al observar su rostro, Annette sintió que en ese preciso instante algo dentro de ella había cambiado para siempre, sin vuelta atrás.
No sabía exactamente qué era, pero simplemente lo sentía.
Su corazón latía tan rápido que parecía que no se iba a detener. Latía con una fuerza tan brava que le sorprendía haberlo olvidado por tanto tiempo. Mientras escuchaba esos latidos tercos y aferrados a la vida, Annette se preguntó si ese hombre también podría oírlos.
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Incluso después de que la mujer desapareció por la puerta trasera de la mansión, Reingar se quedó parado un buen rato. No podía irse, pensando que apenas le diera la espalda, ella volvería a salir. Al imaginársela abriendo la puerta y saliendo de puntitas otra vez, sintió como si hubiera tenido que encerrar a un gato. En verdad, se le parecía un poco. Se le escapó una risita involuntaria, pero al toque se sintió un estúpido.
¿De qué te ríes? En esta situación…
Se puso serio de inmediato y dio media vuelta. Mientras caminaba hacia los barracones, se detuvo un par de veces para mirar atrás. La mansión del conde, imponente en la oscuridad, se veía de lo más normal, como si no hubiera pasado nada. En el jardín, ahora todo era silencio; ya ni los bichos se escuchaban. Era una noche con una luna tan clara que provocaba salir a caminar.
Fue gracias a esa luz de luna que el brillo de la cofia de sirvienta lo alertó en medio de las sombras. Y también fue por eso que, cuando ella volteó, pudo reconocer su rostro al instante.
Atrapar a la mujer mientras huía fue pan comido. Fue más fácil que un halcón chapando a un pollito, así que no sintió ninguna satisfacción por haberla vencido. Lo que sí dejó una huella en Reingar fue el contacto físico con ella. Ese brazo que no pesaba nada, su cuerpo ligero como un fardo de paja. El aliento húmedo de sus labios presionados contra su palma. El aire caliente de su nariz rozándole los dedos.
Ese movimiento desesperado, resistiéndose con todo el cuerpo, luchando simplemente por respirar.
—Hago esto justamente para no morir.
Y eso que hace un rato me pedía que la matara.
Reingar había quitado muchas vidas en el campo de batalla. Siempre trataba de no pensar en que cada uno de ellos era el hijo, esposo o hermano de alguien. Si se ponía a pensar en esas cosas, no podría matar a nadie ni ganar ninguna batalla. Él se unió al ejército del norte por orden de su señor, el conde, capturó el castillo de Mendel por orden de su soberano, el emperador.
Un caballero solo debía pensar en una cosa: lo que su señor desea.
—Te convertirás en el mejor caballero de Lott. Serás mi vasallo de mayor confianza.
El conde querría una esposa dócil. Esperaría que ese ‘regalo’ del emperador no le trajera problemas. Después de los dos sustos de hoy, la voluntad de escapar de la condesa ya debería estar por los suelos, Reingar ya sabía que su único truco para huir era disfrazarse.
Hice bien en no reportarlo. ¿Para qué armar un problemón por las puras? Basta con que yo ande atento y la vigile un tiempo. Para que todo siga su curso como si nada hubiera pasado.
Al llegar a esa conclusión, Reingar cerró el puño derecho. Sentía como si el rastro de la mujer todavía estuviera en su palma. Su respiración agitada, el calor de su cuerpo. Esos labios que no se movieron para nada frente a todos durante el banquete, pero que ante él soltaron de todo.
—Hago esto justamente para no morir.
Nadie quiere morir. Cualquiera, en el último segundo, quiere aferrarse a la vida. Reingar había visto a los hombres más valientes patalear ante la muerte muchísimas veces. Por eso…
—Hiciste bien.
Así concluyó para sus adentros. Lo murmuró en voz baja, como dándose la razón a sí mismo. Hiciste bien. Es lo correcto. Es lo mejor.
Todo es por el bien de él.
Reingar se quedó merodeando los alrededores de la mansión por un buen rato. Deambuló en la oscuridad, sintiendo el aroma de unas flores que no lograba reconocer. Era su primer día de regreso a casa. Había sido un día larguísimo.
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La desgracia llegó como un alma en pena. Se le abalanzó sin hacer ni un ruido hasta cubrir todo su mundo. Fue apenas un mes después de que Annette cumpliera diecinueve años.
—¡Princesa! ¡Tiene que escapar! ¡Rápido!
Ese día, por primera vez en su vida, la despertaron a media noche. Sin tiempo ni para vestirse bien, se puso un abrigo encima del pijama y salió volando de su habitación. A lo lejos se oían cañonazos y gritos, pero ella sentía que estaba en una pesadilla. El sonido del metal chocando y los alaridos de los hombres… por todos lados brotaban chispas y el olor a quemado era insoportable.
—¡Los rebeldes han entrado al palacio! ¡Lord Hays… ese desgraciado de Hays por fin se atrevió a profanar el palacio!
Lancelot Hays era el primo y el hombre de confianza de su padre. Era el vasallo más antiguo y leal de la familia real de Roán. Annette quedó en shock al oír que alguien como él había empezado una rebelión. Pero aun así, ella creía que los soldados de Kingsberg aguantarían el ataque y que pronto los otros vasallos mandarían refuerzos para acabar con el traidor. Después de todo, sobraban los nobles y caballeros que le habían jurado lealtad a su padre, el Rey.
—¿Y Sir Leder? ¿Dónde está Sir Leder?
Annette, pobre tonta, todavía creía en él. El hijo de Hays era un caballero real, así que ella pensaba que protegería a la corona. Lederhart, el único hijo de Lancelot, era su primo segundo y el mejor amigo de sus hermanos desde niños; un hombre cuya fama como caballero honorable era conocida en todo el continente.
Ella no podía creer que ese mismo hombre hubiera asesinado al Rey ese día, que le hubiera cortado la cabeza a su señor con la misma espada que usó para su juramento.
—¡Ay, princesa! ¡Es justamente él quien lidera a los rebeldes!
Ese día, el palacio cayó en menos de veinticuatro horas. Mataron a toda la guardia real; el príncipe heredero y el tercer príncipe también murieron. Ambos, siendo caballeros, perdieron la vida defendiendo el pabellón donde estaban su madre y su hermana. Annette no podía asimilar que sus hermanos hubieran muerto en el mismo jardín por donde ella caminaba el día anterior. Ni viendo los dos cadáveres bañados en sangre y poniéndose tiesos, ni escuchando los alaridos de dolor de su madre, lograba creerlo.
Por eso, qué graciosa y qué aterradora es la fe.
Annette se dio cuenta ese día de que todo en lo que creía ciegamente era puro cuento. Que el mundo que pensó que era suyo por derecho de nacimiento, las cosas que creía que durarían para siempre, no eran más que un sueño. Incluso la persona que ella creía ser desapareció en un segundo. Sin el título de princesa, Annette no era nadie.
Ese día, las últimas peonías estaban en todo su esplendor en el jardín del palacio. Aspirando el aroma de las flores que habían brotado tarde, Annette se quedó mirando los cuerpos de sus dos hermanos. Ese olor… esa mezcla del dulce perfume de las flores y el olor a sangre.
¿Se olvidará con el tiempo? No. No lo olvidaría hasta el día de su muerte.
—¡Princesa! ¡Tiene que escapar! ¡Rápido!
Ante el grito desesperado de su dama de compañía, Annette abrió los ojos de golpe. Todo estaba en silencio y vio el techo de siempre. Había sido un sueño. Se había quedado traspuesta un momento. Soltó un suspiro de alivio y aguzó el oído.
Annette siempre cerraba su puerta con llave antes de acostarse. El miedo a que alguien entrara a matarla mientras dormía le impedía tener un sueño profundo; era un hábito que le quedó desde que cayó el palacio. Se despertaba al alba, quitaba el cerrojo y se quedaba echada en la cama hasta que las sirvientas venían a atenderla. Por lo visto, el cansancio le ganó y se volvió a quedar dormida.
—No le he dicho nada al conde. He cumplido mi palabra.
¿De verdad todo estará bien? ¿Seguro que no vendrá nadie a llevarme a la fuerza? Justo cuando la ansiedad le empezaba a ganar, la puerta se abrió de par en par y entró un grupo de personas.
—Buenos días, señora.
Al oír la voz conocida de la sirvienta, Annette jaló aire despacio. Los pasos de las tres mujeres se repartieron por toda la habitación. Se oía el ruido de las cortinas al correrse y de las ventanas al abrirse.
—Le traigo el desayuno.
No había rastro de nada extraño. Annette se incorporó lentamente y miró la escena. Las sirvientas, todas iguales con sus vestidos y cofias, estaban poniendo la comida en la mesa. Era una mañana como cualquier otra.
—He cumplido mi palabra.
Parece que de verdad era cierto.
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